viernes, 22 de agosto de 2014

OCTAVIO AMÓRTEGUI [13.003]

                                                                        Dibujo de Octavio Amórtegui
                                                                       Autor: Ramon Barba


Octavio Amórtegui

Poeta, diplomático, académico, prosista, dramaturgo y cuentista nacido en Bogotá, el 19 de febrero de 1901, muerto en Celaya, Estado de Guanajuato, México, en 1990. Octavio Amórtegui Rojas estudió periodismo en la Escuela de Altos Estudios Sociales, y en el Instituto de Periodismo de París. Se destacó como cuentista urbano y psicológico. Perteneció al grupo de Los Nuevos, junto con José Umaña Bernal, Rafael Vásquez, Germán Pardo García, Juan Lozano y Lozano y Alberto Angel Montoya. Su cuento "La espera" (1944) es el más representativo de su obra, aunque Eduardo Pachón Padilla afirma que ,<sus propias ideas y la visión de su cosmos se patentizan más en "Caperucita gris", "Musgo para el pesebre", "El bobo del pueblo", "La ocasión" y en su relato "Fray Simplicio". Amórtegui es un escritor en quien predomina la ironía; Pachón Padilla dice: Su talento creador aprovecha la exposición de sus juicios y los ambientes y escenarios de antaño, en un moderado lirismo y con símiles y metáforas acertados. Amórtegui es autor de poesías infantiles como "Torcuato Meñique", "El trompo de poner", "El morrocoy diligente", "Mary-cocas' y "El rey Pepinito". Entre sus libros de poemas se destacan: Patios de luna (1924), Ultramar (1932), XIII Poemas (1943), Manolete (1949), Horas sin tiempo (1957), Nubes de antaño (1961), Cuando regresan los caminos (1962), Sangre votiva (1970), Versos marinos, Poemas escritos en la arena, Sol en las bardas, Rondallas de sol a sol, y Pasos perdidos. También es autor de los libros de cuentos El demonio interior (1946), Estampas de bruma (1952), Fray Simplicio y otros cuentos (1953), De incógnito en la vida (7969), Un día de estos; y de los ensayos Poetas y prosistas del Centenaria y Diccionario de periodismo [Ver tomo 4, Literatura, p. 207]. (MARÍA ISABEL VARGAS ARANGO)



OCTAVIO AMÓRTEGUI

Mediaba la tarde del martes 19 de febrero de 1901, cuando en Bogotá, en el barrio de las Aguas, al pie de Aguanueva, en la casa florecida de geranios, marcada con el número 1K de la calle Buenavista, nace un niño al que le darán el nombre de Octavio y recibirá el apellido de su padre, Amórtegui.

Su vida de escuela es como la de todos los niños de entonces. Los días pasan entre lanzar el trompo y elevar cometas en los vientos de agosto. Ya en la juventud se relaciona en los cafés del centro de su ciudad natal, con el grupo literario de Los Nuevos. Comparte veladas con León de Greiff y Rafael Maya, sus amigos de generación.

Viaja y estudia en Europa. De ello él mismo dará testimonio en Lecturas Domincales de El Tiempo de Bogotá al cumplir sus 70 años: "Y poseo además algunos diplomas: el de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París; el de Historia del Arte de la Sorbona, fruto de un curso intensivo y especial en las propias salas del Luvre; el de la Academia colombiana de la Lengua; el que me confiere el título de arquitecto del templo de Salomón, de los Valles de Buenos Aires; el que otorgó la comunidad Latino Americana de Escritores; y uno de la Universidad Nacional autónoma de México por mi divulgación radiofónica de los valores colombianos".

En 1923 se halla en un país de Suramérica, cuyo nombre no quiere recordar. Está ahí porque sus amigos le han insistido. Tendrá que hacer su primer recital y el miedo al público lo tiene casi paralizado. Se llena de valor y comienza a declamar los poemas de su primer libro Patios de luna. Hay muchos aplausos entre el público que lo escucha y que resulta ser de la aristocracia. Una vez se retiran del teatro, el joven poeta pasa apresuradamente a reclamar la caja. No había caja. Los organizadores habían desaparecido con el dinero que estaba destinado a la compra de nuevos vestidos para los pobres para el cambio de estación. Sin un centavo en los bolsillos, Amórtegui se ve en muchas dificultades para pagar el alquiler del frac que usó en la función.

Contrae matrimonio con la pedagoga boyacense Alicia Ruiz Escobar que se desempeñaba como directora del Liceo Femenino de Cundinamarca, mientras él lo hacia como jefe de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Pero un día, "nos cerraron todas las puertas. Alicia dijo:";Aquí no nos quieren", y emprendimos el éxodo. México nos recibió con los brazos abiertos, y allí crecieron y se educaron mis otros hijos", Tatiana y Octavio. De su primer matrimonio con Isabel Castillo Casas había nacido Mario.

El sábado 17 de febrero de 1951, a dos días de cumplir 50 años, sufre un atentado junto con el periodista García Peña: "Y a pesar de mis ansias de vivir, que resultan a veces mortales; del íntimo cuervo de Poe, que vale el buitre de Prometeo; y de otra clase de pájaros, como uno gris y negro, que me hizo dos disparos a quemarropa en la puerta de El Tiempo". Murió en México en 1990. 



VESPERAL

Desgranaba un turpial en el sendero
Una canción que le aprendió a la fuente,
Y en el viejo jardín convaleciente
Daba todo su aroma un limonero.

Ebrio de sol, el aire jardinero
Incensó de azahares el ambiente
Y cuando la oración curvó su frente
Lloró la tarde su mejor lucero.

Hora de indefinibles añoranzas:
Porque bajó de la montaña, pura,
Rezó el agua sus bienaventuranzas…

Y el cielo fue tan diáfano y profundo
Que humedeció su azul, hecho ternura
La mirada del Padre sobre el mundo.





Mar Afuera

Pescador, hermano mío:
si naufrago en tu ribera,
si largo por fin el cabo...
¡no me sepultes en tierra!
Escóndeme en un cayuco
de esos que el ostión gangrena,
un cayuco carcomido
de los que ya no navegan.
Escóndeme de la aduana
y de sus guardas. Haz cuenta
de que soy un contrabando
que le pasa al mar la tierra...
Colócame un caracol,
grande, bajo la cabeza;
y por si los alcatraces...
cúbreme con una vela.
Luego, en la noche, al pescar,
me remolcas mar afuera
y me olvidas bajo el cielo
que es una barca que sueña!
Antes, con letra de fardo,
le pones, por si lo encuentran:
"no hagáis caso de esta barca
que es lo que el viento se lleva"

...

Bajo este silencio azul
yo me iré sin tanta pena...

...

¡No se lo digas a nadie
pescador, porque me entierran!




Playa

Hombre que estás contigo a solas
sobre la playa, frente al mar,
pensando, en tanto desarbolas
tu flotilla crepuscular.

Y soplan en las caracolas
las raucas brisas del palmar:
¿De dónde vienen estas olas
cantando su mismo cantar?

¿Tras de su malla de reflejos
mecen recuerdos de otras vidas
y de otro amor, en sus espejos?

¡Tus quejas calla por sabidas,
las olas vienen, de muy lejos,
sólo a lamerte las heridas!




“Mural de rostros”, que Amórtegui escribiera en 2002 y del cual se sentía sumamente orgulloso no sólo por su extensión que rebasa todos los anteriores, por la cantidad de elementos que reúne, por la hechura, por la propuesta poética aglutinante, por el juego que implica, por la ironía, por los elementos que introduce en la poesía que nunca antes otros autores habían utilizado, un poema fuera de serie que nosotros, entusiasmados tanto como él, editamos en el número 10 de Nezáfora, aparecido en febrero del 2003, es decir, unos meses antes de la muerte de Octavio, acaecida en noviembre de ese mismo año.
Está escrito en verso libre y hace un recorrido por muchos instantes y países, por múltiples sucesos históricos, antiguos y recientes, nombra un sinfín de personajes de la ciencia, de la política, de los espectáculos, su léxico es riquísimo y la cultura universal del autor luce de una manera extraordinaria, los recursos que utiliza no son los comunes, metáfora, prosopopeya, etcétera, sino el absurdo, la sugerencia, la nueva realidad, el imposible, por ejemplo, cuando Trotski toma café en Coyoacán con Flores Magón, cuando escuchamos la Décima sinfonía de Beethoven, cuando Louis Armstrong toca la trompeta del juicio final, o bien cuando “Laika con sus ojos en el infinito gira en torno a la Tierra”, o bien cuando Cantinflas dice: “como que somos, como que no somos, como que me fui, como que me quedé, como en qué quedamos”. Poema grandioso cuyo tema central, sin embargo, es la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Sintetiza en sí muchas tendencias poéticas pasada y presentes: está el absurdo de Tzara, el surrealismo de Breton, el Creacionismo de Huidobro, el simplismo incluso y hasta el feísmo de Girondo, pero, principalmente, la novedad, la acumulación y, por supuesto, la poesía en todo su esplendor, sensitiva y tierna, valiente y optimista, contestataria y propositiva. Veamos un fragmento, sólo un fragmento, que nos permita imaginar el resto de este inmenso poema nacido en Nezahualcóyotl para bien del mundo, para bien de los amantes que han hecho de la poesía su mejor forma de manifestar lo que son y lo que no podrían dejar de ser. Gracias y eterna vida a ti, Octavio amigo, Amórtegui de todos los sueños y las alas.


Mural de rostros

Cae la noche en Tlatelolco,
un anuncio de Coca-cola se enciende
                                         y se apaga.
En el Zócalo, politécnicos sueñan.
En la UNAM vientos lacandones,
un camión de bomberos se detiene.
María Sabina “viaja”.
Carlota de Habsburgo barre
en la Avenida Insurgentes y Reforma.
En una carroza pasa Juárez.
Con campanas, Hidalgo forja su voz.
Villa y Zapata por Querétaro cabalgan.
Cárdenas expropia el petróleo.
Rosario Ibarra y las mujeres de la Plaza de Mayo,
buscan y no encuentran.
Apagón en Nueva York, nueve meses después,
cigüeñas atareadas.

Pedro Infante canta ‘Amorcito corazón’.
Cerca de la Habana, Lincoln,
Washington y Fidel, pescan.
En París, en el Sena, Marcos rema
(en su bota izquierda lleva a Durito
                               de polizón).

Lenin navega en la noche del Volga.
Una voz pregunta ¿Quién va?
Otra responde: Nadie.
Marx camina por el Central Park
de Nueva York, ningún fantasma/le acompaña.

Trotski toma café en Coyoacán
con Flores Magón.
En la Casa Blanca, Martin Luther King
                              sueña, sueña, sueña.
Marilyn Monroe canta ‘Happy birthday
                              to you’.

David Coperfield desaparece la estatua/de la Libertad.
George W. Bush sonríe; James Carter
                          es Nobel de la paz…










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