domingo, 10 de agosto de 2014

TOMÁS ANDREU [12.778]


Tomás Andreu

Nació en San Salvador, en 1980. Egresado de Licenciatura en Letras por la Universidad de El Salvador. Actualmente es estudiante de periodismo y es colaborador del Suplemento Cultural Tres Mil del periódico Co Latino, del periódico electrónico Raíces. Es miembro de Fundación Metáfora. Posee dos breves poemarios sin publicar: De ningún lado hacia ninguna parte (2000) y Los frutos ingrávidos (2005).



Espíritu laxo

me derramo en el suelo, 
me evaporo en espiral: 
ingrávido, lentamente me desvanezco: 
ya no soy de aquí, 
a nada pertenezco. 






Somos efímeros

somos efímeros:
un relámpago en medio de la noche
sería más longevo que toda nuestra existencia
y el fulgor de una hebra de tabaco,
ardería más que todos nuestros sueños.

somos decadentes:
un perro putrefacto bajo el sol del mediodía
sería un  surtidor benevolente de retribución a natura
y  sería algo nuevo bajo el sol
más que todo el fruto de nuestras manos.

somos pequeños:
una ola del azul y profundo mar
sería más esbelta que nuestras ideas
y en la solaz orilla de la playa,
un nombre sobre la arena llegaría
lento al olvido, después del nuestro.
somos desolación:
el yermo Sahara en su vasta soledad
sería más fértil que nuestro enjambre de esperma
y la infinita arena que el sol hace relampaguear
perviviría más que toda nuestra descendencia.

somos efímeros,
somos decadentes,
somos pequeños,
somos desolación.
somos el poema que nadie acaba.





Morada 

llegué a la eternidad, 
a un silencio blanco, 
a un funeral interminable. 
habité con mi voz 
todas las formas ocultas. 
fui un soplo continuo 
dando vida, levantando muertos. 
el vaho de mi boca 
fue un río de leche que amamantó la sed. 
derribé los nombres impronunciables: 
las horas, los minutos, los segundos. 
llegué a la eternidad, 
a la muerte del tiempo. 





Negación 

(reflexiones mientras orino en un poste,- sufro de disuria).

morir no es el fin de la vida, es la vida el principio de la muerte. 
no es nacer la pena, es subsistir la angustia. 
no es la soledad la que hiere, es la mala elección del amor. 
no son las despedidas las que entristecen, son las añoranzas de un tiempo que ya no 
vuelve, que ya no existe. 
no son las heridas del pasado las que lastiman, son las cicatrices del presente, -con nombre 
y apellido-, las que duelen. 
no es la adicción la piedra de tropiezo, es la sed de infinito que llevamos dentro. 
no es la lascivia la llama que atormenta, es el ajeno verano de la piel que no conocemos. 
no es la sed del náufrago el suplicio, es el inmenso egoísmo del mar. 
no es la hoja en blanco la frustración, son las malditas putas palabras que no se dejan 
coger. 






Lección 
el silencio es sabio: 
sin hablar, dice, 
y cuando habla, 
nos hace callar. 





Augurio 

moriré loco, 
maldiciendo nombres terrenales y celestes. 
haciendo epitafios en piedras y árboles 
de muertos que nunca vivieron. 
moriré entre las multitudes 
como mueren los verdaderos solitarios: 
entre voces propias y ajenas, 
entre cruces y nombres desconocidos, 
entre aguas enfermas y aromas de flores extrañas, 
entre horas prestadas y compañías hostiles 
entre el destierro de tus brazos 
que nunca me conocieron 
entre el miedo interminable 
de quien no conoció 
y siempre supo su destino. 
moriré loco, 
moriré en mi exilio interior, 
donde ningún alambrado me venció, 
donde los frutos fueron siempre longevos 
y las tardes una calma gris 
como aquella de la que no volví 
mientras escribía en una piedra tu nombre 







Diálogo 

desde algún lugar del mundo, 
desde alguna parte del tiempo 
hablo con vos. 
no conozco tu cara 
ni el abecedario que forma tu nombre 
y desde el mudez de la noche 
no puedo dejar de preguntarme: 
¿desde qué abismo insondable 
el rumor de un río me llama? 
¿desde qué cuerpo celeste 
tu tenue luz me alcanza? 
¿qué tiempo es este 
que nos ha unido en una misma geografía? 
a ciegas, palpo tus palabras 
y encuentro un árbol, tu cuerpo frutal 
lo trepo y me alimento. 
desgajo todos tus frutos, 
muerdos tus ramas 
y siento el latir cansado de tu savia 
que puebla mi paladar, mi boca. 
en las tinieblas, a tientas, llego a tus palabras 
y en tu cabellera de aguas luminosas 
meto mis manos: un sol nace en mí, 
baña mi interior una lejana soledad, 
una tristeza milenaria, 
una pena heredada… 
y desde el centro de la contradicción 
te grito, te pregunto: 
¿sos vos un eco que a mi boca vuelve 
desde otra latitud, o sos mi hermana, 
que desde otra distancia, 
me extiende la mano hacia una misma esperanza? 






¿Muerto? ¡Nunca! 

yo nunca seré un muerto: 
alimentaré gusanos que serán mariposas, 
vendrá la lluvia y hará florecer de mis huesos 
un generoso jardín para las hormigas. 
nutriré los árboles 
y seré nido y pan para aves 
y el viento me hará pernoctar de hoja en hoja: 
seré clorofila, savia, polen. 
yo nunca seré un muerto: 
el sol dorará mi piel 
y los cuerpos celestes se reverberarán en mí 
y en su luz me conjugarán. 
yo nunca seré un muerto, 
porque de mis residuos 
de mis sedimentos, 
habrán nacido otros como yo. 





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