viernes, 1 de agosto de 2014

RUBÉN JACOB [12.609]


RUBÉN JACOB

Poeta chileno de Quilpué, 1939 - 2010.


en memoria de RUBÉN JACOB


Rubén Jacob, falleció el martes 10 de agosto de 2010 

Sin duda de él quedarán más que sus notables libros The Boston Evening Transcript, Llave de sol y Granjerías infames, claves de una literatura aún por descubrir. Gran conversador y una persona siempre cercana a los jóvenes, dejará también una impresión perecedera en cuantos rieron y lo acompañaron a lo largo de su vida, en su Quilpué eterno.

En junio de este año 2010, el poeta Rubén Jacob cumplía 71 años. Los que sabíamos de su delicado estado de salud no presagiábamos un desenvolvimiento tan veloz y funesto de la misma. Incluso, la última vez que nos vimos y conversamos a fines de noviembre o inicios de diciembre de 2009, con motivo de una participación suya en una lectura organizada en la Universidad Viña del Mar, Rubén se permitió bromear con ese tono que le era tan característico, no exento de ironías y paradojas, sobre eventuales obras póstumas y los divertidos dolores de cabeza que le esperarían a los “filólogos” encargados de desentrañar las aristas de tan extraña tarea. Pero sin duda, creí –y quienes se hallaban en el mismo lugar que yo, pienso que coincidían conmigo – que sus bromas se dirigían menos a su salud que al eventual atraso en la aparición del que sería su último libo de poemas Granjerías infames. Sin embargo, este libro, al poco andar diciembre, ya se encontraba listo gracias a la diligencia del editor Patricio González y comenzaba su camino silencioso y subterráneo, pero sin duda esperado entre sus fieles lectores.

Por eso el mensaje enviado por el joven poeta y editor de la revista Antítesis, Gonzalo Gálvez, anunciando el fallecimiento de Rubén este martes 10 de agosto en la mañana, me causó una perplejidad difícil de apaciguar y haciéndome recordar la anécdota descrita líneas más arriba, como también otras vivencias, algunas más íntimas, otras más circunscritas al círculo de amistad que rodeó a Rubén durante toda su vida. Quien haya tratado con él -y son varios quienes podrían corroborar este testimonio desde Juan Cameron, Patricio y Marcelo González, Carlos León, Marcelo Novoa, Jorge González Mancilla, Luis Mardones, Sergio Madrid, Virgilio Rodríguez, Antonio Pedrals, Marcelo Pellegrini o Luis Andrés Figueroa hasta, más recientemente, poetas jóvenes como Gonzalo Gálvez, Diego Alfaro Palma, Mariela Trujillo, Eduardo Jeria, Jorge Polanco, Cristian Cruz entre muchos otros- darán cuenta de lo difícil que es calibrar una pérdida como ésta. Sin embargo, es cierto: Rubén Jacob se nos ha ido… y cuánto con su partida: su actitud serena y disidente frente al establishment literario; su lucidez para calibrar lo oportuno o inoportuno de lecturas, vivencias o situaciones; su sentido del humor a toda prueba, salpicado de sabrosas paradojas y en absoluto ofensivo para con sus interlocutores; su sano escepticismo ante tanta barbarie cultural (“balcanización cultural” me dijo una vez medio en broma, medio en serio); su calidez para ofrecer su amistad y una conversación animada, inteligente y locuaz. Estas cualidades humanas –y otras más qué duda cabe- no bastan para dibujar o al menos bosquejar a ese otro Rubén Jacob, aquel cuya urdimbre escritural rehuía todo elemento biográfico y que hacía de la existencia un pasar silente sin aspavientos dramáticos o autorreferentes. En el prólogo al que sería su último libro, Jorge Polanco traza algunas líneas que nos intentan acercar a una poética que, con el correr de los años, se ha vuelto cada vez más imprescindible para comprender el desarrollo de la poesía escrita en Valparaíso y aún en el país. Jacob, refiere Polanco, es evidencia misma de una actitud de despojamiento e invisibilidad, actitud que permite caracterizar a su escritura como de “silencio biográfico”: ni adscrito a generación alguna, ni partícipe de la vida social en que se ve envuelto todo autor que pretenda encumbrarse en una más que virtual “escena”, Jacob también dio inicio a la publicación tardíamente –sólo en 1993 se atreve a publicar The Boston Evening Transcript su célebre primer libro. ¿Explicaciones para eso?

Quizás, en lo inmediato, un desinterés matizado con ironía por la “relevancia” del mundanal ruido, quizás escepticismo ante las pretendidas y efímeras glorias literarias alcanzadas en los dispositivos culturales al uso. Probablemente modestia, no de la falsa, sino de la auténtica: aquella que nos hace sentir más cómodos y plenos como lectores que como autores y que para Jacob era el sumun de la felicidad -su cándido orgullo infantil respecto a su biblioteca daría mucho que hablar: orgullo que no egoísmo, de ahí que su legendaria existencia sedujera a lo más granado de la juventud poética que de modo libre y sin ataduras, se sentía introducida al mágico mundo de las primeras ediciones o de aquellos autores “raros” que todo aprendiz de poeta va descubriendo paulatinamente: Montale, Trakl, Milosz, Joseph Roth. Pero también y en lo fundamental, en Jacob era dable un distante desencanto para con la posibilidad de ver en la poesía un arma de cualquier radicalismo, incluso aquel que tiene que ver con la misma poesía. Nada más alejado de Jacob que una actitud iconoclasta a lo Shelley, Rimbaud o algún surrealista. Para nuestro poeta, quizás le vendría bien ser comparado con alguno de sus amados poetas italianos (Montale, Ungaretti) o con algún personaje de alguna novela o relato Mittelliteratur (Roth, Broch, Walser, Schulz, Canetti) del que era asiduo lector. Pero sería erróneo ver en aquel distante desencanto, una actitud pusilánime o reaccionaria: para nada, el inteligente sentido del humor que habitaba en Jacob lo desmentiría.  Asimismo, basta leer sus poemas, sobre todo varios de The Boston… y de Granjerías infames que hacen referencia a los detenidos desaparecidos, a algunos amigos y conocidos del pasado, muertos y torturados, a la alusión más que explícita a esos personajes “malditos” (W. Benjamin, Celine, Celan) que encontraron en la autodestrucción, ya no su expiación, sino su desembozado destino, para percatarnos de la lúcida comprensión y aún, asunción de los pesares e incertidumbre provocados por los descalabros políticos de nuestro país en los últimos cuarenta años. En Jacob, no hay una poesía política propiamente tal, más bien hay una reflexión en torno a la herida con que la memoria se ve abierta y profundizada, legitimando de aquel modo a la violencia para que ésta lleve acabo su accionar que se traduce en la desaparición de cuerpos, destitución de nombres, olvido de situaciones y perplejidad ante cualquier posibilidad de redención. Hay creo yo, como también apunta Polanco y asimismo Gálvez o Pellegrini en los textos que le han dedicado a la poesía de Jacob, una especie de temple melancólico trasuntado en la experiencia de ver en la poesía la rotura de esa misma experiencia y que hace de la comprensión de la temporalidad uno de los abismos vivenciales más certeros, lúcidos y dolorosos de lo humano. Porque esa comprensión de la temporalidad, implica intentar entender la pérdida y la ausencia y cuando éstas se ven reflejadas en el espejo de lo histórico, pues se vuelve inevitable verlas como puntadas de un quiebre social y político.

De Rubén Jacob quedan sus poemas: un puñado de palabras entretejidas con sapiencia, sin apuro, sin necesidad de llamar la atención de nada y nadie, enmarcadas bajo ese ropaje culterano de las preguntas siempre fundamentales acerca de lo finito, la desesperación y aquel sentir que los alemanes -tan caros a él- rotulan como sehnsucht.

Para nosotros, convertidos ahora sólo en lectores, eso es tal vez lo que nos queda: una fidelidad en la restitución que la lectura efectúa de la efigie de un poeta que no temió volverse invisible.


VII

Los conocedores de ese periódico de Boston
Se agitan en la brisa como plantaciones
En los postreros días del verano
Esperando quizás el fresco del clima otoñal
Que ya se aproxima.
Cuando el anochecer se extiende
Suavemente por la calle albergando en muchos
Una pasión de vida y ofreciendo a otros
The Boston Evening Transcript
Trepo por los escalones resquebrajados
Y hago repicar la campana trasla verja de hierro
Volviéndome cansadamente
Como si uno pudiera mirar hacia atrás
Para decir adiós con la mano




A J. Alfred Prufrock

Si la calle fuera el tiempo
Y él estuviera en el extremo de la calle
Cantando su canción de amor
Y me dijera algunas palabras
Sobre la niebla amarilla y Miguel Angel
Y yo a mi vez pudiera responderle así
Vamos entonces tú y yo J. Alfred Prufrock
Cuando el atardecer se estira contra el cielo
Como un perro atropellado en la autopista
Pero probablemente no sabríamos dónde ir
Ni para qué
Partiríamos en dirección a otros pueblos
Como pasajeros incógnitos
Hacia lejanos y sucios alojamientos
Ah Cuándo dejará de rechinar el corazón
Habría debido ser una hoja muerta
Barrida por el viento del sur
Eso nada más que eso habría pedido
A quien correspondiera pedírselo
Si eso sea lo que fuera
Existiera en algún perdido territorio.

            (De The Boston Evening Transcript, Valparaíso 1993)




Tres poemas de Rubén Jacob
selección de Diego Alfaro Palma


XVI

Los soldados canadienses masacrados en Dieppe
Los que sucumbieron ametrallados
En los barrizales cuando el desembarco de Anzio
Los que por años resistieron ateridos
En los muros de Leningrado
Los que murieron junto al río en El Ebro
Mis compatriotas extinguidos 
En la batalla de La Concepción

La lluvia del verano lloró sobre sus vidas
Al ir acercándose a la costa
Hacia las inescrutables luces
¿Es que sus visiones tendrían comienzo
El día de su final? Ah cómo saberlo
En este mundo sin rostro sin preguntas
En que estar no dura sino segundos
En el que cuerpo y alma amor y odio
Se sumergen juntos brevemente
Sin que palabra alguna
Se escuche en la landa estéril
Entonces ¿Por qué dejar de leer acuciosamente
Todas las noticias del diario?
Sus titulares, los comerciantes y obituarios
¿Por qué no creer que el Boston Evening
Traerá alguna edición con la buena nueva?
¿Y qué no seguiremos vagando como esperpentos
Por los callejones
Dando vueltas lejos de toda vida?
Pero cómo tener fe en tanta dicha
Si en la árida tierra 
Desde las secas praderas
Algo malvado hacia acá viene
Con dudosas promesas
Y el temor nos cerca la aprensión
Desciende sobre nosotros desorientándonos
Del otro lado del espejo
¿Retornaremos alguna vez a esta orilla?
¿Anclaremos para siempre en puerto seguro?
Ah La corriente hace de nosotros
Siempre unos errantes 
Nos arrastra inexorablemente
Hacia los acantilados que desgasta el crudo viento
Si todo esto así se diera
Yo giraría me volvería de un modo hosco
Como para decir adiós a algún lector
Del Boston Evening Transcript
Si el Boston fuera el tiempo
Y también la calle fuera el tiempo
Y ese innominado lector estuviese parado
En el fondo de la calle interrogándome
¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?
¿Qué vamos a hacer mañana?
¿Qué vamos a hacer jamás?
¿Qué fue de tantos combatientes 
De qué sirvió su sacrificio?
¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?
Continuamos buscando un sueño
Todo nos aleja de un Dios
Y nos acerca al cieno
Mira ese hermoso anciano derrengado en un sillón
Junto a los puestos de flores frente al mar
Como aguarda la muerte
Desecho de una existencia tronchada
¿Dónde quedó la vida
Qué perdimos viviendo?

                           (De The Boston Evening Transcript, 1993)





Andante

Me agradaría visitar el comedor de un hotel
En la costa No habría otros huéspedes
Entonces podría pedir un diario de la tarde
Y hojearlo entretanto encargo mi cena
Con una jarra de vino
Podría estar ahí sentado en mi mesa
Y quizá en mis desvaríos concurriera
Un conjunto de cámara
Y en el gran salón desamparado
Bajo las lucientes lámparas de lágrimas
Interpretaran la sonata Vinteuil
Solamente para mí
Y yo solicitaría después que repitieran
Solamente para mí el Andante
De esa sonata para violín y piano
Lo escucharía recogidamente
Apoyando los codos en la mesa
Bebiendo irrespetuosamente
En ese elegante bar sin comensales
En ese hotel en las afueras
Que nunca más abrirá sus mamparas
Y después pudiera ocurrir
Que allí permaneciese demudado
En las horas desnudas y cruentas
Mientras los garzones apagaban las luminarias
Auscultando un rumor tras los cortinajes
Repasando los matices finales de esa sonata
Y que continuara allí quieto
En el sosiego del salón
Observando las antiguas tulipas
Que ya no me alumbran
Escuchando ese violín y ese piano
Las campanadas distante de una iglesia
Y el estallido de la bajamar
Antes de marcharme.

                    (De Llave de sol, 1996)




Cantata (1964)

En un antiguo verano
Ya desvanecido te amé
Buscando algo a que aferrarme
El viento gélido me acorraló
A la salida de los cines
Te recordaba y meditaba
En qué ocurriría pero era otra
La que sospechaba oscuramente
Que la vida no era un baile de máscaras
Ni un desfile de modas.
Tampoco la lluvia extinguida de súbito
O estar meditando en la medianoche
Después de lo ocurrido 
Ahora me afeito largamente
Y pienso en que el viento
Barrerá con todo el viento triste
De vez en cuando todavía
Acecho tus pasos refugiado
Como un cosmonauta en el amanecer
Para no extraviarme
Pero tú ya no eres.
Ahora eres otra
Pienso en el mar lejano
Con su estrépito
Y en todo lo que nos olvidaba
Bajo las luminosas arboledas
Yo puse el cecicero y aplasté
Las dalias caídas ayer
Yo soy aún el que te quise
El que anclé
A muchas millas de tu rostro
Una tarde un verano
Estoy seguro de ser yo mismo
Si pudieras verme igual sería
Sin duda
Me siento vivo bajo el firmamento
Sé que existo
Y también sé que a veces
Me tortura como a un apátrida
La luna llena
Sin embargo no fuiste tú sino otra
Lo que sospechaba oscuramente
Que por temor a sufrir
Nos morimos
Vueltos a la noche insondable
Y si así fuere yo te preguntaría
¿Cuánto resta aún de silencio de rencor
De días de lavarse los dientes
De odiarnos o de entrar y salir corriendo
De las dulcerías?
Un día golpearé en la puerta de una casa
Donde tú sospechas oscuramente
Y deberías estar preparada
Lista para partir
Tú que sospechabas oscuramente
Que tenías los ojos claroscuros
Si todo se redujera
A acostarse contigo
Mientras llueve dulcemente afuera
Y lejos pitan los expresos créeme
Que bastaría para ser felices
Pero existen los cuarteles
Y la muerte y las estrellas
No es tan fácil ya lo veas
Al final quizá cuando ya no tenías más voz
Para llorar bajaste semivencida
Y desde al andés miraste
Volar las gaviotas
Yo sé que viajabas en el tren de las 20.20
Y que pensabas aquí estoy ausente
Vacía de mí misma Lejos
Separada de las descascaradas estatuas
Y de las calles céntricas
Pero no no era así
Yo era el que estaba libre y solo
Para poder preguntarte
¿Un día verdaderamente
Estarás tú también cubierta
Por las amarillas hojas muertas?
Te pregunto ¿Morirás algún día
Verdaderamente? Quizá nosotros
Estaremos cavilando en un subterráneo
Con las barbas crecidas
Oyendo galopar el corazón
Y tú también habrás desaparecido
Para siempre finalmente
¡Cuánta tristeza de buzo antes de morir!
No obstante si de verdad
Te ausentas búscame antes
En esas alamedas del Sur
En la costa extensa y sola
Y búscame
En las ásperas arenas del mar 
Y en la luz que yace en el polvo
Cuando los últimos astros se quemen
Y llegue la oscuridad.

                    (De Granjerías Infames, 2009)



The Boston Evenging Transcript

Escribir en torno a un poema del Premio Nobel T.S. Eliot como variante, también de una partida de ajedrez, en forma reiterativa, con poemas y vivencias propias, es lo que hace Rubén Jacob en su primer libro de poemas titulado The Boston Evening Transcript, como se titula el poema de Eliot, muy corto, lleno de significación, que termina cuando le deja ese antiguo vespertino a su prima Harriet: 


“Desganadamente, como uno volvería para despedir con un gesto a la Rochefoucauld 
Si la calle fuera el tiempo y él estuviera en el extremo de la calle  
Y digo: Prima Harriet, aquí tienes el Boston Evening Transcript”.


Oigo la voz de Rubén Jacob repitiendo el último verso flemático, impecable, inglés por adopción también para Eliot, “ese viejo gato”. Dicho poema es el motivo conducente de todo el libro, de lo que resulta un viaje a través del tiempo y la historia, “esa pesadilla” de la cual Stephen Dedalus de Joyce quería “despertar”.

Viaje entrañable este de Jacob donde se suceden versos y palabras de múltiples poetas y de los grandes hombres del pasado y de siempre, como Giordano Bruno, Rosa Luxemburgo -muerta a culatazos-, Marcel Proust y su desaparecida Albertina en su hotel de Combray. Y bastante Borges con su Aleph de coda y compañía final, para terminar en un interesante contrapunto donde el molde Norges permite la antiestrofa-Jacob en forma alusiva y ritual.

Sin pretender hacer literatura comparada, y admitiendo una gran diferencia, el trabajo de Rubén Jacob me recuerda un poco a lo que intentara Ignacio Valente en sus “Futulogías”, donde la cultura es el elemento que hace de Virgilio conduciendo al Dante por las antas desoladas del tiempo. Los ajedrecistas famosos del pasado no podía faltar en el convite: 


“Para viajar hacia Marisch-Ostrau 
presenciar allí la partida de ajedrez 
Entre Bogolijubow contra Tartakowe 
Y luego a Zukertort contra Tchigorin 
Ensayando el contragambito de la muerte 
En el torneo internacional de 1915
En el fondo del tiempo”.




Abogando de profesión, ahora con profecías, Jacob también nos habla de


 “Los notarios conservadores archiveros  
Actuarios receptores procuradores del número 
Usías ilustrísimas y demás funcionarios auxiliares”. 


El libro por estas razones se deja leer con complacencia quizás, para que nos demos cuenta “del tiempo y de la edad” y “aprovechemos el día”, de lo que nos va quedando aunque ya caiga el crepúsculo y los vendedores voceen el diario vespertino. Mientras Jacob nos habla del Ser -no el de Borges, sino el suyo-, el nuestro, el de Neruda, aunque no lo dice, pero se sabe, está presente. ¿Cómo no había de estarlo?.

A través de estos recuerdos se nos dibuja el perfil del autor; descubrimos que sus amigos son nuestros amigos, que todos somos la historia del mundo en un solo día como pretendió Joyce en el “Ulises”; que Dedalus es Bloom veinte años después que Borges, y Argentino Danieri son dos caras de lo mismo, aunque Borges diga bellamente “soy Borges” para esa Beatriz Viterbo, como la de Dante
jamás perdida.

Nos es muy grato tener este libro de Rubén Jacob después de tanto tiempo y “tan extraña ociosidad” esperando que nos siga hablando por escrito y el peón alfil salte a la octava casilla eligiendo otra reina porque el rey ha muerto. ¡Viva el rey!.

El Mercurio de Valparaíso, 3 de septiembre de 1993. Pág. 39.





Llave de sol

Hacer alusión a la música en una obra literaria tiene sus ventajas así como sus bemoles. Esto porque desde “El Cuarteto De Aiejandría” de Durrel hay ya una augusta tradición culterana, que de sobra nos enseña al respecto.

“Llave de Sol” es la propuesta de Rubén Jacob, abogado poeta, ajedrecista amigo nuestro y de Juan Luis Martínez. Es éste su libro segundo y modestamente en nuestra opinión consideramos que ha progresado lejos en relación al primero. Pues hay en él una mayor precisión en el sentimiento expresado, por no decir una impecabilidad. O sea, una perfecta armonía entre sentido y sonido. Son 24 poemas y cada uno de ellos tiene por título una pieza musical o instrumento del gremio en solfeo. Con esto quizás el autor quiso ponerse un tope, una estructura musical-instrumental para que no sonara tal vez a instrumentalizada. Cada movimiento poético tiene su melopea que nos deja bien situados en el plano de ausencias y presencias. Se duele siempre del paso del tiempo y de cómo ha pasado por nuestras vidas que serían “los ríos que van a la mar…”.

En sus arias, oratorios, nos va diciendo palabras que lindan con la gran poesía y pareciera hacernos presente la libertad que goza el arte en relación al límite estrecho de nuestra convivencia humana. Por ejemplo, justamente en su poema “Aria”, nos dice: 



“¿Por qué la ópera los himnos las risas?
¿Los oratorios y madrigales? 
Porque de ellos intensamente emerge 
la vana tragedia de la voz humana  
La única historia que no se altera 
En el tablero del mundo”


para preguntarse después nuestro poeta “¿Qué gendarmería la apresa?”.

En casi todos sus poemas Jacob de una u otra manera nos llama a residir en el arte o quizás con arte en esta “tierra baldía”. Da con su sinfonía del límite y a tanto llega en su nuevo compromiso estético que pasa a una de las más grandes obras fílmicas que hicieron historia precisamente por su esteticismo absoluto en pugna dramática con la relatividad de lo humano ante lo divino de la belleza, y por ello nos dice en “Adagietto”: 


“¿Por qué entré a la vermouth en ese cine?  
Un día jueves de un mes de diciembre 
Miraba absorto la pantalla 
Donde Bogarde representaba a Aschenbach 
Lo vi bajar a la playa
Y después desplomarse en el silión 
Frente a la opacidad del océano
En tanto el Adagietto
De la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler 
también desaparecía en el día expirante
Me había juntado con Visconti y Thomas Mann
Y con la muerte en Venecia” 


¿Demasiado arte por el arte?

En esta constante amalgama que hace el poeta Jacob con la cultura del arte y la historia me recuerda un poco a nuestro Premio Nacional Gonzalo Rojas, culterano experto en citas, aliteraciones felices y encabalgamientos no menos felices. El verso de Jacob me parece más apacible, más alquitarado y su parte explicativa también es sabia, haciéndome evocar la “Ciudadela” del autor del “Principito”. Habrá mucho que decir de este especial libro con portada dorada, sillón principesco e instrumento mallarmeliano de cuerdas en su respaldo. Lo recomendamos con entusiasmo como una de las mejores obras que se han publicado en este tiempo y por estos lados. Yo haré una pausa para echarle otra lectura.

El Mercurio de Valparaíso, 15 de mayo de 1996. Pág. C 11

        


CONOZCAMOS A RUBÉN JACOB


Por Cristián Cruz

Radicado en la ciudad de Quilpué hace cuarenta años, este poeta nacido en Santiago en fecha que el autor no da a conocer en sus libros, antecedentes que no importan ante la lectura de sus poemas.

Autor poco conocido diríamos, poco bullicioso a diferencia de muchos de sus colegas en las letras, tiende al silencio, es así que es toda una sorpresa encontrarse con títulos de su autoría en donde demuestra un nivel superior, un nivel poético que trasciende el devenir y el temple de la tradición poética chilena. Se instala Rubén Jacob en los discursos literarios mas finos de la poesía de habla inglesa, rememorando en su primer título "The Boston Evening Transcript" al conocido T.S.Eliot, y toda una tradición poética que encierra una basta lista de autores, entre ellos Jon Berryman, Louis Zukofsky, y en cierta medida al entrañable Pound y su certeza poética.

Mas sorpresa es cuando este libro aparece en un tiempo en que poco se hablaba de la tradición de la poesía en lengua inglesa, pocos eran los que traficaban esos versos de mano en mano , ya que las traducciones en Chile eran poco difundidas o no existían, hablamos del año 1993, al contrario de nuestros días en donde existen autores que han hecho proliferar las traducciones de T.S.Eliot, o el mismo Pound, y de una serie de autores de lengua inglesa.

Jacob en cierta medida se adelanta a esta especie de avalancha de poesía por lo demás buena y renovadora para nuestras arcas un poco a mal traer , mas que por la escritura misma, por la tremenda capacidad que tenemos como país para inflar lo que no es realmente lo que debiera ser la poesía ; "la poesía no es un pastel, no se compra con rubros". Ya nos advertía Esenin. 

Doble mérito para este poeta en letras mayores, poeta lector, fino en la escritura, en el discurso, en el remate de los poemas. 



"Antes de recomendarles que adquirieran 
el Boston Evening Transcript
o que fueran a visitar en la hora del té
a la prima Harriet que está sola
aunque quizá no me entendieran bien
o desconfiaran de mí
y yo bajara mi cabeza, partiera sin rumbo
enfilando hacia distantes caseríos
en busca del tiempo perdido".



Un libro casi desconocido, pero de potente resonancia, que no pasará invisible para quien entienda que la poesía es el silencio y no la fanfarria, que Jacob respira un poco por nosotros en un ciudad pequeña, y que nosotros hacemos otro tanto al caer el sol con su libro entre las rodillas, y soñamos tras el ventanal.

Otra entrega del autor es Llave de Sol de 1996, libro referido en esta oportunidad al mundo de la música docta, de los instrumentos que inundan el discurso del poeta, los lugares del poeta. Al igual que en el título anterior, Rubén Jacob sigue con la pulcritud lingüística que lo ha hecho disímil al resto de poetas de su generación, rítmico, manejador de los tiempo, y lúcido en el discurso. Un temple que se agradece, ya que enseña a mitigar esa insistencia de escribir sobre las razones de la estridencia y reventar los petardos antes de tiempo. Un libro que se inscribe junto a otros y hace adelanto de lo que nuestro conocido Armando Roa y su Zarabanda de la Muerte Oscura hiciera aparición unos años después. La música y la musicalidad, dos hermanas extremadamente unidas, en Llave de Sol nos dan a entender el conocimiento del oficio del autor. Nos pareciera estar presente ante esas figuras literarias escondidas, solapadas para dar entrega calladamente de la poesía en su posición y para tomar posesión de un sitial de buen gusto, de jerarquía poética. Leamos a Rubén Jacob, poeta culto, como pocos, lector que se trasluce en sus libros, después siempre existirá en nuestras esquinas olvidadas el The Boston Evening Transcript, para volver a casa y entrada la tarde leer y mirar el zaguán que se oscurece poco a poco.



El trino del diablo 

Rasgando el amanecer reluciente
El horror del amanecer
La alegría la lobreguez del amanecer
Del amanecer que es a su vez anochecer
¿ Qué pensarían qué podrían imaginar
Ante el cuchillo del violín del diablo?
Allí acabarían de especular
Sobre las teleseries 
Y sus desgraciadas heroínas
Nada obtendrían con lamentarse ni suplicar
Ahora toda defensa sería infructuosa
Contra el trino del diablo
Que se embosca resonando
Entre los edificios oscurecidos
Que nos arrebata y aterra.

( extracto de Llave de Sol)





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