lunes, 11 de agosto de 2014

RAFAEL MENJÍVAR OCHOA [12.807]


Rafael Menjívar Ochoa 

(San Salvador, 17 de agosto de 1959 - 27 de abril de 2011) fue un escritor, periodista, traductor salvadoreño. Su padre, el economista Rafael Menjívar Larín, era rector de la Universidad de El Salvador cuando el ejército la ocupó en 1972 y lo exilió hacia Nicaragua. El resto de la familia abandonó el país en enero de 1973 hacia Costa Rica, donde se reunió con el padre. En 1976 se instalaron en México, donde Menjívar Ochoa vivió durante veintitrés años. Estudió música, teatro y letras inglesas.

En 1999 se instaló en El Salvador, donde en 2001 se convirtió en Coordinador de Letras (director de literatura) y en 2001 fundó La Casa del Escritor, proyecto para la formación de escritores jóvenes, ubicado en la que fuera casa de Salvador Salazar Arrué (Salarrué). Pertenece a la llamada "Generación del Cinismo" o "Generación del Desencanto", junto con Horacio Castellanos Moya, Jacinta Escudos y Miguel Huezo Mixco, entre otros que comenzaron su producción literaria en la época de la guerra. Fue compañero de vida de la poeta salvadoreña Krisma Mancía.

LIBROS PUBLICADOS

Novela

Historia del traidor de Nunca Jamás (Novela). Costa Rica, 1985, Premio Único de Narrativa de la Editorial Universitaria Centroamericana EDUCA 1984.
Los años marchitos (Novela negra). Costa Rica, EDUCA, 1990, Premio Latinoamericano de Novela "Ramón del Valle Inclán".
Los héroes tienen sueño (Novela negra). San Salvador, 1998, DPI; 2ª edición, 2008.
De vez en cuando la muerte (Novela negra). San Salvador, 2002, DPI, 208 páginas.
Trece (Novela). Toluca, Instituto Mexiquense de la Cultura, 2003, 182 páginas; Guatemala, F&G Editores, 2008)
Un buen espejo (Novela). Editorial Colibrí, México, 2005.
Cualquier forma de morir (Novela negra). F&G Editores, Guatemala, 2006, 118 páginas)
Instrucciones para vivir sin piel (Novela). La Orquídea Errante, México, 2008)

Cuento

Terceras personas (Narrativa). México, 1996, Universidad Autónoma Metropolitana, Colección Molinos de Viento No. 96. 85 páginas.
Un mundo en el que el cielo cae y cae (Narrativa). San Salvador: Colección Revuelta, 2011. 125 páginas

Poesía

Algunas de las muertes (poesía, Claves Latinoamericanas, México, 1986)

Ensayo

Manual del perfecto transa (México, 1999, Patria/PROMEXA)
Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981 (San Salvador, 2006, FLACSO; 2008, Índole Editores-FLACSO)

Traducciones

Histoire du Traître de Jamais Plus (novela, Cénomane, Le Mans, 1988, traducción de Thierry Davo, premiado por el Centre National des Lettres del Ministerio de Cultura de Francia)
Instructions pour vivre sans peau (novela, Le Mans, 2004, Cénomane, traducción de Thierry Davo).
Tierces personnes (narrativa, Cénomane, Le Mans, 2005, Cénomane, traducción de Thierry Davo)
Treize (novela, Le Mans, 2006, Cénomane, traducción de Thierry Davo)
Miroirs (Relato, Le Mans, 2006, Cénomane, traducción de Thierry Davo)
Un monde où le ciel ne cesse de tomber (Cuentos, Le Mans, 2008, Cénomane, traducción de Thierry Davo)

Antologías

"Un libro levemente odioso". En Otros Roques. La poética múltiple de Roque Dalton. Rafael Lara Martínez y Denis Seager, editores. University of the South Press, New Orleans, 1999.
"Fade-out". En revista MEET (Maison des Écrivains Étrangeres et des Traducteurs) No. 3, Saint Nazare, 2000. Traducción de Françoise Garnier.
"Fade-out". En Papayas und Bananen. Erostische und andere Erzählungen aus Zentralamerika. Selección, traducción y prólogo de Werner Mackenbach. Brandes & Apsel, Frankfurt, 2002.
"Cementerio de carros". En Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano contemporáneo. Edición de Enrique Jaramillo Levi. Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2003.
"Fade-out". En Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano. Werner Mackenbach, compilador. Ediciones Centroamericanas Anama, Managua, 2004.
"Cementerio de carros". En Crocevia 1/2. Scritture straniere, migranti e di viaggio. Italia, 2004. Traducción de Attilio Aleotti.
"Espejos". En Los mejores cuentos mexicanos, edición 2004. Selección e introducción de Eduardo Antonio Parra. Joaquín Mortiz, México, 2004.
"Cementerio de carros". En El milagrero / Der Wundertäter. Erzählungen aus Süd und Mittelamerika. Deutscher Taschenbuch Verlag, Munchen, 2006. Traducción de Erica Engeler.

Otros

Del amor de la muerte. Antología y traducción de RMO. Editorial Vid, Colección MECyF, México, 1999. Textos de Jonathan Swift, Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Ambrose Bierce, Jack London, Saki, Virginia Woolf y Horacio Castellanos Moya.





UN VIEJO AMOR



Uno está en ocasiones 
atroz como una puerta 
y es —si acaso es algo— 
mano, bisagra y llanto 

Y ya nunca llorar 

Cuando uno está entrenado 
—dar vuelta de campana, ladrar 
fingirse muerto— 
las cosas no caminan como deben 
El tiempo pasa lento 
los taxis huyen lentos 
el sueño se desvela y uno se cree santo 
y triste 
y en realidad sólo piensa en otra cosa 

Cuando se acaba el día 
si es que se acaba 
duelen los pies en serio 
la pomada no ayuda, los suspiros 
no ayudan ni para estar insomne 
Cuando acaba la noche 
si es que se acaba 
se recuerdan los sueños de tres noches atrás 
saludan de lejos con manecitas tristes 
y eso, amor, es irse al diablo 

(Es oscuro el cementerio de los sueños) 

En fin, que arden los ojos 
al despertar y cuando el dormir falta 
y cuando se está lejos de uno mismo 
cerca de nadie en especial 
rozando el limbo. 
Arden los ojos de agua 
arden de tanto ver y de estar ciego 
Todo color es vano y no existe memoria 
más que de este ardor que ya desangra 

Uno camina de nuevo 
y duelen más los pies de tantos pasos 
de estarse quieto y rayos: 
mañana es domingo 
nada más que domingo 

Quizá sea otro día si lo suplico a rastras 
Quizá si fuera lunes sólo tendría la náusea 
que da cuando se pierden los calendarios patrios 
y las fechas profanas 

En fin, amor, que está la casa en calma 
y que no tengo casa 

Nadie tiene una casa 





II 

Cera, candado, moho, 
sonrisa y hierro: 
el cálido sabor de un llanto ebrio. 

Sin más ni más, la imagen 
de un rostro en el espejo, 
y blancos los cabellos. 

Cera, candado y sal, 
las manos de cemento: 
la frágil soledad de un cementerio. 

(Los días ya no hieren, 
sólo saben a hielo. 
El amor ya no mata: 
sólo es silencio.) 

Cera, pudor, migajas 
de nada cierto: 
el rostro sin rencor de un niño ciego. 





III 

Si me muriera ahora extrañaría 
lo que viví en tu piel: la fiel distancia 
de mi casa a tu pecho, 
de mi mano a las grietas 
de un corazón abierto que no me ama. 
Si me muriera ayer, 
si tan sólo muriera; 
si vinieran tus ojos a mirarme, 
si cantara en la niebla que me diste por voz, 
si me buscara en vano, si te fuera a buscar, 
si te encontrara, 
si mi última noche fuera ayer 
y no mañana 
y no cuando tu olor ya no existiera; 
si hoy no fueras tú, sino ya nada, 
si las fotos no fueran más que fotos, 
si fueran sólo nada; 
si nada más que nada en los momentos 
que ya no pasan, 
si no pasara nada; 
si no hubiera dolor, 
sino ya nada, 
qué de calor sin llamas, qué de vueltas 
sobre el largo y el ancho de esta cama 
que nunca visitaste sino a medias, 
sino a distancia. 

(Del colchón a tu espalda, 
del olor a las válvulas de tu sexo con nombre, 
de tu rodilla anclada en otras ansias; 
de la suerte al momento de la nada, 
hay una gran distancia, amor, 
hay una gran distancia.) 

Qué de cintura, en fin, al borde de otras manos, 
qué de sudor que acaba en tempestad, 
en carne inútil, en vértebra encarnada. 

Qué de huesos sin dueño, malditas las miradas 
que pisaron con ansia tus pisadas; 
qué de olvido sin suerte, qué de muertes 
para una sola vida, para un fuego sin llamas. 

Si alguien muriera hoy, 
si yo muriera, 
si tú no me contaras en pasado, si viniera 
a mi casa un dolor con otro nombre; 
si no fuera tu nombre 
un alfabeto roto, una distancia 
más grande que vivir sin esperanzas; 
si te volviera a ver con otra ropa, 
si ya no fueras tú, si otro te viera 
y te rompiera el alma,

qué de besos perdidos, qué de llagas; 
qué de rumores nuevos y sonrisas sin boca, 
sin la huella fugaz de quien fue bien amada. 
Qué pálido el rubor. Qué fiel la rancia 
lápida con tu nombre y apellido, 
con tu calle y tu número grabada. 
Qué de cadáveres ciegos se rompieran 
en el rincón más triste de mi cama. 
¿Y qué será del tiempo? 
¿Y qué será mañana? 

¿Cuándo será mañana? 





La mujer esqueleto 



La mujer esqueleto se desnuda 
con ansia vegetal 

La mujer esqueleto 

La mujer esqueleto dice gracias 
por no llorar 

Siembra esqueletos 

La mujer esqueleto masca dientes 
y goma de mascar 

Sombra de un esqueleto 

La mujer esqueleto se nos muere: 
vocación de esqueleto 




II 

Boca sin boca: 
esqueleto 
Pasión de caderas 
y hielo 





III 

El perro que te ladra buenas noches 
tu perro personal 

El sillón que se sienta a tus espaldas 
tu sillón personal 

El baño que te lame los sudores 
tu baño personal 

Tu furor tu leucemia tus vaginas 
tu cara personal 

Las sábanas que huelen siempre a siempre 
tu cama personal 

Los dolores de espalda los dolores mensuales 
tu status personal 

Tus libros tu diarrea tus impuestos 
tu cuándo personal 

Tu zapato tu dios tus vegetales 
tu nada personal 

Tu fémur esquelético tu sífilis 
Tu náusea personal 

Tu noche tus gruñidos tu carro tus pendientes 
tu náusea personal 
sí 
tu náusea personal 

Tu máquina de mierdas y de lágrimas 
tu idiotez personal 

Tu hermana la que canta tu tío el que te viola 
tu niñez personal 

Tu cosa personal tus pocas ganas 
tu cosa poca cosa personal 
sí 
tu cosa personal 




IV 

Bagazo 
anónimo sin dueño 
sombra de un caballo triste 
sueño de un mal espectro 

Eclipse del cuerpo 






La mujer esqueleto amor a solas 
sombras y hueso 
La mujer esqueleto casa aparte 
el rubor a destiempo 
La mujer esqueleto mala cosa 
mala sangre y aliento 
La mujer esqueleto que se moja y descose 
y baila ante un espejo 
La mujer de su casa y de sus dientes 
La mujer de las piernas sin sustento 
La mujer que se sangra y no se muere 
los ojos de relleno 
La mujer que se cansa a medio día 
La mujer de las tripas y los gestos 
La mujer sin embargo La mujer apellido 
La mujer de su padre y de su dedo 
La mujer poca vaca 
La mujer sin su peso 
La mujer de la bota y del canario 
La del muslo desierto 
La mujer que lloró toda una noche 
La que se fue muy lejos 
La que viene y se viene y se palpita y sangra 
La que se peina el pelo 
La mujer desvelada la mujer trapo en uso 
la mujer que va al cielo 
La que se antoja a ratos La que se entrega nunca 
La que saca a pasear a su hijo muerto 

Quién mujer cuando entonces 
Quién campana o complejo 
Cuándo bata y sostén 
o niña o descontento 

Largo su largo brazo 
su brazo de esqueleto 





Máquina 4 

A veces estar muerto, sentado poco a poco. A veces 
la gana de estar serio y conmoverse, 
un espejo por cara, un dormitar sin ojos. 

A veces decirse sin embargo: 
la mano de este lado, la otra mano del otro, 
arroz en la comida, leche y pan, lentejuelas, 
y reír Estar solo y a solas 
y amarse con desprecio. 

A veces no hay ni dónde caerse muerto.

Los dientes que se salen de las órbitas 
y crujen como tablas. A veces que los huesos 
de la cadera saltan, los tendones, las cejas, 
y se quiebran. 

Uno despierta a veces muerto 
y sudando. 






EPÍLOGO

Uno se levanta a veces, sin saberlo, 
con los dos pies izquierdos. Saluda al espejo: 
la barba creció. No hay café. (Se necesita 
café para vivir hasta las diez de la mañana.) 

Uno a veces se levanta y aún duerme 
y años después despierta en una casa que es la suya
y si acaso encoge los hombros y susurra 
una frase de perdón para sí mismo. 

Uno tiene a veces las ganas de morirse a media calle. 

Uno contesta a veces que sí porque así son las cosas, 
que no o que talvez porque así son las cosas. 
Uno a veces no contesta 
y se llenan de silencio los zapatos, 
el pantalón queda flojo 
y la camisa suda. 

Uno se preguntó alguna vez “¿debo?” 
y contestó “me muero”. 

Uno, alguna vez, tendrá los ojos vidriosos 
y dirá la palabra equivocada 
y cantará sin tono 
y no habrá quien lo escuche. 

Uno verá alguna vez que el tiempo es viejo 
y que no tuvo tiempo. 
Sonará el despertador 
y una sonrisa a la izquierda de la cama 
le dirá que ya es hora, que el agua está caliente, 
que no se le haga tarde. 
Y uno —que es uno y no más que sólo eso— 
dirá que un rato más, sólo un minuto, 
sólo un segundo más, medio segundo
y qué extraño, ya no suenan los violines, 
y qué extraño es el mundo cuando no suenan los violines. 






SIN TÍTULO


I. 

¿Qué hago sin gato aquí, 
cierto y ecuánime, 
sin causa que juzgar? 
¿Qué hago sin cara propia, 
sin pies ni tambaleante? ¿Quién me busca 
y no halla mi teléfono en su mesita de centro? Soy apenas 
las señas particulares de alguien que me conoce, 
tarjeta de identidad que se descalza un pie 
y luego el otro 
y dormirá hasta que sea demasiado temprano. 

(Mi carne no sabe a carne. La saliva 
se coagula y, oh, de nuevo es media tarde 
y no ha llegado la lluvia.) 

¿A qué hora habré nacido, que no recuerdo la luz? 
¿A qué hora me habré muerto, que no me duelen las manos? 






II. 

Aún hay bancas en los parques. 
Aún hay parques 
y las estatuas gruñen en silencio su soledad patria. 

Aún hay flores 
y aún no tengo nombre. Aún 
arranco flores para entender que alguien muere 
cuando el amor nos mira fijamente. 

¿Y de qué se habla en el parque? 
¿Y a quién se espera en el parque? ¿Quién llega? 
¿A quién se pide perdón? ¿A quién se paga la entrada? 
¿Quién cobra? 

Hoy no hubo un reloj que me llamara 
y llegué tarde a la ceremonia de estar solo. 





III. 

Mañana será hoy, y así las cosas. 
Mañana no es mañana. 
(¿Qué hago sin gato aquí, 
donde dormir es muerte?) 



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