jueves, 7 de agosto de 2014

ERNESTO SIERRA DELGADO [12.714]


Ernesto Sierra Delgado 

(Güines, Cuba  1968), Máster en Investigación en Letras y Humanidades (Universidad de Castilla-La Mancha, en la cual cursa su doctorado)

La poesía de Ernesto Sierra: versos desde lo inefable del ser

Racso Morejón, 29 de julio de 2014
Presumible augurar los vuelos que llevará la poesía de Ernesto Sierra (Güines, 1968), inédita casi en su totalidad. La que he alcanzado a leer trae alas bizarras que aún no se han desplegado, pero que vaticinan, más allá de un viento, el azar, un extraño equívoco. Sus versos traen reminiscencias de realidades cercanas, íntimas, perfilados desde la vivencia y la relación con ese universo inquietante que solo el poeta devuelve en el lenguaje hecho metáfora, en lo inteligible convertido en imagen, y en esas nupcias la distancia entre la realidad y nosotros se precipita hacia fronteras sensoriales del ser: ser otros ojos, ser otra piel, ser otro cuerpo, ser otro ser. Un ser que podrá entrever a través de los desvaríos que propician el amor y la poesía, es decir, del ímpetu  y éxtasis que deja sin argumentos la poca razón que va quedando, como dice en uno de sus versos.

La voz de un individuo (de)venido de la cotidianidad, que produce versos desde lo inefable del ser, la tangencia con el deseo, la filiación prístina del poema al andamiaje cosmológico del sujeto, de sus inquietudes más ancestrales, el amor, la soledad, la carne –su apetito–, el yo frente a la dimensión tiempo, frente a la propia poesía, esa que le hace lanzar bolígrafos a las palomas y con granos de maíz escribir versos.

La voz, repito, como factura –¿fractura?–  inherente a cada criatura inmersa en la urgencia del espacio y su lugar en él, la obsesión de llevar encima más interpelaciones que veredictos y la sed ineluctable que produce en el ser amado la distancia, la frontera de todos los pecados –dice–, sus ecos y latencias, con un lenguaje que se ampara en la inmediatez de una imagen poética que no se escurre por meandros fatigosos para el intelecto, más bien son transparentes y elegantes cataduras las que nos trae la poesía escrita por este filólogo, profesor, hispanista e intelectual inquieto.

Una persona que se fuga al periodismo ciudadano por momentos, lo mismo que dialoga –léase polemiza– con sus semejantes a través de visiones ontológicas de la realidad que le impele y que acepta desde la enriquecedora virtud de lo diferente, lo enaltecedor, y desde esa magnitud que asume el hombre para salvar la memoria.

Ernesto Sierra  es graduado de Filología por la Universidad de La Habana, Diplomado en Estudios Amerindios por la Casa de América de Madrid,  especialista literario, ensayista y profesor universitario.

Inició su vida laboral en la Biblioteca de la Casa de las Américas, donde permaneció hasta 2002, luego de haberla dirigido por ocho años. Se desempeñó como  Director de Literatura del Instituto Cubano  del Libro, fue director de Ediciones Cubarte. En la actualidad se desempeña como director del Centro Hispanoamericano de Cultura, adjunto a la Oficina del Historiador de la Ciudad, se dedica al periodismo digital promoviendo el arte y la literatura desde su blog.

Su estancia en la Casa estuvo al servicio de la promoción del acervo literario de los pueblos de América. En los años finales de esa etapa de su vida, la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana lo sumó a su claustro como profesor adjunto, donde comenzaría a impartir Literatura Latinoamericana.

Artículos suyos aparecen en publicaciones periódicas cubanas y extranjeras. Ha dictado cursos y conferencias en Latinoamérica, Europa y los Estados Unidos. Es miembro de la UNEAC, de la UPEC y de la Asociación Internacional de Hispanistas.

Tiene publicados los libros La doble aventura de Adán, por la Editorial Letras Cubanas (1996), título que le mereciera el Premio Pinos Nuevos en 1995; Avatares de una biblioteca, por Ediciones Boloña (2012), y Aprendiz de América por la Editorial Unicornio  (2005) y por la Editorial Arte y Literatura (2012), estos dos últimos pertenecientes al género Ensayo.






Viajero en el tiempo de las almas

Hoy no importa si fue un viento, el azar, un extraño equívoco o las sonoras campanadas de la amistad quienes me trajeron aquí, a esta dimensión desde donde me miro con la extrañeza de quien ve su rostro en el espejo y le resulta ajeno. Hoy importa lo que entiendo y asumo con la humildad del iniciado en un secreto tan sencillo que estremece.

Hoy escucho voces que me acompañaron en otras latitudes, recibo abrazos que han rodeado mi espalda bajo otro cielo, miro rostros sonrientes, ceños fruncidos, percibo la agitación de los que invierten en su propia desgracia y el gesto plácido de los que ciñen el chaleco de la generosidad y el paso breve. No existe paisaje, no hay extrañeza. No puedo afirmar que el pardo de una tierra o el olivo grisáceo que cubren un páramo interminable, sean menos hermosos que el azul de un cielo sin nubes o una arena que, de tan fina, se escurre entre mis dedos que todo lo tocan.

Hoy puedo entender las obsesiones con el tiempo y el espacio. Alguien me ha dicho que a mi corazón le han nacido piernas y pienso que en realidad le han crecido alas. Cuando estas se agitan hay una tormenta de sentimientos y animosidades que arrasa con cualquier paisaje, cualquier atisbo de arraigo material. Acepto entonces mi derrota en la lucha contra las lecciones de los maestros, y debo asumir que mi vida es una sucesión de construcciones y derrumbes, de finales y recomienzos que se van alternando, en mi caso, de una manera caótica cuyo orden escapa a mi condición de anónimo viajero en el tiempo y desconozco el propósito, divino o humano, que encierra este devenir.

Hoy declaro que mis pasos buscan el camino hacia el alma de una mujer, que mi razón completa cabe en la mirada limpísima de un hijo y el dolor propio o ajeno se disipa en el abrazo de la amistad más pura. Renuncio a toda sabiduría si la dimensión de una caricia, un beso y un abrazo destruyen las gastadas concepciones del universo; renuncio a las herencias que encarcelan la verdadera libertad, si las preguntas y respuestas de un niño borran de un tirón los congelados chorros de tinta encerrados en los libros de filosofía.

Hoy disfruto el milagro de estar vivo y sentir este batir de alas que le han nacido a mi corazón.






Azul

Un rayo de luz hiere mi sueño
despierto en la orfandad de mis sábanas
no son azules
hoy tienen el color de tierra adentro
y el aroma salino de tu piel recién despierta
es solo una promesa que invita a quemar
este otro día menos que nos queda en el cuenco ancestral de los deseos.







Canción marina

…el olor del café, la melodía, el salto mortal de tu boca en mi beso, el humo del incienso en el cerebro, el descender sin seso hasta el deliro, la madrugada, la humedad que ahoga de vergüenza a los escrúpulos, un rechinar de dientes en el dorso de las manos, el masaje brutal de los abrazos, la lágrima que nace sin tristeza, la niebla inexplicable del mar contra tu fuego, el instante infinito del temblor que sacude el universo, el mundo que no existe más allá de la saliva… y mi voz deslizando en tu oído la canción del regreso…
Conjuro en púrpura contra el olvido
De repente la flor solitaria se me convierte en primavera. Sin importarle la naturaleza en retiro, asoma orgullosa su corola y el aire se aviva ante el enigma de su rojo desafío. No es efímera la rosa, lo sabe, y se prende en mi chaleco con la terrible paradoja de su punzante belleza. Mas no hay contradicción, es un apremio a mi memoria, a develar la magnitud de mi secreto de viajero en el tiempo del olvido. Acércate, tócame, parece decir, y la toco sin romper el número perfecto de su especie. Un temblor leve la sacude, de su olor anhelante contagia mis manos, mientras rasga mis dedos con la espina que brinda en sacrificio. Y de su olor, mi sangre y su reclamo, brota esta tinta púrpura sedienta de sudores, con que escribiría hoy sobre tu piel el conjuro eficaz para mi ausencia.







Tarde sobre tu cabeza

Te veo allí como tantas tardes,
cruzada de piernas sentada en medio de la cama,
centro de gravedad hoy de tu mundo,
el lugar donde esparces tu perfume
de lirio deshojado por la rosa de los vientos.

Te peinas y un frescor de años se levanta
de tu cuerpo en penumbras,
me enredas en un mundo de cedros y abedules,
de jazmines y magnolias que solo existen en un rincón perdido allá
en mi frente.

El ritmo de tu mano me hipnotiza,
me lía entre valses y canciones con aroma de cigarras
cuando dejas al desnudo tu cuello hecho delicia.

¿Lo he besado alguna vez?
¿He deslizado mi aliento acaso sobre esa piel como de nube?
¿He escuchado tu canto de sirena en mis oídos?
¿Mi mano conoce el tacto de tu piel cuando te beso?
¿Y la humedad para mi sed de caminante de tu cuerpo?

Me abandono a un vértigo de ti
mientras te peinas y un rayo de sol corona tu cabeza.
Tu cuello, tus hombros,
la curva leve de tus senos que nace en las axilas,
son el lugar remoto donde sacio mi sed de belleza.

Despacio y leve como un junco
te vuelves hacia mí,
una sonrisa trunca no logra iluminar tu cara
de virgen sin concierto,
hay un sálvame y un ven y un no te vayas,
un reclamo que muere sin nacer
que se esfuma como pasos en la arena
de una marea que hoy nos niega su espuma.

Tu cuerpo canta como un chelo enmudecido,
y hay en tus ojos un ruido de cristales rotos
por donde no puedo caminar descalzo.
A propósito de ti
A veces la poesía me visita y le digo que no
que no es tan fácil
que por favor me deje en paz
no siempre estoy dispuesto a estrujarme el corazón de esa manera
con sus caprichos de musa enardecida
de ventisca sin bosque
o mar sin acantilados.

Pero ella continúa y me saca de la cama
me distrae frente a los semáforos
y los frontones de las catedrales
me hace lanzar bolígrafos a las palomas
y con granos de maíz escribir versos.
En esos días puedo caminar bajo la lluvia sin mojarme
y pescar un resfriado bajo el sol del mediodía
soy una nota invisible, una silueta insonora
Resulta absurdo, lo sé
por eso escribo canciones a los niños,
conjuros para viejos sin esperanza
rezos esdrújulos para los elegidos por el dolor
pero ella insiste y le digo que no,
que no siempre hay que hablar de la piel de una muchacha
que tenga pudor y perdón para el poeta
ella solo me sonríe cuando no la miro
y me acosa, me obliga a escribir sobre esos ojos
que yo creía anónimos
extraviadas aceitunas que maduraron bajo la luz del trópico
almendras que cayeron de su rama
para llenarme de sueños los bolsillos
No se conduele de mí, no se conforma
y me pide que hable de su piel
como si yo pudiera adivinar la textura que tiene una quimera
La boca, la mención prohibida,
la frontera de todos los pecados
el lugar donde sucumbo cada vez que la miro
tras el frío cristal que nos separa
no escapa a su ambición
y la entiendo porque tampoco escapo a ella
a la tibia humedad que me adelanta
me enreda en sus cabellos y me exige su aroma
digo que huele a sal, a madreselva, a níspero maduro,
a un no sé qué de todo esto mezclado con su almohada
y ella sonríe
a estas alturas sabe que el deseo me muerde en los costados como perro
rabiosoAprendiz de América ernesto sierra
que la voz de esta mujer es una campana sorda
que no cesa en mi oído
que no puedo con el ritmo de bronces en mi sangre
con el aire fugaz en mis pulmones
con la muda carcajada de sus dientes perfectos
Ella lo sabe y me dice rompe papel y lápiz
no la construyas más en el poema,
mira sus ojos hasta que llene de luz los tuyos
bésala hasta hacer de los dos un solo aliento
compartan la humedad, amuleto contra todas las sequías,
cúbrela con tu piel hasta tejer un solo abrigo,
enrédate en su pelo,
que el olor de la sal, la madreselva y el níspero maduro
te hagan perder el sentido,
dúchate con su voz y con su risa
ámala hasta que el deseo les pida perdón
y le devuelva el compás a tus pulmones

Podrás entonces calentar tus huesos bajo el sol del mediodía
mojarte bajo la lluvia,
echar granos de maíz a las palomas como soles diminutos en tus manos
escribir versos a punta de bolígrafo,
detenerte en el rojo de los semáforos,
mirar complacido las volutas de las catedrales,
Mientras crepita entre tus manos el nacimiento
de una piel que huele, suda, canta...






Ojo en el tiempo

A José Lezama Lima

Me da las alas
el vuelo del colibrí
que reta al viento
también el hacha
que corta el aire en rebanadas
y sesga la brisa bamboleante y ciega.

Miro el cúmulo que ensancha tu memoria
y los ojos se nublan de infinito
de la materia hirsuta que puebla
tu anatomía del hombre solo
la inmensidad del peso de la Isla
que jadea en tus espaldas entintadas.

Los papalotes vuelan sin hilos
mientras por tu frente camino como sobre la plaza
un cóndor se posa en el cráter de tu ombligo
y huye despavorido
ante el vértigo de la enumeración caótica
que te dedico
justo en esta centuria
en que invoco tu ausencia.








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