miércoles, 16 de julio de 2014

RAFAEL MARÍA ARÍZAGA MACHUCA [12.342]


Rafael María Arízaga Machuca

(1858-1933).
Político conservador, abogado, poeta y escritor ecuatoriano, candidato a la Presidencia en 1915. Hijo del también político José Rafael Arízaga Machuca, nació en Cuenca el 24 de junio de 1858 y murió en la misma ciudad el 8 de agosto de 1933. Discípulo de los jesuitas en su ciudad natal, se incorporó como abogado en la Universidad de Cuenca en 1882. Amigo de las letras y conocedor de varios idiomas clásicos y modernos, colaboró con sus escritos en varias publicaciones, afrontando temas históricos, literarios, jurídicos, legislativos y políticos. Varias revistas y antologías recogieron algunos de sus poemas. Todo ello le valió ser admitido como miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua en 1901. En política militó en las filas conservadoras, y participó varias veces como diputado y Senador por su provincia. Actuó también como Ministro Plenipotenciario en Estados Unidos y en Brasil. Con Arízaga se inició la llamada Fórmula Mixta para enfrentar los asuntos limítrofes con el Perú. Alguna vez propuso en el Congreso abolir la pena de muerte para los delitos políticos, pero se quedó solo. Tenía capacidades y virtudes suficientes para convertirse en un buen presidente del país, pero perdió las elecciones de 1915 frente al candidato oficialista Alfredo Baquerizo Moreno. También limitó su carrera política el hecho de su inflexibilidad en lo tocante a materia religiosa pues, católico practicante como era, defendía su religión casi con fanatismo. No obstante, en 1925 calmó los ánimos de los jóvenes conservadores, que estaban decididos a luchar abiertamente contra la revolución Juliana. Fue nombrado por el Papa Caballero Comendador de la Orden de San Gregorio Magno. Sus obras completas fueron publicadas en cuatro volúmenes en Cuenca, entre los años 1958-1964.



El genio

¿Habéis visto el simoun? Cuando en las pampas
do el sol abrasa la radiante arena,
se arremolina enfurecido, y ruge,
y lanza de su seno la tormenta;

   revuelta en los espacios la balumbo  
de calcinado polvo, el dio trueca
en negra noche de pavor y espanto,
do todo es luto, confusión, tinieblas...

   El tiempo así, que avanza presuroso
con ciego afán a la ignorada meta,  
bate impetuoso las potentes alas
y todo en ruinas sepultado deja.

   Del olvido la noche temerosa
es de su paso la perenne huella,
y el ¡ay! profundo de un adiós eterno  
el eco que responde a su carrera.

    ¿Qué las edades son, qué las naciones
con su esplendor, su gloria y su grandeza,
en el revuelto caos do se agita
del tiempo y de la vida la contienda?  

   Átomos leves de una inmensa ruina,
que en el espacio sin concierto vuelan,
y de la nada al insondable abismo
van al impulso de atracción suprema.

    Ídolos pasajeros de la Fama,
hermosa, sabia floreciente Grecia,
belicosa Cartago, heroica Roma.
Señora de mil pueblos opulenta,

    ¿do están, decidme, vuestras regias galas?
Vuestros dioses, ¿do están? ¿Do vuestras fiestas?  
¿Do los trofeos mil que en sangre tintos
cosechasteis en bárbaras refriegas?

   Ludibrio vil al tiempo inexorable
fueron vuestros blasones y soberbia,
y hoy no sois más que míseros escombros,  
de vuestro antiguo ser tumbas desiertas...

   Empero, hay algo para quien no existe
ni tiempo destructor, ni muerte fiera,
a quien sirven los años y los siglos
como nuevo peldaño a su grandeza.  

   Hay algo que de Dios finge lo eterno,
que de su gloria el esplendor remeda,
y que al dejar el mundo se levanta
regando luz de fúlgido cometa;

    y en el cielo brillante de la Historia,
vencedor del olvido se presenta,
y el himno de sus triunfos va cantando:
el Genio es aquel ser. ¡Bendito sea!

   Cadáver arrojado por las ondas,
a la orilla del mar, Cartago queda;  
la Roma de los Césares es polvo;
es fúnebre panteón la antigua Grecia.

   Pero del seno de la negra noche
que en esas ruinas pavorosa impera,
se ven surgir las coronadas frentes
de Sócrates, de Aníbal y de César.

    Allí aún repiten, conmoviendo al mundo,
los aterrados muros de la escuela:
el alma es inmortal y el Orbe rige
una sabia y oculta Providencia.  

    Y más acá, los cánticos se escuchan
del hijo de Mavorte, que festeja
los inmortales triunfos africanos
de Trasimeno, de Tesín y Trebia;

    mientras del Ponto en la región remota,  
entre el postrer fragor de la pelea,
el veni, vidi, vici, del Romano
entre el aplauso universal resuena.

    El Genio es inmortal. En vano Porcio
contra Cartago fulminó el delenda;
en vano entre los muros de Quirino
lloró postrada la vencida Grecia;

    y el bárbaro también en vano un día
blandiendo el hacha ruda de las selvas,
rompió sañudo el ponderoso cetro
que rigió los confines de la tierra.

   El Genio, redimido de esas ruinas
por la propia virtud de su grandeza,
perpetuamente vivirá en los nombres
de Sócrates, de Aníbal y de César.





In principio...

Lanzaron Ella y Él a lo infinito
de su ansiedad suprema los clamores,
y llevaron los vientos gemidores
de Oriente a Ocaso el lastimero grito.

   Hostil la tierra aparejó al proscrito
inclemencias, penurias y dolores,
de la pasión la fiebre y los rencores
y el perpetuo aguijón del apetito.

   Gimieron Ella y Él en el oscuro
abismo de su mal, y ante el futuro
repleto en ignominias de la suerte.

   La incurable dolencia de la vida
encontró compasión, y conmovida
la Infinita Piedad creó la Muerte!...

  





Orellana

Ni el áspid con que el trópico abrasado
defiende de sus frondas la maraña,
ni el abrupto peñón de la montaña,
en hirientes jarales erizado;

    ni la eterna ventisca del nevado  
que en las cumbres graníticas se ensaña;
nada frustró la temerosa hazaña
que en la historia tu nombre ha perpetuado.

   Cual de Alighieri por la selva oscura
descendiste del monte a la llanura,
por círculos de endriagos y gorgonas.

   Y cruzando infinitas soledades,
te engolfaste en el mar sin tempestades,
el mar del porvenir: ¡el Amazonas!...






Brasilia


I

A la lumbre amorosa del Crucero,
fulgente en gemas de riqueza ignota,
una tarde estival, en la derrota
se cruzó de feliz aventurero.

    A admirar su belleza el mundo entero
de sus hijos le envió múltiple flota,
y en sus venas vertió gota por gota
sangre de nueva estirpe: el brasilero.

   De Iberia conoció los campeadores,
de Albión los libres y severos lores, 10
de la Galia gentil, la inmortal gesta;

    y, madre ya de Ledos y de Andrades,
heroína de sus propias libertades,
¡alzó ante el Orbe la laureada testa!


II

    La señora del Austro, soberana,
que en magno imperio dilatarse pudo,
no asió la lanza ni embrazó el escudo,
como soberbia Juno americana.

    Soñó con la república romana
de la gloriosa edad; y en verbo agudo  
execró de la fuerza el cetro rudo,
baldón eterno de la historia humana.

    El mundo de los Arios, desde el Orto,
la miró entonces, en su nobleza absorto,
y en honor a sus ínclitas acciones.  

    De sus Sorbonas le franqueó la entrada
y la hizo presidir, de mirto orlada,
en la gran Sociedad de las Naciones.






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