viernes, 19 de septiembre de 2014

ÁLVARO GUERRERO GABELLA [13.381]


Álvaro Guerrero Gabella 

Santiago de Chile, 1976. Un año después se traslada a Caracas, Venezuela, país en donde pasa buena parte de su infancia y vivirá intermitentemente. De retorno a su ciudad natal se gradúa de Antropólogo en la Universidad de Chile, desempeñándose en el área de investigación social. Escribe poemas y cuentos, y a veces le sale una mezcla de ambos, siendo admirador del realismo ruso tanto como de la imaginería de Chesterton, Borges y Lewis Carroll. En poesía chilena sus favoritos son los “antitéticos” Jorge Teillier, quién señalaba la condición del poeta como “guardián del mito hasta que vengan tiempos mejores”, y Enrique Lihn, que decía “Si de siempre a la decepcionante evidencia de lo que es”. Ha publicado poemas en diversas revistas literarias de Barcelona, España, Perú y Chile.





Esa tarde

La tarde de avenida cimentada declinó
la factura de la historia
Y nosotros comprendimos sin necesidad de música
en el living, la ausente distancia entre la hija,
la ventana y el exilio





En el puente

Para todos el confín y las campanas, y los ojos cerrados
Las jóvenes serían tan hermosas, algunas sonríen al pasar
Y la ciudad se ha ido hacia un lugar donde siempre estará perdida entre los pájaros que la confunden con una iglesia





Conjuro

Seamos como niños no sé quién dijo
Derribemos el laberinto de piedra de la esquina
y apretemos los párpados hasta que ya no se puedan
volver a abrir
y haya que acostumbrase a conversar con la madre y los amigos sin vernos los unos a los otros
Y sabiendo que hay un final, se llene de palabras
para que al traspasarlo nos sintamos en un bosque que visitamos durante ese mismo día,
mas no todos a la misma hora
Así volveremos siempre





La jornada transparente

Yo sentado frente a ella, ahí, encima: jaula
Y ella frente a mí, mirándome a los ojos: jaula
Llévame a una jornada transparente aunque el precio sea el verla niña, y luego madura, y adolescente, y vieja y así… casi al mismo tiempo






Un día entre los días

Si todos nos miráramos caminar por las calles muy transitadas
Unos a otros por turnos
Yo tendría miedo de que en cualquier momento fueran ya todos
los que al mismo tiempo se detuvieran
y se miraran
Si una reacción reflejo me hiciera entonces romper la detención
y volver a caminar o simplemente no haber parado desde antes
como un continuo, una vorágine muy personal
Y así la gente siguiera mirándose detenida, a las caras,
con ojos más o menos penetrantes
Para estar más perfectamente solo desearía que comenzara a llover
Y entonces transitaría más confiado y sereno bajo la lluvia que cae
sobre los observantes y el que pasa por ahí, ¡que soy yo!
Luego todo como un sueño se habría disuelto sin percatarme muy
conscientemente y por las esquinas sería todo de nuevo transito y apuro
Pero volviendo atrás, ya solo en el miserable recuerdo, con toda esa
masa anónima que se miró por instantes (solo sigue lloviendo) pienso
que huí cuando la oportunidad se mostró tal cual, pequeña y modesta
O es que tal vez quise ser como un relámpago o secreto hermoso cruzando
entre otro misterio aún más grande
Eso es, un secreto que atraviesa un misterio que nunca podremos
nombrar u olvidar.






Versos

Algunas veces, quisiéramos que nuestro nombre
del registro civil,
nuestra identidad forjada desde la infancia en un país
una ciudad, un barrio, se perpetuara por la eternidad
Ayer recordé unos versos de Jorge Teillier sobre
René Guy-Cadou:
“moriste mirando un cesto de manzanas”.





Hiroshima

Poco después el sol apareció de golpe como un trueno,
como retumbando sin ningún sonido en el aire. Era el sol
el mundo. Solo luz. Y calor.
Yo te miraba desde el puente bañada en color amarillo,
naranjo hacia el poniente, la ciudad con ese aire un poco
mas espeso de los sueños, con una memoria mas corta,
vidas que se resumen en la expresión de un rostro
humano




Fábulas

Fábulas en las mentes de los ancianos
Un prado, los bellos monstruos yacen adormecidos al
mediodía
flores doradas guardan el secreto de un veneno perfumado
Los sacerdotes caminan al revés, dispersos, buscando la fe
sumergida en vasijas de lÍquido rojizo
la sangre derramada en el pasto, en el placido lago
en las enfermedades bajo el sol




Conjuro

Seamos como niños no se quien dijo
derribemos el laberinto de piedra de la esquina y apretemos los
párpados hasta que ya no se puedan volver a abrir
y haya que acostumbrase a conversar con la madre y los
amigos sin vernos los unos a los otros
Y sabiendo que hay un final, se llene de palabras
así, al traspasarlo, nos sintamos en un bosque que todos
visitamos durante ese mismo día, mas no siempre a la misma
hora
Así volveremos siempre




Fábulas desde el parque

Fábulas en el parque en las mentes adyacentes
no está la presencia la imagen
pero es tan real que desaparece
o asemeja un niño de cera que la ventana muestra al destino
más no creemos en ese destino o en alguno
solo hay plantas, versos, imágenes queridas y raras
y maleza, vidrios, son todos testigos anárquicos del suceso
de separar el tiempo en los tiempos
tiempos de cera, tiempos encumbrados en las manos dulces,
sabor a galletas en el mueble frente a los jarabes
gente girando bajo paraguas, lluvia apenas resuenas sobre
nosotros, giramos como un trompo
debajo de las sabanas escucho a la muda preparando un té
en la cocina
si estuviera ahí de nuevo le diría a los ojos no existes
y ella diría si me miras eres la ventolera
solo yo no quiero ser, sumergido completamente bajo las
sábanas, ¿que esperaba con eso? ¿quería ser una ventana
entre dos ex jardines?
estás en cama
¿estas despierta?
estás muerta, y aún así no quieres contarme tu pasado
ventolera los que giran bajo los paraguas como que
tartamudearan nunca fuiste uno y siempre estuviste solo
solo tu no existes, completa sonámbula vieja preparando el
te con leche en una mañana cualquiera de 1985
este será el ultimo invierno repetías y los años pasaban con
el viento
hacia la cordillera partían, corriendo entre los dientes, las
montañas,
si pudiera volver a ese lugar y mirarte a los ojos te diría no
existes
ni el crujido de hojas bajo las suelas de los treintones que
parten a trabajar de operadores telefónicos o taxistas
el terremoto era el padre ausente
explotaron bombas y en la radio hablaban de extremistas
para nosotros era la ilusión del comienzo de algo breve, una
diminuta aventura verbal que los llevara a todos mas allá,
aunque mintieran
el sonido lejano de un bombazo y algo raro existía y era
también como un sueño impersonal del que nadie
despertaba porque ninguno se atrevía serenamente a
mirarse a la cara un buen rato
un niño de cera que la ventana muestra al futuro y el mundo
nos quería comer con su deseo sin nombre, sin edad,
sin ojos
los pasillos de nuevo importaban menos que los hombres
blanco era el viento, blancas las avenidas, el dolor como
que estaba en otra tierra, en un país de mudos
presiento que nunca sabremos donde
Que la ventana muestra al futuro
Yo ya me estoy levantando con mis nueve años entre otros
dos mil millones de niños de un mundo redondo, pequeño y
extraño,
suelto entre el universo como una flor desconocida sobre
los ojos de un muerto



De Santiago y ningún otro lugar

Hay miradas inolvidables, insondables, de una profundidad que no se 
sabe cuando partió, llenas en el terror caliente, párpados 
entreabiertos, rabia y ausencia. Las cortinas heladas continúan 
esa perplejidad, como un desfile de ciegos en medio de dos tierras en 
guerra fratricida.

Hay empujones y golpes y tardes que nada tienen de místicas, solo 
dinero y calor
En el metro y la micro pasamos suspendidos en ambigüedad, 
entre un recreo y mintiendo sin ejecutar voluntad, sin hablar 
¿Si desaparecieran los del asiento próximo, y queremos que sean 
felices, 
adonde aparecerán?
Los queremos dormidos indefinidamente 
Los queremos nadando 
Creciendo con sus hijos
¿Adonde irás tú, el del asiento de adelante, al que solo veo pelos 
negros, 
si desaparecieras ahora de improviso? 
¿Donde estamos al pensar y no pensar en eso?

Yo quisiera en días largos e inútiles mirar fijamente a una mujer a 
los ojos como siento la música que amo, a cualquier mujer, no una 
en especial, ojala desconocida, cerrar mis ojos y dormirme así, sin 
saber si sigue mirándome y después, despertar solo, sobre una 
cama, en una habitación vaciada, con la sensación de que los seres 
vivos somos lo único real del universo. 
Esperaría el agua de los océanos sentado en el comedor, sería el 
hipnótico abrazo internándose por las casas del barrio. Bajaría 
escaleras hasta los antepasados muertos, y que sin decirnos nada, 
nos miremos con sonrisa de jardín nocturno, sin apretón de manos y 
con ninguna envidia. 

En la tristeza del organillo la tarde se haga aeropuerto 
Regresar muchos años atrás a encontrarme con el niño poeta 
y juntos tocaremos las campanas que despierten la ciudad. 
Quizás cómo me observaría, porque yo, el adulto, contaría con el 
deber
de comprender la situación, desechar pormenores, 
Pero creo que el me miraría de reojo cada cierto rato. No podría 
defenderlo de mí. 
Un día, una mañana fría o caliente, nos perderíamos el uno del otro, 
entre las multitudes que ayudamos a despertar juntos. 
Yo me quedaría en ese pasado, esperando, hasta que al cabo de 
muchos años el volviera, otro tipo, nada que ver, con preguntas y diálogos agotados rápidamente tras ser dichos
Ya no saldríamos a tocar campanas, y el envejecimiento
se confundiría con el crecer, y las promesas con las consecuencias. 
Sería la hora de caminar solo, y tal vez de componer música, sin letras. 

Mas nada de eso hay, (se repite y repite) solo una ciudad zoológico 
donde todos añoramos ser espectadores aventajados de las demás 
bestias. Y rostros repitiéndose tanto que ya parecen palabras 
sueltas. En el animal está la palabra animal varias veces, por eso los 
gritos en el baño, sobre la cama: ¡Animal! ¡Animal! ¡Animal!
Y una novia que teje frases tales como, “velos rosáceos”, “deseo 
que va mas allá 
de la vida de pueblo”, “mañana de clarividencias”, “partir para 
siempre 
en tren un domingo”, etc. Así, la muchacha continúa con esto de las 
frases una vez ya acostumbrada nuestra joven desilusión, y los colmillos del animal son la esperanza que nos deja en forma de carne y viento, cuando ya lo queríamos olvidar todo, o casi todo.
El camino partió en un lejano invierno, todavía estoy en el y a veces me sorprendo y casi suena excéntrico que no muramos en cualquier momento, sin causa definida. 
Quisiera que alguien subiera, que nadie bajara 
Quisiera que nunca fueras a ser disuelta tiernamente en la tierra, porque eso son 
solo unas palabras. Además no se quien eres. 
Esa es mi libertad 
cuando vuelvo a casa solo. 




La doble

Una mañana de trópico ella salió del agua a encontrarse 
con su doble (que era mi esposa) y ambas partieron con 
destino incierto, mientras yo me encerraba 
en el baño a no entender nada, 
a detener el juicio entre dos soles.
Partieron como un volantín inventado antes que los niños 
En las plazas irán mintiendo que son gemelas
Antes que sus siluetas se perdieran definitivamente en el ocaso
salí a la calle y me detuve en una esquina observándolas partir 
Y sonreí, porque de algún modo sabía que volver nunca sería 
realmente volver 

Pasaron muchos años 
Yo vivía en otra ciudad, otro país donde todos éramos extranjeros 
Y nadie tomaba fotografías a menos que estuvieran borrachos 
Habían pasado años entonces, yo seguía siendo un extranjero
de mis propios preceptos 
Cuando la vi, a una de las dos, por el ventanal de una boutique 
donde había entrado para ver unas pipas y billeteras 
La vi de la mano de un niño, cruzando la calle azulada 
y tendí mi mano hacia ese espacio 
Entonces, breve, acotadamente (pensé) nos cruzamos las miradas 
y ella me observó con curiosidad, algo dijo entre labios 
una palabra fantasmal 
(El niño estaba tan abrigado y elegante con un gamulan 
en miniatura) 
Salí a la calle (¡la ventolera!)
No me conocía, hablaba otra lengua 
Y la doble, le dije 
“Double”, repetí, para que me entendiera 
- Oh!, exclamó, “the doublé”, murió la semana pasada, 
vivimos encontrándonos y separándonos… 
Yo fui, alcanzó a decir, casi inaudiblemente. 
- ¿Y tu hijo? 
- Es hermoso, es lo único que me importa de el 
- ¿Y quien es el padre?
- Un marinero de Marsella que se hizo poeta 
- ¿No me recuerdas?
- Si, una esquina, una mañana de trópico. Estábamos casados ¿verdad?
- Si, nos sentíamos más seguros juntos 
- Ah…ahora solo busco un lugar mas hermoso que el (y apuntó al niño)
para que pueda tener sueños buenos al dormirse
- ¿Porqué te fuiste con la doble?
Pero ya no me entendía, nuevamente hablaba en otra lengua y me observaba 
con curiosidad, y hasta burla (pensé en ese momento, ahora no creo
que haya sido eso) 
El niño la tironeó y el frío azulado era tan suave (recuerdo que no sentí 
miedo sino frío) e impersonal que se me
humedecieron los ojos 
Cruzaron la calle y se subieron a un bus 
Yo me quedé un rato más parado en esa esquina, con los ojos brillantes 

Porque sabía que volver nunca sería era realmente volver.













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