miércoles, 6 de agosto de 2014

POMPEYO SAAVEDRA [12.692]


Pompeyo Saavedra

Pompeyo Saavedra (1924). Poeta y periodista. Vive en Toronto, Canadá. En Chile publicó su primer libro: “Las palabras de siempre” (1965).





SI ME VOY


Lo que nos angustió te habrá dejado 
su rastro transparente. Las palabras 
dichas a media voz, su huella leve. 
Mis manos en tu piel ya te marcaron 
la impronta del dolor o la tristeza. 
Mis ojos te mostraron la alegría 
y mi sangre su dulce turbulencia. 
Pasamos juntos por la misma calle 
afirmando los pasos uno al otro. 
Me enfrenté con el tiempo y los fantasmas 
y estuviste a mi lado.




Las palabras de siempre
Autor: Pompeyo Saavedra
Santiago de Chile: Impr. Horizonte, 1965


CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1965-05-16. 
AUTOR: HERNÁN LOYOLA

El lenguaje poético de Pompeyo Saavedra contiene algunos elementos muy valiosos. Lenguaje concreto, sin adjetivación exuberante, atento a la mención directa de los objetos, de los materiales de la realidad:


“Como un avaro oculto tu moneda de besos
mientras pasa la riada de los hombres famélicos.
Tiemblo, pensando: un día
también fui de los mismos…
Cuando estuve al acecho.
Cuando robé la paz de una esperanza.
Cuando mentí la luz de una sonrisa”.

(“Absurdo”, pág. 33).



Este rechazo del regodeo adjetivador y la tendencia a sustantivar la expresión promueven agilidad en la andadura de los versos de Saavedra. Y no son, hay que decirlo, actitudes estilísticas que se den con frecuencia en los poetas jóvenes, novicios o que aspiran a consagrarse. La tentación del adjetivo insólito suele perder a muchos escritores, recargando sus versos, haciendo pesada y farragosa su marcha. Por desidia, por incapacidad, o simplemente por falta de respeto a la poesía, se suele olvidar una de las leyes áureas de la estilística: “Cuando el adjetivo no enriquece, mata”. De ahí que nos parezca promisoria la tendencia de Pompeyo Saavedra hacia la expresión sustantiva.

Otro rasgo estilístico destacable: solidez y seguridad en el sentido del ritmo que habitualmente aparece ceñido a la configuración de una idea. No es el ritmo que se complace en su propia cadencia, sino un marco de sonoridad para el pensamiento, una atmósfera de fondo:



“Lo que nos angustió te habrá dejado
su rastro transparente. Las palabras
dichas a media voz, su huella leve.
Mis manos en tu piel ya te marcaron
la impronta del dolor o la tristeza.
Mis ojos te mostraron la alegría
y mi sangre su dulce turbulencia.
Pasamos juntos por la misma calle
afirmando los pasos uno al otro.
Me enfrenté con el tiempo y los fantasmas
y estuviste a mi lado".

(“Si me voy”, pág. 37)



Sin embargo, estos poemas de Pompeyo Saavedra, salvo composiciones o fragmentos aislados, no logran el vuelo que los recursos del poeta prometen. Su inspiración aparece rígida, convencional, algo acartonada. La tendencia a lo discursivo, a cierto lirismo plano y sin matices, menoscaba con demasiada frecuencia la fuerza de las palabras de siempre. Saavedra, no consigue, en términos generales, liberar sus vivencias ni dejar que sus sentimientos o impulsos poéticos se desencadenen en toda su turbulencia, en toda su complejidad, en toda su contradicción.

Es verdad que a veces surgen en el libro antítesis o contraposiciones que tienden a captar la dinámica de una realidad en claroscuro:



“Es otra fiebre la que ahora tienes.
No la que te encendió cuando gritabas en la calle
contra los asesinos de los Rosenberg”.

(“La Compañera Enferma”, pág. 29).



O bien:


“Hemos de convertir dolor en lucha
hacer de nuestras lágrimas un río poderoso 
y feraz sobre la tierra.
Si no nos fue posible la alegría,
contra los que la roban marcharemos
con odio y decisión, hasta que sea
bandera del amor nuestra tristeza,
nuestro adiós como un sol enrojecido
en la mañana luminosa y cierta”.

(“Después”, pág. 39).



Pero la formulación lírica se queda en lo externo, en cierto énfasis superficial, en un gesto estereotipado. De aquí resulta que las palabras de siempre, escritas en este libro con sinceridad indudable, no siempre contagian ni convencen. A menudo dejan solo una impresión de retórica fría: un amaneramiento de la ternura o un empaque declaratorio en el mensaje.

Pera desmoronar las limitaciones expresivas de su poesía, es evidente que Pompeyo Saavedra necesita –por una parte- “descontrolar” la intimidad de su pensamiento poético, descongelando el flujo expresivo; y –al mismo tiempo- no abandonar el mando de los controles formales.





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