jueves, 21 de agosto de 2014

CARLOS E. KEYMER [12.990]



Carlos E. Keymer

Nacido en Santiago de Chile en 1878, fue alumno de los colegios de Radford y de San Ignacio. Al término de los estudios de humanidades siguió la carrera de leyes y obtuvo el título de abogado en 1903. Falleció en Santiago, en 1949.

Obras:

Sentimientos. 1898.
Fénix. Sonetos. 1922.
Emblemas de luz. 1945.
Anfora l1rica. 1949. 
Esta última obra es una recopilación póstuma de toda la producción del autor.




IMAGEN DEL RECUERDO

Un soplo de mujer la niebla esfuma
sobre el obscuro río del olvido;
y las ondas, rizándose sin ruido,
besan la exhalación que las perfuma.

Dibújase, ya libre de la bruma,
en el líquido espejo conmovido,
un semblante risueño, adormecido
entre burbujas de fugaz espuma.

La imagen del recuerdo poco a poco
despierta, iluminada se incorpora,
enciende el alma en vívido deseo.

¡No la quieras asir, corazón loco!
¡Ahógala en el agua engañadora,
sepúltala en el fondo del Leteo!






EL CORAZÓN

Traspasando lo denso y lo difuso,
dejando atrás la esfera más distante,
corazón, tú te arrojas anhelante,
aunque dentro del pecho estés recluso.

Más y más del recuerdo en lo confuso
húndese tu latido penetrante;
más y más lo futuro fascinante
es invadido por tu ardor intruso.

¡Dilátate aún más! Tu luz te guía.
Llevado en tus fosfóricos reflejos
irás siempre adelante de ti mismo.

¡Contráete con íntima energía!
El misterio sin fin no busques lejos:
¡contémplate, que tú eres ese abismo!




CUANDO ...

En la paz de mi espíritu dormitas,
en los pliegues de mi alma estás envuelta,
en mi vida, en mi sangre vas disuelta,
en mis sensibles células palpitas.

Eres fuego en mis ansias infinitas,
en mi mente, venusta forma esbelta,
plácida luz en la mansión revuelta
de los sueños, las sombras y las cuitas.

En el humo, en las nubes te transformas,
en el aire suspiras y me abrazas,
tus encantos en todo están impresos.

Parecerás cual eres, sin las formas
ni velos con que siempre te disfrazas,
cuando como mujer me das tus besos.




ÚNICO AMOR

Unico amor sin gotas de amargura,
sin espinas sangrientas ni temores,
sin recuerdos cargados de dolores,
sin ansiedad por la ilusión futura.

Si haces llorar, es llanto de ternura
que da alegrías cada vez mayores;
rompes las trabas sin dejar rencores,
formas íntima unión sin ligaduras.

Mi alma en tu llama primordial asciende,
que anima al universo y lo renueva,
surgente de lo obscuro del abismo.

y cuanto más se eleva, más se enciende;
y cuanto más se enciende, más se eleva;
y se pierde en el seno de Dios mismo.




NUNCA

Hay versos que no pueden ser escritos,
delirios que no saben ser nombrados, 
anhelos que en el alma sepultados 
la despedazan con secretos gritos.

De la vida misterios infinitos
por el aire y la luz no profanados, '
por quién los inspiró ni vislumbrados,
y a fuego, llanto y soledad proscritos.

Y el corazón conoce y desconoce
la fuerza que lo agita y paraliza,
y sus grandezas agiganta y trunca.

Y en el propio martirio encuentra el goce:
lo sagrado en sus fibras agoniza
sin extinguirse ni expresarse nunca.




Fénix, sonetos por Carlos E. Keymer


RÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1922-09-18. 
AUTOR: OMER EMETH

Según Boileau, “Un sonnet sans défaut vatu seul un long poéme”. De común acuerdo todos los tratadistas admiten que, en este verso, está expresada una verdad definitiva.

Por otra parte, Jules Lemaitre, hablando del poeta francés José María de Heredia, insuperable “sonetista”, dice: “la forma del soneto exige la sobriedad e impone casi la perfección. De ahí que al soneto no le sea lícito ser más o menos bueno. Es forzoso que sea soberbio o exquisito, so pena de no existir” (“Il doit éter superbe ou esquís sous peine de n’être pas”).

Ahora bien, el problema que tengo entre manos, es este: ¿cúmplese, por ventura, en los 172 sonetos de la colección intitulada “Fénix” la ley de Boileau? ¿No hay defectos en ellos? ¿Vale cada uno de ellos por sí solo un largo poema? ¿Diría Lemaitre que son soberbios o exquisitos? En una palabra, ¿existen o no existen en cuanto sonetos?

Después de leer a “Fénix” y antes de fallar he querido leer de nuevo los cuatro sonetos que, a juicio de muchos, son verdaderos dechados de perfección: uno en inglés, “Mysterious Night” de D. José Blanco White, el famoso “soneto de Arvers”, el más famoso aún (pero muy manoseado y “cursificado”) “Vase Brisé” de Sully-Prudhomme, y, por fin (“last but not least”), los “Conquistadores” de J. M. de Heredia, que es a mi juicio el más maravilloso de todos.

No los analizaré uno por uno ni los compararé unos con otros menudamente, aunque sería esto tan provechoso como ameno. La brevedad del tiempo y la estrechez del espacio me obligan a adoptar un método más práctico, que consistirá en convidar a mis lectores a comparar el mejor soneto de “Fénix” con el peor de los cuatro arriba citados.

El peor es “Mysterious Night”, mas no en el original inglés, sino en la versión castellana de Pombo, la cual dice así:



“Al ver la noche Adán por vez primera
Que iba borrando y apagando el mundo,
Creyó que, al par del astro moribundo,
La Creación agonizaba entera.

Mas luego, al ver lumbrera tras lumbrera
Dulce brotar y hervir en un segundo
Universo sin fin… vuelto en profundo
Pasmo de gratitud, ora y espera.

Un sol velaba mil; fue un nuevo Oriente
Su ocaso, y pronto aquella luz dormida
Despertó al mismo Adán, pura y fulgente.

…¿Por qué la muerte al ánimo intimida?
Si así engaña la luz tan dulcemente
¿Por qué no ha de engañar también el día?”



Temor ante la noche no prevista; admiración ante el esplendor repentino que de ella nace; lección de valor y de esperanza, he ahí todo el soneto de Blanco White. El que lo lee y relee, no tarda en compartir, primero el temor y luego la admiración de Adán y piensa: si hay paralelismo entre el hombre y el universo, ¿por qué la muerte tan temida no sería un engaño? ¿Por qué o sería ella para nosotros una iluminación como aquella que Adán contempló asombrado después de la muerte del sol?

Y esas imágenes evocadas lentamente se convierten en un pensar inagotable… ¿Por qué? Porque existen en el soneto; porque cada palabra de este es como una imagen de película cinematográfica que, iluminada por luz propia, y, a la vez, por la imaginación del lector, se proyecta en la pantalla viva que es nuestra mente. Quien lea “Mysterious Night”, no la olvidará.

Con este soneto compararemos el siguiente, cuyo tema no deja de tener alguna lejana analogía con el de Blanco White.



Las estrellas

Soles gigantes, albos y bermejos
chispas iridiscentes que en la altura
quiso esparcir el Único que dura,
y está en nosotros, y buscamos lejos

sois simbólicos, místicos espejos
de la inmanente luz de la Natura
en la insondable inmensidad oscura
brillante en innúmeros reflejos.

Con mirada lucífera y atenta
os demando el arcano que sigilo
en lo más elevado, en lo más hondo.

Una fuerza os anima y me sustenta:
al adorar su sola esencia, oscilo
entre vuestro esplendor y el propio fondo.



Leo “Las Estrellas”; vuelvo a leerlas una y otra vez: las leo, más no las leo. En el soneto de Blanco White las veo brotar lumbrera tras lumbrera y hervir en un Universo sin fin… El día, cual un velo, me las escondía: la noche, merced al poeta, rasga el velo y poco a poco, acuden esos soles (que son gigantes, albos y bermejos, dice el señor Keymer, hablando como astrónomo no como poeta) y que a mis ojos maravillados son meras chispas de luz.

¿De dónde nace la diferencia de impresión? En Blanco White, todo nace del contraste entre el día que muere y la noche que empieza. Nos ponemos fácilmente en el punto de vista adánico: no conocemos sino el día. De repente este cesa: ¿qué va a suceder? Estamos mudos de espanto, pero he aquí, una estrella aparece y después, otra y otras… un ejército sin fin… un ejército luminoso que derrama sobre nosotros la paz con la luz.

En el soneto del señor Keymer hay afirmaciones astronómicas, filosóficas; y hasta teológicas, pero nada más. Aquello es nítido y frío como una tesis escolástica o una fórmula algebraica. De mí sé decir que nada evocan en mi mente esas “Estrellas”.

Su único efecto práctico, muy ajeno, por cierto a la poesía, sería despertar en ciertos lectores esa pugnacidad natural que no puede permanecer quieta ante la nebulosidad, la vaguedad y el verbalismo de estos sonetos.

Desde el punto de vista técnico, no son, en cuanto a forma, ni peores ni mejores que la mayor parte de los sonetos publicados en diarios y revistas. Los tres defectos que acabo de apuntar no son propios de ellos; pero se intensifican y agravan en “Fénix” por influjo del Teosofismo. O mucho me engaño, o todo en ellos, desde las ideas hasta el lenguaje, viene más o menos directamente de la India vista a través de los lentes de la señora Blavatsky, de Mrs. Annie Besaub y de los “Tagoristas”. De ahí viene en el soneto arriba copiado, ese “Único que dura y está en nosotros”, esa “Fuerza”, esas “Fuerzas” (pág. 72) que, hablando de sí mismas dicen:


“No el bien somos ni el mal, ni luz ni sombras
no rápidas ni lentas vibraciones
ni efluvios, ni conciencia ni inconciencias.
Aunque evocarnos sepas, no nos nombras;
ni entramos ni salimos: las regiones
profundas habitamos de tu esencia” (pág. 73).



Este verbalismo y esta niebla vienen del país que el Ganges riega…

Pero, he de confesarlo francamente, lo que para un enamorado de la claridad griega y latina es vicio, resulta virtud para otros que, en vez de luz, piden mera música verbal. Para estos, el libro del señor Keymer será el más rico de los banquetes, algo como las bodas de Camacho en punto de sonetos.






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