miércoles, 20 de agosto de 2014

PEDRO NOLASCO PRÉNDEZ [12.971]


Pedro Nolasco Préndez Murúa

Poeta, autor de varias colecciones de poesías.
Nació en Santiago en 1853. Hizo sus primeros estudios en el Colegio de San Pedro Nolasco y luego cursó leyes en la Universidad de Chile, hasta recibir el título de abogado en 1874.
En 1876 fue al Perú como secretario de la Legación de Chile; dos años después, al regresar a Chile, fue nombrado rector del Liceo de La Serena.
Abandonó la carrera del profesorado para ser juez en San Felipe, en Valparaíso y en otras ciudades. En 1880 fue nombrado juez del crimen en Santiago. En 1882 se alejó de la judicatura y entró al periodismo como redactor de La Patria, de Valparaíso.
Fue víctima de varias acusaciones de plagio de que lo defendió Rubén Darío. En 1892 volvió ca la enseñanza como profesor del Liceo Santiago, donde permaneció basta su muerte. Falleció en Santiago en 1906

Fue un espíritu cultivado, un gran conversador y un comentador ingenioso, de todo lo que lo rodeaba; un sentimental y un romántico.

Diputado suplente por Constitución, período 1888 a 1891. El diputado propietario, David Mac-Iver Rodríguez no se incorporó hasta el 21 de diciembre de 1888 y se supone que fue reemplazado por el suplente, Pedro Nolasco Préndez Murúa.

Bibliografía:

La Esmeralda. Corona poética de los héroes de Iquique. Recopilación. Santiago, 1879. 
Poesías. Siluetas de la historia. Valparaíso, 18&6. 
Nuevas siluetas. Santiago, 1888. 
La maldición a Balmaceda. Fragmentos de una Silueta Histórica escrita en la cárcel de Santiago. Santiago, 1891. 
Colón. Oda premiada en el certamen universitario. Santiago, 1892 
Poesías. libro de Lectura. Santiago, 1901. 





COMBATE NAVAL DE IQUIQUE

Poderoso rival de los titanes
que libertad y patria nos legaron;
semidios del valor, cual no soñaron
las enemigas huestes otro igual;
alcese Homero de su fosa helada
para cantar las glorias de su nombre;
vuelve a encarnarte, Fidias, en el hombre
que su estátua gloriosa ha de tallar.

Las sonoras trompetas de la fama
lleven su nombre hasta confín lejano,
y donde quiera aliente un ser humano
oigase un himno eterno en su loor;
para grabar sus cifras inmortales
preste su brillo mágico el brillante;
sirva de pedestal a ese gigante
el pico de Aconcagua abrasador.

¡Oh, su nombre! sabrálo el tierno infante
por la nodriza que a su lado vela;
la primera palabra que en la escuela
debe aprender el niño a deletrear;
el sacerdote en él hallará ejemplo,
emulación magnífica el guerrero,
virtud modesta el ciudadano austero
y el orbe una figura colosal.

¡Oh veintiuno de mayo! fiel testigo
de tan heroica y tan sublime hazaña!
tu deslumbrante resplandor empaña
cuanto en la historia fulguró hasta ayer.
Las horas para tí no vuelan rápidas,
no ha muerto el sol que te alumbraba ufano;
los años y los siglos con su mano
jamás podrán tu luz oscurecer.

Rico en proezas, venturoso día,
cuna y tumba de un héroe sin segundo,
tu valor de chileno alumbra al mundo
que atónito tu nombre repitió.
La sangre y destrucción no le amedrentan,
las balas enemigas atropella,
pues lo guiabas tú, chilena estrella,
e iba a ser su mortaja el tricolor.

Gigante en su heroísmo se levanta
volcán abrasador en su mirada,
rayo de muerte su vibrante espada
y su voz de la patria exclamación.
Salta al puente enemigo, hiere, mata
cuanto su diestra vengadora alcanza,
y cae al fin, sublime en su pujanza,
reteniendo en la mano el corazón.

Meteoro fugaz fue su existencia;
más la estela que marca tu sendero
será de luz magnífico reguero
que eternamente fulgurante esté;
tu nombre será un canto de victoria,
una leyenda tu grandiosa hazaña,
y el apacible mar que a Chile baña
blandos rumores sin cesar te de.

¿En dónde hallar un pedestal que pueda
soportar al coloso de la gloria?
El bronce y el diamante son escoria
que no bastan su nombre a conservar.
En las cimas más altas de Los Andes,
teniendo por antorchas cien volcanes,
y bien cerca de Dios, podrá a sus manes
la patria humilde ofrenda tributar.

Al heroico valor de ese soldado
eleve Chile majestuoso templo;
ha enseñado a morir con su ejemplo,
y es preciso su herencia conservar.
Si el cadáver glorioso de ese mártir
ha escapado al encono del peruano,
en urnas de oro el pueblo soberano
sus cenizas benditas sepa honrar.

Hoy mudo está su hogar antes risueño,
pero orgulloso su nombre egregio;
Chile, si es justo, patrimonio regio
a sus huérfanos hijos a de dar.
Su madre al arrullarlos en la cuna
les contará magnífica leyenda,
y cuando la razón su mente encienda
la historia de su padre ya sabrán.



A ELISA

Risueña estás, Elisa, y yo admirado
al ver que te sonríes muy sin gana,
sonríes por la tarde y la mañana
y yo siempre sonriendo te he encontrado.

¿Nunca el dolor tu frente ha doblegado?
Al oír una fúnebre campana
¿te has quedado sonriendo muy ufana?
Di la verdad, Elisa. ¿no has llorado?

Tu continuo reír no lo comprendo,
si dices que no sufres nunca, mientes;
el hombre aquí en la tierra está sufriendo.

Déjate de esas risas tan frecuentes
porque muchos quizás están creyendo
que deseas mostrar tu bellos dientes.






EN LA CUMBRE DE LOS ANDES

¡Allí está la ardua cima
en diálogo imponente con el cielo,
que sorprenden a veces
los cóndores audaces en su vuelo!

¡Parece amenazar al infinito
con arrogancia loca,
cual si escondiera germen de gigantes
en su robusto seno cada roca!

Del génesis del mundo
ella guarda las páginas sombrías.
iDe su sopor profundo
despierta con ignotas alegrías
cuando oye las extrañas melodías
del trueno que palpita en sus cavernas
y arrulla siempre con rumor solemne
sus tristes soledades sempiternas!

Allí está, centinela del espacio,
viendo a sus pies las ciegas muchedumbres
que a veces llegan a las altas cumbres 
con su planta insolente;
que la soberbia del coloso humillan
y su túnica espléndida mancillan.

¡Las águilas que bajan hasta el llano
nuevas le traen de esa altiva raza,
de ese hormiguero humano
que el amor a lo inmenso despedaza!
Ellas, batiendo el ala
que atraviesa la nube
y llega hasta el alcázar del querube,
van a plantar en la más alta roca
la mesa del festín: abren las garras
do la víctima está de su apetito
y con voraz anhelo,
dueñas del infinito,
parece por lo alegres que se embriagan
sin que turben sus goces
las sombras maldecidas
que en los banquetes de los reyes vagan.
Ante el ojo asombrado del viajero,
de esas moles la espléndida belleza
parece a un tiempo trono y fortaleza:
¡trono de libertad, firme y severo 
que aplasta con inmensa pesadumbre
a todo lo mezquino de la tierra,
y fortaleza cuya excelsa cumbre
quiere a los cielos declarar la guerra!

¡Tanta grandeza exalta los sentidos:
se oyen quejas de genios invisibles,
de colosos heridos; rumores que, 
aunque son indefinibles,
secreta ley armónica los guía
formando una aterrante poesía!

Ahí de entre esas rocas apiñadas
en un triste aislamiento sempiterno,
ráfagas de huracán petrificadas
al oir un mandato del Eterno,
parecen elevarse las plegarias
de toda la creación, en la hora santa,
divinamente bella
en que el sol se levanta
dejando acaso el lecho de una estrella.

¡Soberbio altar!, le sirve de incensario
un volcán con sus negras espirales,
y el hombre, sacerdote temerario,
con sus grandes anhelos inmortales,
oficia ahí: ¡la mano reverente
sobre el ara extendida;
oculta entre las nubes la alta frente
con el fuego del cielo enardecida,
y colocado el pie no vacilante,
sobre la espalda misma del gigante!

Solemne, majestuosa, aterradora,
aquí la creación sus fuerzas muestra;
de portentos audaz generadora,
ésta es su obra maestra;
pero el hombre, que es átomo mezquino,
comparado con tal magnificencia,
la vence y avasalla: su divino
invencible poder, la inteligencia,
más fuerte lo hace que esa dura roca,
sube a mayor altura que el granito
coronado de rayos en la cumbre:
¡su espíritu inmortal los cielos toca
y llega a lo infinito
para buscar de Dios la eterna lumbre!






COLÓN

ODA PREMIADA EN EL CERTAMEN UNIVERSITARIO ABIERTO PARA CELEBRAR EL CUARTO CENTENARIO DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA.


Al señor don José D. de Osma
Conde de Vista Florida


1

Cuando derrama el sol en la llanura
su fecundante lumbre,
ha iluminado ya con su luz pura
las rocas más nevadas de la cumbre:
confidentes adustas de los cielos,
aunque el rayo las hiere
y el huracán tremendo las azota,
saben que nunca muere
el rico manantial que de ellas brota 
y se desliza por la agreste falda 
para ir a derramar en la pradera,
llevando el arco iris en su espalda,
las galas de una rica primavera.

Los genios son las cumbres eminentes
del espíritu humano;
el sol de la verdad quema sus frentes 
y reciben su brillo soberano,
sin miedo ni inquietudes,
mientras duermen sin luz las multitudes
¡El edén o la burla los persigue;
la cárcel o el destierro los maltrata;
pero su empuje formidable sigue
sin pedir treguas a la suerte ingrata;
hasta que al fin, con fuerza gigantea,
la misteriosa idea
que en sus almas germina 
a los pueblos fascina, 
y el progreso, en su eterna caravana
por los anchos dominios de la historia,
la exhibe y engalana
con el regio atavío de la gloria!

Himalaya empinado de esos montes
y genio de los genios,
domina los más amplios horizontes,
los más vastos proscenios,
el numen de Colón: el alma humana
jamás tuvo tan altas concepciones; 
y nunca inspiración más soberana
sobre un mortal diseminó sus dones.
Estudia el universo y, de él en nombre,
un mundo a Dios le cobra:
la creadora mano de aquel hombre
quiere agrandar del Hacedor la obra.

Ha pesado la tierra en la secreta
balanza de su espíritu potente,
y la mira incompleta:
parece que le falta un continente.
Luego aplica el oído,
con extraña atención, a los rumores
que de un lejano mar desconocido
imagina escuchar:  ¡en los ardores
de su mente febril, ve alzarse erguida,
del inquiero océano entre la bruma,
la visión de una tierra que escondida
su alma contempla con delicia suma!

El mar, que de misterios se corona,
engendrador de roncas tempestades,
tal vez arrulla en apartada zona
a otros hombres y pueblos y ciudades,
con sus templos, sus dogmas y sus leyes,
con nuevos dioses y altaneros reyes.
¡Asombrosa intuición de su destino!
¡Por una idea fija dominado,
siente el gran peregrino
la nostalgia del mundo que ha soñado!




II

Aunque grandioso, temerario intento
el que a Colón asedia:
no está en la plenitud de su ardimiento
el hombre al despertar de la Edad Media.
Ha vegetado en lúgubre abandono
al pie de los altares o del trono,
y al ver que el horizonte ya clarea
con el sol de la imprenta soberano,
apenas aletea, queriendo alzarse, 
el pensamiento humano.
¿Cómo elevarlo a la región sublime
que el genio pisa sin temor ni angustia?
¿Cómo darle el vigor que no se imprime
sobre una frente mustia?

El dogma es el primero que se alarma
con la nueva doctrina;
llega en su celo a creer que se desarma,
amenazando ruina,
el viejo alcázar de su fe divina.
Pero Colón se explica, se defiende:
ortodoxo sincero, a la Biblia no ofende
cuando habla de buscar un derrotero
a ignoradas regiones
donde plantar la Cruz, símbolo austero
de amor, de caridad, de bendiciones.

Criado en el infortunio, esa palanca
que al corazón humano siempre mueve
y de sus fibras poderoso arranca
la experiencia que al hombre da relieve,
se apoya en Dios para afianzar su empresa
ya que su siglo sólo en Él se fía,
y con los libros de Moisés, confiesa
la sublime verdad de su teoría.
¡Si la ciencia embrionaria
es incapaz de comprender su anhelo
y de darle la ayuda necesaria,
sabe suplir la ciencia con el cielo!

La ignorancia, montaña de granito,
lo obstruye, no lo arredra;
desde su alto sarcófago de piedra 
con aterrante grito
los siglos del pasado
lo llaman temerario iluso loco
pero él, con voz solemne,
sólo contesta al miedo de los siglos
pidiendo a la verdad su eco perenne:
¡enmudeced, errores y vestiglos!










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