miércoles, 30 de julio de 2014

ROBERTO "TOM" GARCÍA [12.569]


Roberto "Tom" García 

(Santiago, Chile, 1983)
Roberto García Yévenes, Tom   (Santiago de Chile, 11 de enero de 1983). Periodista, Comunicador Social y Gestor Cultural (U. de Chile). Miembro del Colectivo A la Sombra implementando talleres y encuentros literarios en diversas cárceles (Santiago, Rancagua y Valparaíso). Además, desarrolla talleres de literatura y gestión cultural con niños(as) y jóvenes refugiados y un colectivo artístico-social con personas de calle. Participó del Colectivo poético Mapocho y Mal de Ojo (Márgenes. Ajiaco Ediciones, 2011). Publicó Tiempo Muerto (Autoedición, 2007). Actualmente, prepara la publicación de Vagancia (Alquimia Ediciones, 2013), trabajo interdisciplinario en torno a la Vega Central (texto, fotografía y dibujo). 




callejón -11- sin salida

“Hoy he ido a comer donde comen los pobres
Y he sentido que la sombra es común
Que el dolor semejante es un lenguaje
Por encima del sol y de las Madres”. 
Enrique Gómez Correa / El bar de los pobres

Umbral, local 11 del pasaje Rosal 
frente al comino, la Negrita y el silencio de los quiltros
un hombre arropado controla la entrada, por cañón de tinto corriente.
Entre dientes escupe un papel amarillento
en el suelo murmullos, cabeceos, risotadas. 

(El barucho reserva el derecho de admisión a desheredados
lanzas, perros muertos, pacos infiltrados y camorreros)

La luz de ribera semiabierta, se posa
en la mejilla del Negro, zapatero por cana 
quien invita a cada cargador que limosna bencina
mientras Don Wiro el mesón limpia de añosos estorbos.

Se incorpora el Oma oma, boxeador osornino del ’70 
que avivaba a la gallada torturante en el gimnasio Vivaceta 
cada tarde de domingo.
El mulato ríe y vende Kilates, deja dos sobre la mesa
no acepta preguntas pues un jab reventaría su ñata, su bolsillo 
la frustración oculta en una risa infame.

En la barra pegoteada, el hijo del central de Ferrobádminton 
inmortalizado en la foto de muralla, entona
el ritmo balbuceante de Lucho Barrios.
Acá nadie lo canta, pues a dios no se responde 
y dios ha muerto.

Una colilla es recogida
quiebro un cigarrillo en señal de protesta.
Con todo respeto guachito, suena una, otra vez
y las manos duelen.
La calle es dura, continúa y calla en un duelo compartido.

Sobre la silla, el poeta lee un texto en fotocopia al poeta turista.
El Chino Vega aplaude, pues apenas escribe su nombre
y la palabra pesa tanto como el olvido.
La tarde es una canilla borracha.

Fumar, tomar, catorce, machetear 
fumar, tomar, un truco de naipe.
Se troza una naranja en cuatro y la mesa entera almuerza. 
El rucio muestra sus costras en la frente para recordar a Pisagua
la travesti más rica es la más ronca
al centro una vieja chicha baila exorcizando erotismo
en el baño no se sientan, para no ensuciar el lujo
y uno, uno siempre es turista 
cuando la calle es mito en los bares perennes de la Vega.

La vagancia es cosa de hombres, el Negro dice
otra ronda de pipeño, contesto 
y la razón es una colcha húmeda por el llanto, la orina, 
el sudor de la penitencia.




leiva

El maricón Leiva llega y nadie habla 
silencio, como antídoto y templo.
Duerme pegado al pelusa, abrigando su pena de madre
por exceso de vino, tocatas y riñas punketa.
El Leiva deja manchas en el jeans del toñito.
Quién más rato saldrá concho e’ ron por calle Dávila
a comprar el implante hechiza de la cirugía proleta.

El ferretero le advierte:
Dile al maraco que no se ponga más güea,
ya está vieja, hinchá y fea. Con tono de clavo.
Toñito enFiskalizao escupe el  cal de la oferta, 
embarcado hacia el pabellón colcha del cité.

El cabro no suda, repite la secuencia:
cañita de pisco, la trenza de hule, nudo fuerte bajo el cachete.
Una, dos, tres vueltas por el muslo macizo del Leiva
sellando el paso de la sangre y la cordura.
Sobre la cocinilla, el plástico bulle a borbotones 
el pendejo toma la jeringa 
la silicona caliente entra por el agujero del coxis
para perderse en la vanidad de los glúteos.

Toño cada tres horas moldea la masa informe
copiada del luminoso de Patronato
y el Leiva fuma, fuma, fuma
un humito travesti.

Toño junta monedas en la pérgola
compra el calzón encaje de la modelo.
En una nota escribe: pa’ usted mamita, la má lilith.
Lo obsequia, robándole un beso incesto.

El maricón Leiva, 3:15 am del cuarto día
acicala su reflejo en la Pilsen, el pelo con un palo chino
dos mechas rucias caen sobre el caracho bolsa. 

En la pasarela 
las palabras son grilletes, los perniles carceleros
modelan de poste a poste con colales y chalas
exhibiendo hematomas, globos, celulitis.
La desgracia de envejecer miserable.

El maricón Leiva llora, a un costado toñito fuma.
Lloro con él a tres metros, después de los perros.




cenicienta

Una mano en el pan, la otra en la radio sin pilas
la tierra emerge con el brazo en alto 
limpio la ceniza tinto que deja la borra.

Un grito travestoso en la esquina de calle Dávila
chimberas piernas corren y un taco queda junto a la colcha.
Lo tomo, príncipe lumpérico de cuento Disney
escrito en la noche so(m)bria de Alfredo Gómez Morel.

Buscaré a cenicienta por cocinerías, pasillos, atracadores.
Tal vez, la colorina beba cerveza 
apostando a caballos en el bar del cojo
o vague pucho prendido chismeando con compatriotas
a la salida del pollo frito, el curry humea la nostalgia.

Dónde estás cenicienta,
olvidaste la ruta, que lleva al callejón sin salida
escondida tras los basureros, te persignas
presa fácil para la muerte venidera, que busca en países pobres
al indioario que llevamos dentro del alma huacha.

Qué sucede cenicienta,
no montaste el taxi del guatón DINA
perderías algunas chauchas a cambio de falopa
y una noche plácida en la Juan Antonio Ríos
viendo como amanecen los muros, mientras cantas a Chabuca. 

Qué tan necesitada estás cenicienta,
rechazaste un ron en el mausoleo inca
donde cada mes te acuerdas de la abuela
y lloras borracha hasta el día próximo
despiertas, meada en el patio 29
-somos todos huesos, todos cruces, somos todos desaparecidos-.

Dime cómo fue cenicienta,
el jardinero te expulsa por maraco
sucio, peruano y miserable.
Con dignidad tomas la carterilla, un clavel
lanzas un beso al memorial, el globo revientas al angelito
y te vas, alzando ese puto dedo a la patria.

Qué es de ti cenicienta,
ya no vendes jugo de pomelo en La Vega chica.
Tal vez, regresaste a tu Ayacucho natal 
a revivir en lengua aimara la mierda del cité
madriguera del Chile inmigrante.

Qué fortuna tuviste cenicienta,
por la noche cuando el frío levanta
rocé tu chancleta y un bototo mi rostro
echado en el suelo proyecté la oscuridad dándote resguardo.
Aquí, bien lejos de tu tierra y tiempo. 

-Ese nazi es cada uno de esos niños
entonando el himno nacional, mientras se alza la bandera
a pleno sol, patio central de escuela pública-.

Ensáñense conmigo, dije:
Soy mendigo, pastero, punk y comunista.
Cerré el libro y una hoja voló
franqueó ilegal la frontera de nuestros paisajes.
Dormí como 3 veces al año
cuando la escoba saca a la derecha y barre
las postrimerías de la ciudad fabelosa.

Tres costillas quebradas, el ojo izquierdo reventado
a ras de suelo te vas dejando el sostén 
las sombras calvas, cobardes, se marchan 
ríen y beben latitas de Paceña, Latinoamérica es pura ironía.

En la Posta Central, cementerio de indocumentados
las palabras de Myriam me resuenan: 
Que no chupe más, que me quiera y no le creo,
al igual que a estos pendejos jugando a ser führer.

Nadie arrastra delitos, ciudad sacrilegio 
a nadie intereso, porque no hablo con desconocidos.
Aquí estoy echado en la colcha y mi puta cenicienta arrancó
junto a la lluvia, los hijos, la sirena y la culpa. 

¡Prendan fuego! Grité esa noche
hagan de mi la antorcha que alumbra
su camino mísero hacia la ciudad perdida.
Tres pueblos al sur del Ayacucho natal
donde algún día seré el taco de mi cenicienta inca.






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