jueves, 7 de agosto de 2014

CARLOS DE JESÚS CABRERA ENRÍQUEZ [12.727]


Carlos de Jesús Cabrera Enríquez 

(Bauta, Cuba, 12 de mayo de 1960-13 de mayo del 2014). Narrador, crítico, promotor y poeta. Premio de Cuento Pinos Nuevos 1995, con el libro Con zarpas de terciopelo (Editorial Letras Cubanas, 1996). Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 1997, de México, con el libro El restaurador anónimo (Editorial Nave de Papel, México, 1998; Editorial Unicornio, La Habana, 2000). Premio José Manuel Poveda 1999 con La carne transparente (Editorial  Oriente, 2000). Premio de la UNEAC de Cuento en el Concurso Nacional Félix Pita Rodríguez 2002 con El llanto del arpista (Editorial Unicornio, 2003). Eddy Rey (Ediciones Unicornio, 2010); Este era tu deseo (Ediciones UNIÓN, 2010). Premio La Pupila Insomne 2011 por la Obra de toda la Vida; Se busca un título (periodismo cultural, Editorial Unicornio, 2012). Deja una novela y dos libros de poesía inéditos. 

Poesía de Carlos de Jesús Cabrera

Acaba de morir un excelente poeta cubano. Carlos de Jesús Cabrera fue enterrado ayer martes 13 de mayo en su Bauta natal, acompañado de familiares y amigos de la vida y de las letras. El lunes anterior, el 12 de mayo, cumplió solo cincuenta y cuatro años de vida. Media hora después de la medianoche moría de una penosa enfermedad.

A Bauta dedicó las mejoras horas de su vida y los mejores esfuerzos de su talento. Tenía un orgullo sano por su patria pequeña. Estaba contento de los artistas y escritores que le habían antecedido, y de los que alrededor suyo se afanan en sostener las banderas de la creación y la belleza. Su última obra encomia minuciosamente a los demás.

Satisfacción especial le producía conocer en detalle y recordar siempre la aventura extraordinaria que bajo el soplo fundador del padre Gaztelu vivió el grupo Orígenes en su ciudad natural. Aún allí, como capital indudable del arte religioso cubano, las nuevas hornadas de artistas palpitan con la poesía y la pintura origenista.

Dejó publicados dos libros de poesía, y cuentan los amigos que su familia atesora otros dos inéditos. Uno de sus libros de poesía publicados, La carne transparente, de donde hemos extraído los poemas que ofrecemos hoy a los lectores, es de una solidez artística y humana inusuales. Por supuesto, la crítica de poesía en Cuba nada sabe de este libro.

La poca crítica que hay está atenta a otras cosas, y nadie se esfuerza especialmente para repartir la justicia en la masa de poemas producidos en los últimos cincuenta años. La escasa promoción se mueve bajo otros vectores. No deje el lector de leer con detenimiento estos versos del amigo poeta recién muerto, que poseen una oscura grandeza.

Advierta la naturalidad con que el poeta revela su conflictuado mundo interior, y cómo encuentra las palabras justas para describir complejos estados de conciencia. No deje de captar su franqueza implacable, su imaginación afincada en el deseo fervoroso de conocerse mejor, de entender de un modo más legítimo el enigma de la existencia.

Cada poema suyo es una ventana que nos abre para mirar en su alma, y es una puerta por donde el poeta entra en la nuestra, y la frontera comunicativa por donde las almas pueden convivir aunque sea solo un instante, mientras afuera de nosotros, y dentro de nosotros mismos, ocurren las malditas circunstancias de nuestro escenario real.

Por  ROBERTO MANZANO




LOS TIEMPOS QUE CORREN

Mi padre regresa de la fábrica. 
Mi rostro desolado en un rincón 
de la casa, en un rincón de la historia, 
tras el verbo que resbala como un pez 
en los ojos y salta sobre la armonía 
incierta de la luz.

Mi padre parado en el umbral.
La grandeza de un dios tiránico y sabio,
el desamparo y la humildad de un mendigo.
Cansancio eterno de sus huesos,
fiel a su sombra como un perro
y dientes postizos.

Estoy huérfano en el otro extremo
de un tiempo que se toca en sus puntas.
La pena y la soberbia que se muerden
porque soy su sentido
y él es mi signo.
Nada somos el uno sin el otro.

Instante largo como una vida.
Gritos de silencio, el olor agrio de las faenas.
Me salva su mano lúcida en el hombro
y yo lo salvo, en el verbo.






SUELDO

Recibo mi porción, mi pedacito del mundo, 
lo que me toca (casi nada) del todo. 
Con horas de esfuerzo pago horas de placer. 
Día en que me dan la llave del mes.

Administro los dientes, los kilómetros,
los puntos cardinales y el humo.
Gota a gota, grano a grano saco la dicha
de los bolsillos, sin que los huesos se endeuden.

Así transcurro, como si el tiempo fuera gratis 
(siempre es el que más caro cobra). 
Y el amor también gasta, aunque quiera viajar 
de polizón, de vagamundo, desempleado.

Este lastre que me impide bogar 
a la deriva, plomada en busca de pez, 
injertado el árbol donde he de dar fruto 
ascendiendo por el escalafón hacia el cielo.






DESNUDO

Desnudo recorres la ciudad apuntalada por la luz
con la carne escurriéndose entre las piedras. 
El hilo no alcanza a tejer la trama de la sangre, 
los espejos ovalados donde se mira el mundo; 
ni el salado sudor con sus cuchillas desuella el aire, 
un aire contaminado con las cenizas del cielo.

Un cuerpo que nace cada día al calor, al ruido, 
sin arrebatarle nada al diente metálico que lo tritura, 
al estómago armado que lo diluye, que lo digiere. 
Transparente, levísimo como la hoja de un árbol que se entrega 
a la cena interminable; polen que a pesar de todo estalla;
pájaro casi soplo, casi pluma, casi nada; 
el cuerpo transcurre en el espacio mágico donde casi todo ocurre, 
donde los cuerpos se cruzan, chocan, se abrazan o se ignoran: 
átomos sin rumbo, astros con trayectoria eterna.

Cuando la noche tapa los ojos con su venda negra, 
la luz se reparte como el pan en medio de una catástrofe. 
Bien adentro, en lo recóndito del amor se vive otra dimensión,
otros son los ídolos, los altares, los sacrificios. 
El cuerpo se desnuda o cree desnudarse para que el sueño, 
paciente araña, teja su red y sea el dios que todo lo crea 
a su antojo, y el mundo vuelve a ser de barro.

¿Será realmente la vida el espacio virgen, inmaculado del sueño? 
Esas faenas dolorosas, esas horas que caen como piedras 
en la cabeza, ¿serán la verdadera pesadilla, la única muerte? 
El brazo que nos abraza, ¿será una serpiente que nos estrangula?
El gato que nos acaricia, ¿trae en sus ojos al tigre 
que en la selva nos acecha con sus zarpas ? 
El perro que nos acompaña, ¿es el lobo que en la nieve 
sigue nuestros pasos, el rastro de nuestra sangre?

Y el cuerpo, desnudo, desamparado, se refugia tras las paredes,
abre y cierra puertas y ventanas como antes encendía 
el fuego, como quien empuña una lanza, una pistola.






EL PALABRADOR

Caracoles del alma sobre la arena 
con el brillo que un sol oculto labra 
y un cielo de sales pule, con los filos 
del coral donde la sangre graba las orlas de la furia,
los surcos que los flujos abren en lo más hondo. 
Signos, retazos de luz, de una luz sin fuente 
que brota de la inocencia, del vacío. 
Claridad que se alimenta del espanto, 
de la desnudez, y se abraza a las retinas 
como a espejos donde el día se incuba. 
Los rayos que rebotan en los cuerpos como flechas 
sin puntas, en las paredes que protegen a los amantes. 
Las flechas que van a clavarse en el pecho del palabrador,
en los círculos concéntricos de su sangre agujereada 
y traspasan sus pupilas en el mismo centro del blanco.
El palabrador que camina sobre la arena 
depositando caracoles, sus brillos, sus filos.






UN CIGARRO EN LA MADRUGADA

Con una antorcha enciendo la fronda de mis pulmones. 
Una brasa arde entre las cenizas de la noche como un faro 
que guía al sueño, anclado en el marco de la ventana.

Las señales de humo se dibujan como animales cansados
cruzando el horizonte. La luna arroja las sombras 
con el mismo gesto que me deshice de la ropa, 
donde sobrevive el día en la sal de los sudores, 
en el gesto casi humano de la tela.

Los insectos huyen del juego que me consume a sorbos 
y dibuja con mis tizones jeroglíficos en la sábana. 
El enigma del tiempo salta de la luz a la nada, 
se destruye a sí mismo sin otra razón que respirar.

Cuando se apaga, reanudo el fuego como un suicida 
que ataca al vacío con su propia carne. 
Ardo sin remedio entre los gritos de los bronquios 
abriendo sus puertas a un oxígeno enfermo, contaminado.
El humo crece, puebla la noche de signos, de premoniciones.

El sueño tose, casi se ahoga en un rincón de la madrugada.
Las llamas se acercan a mis dientes, acorralan la paz 
en mi pecho, graban en mis dedos la marca de la angustia. 
Con un gesto de alivio lanzo a la intemperie los escombros, 
las chispas del desastre como un bombero sofocado.

El sueño entonces salta sobre mis ojos y me salva.






UN AMIGO

El abrazo de la sangre que derramó la herida, 
la carne amputada por el dolor que retoña 
cuando dos seres coinciden en el tiempo.

En el otro se completa la fuerza para tirar
de la soga que nos hala hacia lo oscuro,
el equilibrio de la balanza donde sopesamos los ojos.
Como en un espejo, como en un baúl donde guardamos los objetos
salvados por la resaca, en el otro uno se busca a sí mismo.

Hurgamos en la arena de su imagen hasta encontrar lo perdido:
la piedra lanzada al fruto que nos tentó en la altura, 
el caracol cincelado con el enigma del fondo. 
Y con la misma arena edificamos otra imagen, 
sembrada como una esfinge en el desierto, 
que las olas hacen y rehacen constantemente 
y el viento y el salitre erosionan sin clemencia.

La cita de los contrarios en la armonía.
Las manos que hoy se repelen con signos opuestos
vuelven a estrecharse sobre el imán de un punto 
donde coinciden el agua y una sed insatisfecha. 
La cabeza del hereje rueda por el polvo 
persiguiendo los pies del verdugo, 
las capuchas que la muerte pone sobre los ojos.

Cuando buscamos un amigo por las calles de la ciudad
es como si regresáramos al lugar donde nacimos, 
o al sitio donde la vida nos detuvo, para volver 
a vernos hoy, mañana, o quién sabe cuándo.






QUE EN PAZ DESCANSE

Ya la mueca no es la calcomanía en el cristal,
descuartizada por las uñas con los filos del rencor,
ni el gesto da latigazos en el rostro como una bandera 
ni la gracia eriza los pelos y parte un diente.

La carne ha vuelto a la cordura del cuchillo,
los tendones no mueven las piezas de la marioneta.
Ya los párpados decapitaron la luz y no llueve
en las cuencas áridas ni en las mejillas.
Elásticos vencidos, los labios descansan.
Una mano encima de la otra como si hicieran el amor.

Nada queda, sólo cáscaras. Las semillas se van 
con la tierra, la muerte se bebe la sangre. 
No hay nada que reprochar a esa imagen detenida 
en el cristal, a ese cuerpo vestido por gusto.

Todo se le acepta ahora a quien no ofende,
a quien desconoce nuestros defectos, a quien se despide
y sólo volveremos a ver en las postales gastadas 
de la memoria, donde el tiempo retoca los errores.

Es la hora única de estar a la vez con todos
y con nadie, el día de ser el héroe en primera plana
y el perdedor en la última, cuando te cargan
en los hombros y te escoltan por la calle.






NOSTALGIA DEL ANDRÓGINO

Desde esta orilla de mi sangre contemplo 
la otra orilla amputada de mi cuerpo. 
Como un río la vena relumbra bajo el filo del hacha
que me dejó huérfano de mí mismo, añorando 
el abrazo del agua, del espejo.

Camino entre seres vaciados por la autopsia 
en busca de las vísceras, sembradas en un ser desconocido.
En ocasiones he visto un cuerpo desnudo, bajo el sol, 
caminando por la arena, del otro lado. 
Tiene mi pelo, mis pestañas, mis uñas, aunque más largas.
Las caderas y los pechos, más pronunciados. 
Entre las piernas el orificio donde encaja mi flagelo.

Al verlo se ensanchan mis pulmones
como si respiráramos el mismo aire con la misma boca.
Siento que su piel termina donde la mía comienza,
y compartimos en el pecho un ventrículo común.
Una extraña sensación, cercana a la armonía
de dos instrumentos que vibran al unísono.






DETRÁS DE TUS OJOS

Como en dos piedras, me apoyo en tus ojos 
para cruzar el agua que nos separa. 
Contemplo la imagen del mundo grabada en tu retina,
leo en su luz tu historia, como en la boca de un horno 
se adivinan las crepitaciones del pan.

Todo lo quiero saber y sólo tengo tus ojos:
huellas dactilares de dos astros,
dos monedas que a lo sumo alcanzan
para matar el hambre o comprar un periódico
donde leemos los pronósticos de la dicha.

Anuncios lumínicos, fuegos artificiales, estrellas
fugaces para matar el aburrimiento;
o tizones, chispas, luciérnagas para romper los límites 
que impone la noche con su monotonía de abalorios.

Estoy al pie de tus ojos como ante un camino. 
El horizonte se ve, pero es imposible 
calcular la distancia, aunque las señales 
adelanten cifras y flechas que nadie tiene en cuenta.

Todo está por suceder. Cuántas palabras 
aguardan por los actos que las conviertan en ritos, 
cuántos actos esperan por las palabras 
que los conviertan en leyenda.

Una historia va a comenzar
y el único prólogo está en tus ojos.






WATERLOO

El miedo me ataca con sus mejores armas.
Aprovecha las horas en que el ánimo se enmascara,
cuando el valor se repliega con los testículos.

Palmo a palmo conquista mi frente, penetra 
hasta las profundidades de mi sangre, asalta 
mi pecho, me vence, me domina.

Cada batalla contra sus escuadrones de fantasmas 
deja mi cuerpo diezmado, trunco. La alegría en retirada 
empuña su honda, pero las piedras no dan en el blanco.
Pierdo el equilibrio sobre la cuerda que tendemos 
en el abismo, para llegar a la otra orilla.

Cuando recobro la paz, palpo las heridas, los cráteres 
de la angustia en la carne, las cicatrices del terror 
en la piel, como trofeos de una guerra invisible.

Ahora estoy aliado a tu cuerpo, a la entrenada tropa 
de tus miembros, que simulan desplazamientos en la noche
y al amanecer aciertan el golpe definitivo, 
el tiro de gracia en la sien del condenado.

Ahora me escudo detrás de tus ojos, me atrinchero 
en tu boca y disparo ráfagas con tus dientes, 
apago con tu lengua el fuego, me refugio en tu pecho, 
combato en guerra de guerrillas en tus senos, cuerpo 
a cuerpo en tu ombligo y entre tus piernas triunfo.






OTRA VUELTA DE LA ESPIRA

Línea curva que en sucesivos puntos, como pupilas 
donde se concentra la luz, gira sobre sí misma y asciende
ganando nuevas estrellas, nuevos astros, otro costado 
del universo, nacía un cielo más transparente y lúcido.

Otra vuelta del serpentín por donde el agua fluye
con su corteza de escarcha. Otro anillo
de la serpiente que aprieta la garganta del tiempo.

Como el aire de un tornado que arrastra las hojas, 
los techos, las sillas y deja las raíces en carne viva; 
como el muelle que amortigua el sueño; como la serpentina 
lanzada por una mano invisible desde las gradas de la noche;
la línea asciende otra vez, implacable, sorda 
a los ruegos del vértigo, ignorante de límites y metas.

Infinita línea que evade la recta y el círculo 
porque es más humano su destino giratorio y deja verse
desde lo alto y lo bajo, sin fondo ni techo, sin barreras 
ni semáforos, destruyendo como un atleta los estambres 
y los cronómetros, con sus agujas clavadas en la velocidad.

Que no olvide el trazo seguro de la angustia, ni la mano
que la crea con la esperanza de su amplitud, de su perfección.






EN TORNO AL ÁRBOL

En la semilla está el gesto de la hoja, 
la arruga de la corteza, el guiño de la flor 
en la rama, el flujo de la savia 
hacia el sueño del fruto.

En la semilla está la luz y el hambre.
Es la armonía del bosque que dicta el polen,
el secreto del verde, las dimensiones de la sombra,
la lenta evolución de la madera.

Una mañana cualquiera el azar estalla 
y la energía tantas veces pospuesta, reprimida, 
brota de la tierra a confundirse con la hierba 
(que es la energía degenerada en pesadilla).

El árbol crece contra la ley de la gravedad 
tirando de las ramas como un animal 
que no quiere verlo erguido en el paisaje. 
Pero crecer es una fuerza contraria a otra fuerza, 
el triunfo de una guerra a muerte.

En silencio, imperceptible, surge lo nuevo 
buscando su dimensión, su forma en la costumbre. 
El advenedizo, el recién llegado 
que es el hijo alumbrado en el espasmo.

El miedo quiebra las ramas podridas 
y la duda estremece los troncos obesos. 
El peligro es el argumento, la savia tierna 
que no ha sudado lo suficiente la fiebre, 
la flor inexperta que desconoce el vértigo.

Llueve a cántaros sobre la corteza adolescente, 
se clavan los rayos en los flancos de la soberbia, 
fraguando la fibra que destrona al comején. 
La raíz, como la experiencia, afinca el logro, 
hasta que el fruto tierno brota en la fronda.

El viento sacude las ramas, la envidia lanza 
piedras y palos, pero el fruto asoma su sonrisa 
en la cima, la sonrisa sabia, casi triste del vencedor 
pues sabe que la meta es otra semilla.




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