martes, 12 de agosto de 2014

CARLOS VALLEJO [12.818]


Carlos Vallejo

(Quito, ECUADOR  1973). Ha sido promotor cultural, editor, bibliotecario, facilitador de talleres de fomento de la lectura, de desarrollo de la creatividad y de escritura.
Premio Nacional de Literatura “Aurelio Espinoza Polit”, 2007.

PUBLICACIONES

Poemarios: “En mi Cuerpo no soy libre”, “Fragmento de mar” y “La orilla transparente”.
Narrativa: “Relatos del mal soñar” y “El Personaje”.
Poesía e Imagen: “Matrioshka”.
Sus textos constan en las revistas “Letras del Ecuador”, “El Búho”, “Capital”, así como en varios periódicos del Ecuador. 




Residencia

El viento o un poema del viento,
la piedra o su recuerdo:
tu rostro o la flor que por ti se yergue.
Resido en la Flor, en el sueño que evocan
las Palabras.
Respiro,
subo por la pendiente frágil de una página,
me aparto del mundo;
cohabito,
como un pájaro roto,
entre las líneas del poema.  





La estatua gira
en su sola quietud,
naufraga ante su materia;
se despide, retorna,
transita como un barco
anclado en el espacio:
se mueve, inerte,
en los confines de su vasto sueño.

Roca estéril, la estatua,
a pesar de las caravanas,
y los días jubilosos,
la estatua muerta entre los amantes
que se palpan,
sorda materia entre los latidos
que incendian la hierba.

Lugar perdido, la estatua.

dispuesta como un animal
atascado en la luz,
canto de luciérnagas minerales,
lápida de sí misma,
fruto inmóvil del viento.

Mar ausente, la estatua,

que desaparece
en su perenne insomnio,
músculo raudo que se despide
de su inseparable presencia;
candado y llave
de un acceso hacia ninguna parte.

Coloso triste, la estatua,

que sueña despierta
mientras la naturaleza
a su alrededor
le implora que duerma.






LA HUELLA 
que no sabe de su existencia 
parte en dos 
la nomenclatura del desierto. 





¿DÓNDE los pájaros?, 
¿dónde, cuerpo, lo conquistado? 

Arde el horizonte. 

Una mano se extiende y perece 
en los límites de su figura. 





HAY UN espacio que es posible alcanzar por dentro, 
como la canción que brota de la piedra 
o el aroma de las rosas celestes 
que, en ti, permanecen. 

Hay un espacio que se deshace 
y perdura: 
acaso el insomnio, 
un instante de piel en la memoria, 
esto que se guarda, como a un prójimo, 
y desaparece en nuestras afiebradas manos, 
esto que se rompe entre los minutos y nos pesa, 
aquello que vibra como una ausencia 
y nos nombra como a parcas monedas, 
este corazón de arena que se va borrando en el mar… 

Hay un espacio que crece entre la sangre 
y lleva el ansia perpetua de las graves palabras. 





TAMBIÉN la jaula quiere ser pájaro, 
sueña escapar: 
unas alas, 
el trino que cruza sus rejas, 
la razón del viento, el aire solo… 

Pero la jaula 
se queda tras los pilares; 
de vez en cuando alguien la limpia, 
abre una puerta, 

vuelve a llenar de pájaros su corazón. 






EL VACÍO no es el vacío 

es un alarido que no cesa, 
una cuerda, 
un montón de telarañas… 

Asómate a sus puertas: 
la sustancia frente a ti 
continúa intacta. 






APARTAR lo blanco de la luz: 
ver sangrar 
al animal transparente. 







VIENE UN CUERPO 

Viene un cuerpo y se interpone el aire: 
aire entre el aire, máscara del vacío, 
vacío tenso, aire que observa. 

Viene un cuerpo: plumas, dardos, uñas, minutos, 
centímetros, ahí, brotando de la muerte, 
como un intruso o una pregunta, 
hacia la tierra sin límites de la carne, 
a su piel prometida: fruto, brasa, ola, espejo; 
ya lo esperan su sombra, 
un puñado de arena, una estrella, 
un mapa escondido entre las manos… 

Viene un cuerpo y se interpone el viento. 

Al otro lado de los signos la vida permanece aún vacía, 
espera arrodillada 
en los bordes del encuentro, con su pan y su geometría, 
con su sueño extendido y su regazo en blanco, la vida 
oye, divisa, ve, presiente: 

sin embargo, nada, viento. 

Qué amor le legará su forma, qué cántaro, de qué agua, 
qué puerta, dónde el relámpago del mundo, 
qué llave, o roce invocará su sombra e 
izará el fuego donde despierte la rosa, 
qué pregunta suscitará el alba. 

Viene un cuerpo y se interpone la luz, 

luz de sueño, donde no alcanzan los párpados 
a tentar un boceto, un minúsculo instante de infinito: 
no siglos, el agua de los siglos, ese mar, 
solo luz estéril, allá, lejos del cuerpo, 
faro desierto entre las islas. 

Viene un cuerpo y lo interrumpe el miedo. 

Qué perfume de qué mármol permanece 
al reverso de la muerte cuando los lugares familiares 
se remitían al júbilo de una lámpara, 
qué dolor antiguo, de dónde el viejo cuerpo se hizo niño… 
Habrá que abrir las ventanas del mundo 
para que el deseo cante otra vez a sus muertos, 
habrá que volver a empezar, antes de los labios, 
hasta alcanzar la señal primera, el motor 
del verbo, esas novísimas aguas, y profanar 
el lecho donde tiembla un cuerpo: centro de la tormenta. 

Viene un cuerpo a ciegas, 
como un rumor tras los umbrales, como el azar, 
como el instante en que se rompe la piedra 
en el sueño del agua: 
se acerca 
gravemente enfermo de un dolor cristalino, 
se adivina su humilde huella, 
tan contigua, 
ya habrá cómo besarlo: 
llegarán multitudes de hombres, 
llegará el amigo, el hijo, el compañero del hombre 
a observar su silencio, a mirar sus días; 

se ha hecho una grieta en el aire, 
viene un cuerpo, 
se presiente un latido, y no es en vano, 
ha dado su primer paso, 
escuchen 





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