jueves, 7 de agosto de 2014

YUNIER RIQUENES GARCÍA [12.729]


Yunier Riquenes García 

(Jiguaní, Granma, Cuba  1982). 
Narrador, poeta y escritor radial cubano. Miembro de la AHS, la UNEAC y del Grupo de Narrativa Hacedor. Es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Forma parte del consejo de redacción de la revista SiC y dirige la revista Caserón de la UNEAC. Ha recibido numerosos lauros por su obra tanto narrativa como poética. Su poemario Claustrofobias mereció el Premio Pinos Nuevos 2009. Otros galardones: premio Cauce 2002 y el Razón de Ser 2005, de cuento; el de poesía Mangle Rojo (Isla de la Juventud, 2007) y la Beca de Creación Silvestre de Balboa (Camagüey, 2009). Colaboraciones suyas aparecen además en La Demajagua, La Letra del Escriba, A contraluz, Del Caribe, Cauce, La Gaceta de Cuba, El cuentero, Revista Matanzas, Ideas en Feria, Juventud Rebelde, El Tintero, El Mar y la Montaña, Ventana Sur, El Caimán Barbudo, Esquife, La Jiribilla, Caserón, Amnios, Cubaliteraria y Sic.





TOCAR PUERTOS

Toco los puertos
después de largas travesías encima de los cruceros.
Conozco el mundo de extremo a extremo.
Me convierto en show man de madrugadas.
Soy un galán que enamora a una muchacha,
o soy la muchacha de los cabellos más rubios de la tripulación.
En las escalas cortas conocemos las plazas públicas
los arcos de triunfo, los puentes, las torres
y levantamos popa sin desempacar las maletas.
En las pocas horas libres intento dormir,
pero no puedo olvidar dos fragmentos de cartas:
1) …ahora lo tengo todo, madre mía, quiero traerte a conocer el mundo…
2) …hijo mío, te guardo una maceta de mamoncillos, de la mata nueva
del patio. Se están goteando, pero nadie los tocará hasta que vuelvas.





BRIGADA DE SEPULTURA
                                            (Exhumación)

En la bóveda reposaban cuatro cuerpos.
La tía Cuca, a quien nadie llamaba Celeste.
Hacía los mejores dulces y el café más fuerte.
Siempre podíamos pedirle algo para comer.
La bisabuela Hilda,
guardaba sus alhajas en cofres escondidos
se quejaba de dolores en todas partes.
Bertha, la otra tía, destacada en la fábrica de textiles
y olvidadiza de las costuras de los hijos.
La prima muerta a fin  de año
después de llegar de Puerto Rico
y conocer muchas ciudades del mundo.
Cuatro cuerpos en cuatro ataúdes
llenos de cucarachas y humedades
Cabellos, dientes y uñas crecidos.
Los hombres de la brigada no se sorprendieron ante nada,
bajaron al foso y sacaron los huesos
en telas roídas y madera podrida.
Unos con guantes y tapabocas, otros a mano limpia.
Los hombres limpiaron los restos del nicho con trapos viejos
separaron hueso tras hueso.
Alguno, seguramente,
se quedó con las cucarachas o se incineró con la basura.
Las cuatro mujeres de la familia se resumieron
en cuatro cajitas rociadas de polvo facial.
Pero solo la tía Cuca se envolvió en una bolsa de naylon.
De regreso a la bóveda uno de los sepultureros recordaba
que esa misma brigada había enterrado a la última mujer.
No lo decía porque la hubiera conocido,
lo decía porque aquella tarde, en aquel entierro,
lo habían picado las hormigas.
Y lo advertía ahora, bajo aquella planta florida,
había un hormiguero bravío.








poemas inéditos 


Si van a sostener los discursos que no sea con palabras, que sea con la boca cosida, con las manos amarradas, con las piernas lisiadas, con los ojos cerrados. Si van a sostener los discursos que se saquen el corazón con la punta de una piedra, que se abran el pecho. Si van a sostener los discursos, si acaso, los pueden sostener.

Por qué tienen que maltratar a mi madre si lo único que quiere es un baño de azulejos blancos. Sale en la mañana y vuelve tarde; trabaja y trabaja. Sueña con fumar y leer periódicos aunque las noticias sean las que sean. Le repite a los niños en cada clase tienen que amar y respetar a los héroes; enseña a los niños a cantar el himno a garganta viva. Mi madre sueña con el baño de azulejos blancos y un techo que permita guarecerse de la lluvia, ahora la lluvia es más feroz y en este lugar caen granizos hasta en las peores sequías. Mi madre quiere reparar la casa, odia sus nalgas sobre la letrina. Números, vocales; estornuda con el polvo de la tiza. Mi madre quiere, que no la maltraten tanto, quiere un baño de azulejos blancos.





Cuchillos

Mi hermano tenía seis años y yo tres cuando supimos del peligro del cuchillo. Habíamos perdido al padre, rechazábamos las ofertas de un padre postizo. Mi hermano y yo conocimos el filo de los cuchillos una tarde desandando por las guardarrayas. Al picar una naranja y ver correr la sangre yo no pude mirar, pero mi hermano jugaba con ella en los hollejos, pintaba los troncos de las matas. A partir de entonces las peleas por decidir quién era el hombre de la casa terminaban sacando el cuchillo. Mi hermano decía te pico, y yo le decía te pico. Afincábamos el filo en la piel, en cualquier parte de los cuerpos. Yo soy el más grande, me decía; y yo el más pequeño. Cada uno quería demostrar el valor, la fuerza de carácter. Mi hermano pinchaba con la punta, yo cedía. Podía afincar con presión o voltear el filo, pero él era mi hermano. Él supo agradecer cuando grande por no equivocarme, aprendimos a jugar con los cuchillos desde niños, a perderle el miedo a los filos.









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