domingo, 3 de agosto de 2014

SERGIO INFANTE [12.626]


Sergio Infante Reñasco 

(Santiago de Chile 1 de mayo 1947) es un poeta, ensayista, profesor universitario y narrador chileno, residente en Suecia.

A finales de la década de los sesenta, Sergio Infante, al mismo tiempo que desarrolló una intensa vida cultural en los círculos artísticos de la capital chilena, estudió en la Escuela de Bellas Artes de Santiago. Durante ese período publica su primer libro de poemas, Abismos grises (1967). Por compromiso social y debido al clima político imperante, suspende sus estudios de arte y se traslada a la isla de Chiloé, situada en el sur de Chile, donde le sobreviene el golpe militar de 1973. Sale a la Argentina, donde vivirá sólo algunos meses para, posteriormente, viajar con destino a Suecia donde arribará como exiliado político, en 1975.
En 1977 funda con los poetas Adrián Santini, y Carlos Geywitz el Grupo Taller de Estocolmo, al que se agregará, a continuación, el poeta Sergio Badilla Castillo y el narrador Edgardo Mardones.
Desde finales de los años ochenta ejerce como académico en el Departamento de Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo.
Su tesis doctoral la hizo en torno a la obra Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos, volumen que fue publicado, en 1991, bajo el nombre de, El estigma de la falsedad

Obra

Poesía

Abismos grises (1967),
Exilios/ Om Exilen (1979),
Retrato de Época (1982)
El amor de los parias (1990).
La del Alba Sería, Ediciones RIL Santiago de Chile, (2002)

Novela

Los rebaños del cíclope, Catalonia, Santiago de Chile (2008)



Conjuraciones

Entrecerremos los ojos ante este cuadro enorme.
Parece una sábana teñida por viejas coagulaciones
como si alguna vez cobijara a cien heridos
y luego la hubieran puesto a secar
al paso de un viento arenoso.

Surgen de su centro, en torno a una mesa,





Noticia, 20 de marzo de 2007

Dice el periódico que se mueren los grandes ríos.
Ya agoniza el Yangtzé.
El Mekong, el Salweem, el Ganges,
el Indo, el Danubio, el de la Plata,
el Bravo, llamado también Grande,
el Nilo-Lago Victoria
y el Murria Darling
agonizan.

Se mueren de verdad,
y no habrá mar para el morir de esos ríos.
Omite, no obstante, la noticia
que el entierro de cada río
siempre precede a su muerte.
No se cierra la tumba de un río,
el lecho cuarteado, polvoriento,
señala el curso de esa muerte.

Se despoblarán las ciudades a las orillas de esa muerte.

Y, por inercia, en las escuelas, los niños
aprenderán de memoria que los antiguos
construían sus viviendas junto a las frescas riberas,

y de no contarse con el registro
de viejas imágenes (el chorro luminoso
que arrastra hasta un telón el espectro
de un caudal: la tromba recostada
que penetra y perpetua gana la calma
entre el verde del océano y la espuma),
habrá que explicar, a esos niños,
lo que era la desembocadura de un río
como quien explica la noción
de la nada, del vacío o del vértigo.







Pesos de agua

Juan Bosch, ¿sabías?
Tus dos pesos van
a la baja en el Mercado.

Alguien se birló aquella calderilla
encendida a las ánimas,
fervorosas candelas para lluvias.
Borrarían las grietas en la tierra.
Atraerían el verde que anuncia los frutos.

Algún vivo, porque un vivo sería,
se puso a codiciar lo fabuloso en los dos pesos
reunidos centavo a centavo, administrados
con la manirrota desesperación de la Remigia
que llama y ruega con la llama en cada vela
y, más allá de lo deseado, le llega un buen diluvio.
Incontenible es la gracia de las ánimas.

Es menester regular lo incontrolable,
habrá pensado aquel vivo,
camino a la Bolsa de Valores.
Imagínate, Juan Bosch,
la ofrenda de tu Remigia
perdiéndose en los gráficos bursátiles.

Por la tele se ven las precipitaciones en picada,
líneas que son la delgadez del agua en los dos pesos.
Ahora los años se suceden de sequía en sequía,
con lloviznas que caen entre el consuelo y la burla.
O una avalancha o las deudas se llevan, a lo bruto,
lo poco que alcanza a brotar en nuestros campos.

La gente te echa, a ti, la culpa
de esas aguas bisiestas.
Comparto plenamente esta opinión.
Si no hubieras andado, por ahí, comentando
historias de viejas –temporales por dos pesos–,
aquel vivo de la Bolsa no se habría avivado
ni estaríamos como estamos,
Juan Bosch.









El cielo a trizas

Esas quebraduras bien arriba,
¿las dejaría un temblor de cielo?

En ese caso, Vicente Huidobro
se habría salido con la suya.
Pero aquellos costurones
entre nubes
–que hacen de la atmósfera
la carpa de un circo
en cuya platea,
a sus anchas, se instala el infortunio–
están lejos de ser los despojos
de una visión poética.

Esas quebraduras bien arriba,
peñascazos contra el cielo.

¿Quién lanzó las piedras?
¿Quién pudo lanzarlas?
¿Quién puso la fuerza
para lanzar las piedras?
¿Quién tuvo el cinismo
de esconder la mano?

Ninguno vio aquella mano.
Ninguno, las piedras siquiera.
Tardíos, solo advertimos
estos humos que aún suben
y estos gases de pestilente
invisibilidad que aún suben,
y estos fluidos que aún suben
y no se dejan ver ni oler,
pero al pasar son el labio agraz
y el picor de un arañazo en los ojos.

Un grito en la punta del índice
descubrió las grietas.
Nos dijimos: Estos humos,
estos gases, estos fluidos
son el rastro, las estelas
dejadas por unas piedras.

Ahora el cielo a trizas
amenaza con desplomarse
sobre nuestras cabezas,

ya sea de tanta hendidura
o por supina venganza.

El eterno retorno

Lo repites a cada rato: Muchísimo
antes de que el Sol se apague,
el humano abandonará la Tierra,
la dejará como esos huesos roídos
que los perros dejan tirados en el pasto.

Cambiará de nombre el humano.

En poderosas naves, el terrícola
hallará otro sol y la atmósfera
amable de un planeta.
Pero te mortifica esa esperanza.
Te alarmas como si el domingo
fuéramos a despertar con eso.
Y batallas tu chisme, la conjetura
de que la mayoría se quedará aquí
abajo, mirando las nubes podridas.
Humanos hasta más no poder.

Del día a la noche te paseas por la casa
con una lápida en la boca.
Por momentos la boca resucita,
se muestra en las ventanas
y larga una predicción que nadie escucha.
Sales al patio en cuanto la casa queda a oscuras,
vas a mirar el cielo.
No has parado de pensar:
el terrícola llevará en el origen
de su nombre una huella indeleble.
Te desconsuela la fatalidad de ese recuerdo,
adviertes allí las cuerdas que confirman el cepo.
A medida en que los años despidan siglos
y en el nuevo planeta las generaciones
se vayan sucediendo, la Tierra,
ese infierno un día abandonado,
se parecerá cada vez más al Paraíso.
Por amaños de quién sabe qué nostalgia,
la Tierra se igualará a lo que ya han de ser
historias borrosas, pero dulces todavía,
cuando los futuros terrícolas se suban
a las primeras de esas naves salvadoras.

Sigues plantado en el patio, arriba hay estrellas.
Y como si desde el firmamento te chispearan
esquirlas de alegría, admites la posible existencia
de terrícolas inmunes al romanticismo
oculto en la carnada del paraíso perdido.
Terrícolas de sangre prevenida que llevarán
un desierto y un río envenenado en la memoria;
el depredador y la víctima, estigmas del ancestro.
Ellos, del humano, solo honrarán los momentos
en que Leonardo tomaba el cuaderno
y esbozaba unas alas,
sin pretender el ángel ni los pájaros

Del libro Las aguas bisiestas 






Página en blanco

Ca al non escrevimos sy non lo que leemos.
Berceo

Reconozco esta libreta,
el alabastro palpitante
de su trasiego en la pantalla
anduvo cuatro
o cinco mil años
fuera de su tiempo:
enredado en unos tambores,
domeñado en unas lascas,
presentido en la sombra de un leopardo.

De La del alba sería





Las ilusiones

Ansioso corrí
tras esas fogatas
que amanecían dibujadas
en el fondo de los parques.

Nunca supe
qué se apagó primero:

si el esplendor de esas llamas
o la quejumbre de mi trote
en la hojarasca.





SE PREGUNTABA MANRIQUE (HACIA 2476)

¿Qué se hizo el peje y la mar?
Las tortugas, los corales,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue del oso polar?
¿Qué fue de los marsupiales?
¿Cuántos vieron?
¿Fueron mitos los manglares?
¿Qué fueron tundras y llanos
de estos mundos?
¿Las neviscas, los glaciares?
¿Lagos, arroyos, veranos
muy jocundos?

¿Qué se hicieron esas selvas,
sus tucanes, sus orquídeas,
sus colores?
¿Qué se hicieron madreselvas
y llamaradas irídeas
de las flores?
¿Qué se hizo tanto cruzar
de bandurrias enfiladas
que tañían?
¿Qué se hizo tanto volar,
aquellas plumas chapadas
que traían?

De su: Las aguas bisiestas. 





Retrato  de Época

Apunto con mis ojos al añil y escupo
los azulejos como quien escupe al cielo.
Me acerco porque quiero ver
si por mi boca salieron maravillas,
una delegación de sabios microbianos
o el detrito de las más antiguas penas.
Me acerco porque quiero ver y veo
los cuajos de esa cara que tuve,
múltiple y distinta,
hirviendo y reventando en cada globito de saliva
que resbala, que se escurre alejado entre las grietas.
Antes que sea tarde, ven, acércate,
tal vez puedas rehacerme intacto en tus pupilas.
Y porque quieres ver, vienes, te acercas y miras
la imagen de tu rostro triturada en la baba
y cada pedacito se separa y se presenta como tú
y cada pedacito puede llegar a los congelamientos
o a esfumarse entre vapores
o a morir de vergüenza acunado entre hendiduras.
Vamos, dices, es hora de correr a buscar los fragmentos,
de recomponernos.
Tal vez queden huecos insaldables.
No seremos los mismos de seguro.

(De: Retrato de época, 1982)







Sobre lo irreversible de la Historia

Ligaduras sin fin, espirales vencidas,
azogue medieval prolongando el estigma de las sogas;
días de ayer: las torceduras de los tientos
sobre este tronco mío que ya entiende
que hay un timón que gira
en sentido contrario al de sus vértebras.
Amarrado al potro del tormento, floto
y la resaca del silencio me lleva hacia alta muerte
y a cada quejido que sueltan las cuadernas
responde el graznar de las aves siderales
que picotean el gran cuero de la noche…

Amarrado al potro del tormento
observo el cosmos
y me abundo de los astros como un último recurso.
¡Es mi tiempo!, confieso al Santo Oficio.
¡Es mi tiempo!, le grito a quien me inquiere.
¡Mirad los senderos en el cielo, allí van los astronautas!

(de: Retrato de época, 1982)






El  Pozo

Te inclinas ante el círculo.
Oscurece doblemente
con tu reflejo roto
por esa lágrima
que dejas y que bebes,
que vuelve siempre al sueño
de abrevarte a dentelladas
en la lluvia,
como el más chúcaro.
Como el más abandonado.

(de: El amor de los parias, 1990)








Dédalo

Aquí, bajo el tamiz del lápiz y la rama,
donde el sol y los copos se revuelcan, se apagan
y son el contorno de mis botas sobre las últimas hojas.
Aquí, con mis costados semejándose a estos troncos
que ennegrecen destrinados y desolados del viento, incluso
cuando les silbo o me apoyo en ellos para reconocerme
en cuerpo y no en ánima que ambula y simula
su madera, su majadera fórmula de huir, su formalina.
Aquí, no en el asiento del tren donde escribo,
donde tampoco acabo nunca de llegarme, menos
en la pantalla en que corrijo y me escarbo
de todo lo que estorba con ímpetus de toro cebado
en símbolos, aburrido de éstas mis estrechas veredas
y mis verdades en ella jadeando, hediendo a vanidad,
sobre sus clamores concéntricos, sus pasmados pasillos,
sus hilachas sobadas más de Aracne que de Ariadna.
Aquí, ahora atrapado en este bosque nómina,
que la nieve, nombrada, calmosamente anega y niega
y que una luz lázara y final, llamada no llameante,
recobra, camino y columbro sin encontrar la salida,
sin ocuparme siquiera de encontrar la salida.

(de: El amor de los parias, 1990)







La Poesía

Y en realidad,
¿de qué flores podría hablarte?
El nombre
no es una sucesión de pétalos
o la armonía de un centro
sostenida en el perfume.
El nombre
ya viene marchito,
a nada huele
el nombre;
de ningún viento
es aventura,
ni barajando
el vilano
de su estertor
con la pelusilla
que corona los frutos
nacientes,
el latir de la rama.
Pero sólo tengo eso,
el nombre.
Y sin el nombre,
todo el jardín
es la nada.

(de La del alba sería, 2002)







De  Novela

En cada tramo la noche es más cerrada,
no traen lumbre las palabras que la nombran.
La estrella en la frente del héroe
apenas deja ver lo incierto del rumbo.

Mareado vuelvo a escribir timón
aunque piense un par de estribos,
un pastizal en sol, un caserío en lontananza.
Y encallo cuando me arrastra el recuerdo
de una ciudad perdida en la certeza de sus calles.

Tarde es para achicar lo que son voces al conjuro
o las astillas de mi voz entre el dolor y los delirios
de mudo que advierte la zozobra en el tobillo
como inminente final de toda historia.

Salto.

Me salvo a nado
con un poema entre los dientes.

(De: La del alba sería, 2002)






Segunda muerte de Narciso

Me acerco a la superficie de un remanso,
me devuelve la cara inesperada del Gran Rasca.
No salgo de mi estupor mientras las aguas
menguan sin dejar de mostrarme en esa cara.
Se evaporan, pierden volumen hasta ser
pedregullo y lamilla, yesca en breve.
Y mi cara, la del Rasca,
unas lajas y un cangrejo
podrido por el sol,
por el mismo sol
que atraviesa el tamiz roto del ozono,
y me cae en la nuca
como una guillotina encariñada;
muy pulcra, les diría.

(de Las aguas bisiestas,2012)





Hoy por la tarde

Explosiones en el Sol. En las pantallas,
oleajes al rojo que enfría el telescopio.
No entiendo los gestos, la vastedad
tsunámica y silenciosa de ese fuego,
su pirotecnia distante y exultante.
No hay soldados en esas explosiones.

Aquí abajo, el mismo sol a diario
rotura desiertos con su arado de luz.
Y, frente al sillón, a eso de las siete,
otras imágenes grabadas despliegan
una llanura inerme y niños en armas,
eximidos para siempre del juego,
perdidos en lo penumbroso del fuego.
Artilleros custodian un pilón. Los vecinos
Yacen en la quietud de una alberca vacía
(Si cambiara de canal, alojarían en la nada.
De hecho, en este mismo instante, el zapping
hará un calado olvidadizo en la conciencia de millones).
Aguanto, veo las colas de sobrevivientes. Esperan
el advenimiento milagroso de los carros cisterna.
Al sol, las mutilaciones, las muletas improvisadas;
la sombra es el peso del hijo en el hombro
y las tolderías de la Cruz Roja
y los moscardones que sellan
una boca abatida ante el pezón
y la ansiedad morbosa de las cámaras.

Un hilo de agua atraviesa ese mundo en disputa.
Lo que parece emitirse en directo entrega el ocre
como anchura, y espiga el polvo en los campos.
Mugen famélicos cebúes; en off, continúan mugiendo,
huelen la zanja que se moja con un río en agonía.
Allí la casamata, esos niños, la granada al cinto.
Al cielo, se dirigen las miradas de las víctimas.
El humo de un caserío en llamas niega el cielo.
Y los quejidos quedan de inmediato amputados
por la dicción cuidadosa del comentarista.
Se esfuerza, emula al gran Cardini,
la varita de su voz transforma
en espectáculo todo lo que toca.
Este comentarista se ampara en la técnica.
La técnica se pasa de precaria,
no luce los olores que despiden los horrores.

Mi desconcierto exige un paseo por el parque,
aire pide y no este bajar escaleras preguntando
si un día sucumbiré maniatado con alambres
o si una muerte súbita sorteará aquella humillación.
O si he de encontrarme en el papel de cómplice,
socio menor de testaferros que cruzan las fronteras,
se hacen los lindos en las entrevistas, invocan
la paz en varias lenguas, pero trasiegan armas
en cuanto las cámaras dejan de enfocarlos
y quedan descarados por algunas horas. Armas
bajo cuerda para los niños de un poblado africano
donde todo lo viviente se está secando, donde el río,
día a día, pasa y adelgaza como si rehusara
alimentarse de tanta inmolación en su nombre.

Un atajo entre las lilas y los rododendros
me deja ante una milagrosa de piedra caliza
ajada por el viento y los destajos de la industria.
La ausencia de nariz, subrayada por el ocaso,
me recuerda la nariz y el ocaso de Aldonza,
la andaluza, en el umbral de il Sacco di Roma.
Me remuerde la analogía, tardo en preguntar:
Madre, protectora como ninguna entre las madres,
dime si nuestra ciudad será sometida a algún saqueo,
si las guerras por el agua anegarán estas calles.

Pero a la figura carcomida de una mujer santificada
no la conmueven mis presagios ni mi angustia.
Igual que siempre, a esta hora, contempla
cómo el sol baja, astillado por el follaje,
cómo en las acacias aún se anida y se canta,
cómo aún el magnolio sabe florecer su porcelana,
y la morera, el olmo, el ciruelillo, el álamo,
echar hojas en el pasto. Todavía.

(de Las aguas bisiestas,2012)





Ni se te ocurra 

intestina canes, cetera membra lupi, Catulo, CVIII
En la cara te lo digo, Gran Rasca,
compadrito sin cara en las disculpas.
No entonarás una elegía a este arroyo,
no podrías sin causarnos risa.Ahórrate
ser el gánster ante el féretro, el cliché
de dar el pésame a la viuda de la víctima.
Respeta la corriente esmirriada, el rumor
Desahuciado entre guijas calcinantes y no
te dispongas a cantar por él, Gran Rasca.
Omitirías el fruto, la fístula, el feto,
la falacia de tu proyecto estrella:
una legión de hombres de vien-
tres rellenos con la esponja de la avidez.
Mejor lúcete,dignifícate a las trasnochadas,
con un acto de excelsa sobriedad y calla
tus bemoles de chambónin corregible.
Has sido el ciego paladín de los éxitos
a ciegas. Esos que por inercia apagarán
este último gesto del agua correntina,
esos que ya apagaron todos los otros ríos
mientras tú chillabas: ¡Arriba esas palmas!,
feliz de avivar la sandunga, el zapateo.
¡Cómo salir,ahora,con cantos de sirena!

(de Las aguas bisiestas, 2012)






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