lunes, 4 de agosto de 2014

RAÚL ORTEGA ALFONSO [12.642]


Raúl Ortega Alfonso

Ciudad de La Habana, Cuba, 1960. Poeta y narrador. Mexicano por naturalización, país donde reside desde 1995. Ha trabajado como corrector de estilo, editor, profesor de literatura y español. Fue columnista de la sección “Noterótica” de la edición Mexicana de Playboy y del suplemento cultural Sábado, del periódico UnomásUno. Entre su obra publicada están los poemarios Las mujeres fabrican a los locos (su único libro publicado en la isla en 1992 por la Editorial Abril y más tarde reeditado en México, D.F., en 2003 por la Editorial Praxis); Acta común de nacimiento; Con mi voz de mujer; La memoria de queso; Sin grasa y con arena; Desde una isla (libro-objeto de poemas y grabados en colaboración con el pintor cubano Carlos García), y las novelas Fuácata; Robinhood.com; El inodoro de los pájaros y La vida es de mentira, esta última Premio Ediciones B & Playboy de Novela Latinoamericana 2013. Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al alemán, al inglés y al italiano. 

Su obra está prohibida en la isla. Tanto su narrativa como su poética ha sido atacada duramente por la crítica por su desmesurado pesimismo. “Es cierto, estoy equivocado. Ustedes sólo tienen que mantener los ojos cerrados para afirmar que miento.” 





Poemas: 



La pared

¿No están ustedes cansados de escuchar mis aullidos como si fuera una puta que le tocó parir atendiendo a un cliente? Desde el gran Magallanes sabemos que el dolor es redondo y una sola pared nos envuelve. El hombre ha sido siempre un montón de huesos con disfraz de albañil, repellando con excrementos la única pared. La pared que se cae y se levanta, la pared que se come y se vomita, la pared que almacenamos y escondemos, la pared de todos y de nadie —con la verdad chorreando en nuestras lenguas—, la pared que de una vez tenemos que asumir, que no es igual que resignarnos, que no es lo mismo que recibir la cornada del toro con una sonrisa en el vientre.

asumir la pared mi ojo es la cloaca
asumir la pared mi boca la arquead
a al paso de mi contemporáneo asu
mir la pared en la entrepierna un p
antano donde le imparto clases de 
traición a los peces

Sobre la boca del hombre estoy menstruando, sobre la boca de quien me taponea estoy menstruando. Soy una catarata hincando la piedra inexpugnable, soy ese hilo de agua polvorienta; taladro en la carne que huye o que regresa; cigüeña a la que le partí el pescuezo para cocer un sopón y alimentar al hijo que no tuve. 

como el pedo de un borracho que olemos
en la sala de un cine asumir la pared como
los huevos de un oso saltando de nariz en
nariz asumir la pared como los gallos que e
n la taberna solitaria del cielo se emborrach
an y cantan que jamás saldrá el sol como e
l aire que nos tocó respirar encerrado en el
neumático de una bicicleta asumir asumir as
umir la pared

A mí me enseñaron a disparar contra las ambulancias, aun sabiendo que en ellas viene Dios manejando.




Conferencia ofrecida por una lesbiana en la sede de un baño público, a periodistas nacionales y extranjeros contaminados con el sida y acreditados por el gobierno

Como un rastrillo que trabaja en los jardines del infierno me restregué la cara en un charco de semen y me quedó un sabor de café sin azúcar, de estafa, de abandono, porque no fue un encuentro de dame y yo te entrego, sino ley del embudo, de sálvese quien pueda en medio de la selva. Entonces yo elegí —aunque nunca nos dieron el derecho de hacerlo— y salté la inmensa cerca de la moral, sin importarme que un cazador disfrazado de hombre o de mujer me disparara con su escopeta de perdigones-voces; algunas de vidrio o de bagazo, pero ninguna humana.

Una vez a la guerra se llevaron los pedazos del hombre y no los devolvieron; una vez, cuando el deseo me dio su aldabonazo, me puse de algodón una barba, pero la sangre me corrió por las piernas y no tuve otro remedio que bajar a la calle a recoger la botella vacía del borracho. Mi orgasmo fue por mucho tiempo el hijo de acostarme con una pesadilla: vacío, como también vacía la vida de mi madre: página escrita por una analfabeta. La crítica no se enterró en su carne, ni en sus orgasmos de madera ni en su viaje alrededor del mundo sobre una lavadora. Yo pude ser su obra —según ella—, pero salí torcida como la hoja de un tabaco que termina sus días envuelta en el escupitajo de un viejo tuberculosamente ácido.

Tranquila me peino —después de catapultarme con mi amada— en el azogue de las caras que despiden el odio, o le echo una moneda a la burla para llegar temprano a casa, donde también el asco me da la bienvenida. Pero estoy orgullosa cuando me señalan —aunque sea para mal—, lo importante es no pasar inadvertida en esta cucharada de tiempo que nos toca. Otros le mueven el suelo a un niño cuando está aprendiendo a caminar y ni se enteran o lo aplauden.

No estoy cansada ni voy a lanzar la patada que todo testículo me quiso propinar. En la soledad del desprecio aprendí a masturbarme con el odio, convertirlo en vasija en donde le doy de comer a las hijas de la vecina abandonadas por el padre. Tampoco me estoy justificando; sería como volverme blanda y tratar de pasar por debajo de las puertas cerradas; sería como esconderme detrás de una culpa que no existe. Si alguna vez me justifico lo haría ante la luz, porque fui capaz de tocarla sentada en la punta de la lengua de una mujer que también es odiada, porque creyó en el amasijo de los cuerpos desnudos rodando sobre una ladera florecida, y ya no cree en nada sino en mí, que soy su válvula de escape, que me trago su fuego, y no la dejo reventar como una vulgar cazuela de presión que en la cocina tiznada del mundo incrusta los frijoles en el techo.





Cualquiera siente miedo y…

Lengua sin boca soy, como también sé que el nieto de quien le disparó a José Martí es dueño del hotel que construyeron en el lugar donde estaba mi casa. Pero esto no me apena. Si tener la lengua pegada a la cara es gozar de alguna libertad, bienvenida sea esta prostituta escapada de casa.

Cuervo mojado de oro fui y cazadora de ojos de varones inhóspitos. Pero no contaré de lo que quise ser, ni si seré. Nací gusano y el tiempo se rajó como una vieja bandera derrotada. No se puede volar si te cambian alas por un hierro encendi… He dicho que no voy a contar. Estatua con chorrito de agua brotando de la boca. ¿Alguien se inclinará a beber sin tener asco? En estos tiempos la nobleza me aterra.

Una mujer con la lengua colgando de la oreja no puede ser apetecible; una mujer escupiendo en el bombo donde hay mil tarjetas y una sola respuesta, no puede apreciar la mirada del ángel increíble para ciertas edades y golpes. ¡No me toquen la lengua! ¡No me la estiren como un auto perseguido que desaparece en una esquina! Yo no hablaré de la hospitalidad del vidrio. ¡Pero no me la corten!, ni me introduzcan una estopa por el hueco de lo que antes fue mi boca, como si fuera un cañón al que hay que limpiar antes de la inspección. ¡Suéltenla!, ¡déjenla! Que se enrosque en el primer glande que quiera atravesarla para hacerlo girar como el anuncio de una barbería.

La luna avergonzada resbala por el culo de un carnero que es fornicado por los hombres.




La familia

Mi padre fabrica carbón en pleno siglo XXV y su semen fecunda la única vianda que nos alimenta; mi padre acuchilla cien mil reses y la honestidad pesa más que la única oreja que nos trae; mi padre es un hombre con su cuchillo al cinto; mi padre no es un hombre con su cuchillo al aire. Mi madre es la vaina donde mi padre guarda su cuchillo. Mi madre ríe, dice: “Tú hermano sí sabe pararse sobre el agua, ¿verdad, mijo?; tú hermano sí sabe pararse sobre las olas, ¿verdad, mijo?”. “Sí, madre, mi hermano se tragó todo el mar y nos está esperando con muchos peces dentro.” 

Y yo me pongo a freír a mi hermano delante de mis padres.

Alamar, agosto y 1994






Con mi voz de mujer

Yo soy Eva o María, la madrastra de Dios, la que le pega mientras reza cuando Adán viene borracho y me golpea a mí. Adán o Pedro es un alcohólico y ladrón de caballos, y la manzana estaba llena de agujeros que él taponeó con cera para que yo no le viera los gusanos. Nunca tuve una casa, un vestido; pueden ser un árbol, una hoja, pero… ¿y la caricia? Yo soy Eva o Juana, la novia de Tarzán, la de servir la mesa y llevar los monitos a la escuela, la del striptease en la boca del lobo a cambio de un trozo de carroña. Yo me acosté con Noé y su tripulación encima de una ola furiosa, que me contó cómo se hundía el Arca a causa de los agujeros que le hice. Yo soy la amante preferida en el baño de los manicomios; aquí me abro para Sancho y la patada de su mulo; aquí soy la rubia desnuda que posa para Vincent, chupando un mango madurísimo y abierta como una tijera recién afilada. Aquí soy la mano de Charlotte Corday, que se hunde gustosa en la bañadera y chapotea en la sangre de la guillotina. Yo soy el laberin… STOP      PLAY… Tuve blanca la piel como el queso fabricado por la gente más pobre, pero al igual que el mar le plagia al cielo su color, así de negra estoy por dentro porque también le plagio el color a la tierra. Soy la Primera Dama. A mí me corresponde navegar —con quitasol y todo— en el agua que le brota por las narices a la gente; a mí me corresponde el puesto de cajera en este negocio de quejidos. De uno en uno se me amontonan los segundos para cobrar mi cuota de humillada…

Estas fieras que me clavan sus banderas en la pelvis y me alzan como trofeo conquistado en sus guerras, son mis hijos. Ustedes que me escuchan, son mis hijos. Todos son hijos míos; también mis violadores, a la hora del vino o sin el vino, de la droga hospedada en la nariz o en las venas.

¡Esperen!, no me corran delante como si le estuvieran huyendo a una epidemia. Yo sé de dónde vengo: mi origen está en el óvulo expulsado. Nadie me quiere pero me necesitan. Tampoco se me asusten. El odio me relaja. Soy la flecha queriendo atravesar el sol; ese viejo de acatarrados lentes y rayos que cuelgan como flemas de gajos moribundos. 

¡Ah!, mis niños pedrada, mis niños afilados, mis niños bomba: dueños de grandes tesoros cancerígenos. Mi sexo es una escoba desflecada que se cansó de barrerles el cerebro. ¡Ah!, que histeria tan sabrosa paladeo. Ahora son perros trabados a mi sombra en medio de una calle que conduce al vacío.

Miren al mundo con su trajecito a rayas paseando entre paredes. Nosotros somos la visita de un preso que no tiene visita. 

Ahí va un poco de música para que no se aburran con mi voz grabada en esta cinta, que ustedes sonriendo y con rabia romperán entre manos, pensando en esas locas que se peinan con alcohol el cabello delante de una hoguera.












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