sábado, 30 de agosto de 2014

SILVIA ARAZI [13.091]


Silvia Arazi

Nació en Buenos Aires. Es novelista, cuentista, poeta, actriz y cantante. Estudió historia del arte y canto lírico en el Instituto Sup.de Arte del Teatro Colón incursionando en la ópera y música de cámara así como en la canción francesa y latinoamericana. Como actriz participó en cine, teatro y narración oral. Como escritora, recibió, entre otras distinciones, el premio “Julio Cortázar” de Narrativa Breve por su libro de cuentos “Qué temprano anochece”.Tiene publicadas dos novelas “La música del adiós” por Editorial Galerna y “La maestra de canto” por Editorial Sudamericana que ha sido traducida al alemán y al holandés y llevada al cine en el 2013 por Ariel Broitman y protagonizada por Elena Roger y Adriana Aizemberg. En el año 2013, su libro de poesía “La medianera (una novelita haiku)” editado por Interzona es premiado por el Fondo Nacional de las Artes en Poesía, con un reconocido jurado. Actualmente está presentando en distintos puntos del país un recital poético- teatral , basado en su libro “La medianera” (una novelita haiku) y dicta talleres de escritura creativa.




LA CASA DE PIEDRA

Nadie sabe
dónde están las ventanas de mi casa

No encuentro la ventana, dicen las visitas.
No encuentro la cocina, dicen ellos.
No encuentro los espejos, dicen ellas.

Tampoco encuentran las lámparas,
ni las sillas, ni la puerta, ni la dicha.

Les digo que todo está allí:
en los cajones profundos
del Gran Placard.

¿Dónde están las tazas? insisten.
¿Dónde la cama, las caricias, el polvo,
el  tiempo que se pierde?

No entiendo
lo que dicen. Balbuceo
sílabas torpes
en el lenguaje de los hombres, 
mientras  alguien,  en mí,
aúlla,
como un cuadro de Munch.

¡Ah, ahora sí! comentan  aliviados,
desde sus puestos.

Por la noche,
cuando todos se han ido,
saco  las migas del mantel,
guardo las copas,
acerco mi silla a la ventana  de piedra
y en silencio,
contemplo las estrellas.


EL CANDIL

Claudine volvió 
una noche, a mi casa de piedra.
Llovía y en las calles
nadie más el que silencio.

Estaba pálida, seria,
los pies desnudos
y un candil en la mano.

-Quiero una cama, dijo, mientras la luz de la llama
ondulaba sobre su rostro.
Se miró en el espejo y como hablando
consigo misma, dijo:

-Voy a cantar historias amarillas.
Luego miró mi asombro.

-Amarillas, sí. Dulces como duraznos,
ardientes como el sol del mediodía,
macilentas – hizo una pausa-, como la piel de los moribundos.

Después ocupó mi cama
y olvidando apagar su candil,
se durmió,
sin decir más palabra.



PREGUNTAS

¿Quién es
esa  mujer,
la de nombre extranjero
que vuelve una, 
otra vez
pide una cama,
un colador,
un sueño,
mientras  yo vivo a oscuras
en mi casa de piedra?



ENTRE SÁBANAS

dice Claudine desde la cama,

Blanco, el color más temible. 
Blancos los huesos, 
las vendas, las mortajas. 
Blancos rosarios y blancas 
esperanzas.

(Los papeles vacíos, a veces, 
son tan blancos.)

Blancos tules de novia y blancas
ambulancias.
Blancos azahares,
nardos,
los perversos jazmines.

Los hospitales blancos 
con sus
blancos pasillos de azulejos 
tan blancos.

Blancos los ojos de un hombre
que ha olvidado,
blanca la espuma de la rabia,
las gélidas estatuas, 
el sexo de los santos.

Blanca la espera, la nada 
y el silencio. 
Blanco, tan blanco, 
el corazón del sueño.



UN OTRO CIELO

dice Claudine con aire teatral,

Quiero mentirte siempre,
fingir, quiero ser otra.
Nada más verdadero, más bello, más amable.

Quiero mentir, mentirte, 
y honestamente en falso 
hundirme en la mentira 
como en un otro cielo.

Voy a mentirte siempre, 
no quiero que me veas. 
Voy a hablarte de andanzas, 
de glorias, de países. 
Voy a ser otras cosas: 
otros nombres acaso, 
otros cuerpos acaso, 
tal vez, 
otros lenguajes.

Uno de estos días,
voy a aparecer descascarada y loca,
corriendo por los pasillos de tu casa.
Oscura y triste, 
puro desasosiego. 
Voy a ocupar tu cama 
con mi vestido negro. 
Voy a llorar de espanto, 
voy a insultar de quejas. 
Voy a besarte tanto, 
a quererte tanto...

No, no pongas esa cara, 
no es cierto lo que digo. 
Voy a mentirte. Siempre.


LO REAL

Lo que usted dice no es real, dice el hombre. 
Son sueños, solo sueños.

Se equivoca usted, caballero,
dice Claudíne,
desplegando su abanico de niebla.

—Se equivoca.



BESOS

Naves.
Besos hechos de besos
eran
los besos nuestros.

Sólidos como una fortaleza,
húmedos como las partidas,
lentos,
amor,
como el olvido.





Silvia Arazi (Buenos Aires), Claudine y la casa de piedra, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2016.


El espectro de la rosa

La cantante famosa es redonda, pomposa.
Su figura pesada, brilla,
bajo las luces,
como un tótem de jade.

La cantante saluda.

El público la aplaude con sus guantes de seda.

¡Clap clap! ¡Clap clap!

Murmuran en la sala, secretean, se codean.
Una sonrisa apenas en su cara de luna,
empolvada de blanco.

Lleva un vestido verde,
con pliegues en los pliegues,
y una rosa en el pecho.

Ella apoya su mano sobre un piano de cola
e inclina la cabeza como un pájaro muerto.

–¡Como un muñeco roto! –dice alguno.

El pianista la mira, sin expresión alguna.
Sus manos aletean y la música llega.
Es Berlioz y consigo, el espectro de su rosa de plata.

–¡Una rosa de lata! –dice Claudine.

La esférica cantante abre la boca.
Desde su cuerpo enorme, desde
los pliegues excesivos
de su vestido verde, desde la rosa falsa
que tiene entre sus pechos
hay una voz que viene... que viene...

–¿De dónde viene esa voz?

Los ojos pintarrajeados de la mujer que canta
se alumbran de silencios, de fugas, de victorias.

Lleva las manos gordas al centro de su pecho.
Abre los ojos grandes.
La boca grande. Gruta.

(Abra la boca graaande, graaande, graaaande...)

Todas las noches y las horas,
las desgracias oscuras, la memoria,
los cantos, el olvido, las livianas caricias.
Toda la dicha
y todas las miserias de los hombres,
nos llegan a través de su boca de loba.

–Su boca ancha y feeeeeeeea.

El público se aquieta.
La voz de la cantante se acantila
y la música cesa.

Hay rosas en el aire. Llueven rosas de plata.

–¡Llueven rosas de plata...!

El público está inmóvil
y no hay más que silencio.

Algo
ocurrió en la sala. Nadie
durmió esa noche.




El pájaro del dolor

El pájaro del dolor
se ha posado en mi hombro
y picotea el aire,
ávido de alimento.

El pájaro es tibio, pequeño,
engañador.
Yo me quedo muy quieta,
rezando por su olvido.

(finjo ser un sombrero, un cable,
una columna).

Es inminente que este señor entienda:
en mí, no encontrará nada.
Para él seré siempre
intemperie y vacío.

Sin embargo, él insiste
con su furia de niño.
Roe mi espalda, mi nuca,
mi garganta.
Comenzó a armar un nido con flores y con ramas.
El pájaro del dolor, el muy maldito.








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