sábado, 30 de agosto de 2014

DENISE LEÓN [13.089]


DENISE LEÓN   

Denise León (Argentina, 1974), poeta tucumana, nieta de inmigrantes sefaradíes. 

León ha publicado Poemas de Estambul (Alción, 2008); El trayecto de la herida (Alción, 2011); El saco de Douglas (Paradiso, 2011), Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013) y Poemas de Middlebury, Huesos de Jibia, en 2014.

Ha recibido, entre otros, el Premio Academia Argentina de Letras, el Segundo Premio del Fondo Nacional de las Artes y la Beca Fulbright.

Es Doctora en Letras e Investigadora del CONICET, y se desempeña como docente en la cátedra Teoría de la Comunicación II en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.




De Poemas de Estambul (Alción, 2008)


La piedra minudika 
del silencio. 
La camaretta de mi madre.
La llavedura blanca
ke mira a la camaretta. 
Los talones de mis pieses
ke desean
i no ayegan la ventana.
El empiezo de todas las kosas.
La palabra ke kita el miedo
i una boz
ke es la manyana.


*


La piedra pequeñita
del silencio.
La habitación de mi madre.
La cerradura blanca
que mira a la habitación.
Los talones de mis pies
que desean
pero no alcanzan la ventana.
El comienzo de todas las cosas.
La palabra que quita el miedo
y una voz
que es la mañana.


*


Una línea de pasharos se aleja
lacerada
d’esta sivdad ronka
donde tu nombre no arrelumbra.
Esta sivdad
ke keda leshos de tu sangre
i de la sombra de tu sangre
en mi korason.
Tiembla la memoria
ke te nombra
i me ispanto de olvidarte
kada noche
en esta sivdad.


*


Una línea de pájaros se aleja
lacerada
de esta ciudad ronca
donde tu nombre no alumbra.
Esta ciudad
que queda lejos de tu sangre
y de la sombra de tu sangre
en mi corazón. 
Tiembla la memoria
que te nombra
y me espanto de olvidarte
cada noche
en esta ciudad.





De El saco de Douglas, Paradiso, 2011


lo vimos partir con las cabezas inclinadas para no sentir el viento. Nos quedamos ahí sentadas, sin llorar, sintiendo que faltaba desde siempre. Era verano y mi madre me dijo no te saques los zapatos. Se escapó de Esmirna en un barquito que era el último. Sin despedirse. Tomó el último y se vino. ¿Iba sin zapatos para bajarse mi padre escapado del ejército turco? Dijo mi madre que se los había jugado a las cartas en el barco de venida y que me tuvo en los brazos cuando nací y que no me soltaba por nada del mundo. Sus dedos largos de ceniza me muestran la foto envejecida de la boda. ¿Estás viendo? Este es él y esta soy yo. ¿Y los zapatos? ¿Y los labios unidos de la novia que parecen cuidar una promesa? La foto también cruzó el mar y se inclina como arrodillada en el estante y el gesto de cuando se sacaba las pulseras. Sus gestos de ceniza que no tocan la tierra. Sus dedos largos soltaron mis dedos: sólo me quedaron las promesas.


(lo vimos partir con las kabezas echadas para no sintir el viento. Nos quedimos ahí asentadas, sin yorar, sintiendo ke faltaba desde siempre. Era enverano i mi madre disho no te quites los chapines. Se eskapó de Izmir en un vaporiko ke era l´ultimo. Sin despartirse. Topó l´ultimo i se vino. ¿Iba sin chapines para abajar mi padre, eskapado del ejército turko? Disho mi madre ke se los abía djugado a las kartas en el barko de venida i ke me tuvo en los brazos kuando nací i ke no me soltaba por nada del mundo. Sus dedos largos de ceniza me enseñan la stampa amofecida de la boda. ¿Estás viendo? Este es él i esta soy yo. ¿I los chapines? ¿I los labios apegados de la novia ke paresen kudiar una promesa? La stampa también cruzó la mar i se inklina komo arrodiyada en el estante i el gesto de kuando se kitaba las puseras. Sus gestos de ceniza ke no tokan la tierra. Sus dedos largos soltaron mis dedos: sólo me kedaron las promesas.)



*


Luisa, 1914

Yo acato las leyes secretas de los muertos. Voy a encontrarlo. Voy a encontrarlo. Voy a encontrarlo. Miro hacia la pared y las sombras se agigantan como dedos. Era verano. Trabajo sin parar. Era verano y mi madre me dijo no te quites los zapatos. Hasta las alfilercitas son viudas en esta sombrerería y acatan las leyes secretas de los muertos. Voy a encontrarlo. Cada una de las partes iguales en las que se divide el día  se me aprieta el corazón mientras las tijeras murmuran como si estuvieran rezando. Adelante. Atrás. Los dedos siguen al hilo. El hilo sigue los dedos. Los dedos siguen los ojos. Los ojos acatan las leyes secretas de los muertos. Este es mi precio. Voy a encontrarlo. Desde que el gallo ha cantado mi carne y mis huesos son piedra: la hora de la partida se esconde en mis labios – mansos – como perras.



Yo kumplo las leyes sekretas de los muertos. Voy a toparlo. Voy a toparlo. Voy a toparlo. Miro al muro i las solombras se ajigantan komo dedos. Era enverano. Lavoro sin parar. Era enverano i mi madre me disho no te kites los chapines. Hasta las alfilercikas son biudas en esta sombrerería i kumplen las leyes sekretas de los muertos. Voy a toparlo. Kada una de las partes iguales en las que se divide el día el korazón me se apreta mientras las tijeras marmullan komo si estuvieran meldando. Adelante. Atrás. Los dedos siguen al filo. El filo sigue los dedos. Los dedos siguen los oyos. Los oyos kumplen las leyes secretas de los muertos. Este es mi precio. Voy a toparlo. Dende ke el gayo a kantado mi karne i mi gueso son piedra: la hora de la partensia se eskuende en mis labios – mansos – como perras.



DE Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013)



Los chicos no saben.

Y no tienen por qué saber.

Esto han hecho conmigo.
Quiero gritar:
esto han hecho
con mi cuerpo.
Esto han hecho
con mis venas
que bajan flotando
-sosegadamente-
como un pájaro,
como una red
de pesca
lanzada 
al mediodía.

Y la sombras
crecen
-de prisa-
en el agua:
podemos rasgarlas
pero no desaparecen.

Esto han hecho conmigo.
Quiero gritar
pero los chicos
no saben.



De “Templo de pescadores”, Alción 2013


Kal de  pishkadores

A la manera de un pishkador
ke enhiebra una red
unikamente para reposar su descarinio
y en derredor de eya
quedan sus mientes
las tadres de enverano
hasta hartarla
de su esperanza
y su ansiedad,
todo
puede ser deperdido.
Fraguas de palicos
se alevantan
y,
más allá,
se abren y se cierran
las semyas.



*


Igual que un pescador
construye una red
sólo para reposar su melancolía
y se demora
pensando en ella
en las tardes de verano
y la llena
con su esperanza
y su ansiedad,
todo
puede ser perdido.
Inútiles castillos se levantan
y más allá
se abren y se cierran
las semillas.



TEMPLO DE PESCADORES

Por miedo al sol 
me cubro 
el rostro 
con las mangas. 
Me abandono 
a la corriente 
porque sé 
que el viento 
apacible 
me traerá 
-poco a poco-
de regreso a casa.


*



Es tarde
y los barcos
de los pescadores
regresan.
Me ha parecido oír
aquí
y allá
voces
que llamaban.
Sin esperanza
respondo
al aire vacío.



*


La lluvia caía
-como cae
en primavera-
y vi
los peces en fila,
las aletas
rozándose
ligeramente
y los ojos
-solemnes-
muy abiertos.
Permanecieron
en la lluvia
pálidos y lisos,
olvidados
por Dios
hasta que
el pescador
vino
a recogerlos.




Salmo

Señor, 
la luz 
del otoño 
viene 
hacia mí
entre
los árboles,
entre
las puertas
de hierro
de las casas
y
las persianas 
cerradas.

La luz
viene hacia mí
como un deber,
Señor,
pero
entre ella
y yo
algo
se ha roto.




Almuerzo

Era mayo 
y había sol. 
Nos sentamos 
en el jardín 
porque había sol. 
Respiró profundo 
dos veces 
y la luz 
la atravesó. 
Sólo había azul 
sobre el mundo 
-azul
por todas partes-
Tenía frías 
las plantas 
de los pies 
pero era mayo 
y había sol 
y no quisimos 
saber demasiado.
Cuando nos despedimos 
me acomodó
la capucha 
y me dijo 
hasta mañana. 
No pude 
decirle nada. 
Fue la última vez 
que la vi.


*


Para qué lanzas tu red,
Señor.
Todo esto
te pertenece.
Yo
-en cambio-
planté semillas
que no florecieron.

  

*


La pelusa de las flores
cae
como la nieve.
Por encima
de los sonidos
que hacen
los pescadores
se escucha
la llamada
del shofar.
Mi cabeza oscila
como
la cuerda
de una hamaca.



*


Cumple tus promesas, Señor:
No te despiertes de mí
ni me prohibas
el dolor
con tu razón traidora.
Mi cuerpo
se ha enfriado
como los barcos
desnudos.
Han cambiado
tantas cosas.
Pero el dolor
arde
como la fiebre
o
como otro corazón.



De Poemas de Middlebury, Huesos de Jibia, 2014.


La abuela
fue una mujer inteligente.
Huyendo
del dedo largo
de la muerte
cruzó el mar.
Tuvo hijos,
les enseñó 
a jugar
a los naipes
y les dejó
instrucciones precisas:
tienen las cartas
y cada uno
de ustedes
le pertenece al otro.
No necesitaron
mucho más.
Todos aprendieron
a jugar el juego
con maestría:
quien nada tiene,
gana.



La lista

Lo que él dijo.
Lo que ella dijo.
Lo que dijo la hermana
de él.
Lo que dijeron
los que los vieron
ir
y
venir.
La vieja pertenencia
a un grupo.
El tronco.
La procedencia.
La misma nobleza
o
la misma bajeza.
La sangre.
El agua.
Otra vez
el agua.
Y
finalmente
ella
que ya no escucha.



   
Your things

I
                          
En el último
cuarto
estamos sentados
los tres
-rodeados-
por tus
cosas.
Fueron guardadas
con cuidado
por  manos
con bordes
luminosos.
Ahora
sólo una urgencia
que oscurece
los días
y
la falsa promesa
de tus pasos
en el cuarto.

               
II          
                
Todo lo que tenías
es una montaña
que se yergue
informe
sobre la alfombra.
Es sabido
que las cosas
sanan mejor
que los hombres
pero arrojan
una sombra
leve
que no se borra.
Una sombra
que se clava
como un
filo
en el hueso,
insoportable.

                
III             
             
Aquí estamos.
En la casa
donde crecimos.
Mirando cómo
el agua
finalmente
se lo lleva
todo.


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