miércoles, 16 de julio de 2014

RAFAEL CARVAJAL [12.330]


Rafael Carvajal 

(1818-1881)
Nació cerca de Ibarra, ciudad norteña del Ecuador, en una finca del solar de la familia. Vinculada a la nobleza de su provincia, recibió educación tan esmerada como lo permitían las circunstancias de época tan azarosa.
Sobre esta base pudo desplegar sus claros talentos, llegando pronto como estadista a ocupar las posiciones más altas. Fue desde los bancos de la universidad amigo constante de García Moreno, a quien secundó eficazmente en el poder, que le ayudó a conquistar con sacrificio del patrimonio de la familia, siendo en adelante su más asiduo e importante colaborador.
Fue poeta de ocasión, cuando la soledad del ostracismo o el vacío angustioso de la decepción le ponían la lira en las manos. (Luce un lenguaje puro y versificación suelta y elegante, y, en veces, dones satíricos notorios que determinaron graves alternativas en su carrera política).
Colaboró en El Nacional con prosa de combate y en El Iris con poemas satíricos o sentimentales en que daba desahogo a sus más íntimos impulsos. Selecciones de sus poesías aparecieron sucesivamente en La Lira Ecuatoriana de Molestina, en el Parnaso Ecuatoriano de Gallegos Naranjo y en La Nueva Lira de Echeverría.
Nada nuevo aportó la antología académica de 1892; en todo caso, estas selecciones no parecen haberse hecho con el mejor gusto. Un cuaderno de versos de más de cien páginas, si no de su puño y letra, corregido por él, ha llegado mutilado y destrozado a la biblioteca del Instituto de Humanidades Clásicas que el colegio de jesuitas de Cotocollao viene formando con meritoria diligencia. Pero siquiera una tercera parte ha sido cercenada y otra tercera parte está casi destruida. Sin embargo, nos ha proporcionado algunas composiciones inéditas, que damos a conocer, y nos ha permitido corregir el texto de las ya publicadas.
El juicio más discreto sobre Carvajal como hombre de estado, pertenece al concienzudo historiador de García Moreno, don Luis Robalino Dávila, quien lo formula así: «El respeto a la administración pública...; el convencimiento de que sólo personas hondamente enraizadas en la tierra natal y pertenecientes a familias honorables -la familia es el pronóstico del destino, afirmó Lamartine- pueden trabajar tesonera y limpiamente por el bien común; hicieron que García Moreno echase siempre mano, para colaboradores suyos en puestos de confianza, de personas consideradas y de claros antecedentes en el medio en que vivían. Y aún antes de 1860, sin alarde alguno de gobierno aristocrático, se había adoptado esta norma. Quedaron para mucho más tarde las improvisaciones».
«Al tomar posesión por vez primera del solio -continúa- García Moreno nombró el 2 de abril de 1861, Ministro de lo Interior y Relaciones Exteriores al doctor don Rafael Carvajal... descendiente quizás de don Antonio Carvajal, uno de los primeros regidores de Ibarra a raíz de su fundación... Fueron compañeros de estudio en la universidad y los dos se recibieron   -61-   de abogados el mismo día. Su amistad era, pues, muy antigua... En el gobierno provisorio García Moreno distinguió mucho a su colega Carvajal. Fue indudable que, sea por cierta afinidad de carácter, sea por estrecha compenetración de ideas y sentimientos... Carvajal fue el colaborador ideal para García Moreno, quien lo llevó a todos los honores: Diputado, Ministro de Estado, Vicepresidente de la República, Presidente de la Convención de 1869. Ministro después, hasta 1875, de la Corte Suprema de Justicia. Muerto García Moreno, Carvajal combatió a Veintemilla, que le desterró; murió en Lima en 1877, a los 59 años»18.


  Selecciones


Himno a la libertad

(De El Sueño de un proscrito)


Abajo «Salve, salve, deidad peregrina,
por los déspotas siempre ultrajada;
otra vez por un Dios rescatada
más hermosa te vemos brillar».

    Eres siempre aquel astro que brilla 5
de los pueblos mostrando el destino;
eres sol que fecunda el camino
de ventura, de gloria y de paz;
eres soplo de Dios con que al hombre
del cobarde letargo despierta; 10
eres ángel que vela en la puerta
de ese templo de gloria inmortal.

«Salve, salve, etc.».

   Hoy el pueblo conoce dichoso
el influjo que debes al cielo, 15
hoy desgarras propicia ese velo
que en tinieblas hundió la ciudad:
hoy el hijo le debe a su padre
que gimió largo tiempo expatriado,
hoy el hijo por ti rescatado 20
de la madre en los brazos está.

«Salve, salve, etc.».

    Hoy enjuga la esposa su llanto
y el esposo en tranquila bonanza
hoy bendice la dicha que alcanza 25
respirando feliz en su hogar:
hoy los brazos extiende el amigo
al amigo que vio en desventura,
y se estrechan en dulce ternura
invocándote, santa deidad. 30

«Salve, salve, etc.».

    Hoy despueblas las crudas montañas,
los desiertos y el suelo extranjero
que escucharon el ¡ay! lastimero
del proscrito que vieron vagar. 35
   Salve, salve, deidad peregrina,
sin piedad tanto tiempo ultrajada,
no separes, por Dios, tu mirada,
que es un rayo de luz celestial.

«Salve, salve, etc.». 40

   En tu nombre hemos visto elevarse
al cobarde, al traidor, al infame;
en tu nombre hubo monstruo que llame
sus crueldades, virtud, libertad;
en tu nombre al genízaro altivo, 45
por la voz de su jefe azuzado,
hemos visto blandir descarado
tinto en sangre el agudo puñal.

«Salve, salve, etc.».

    En tu nombre también al ministro 50
del Señor hemos visto injuriado,
y proscrito y cruelmente ultrajado,
porque fue de virtud ejemplar,
¡oh, qué horror! la beldad en tu nombre
en oscuras mazmorras gemía; 55
¡oh, qué horror! los insultos sufría
del esbirro sacrílego audaz.

«Salve, salve, etc.».

    En tu nombre el traidor halló premios,
en tu nombre medró el asesino, 60
en tu nombre un salvaje beduino
holló leyes, honor y moral;
mas, cual astro que siempre señala
a los pueblos su hermoso destino,
hoy nos abres propicia el camino 65
de ventura, de gloria y de paz.

«Salve, salve, etc.».


IV

    Abrí con asombro los ojos y el día
hirió mis pupilas, hirió el corazón;
y, al ver la mentira del sueño, sentía 70
roer mis entrañas amarga impresión;

   Amarga cual nunca probara mi pecho
sentí en ese instante de eterno pesar,
al verme proscrito y en mísero lecho
buscando con ansia mi patria, mi hogar. 75

   ¡Ay patria querida! perdona si osada
cantando este sueño mi lira infeliz,
pintó del oprobio que sufres cuitada
el fúnebre cuadro con negro barniz:

   No tiene la culpa mi débil acento 80
si acaso tu rostro colora el rubor,
la tiene el imbécil que vive contento,
la tiene el maldito que ultraja tu flor.

   


Gratitud

(Inédito)

Oh amistad, santa, divina,
hija del cielo en la tierra,
todo bien en ti se encierra,
todo al bien por ti camina.

   Eres tesoro inefable 5
del corazón y del alma;
por ti el hombre en dulce calma
goza un placer perdurable.

   Eres imán de la vida
en este mundo enojoso 10
eres bálsamo copioso
para un alma dolorida.

    Por ti en medio de su angustia
la desgracia enjuga el llanto,
tú mitigas un quebranto 15
cuando está afligida y mustia.

   Por ti la orfandad llorosa
halla una mano propicia,
que dulcemente acaricia
su existencia lastimosa: 20

    Por ti el infeliz cuitado,
en los días de amargura,
halla solaz y ventura
de sus penas olvidado.

   Eres destello divino 25
que a la razón encamina,
y benéfico ilumina
la oscuridad del destino.

   Eres fuente saludable
de ternísima fruición, 30
y contra la vil pasión
santo muro inexpugnable.

   Amistad ¡oh don precioso!
de la vida hermoso faro,
por donde voy te reparo 35
y te acato silencioso.

    Por ti mi respeto crece
en esta mansión propicia,
do bienhechora caricia
tu dulce sombra me ofrece. 40

   Aquí libre de la injuria
de injustos perseguidores,
no pruebo los sinsabores
de su maldecida furia:

   Tranquilamente respiro 45
sin que el alma desconfíe:
todo aquí en paz me sonríe,
y aquí por nada suspiro.

   ¡Silencio!... Mi patria gime
llena de oprobio y cautiva: 50
¡No habrá quietud mientras viva
el tirano que la oprime!




Un recuerdo
A mi madre

(Inédito)

I am all alone in my chamber now
And the midnight hour is near
[...]
And over my soul in its solitude
Sweet feelings of sadness glide.
Chalmers.               



I

Mi rostro juvenil sombreando apenas,
      el bozo aparecía,
       ¡ay! entonces sentía
      ¡sí! cuando sonreía
correr mis horas de contento llenas. 5

Jamás la pena ni el dolor mi pecho
      habían lacerado;
      tranquilo, sosegado
de mí mismo vivía satisfecho.

Con risa placentera la inocencia, 10
      cual diosa de mi aurora
      velaba protectora
con su manto mi plácida existencia.

Encanto y seducción siempre ofrecían
      mis ocios regalados 15
       y, libres de cuidados,
con dulcísimos goces me adormían.

Las caricias y tiernas emociones
       de mi madre querida
      me daban nueva vida 20
de hermosas y variadas ilusiones.

Grato era el resplandor del claro día:
      al asomar la aurora
       alegre y seductora
la tarde cada vez me parecía. 25

Grato era el murmurar, del arroyuelo,
      y musical y suave
       el canto con que el ave
la luz miraba que le enviaba el cielo.

Magnífico era ver del sol dorado 30
      el majestuoso paso
      allá en su lindo ocaso
de nubes juguetonas circundado.

Radiante de fulgor aparecías
      ¡tú siempre clara luna! 35
      Jamás me fue importuna
la inspiradora luz que me ofrecías.

Tranquilo era mi sueño ¡qué contento
      al despertar mostraba
      feliz, cuando escuchaba 40
del eco maternal el dulce acento!

¡Cuan plácida del alba relucía
       y la luz encantadora!
      Y música sonora
el ruido matinal me parecía. 45

Mi faz siempre risueña; complacida
      mi mente se extasiaba
      y al mundo contemplaba
cual Edén lleno de placer y vida.


II

    Mas, dime madre querida 50
¿por qué esos tiempos volaron,
por qué tan pronto llegaron
las horas de padecer?

    ¡Ay! para mí desdichado
todo cambió en un instante: 55
ráfaga de aire inconstante
fue para mi alma el placer.

   Como esa luz engañosa
que cruza en la noche oscura,
dejando en pos la pavura 60
de más densa oscuridad,
pasaron esos instantes
y vino en pos del tormento:
ilusión fue mi contento
y el dolor fue realidad. 65

   Dime, madre idolatrada,
¿cuando meciste mi cuna
no vertió lágrima alguna
tu maternal compasión?
¡Ah! sí, lloraste al mirarme 70
profundamente dormido,
cuando un présago gemido
exhaló mi corazón.

    Lloraste, sí, madre mía,
y una lágrima piadosa, 75
surcando tu faz hermosa,
pudo a mi seno venir:
guárdola yo desde entonces,
como reliquia del cielo,
como lágrima de duelo 80
que mostró mi porvenir.

    Dulce consuelo buscaste,
al despertarme propicia,
con esa tierna caricia
que tu cariño me dio; 85
y al mirar que te pagaba
con mi sonrisa inocente,
a tus faldas ledamente
tu ternura me llevó.

    Pero curar no pudiste 90
tu sentimiento profundo
al verme ya de este mundo
en el terrible huracán;
y, apresándome en tu seno,
una vez y otra exclamaste: 95
«¡Hijo mío!» y me besaste
con afectuoso ademán.

    ¡Ah! cuanta razón tuviste
desde entonces, madre mía;
tu cariño predecía 100
de mi vida el amargor;
y quien sabe si allá dentro
de tu pecho condolido,
encontraste en mi gemido
un presagio de dolor. 105

    Si entonces adivinado
hubieras con tu ternura
cuan aciaga desventura
me ofrecía el porvenir,

con razón, madre querida, 110
conjurando al hado impío
dijeras: «¡Ay hijo mío,
más te valiera morir».


III

    Ya mi noche lastimera
la mitad de su carrera 115
      terminando,
en este enojoso mundo
todo en silencio profundo
      va dejando:

    y en melancólica calma, 120
acá en el fondo del alma
      congojosa,
entre el ¡ay! del infelice
oigo una voz que me dice
      misteriosa: 125

   tanto crimen inhumano
tanta sacrílega mano
       no te asombre;
que en verdad, del hombre, os digo,
el más pérfido enemigo 130
       es el hombre.

   ¿Ves el sueño deleitoso
con que el señor poderoso
      se regala?
Es la imagen de otro sueño 135
que al esclavo con el dueño
      pronto iguala.

    No hay entonces desventura
y termina la amargura
       de esta vida: 140
sólo allá vive la calma,
esa dulce paz del alma,
      tan querida.

    Los placeres halagüeños
son quiméricos ensueños, 145
      son mentira,
con que el alma fascinada,
cuanto más vive engañada,
      más suspira.

    Este mismo sueño breve 150
que el hombre a gozar se atreve
      es delirio,
es tregua de las pasiones
a esta vida de ilusiones
      y martirio. 155

    Todo duerme, hasta el malvado,
de sus crímenes pagado,
       ¡quién creyera!
duerme sin ver preparada
pendiente sobre él la espada 160
      justiciera.

    Sólo la madre amorosa,
de sus hijos cuidadosa,
      yace en vela;
y a su afecto reverente 165
es, de la vida inocente,
      centinela.

    ¿Qué del hombre sucediera,
si a su lado no tuviera
       en la infancia, 170
de una madre el dulce anhelo,
sus caricias, su consuelo,
       su constancia?


IV

    Mas no, que también velando
en su triste soledad, 175
con el alma dolorida
un hijo infeliz está;

    y en medio de la amargura
de su mísera aflicción
al suspirar por su madre 180
calma un tanto su dolor.

    ¡Ay! suspiro, que en mi pecho
el amor hizo nacer,
parte veloz, ahora mismo,
adonde mi alma se fue; 185

    y dile a mi dulce madre,
ocultando tu aflicción,
que eres consuelo en su ausencia,
que eres prenda de su amor.

    Y dile, si acaso llora, 190
proscrito al verme infeliz,
por Dios, que enjugue su llanto,
que no lo vierta por mí.

   Tal vez sus lágrimas pías,
agravando su pesar 195
haranme víctima triste
de inconsolable orfandad.

    Que ella es la luz de mis ojos,
el remedio en mi dolor,
el sostén de mi esperanza, 200
la vida del corazón.

    Que guarde su tierno llanto
para otro cercano mal...
¡Quizá las puertas se me abren
de la inmensa eternidad! 205

    Que una lágrima en mi tumba
debo a sus ojos pedir;
pero esa lágrima sólo
por el tiempo que viví.

   Entre tanto, madre mía, 210
calme el cielo tu aflicción,
recordando que padezco
por mi patria y por mi honor.

   Todo harán mis enemigos
con la fuerza y su maldad; 215
pero no impedir que te ame,
eso no, jamás podrán:

    Y a que conozcas te envío
desde extranjera mansión
«Un recuerdo», a tu memoria 220
y a tus caricias, mi amor.

    


A una poetisa

Ni el dulce murmurar del arroyuelo
que se desliza con variado encanto,
ni el triste arrullo con que eleva al cielo
la tórtola afligida su quebranto,
ni al descorrer el misterioso velo 5
natura ufana con su rico manto,
me ofrecieron jamás ese consuelo
que ofrecen las dulzuras de tu canto.

    Canta feliz, de un cielo bonancible
hija privilegiada, que tu lira 10
te muestra hermosa cuanto más sensible.
¡Por Dios! canta, otra vez y el alma inspira
de un triste trovador que en su amargura
halla en tus versos celestial ternura.

 



Una esperanza

¿Cómo queda, no ves, querida esposa,
la blanca helena19 que, a tu lado crece,
cuando el riego le falta que le ofrece
tu mano, cada vez más cariñosa?

   Inclínase marchita y congojosa 5
al blando soplo que sus hojas mece,
sus pétalos desgreña, y desparece
del verde tallo que adornó graciosa.

   De pena igual tu ausencia lastimera
me llena el corazón y triste, mustia, 10
mi faz se muestra de dolor transida,

    ¡Ay! morir cual la flor también debiera,
y si vivo, sólo es porque en mi angustia
la esperanza de verte me da vida.

  

  

Impresión a la vista del mar

Infeliz y entregado al torbellino
de tristes pensamientos viome el cielo,
sin patria, sin amigos, sin consuelo
y postrado al rigor de mi destino.

   Vagando, como suele, de contino, 5
quien la copa bebió de la amargura,
mi vista se extendió por la llanura,
que no tiene ni huella ni camino.

    ¡Era el mar! y su aspecto majestuoso
largo tiempo detúvome absorbido 10
en éxtasis profundo, misterioso.

    ¡Era el mar! que agitado por los vientos
mi suerte retrataba enfurecido
o, en su calma, mis tristes pensamientos.



A Dios

(En el cumpleaños de mi padre)

(Inédito)

Verba mea auribus percipe, Domine, intellige clamorem meum.

Salmo 5               

Señor, por todas partes mi espíritu te encuentra,
armado de justicia, vestido de poder;
y cuando más se extiende mi vista, se concentra
en mi alma el sentimiento de tu indecible ser.

   Te miro en el espacio azul del firmamento 5
midiendo con tu vista la inmensa eternidad,
de fúlgidas estrellas un trono por asiento
y el sol allá en tu diestra vertiendo claridad.

    Te miro en esas nubes que llevan encrespadas
de manto ennegrecido cubierto de capuz, 10
cuando rugiendo cruzan el éter inflamadas
privándome que mire tu bienhechora luz.

    El hórrido estampido que cruza el firmamento,
cuando iracunda viene la negra tempestad,
y el ronco rebramido con que se rasga el viento 15
me anuncian con su estruendo tu regia majestad.

    Te miro en las nevadas pirámides que al cielo
su cúspide levantan con mágico esplendor,
magníficos santuarios que diste a mi suelo
para que rindan culto los Andes a su Autor. 20

   Señor, por donde quiera se vienen a mi mente
también de tus bondades ideas en tropel,
y a cada instante mi alma conoce reverente
las glorias del imperio que codició Luzbel.

   Empero más sublime te muestras y glorioso, 25
admiro enternecido tu santa majestad
cuando de alianza el arco te anuncia misterioso
cual ese Dios inmenso de paz y de bondad.

   ¡Señor, yo te contemplo! Mi voz agradecida
te eleva esta plegaria al son de mi laúd, 30
porque te ve guardando la religiosa vida
del hombre a quien inspira tu soplo de virtud.

    Ya no del temor santo que inspiras en el mundo
despiertas en mi mente la grande admiración;
un sentimiento sólo de gratitud profundo, 35
de amor y de esperanza penetra el corazón.

   Señor, agradecido mi espíritu te adora,
tu grande providencia conozco y tu bondad,
inmensos beneficios tu mano me atesora
guardando de mi Padre la vida tu piedad. 40

    Si un día dar quisistes a mi alma el sentimiento
de este favor divino que llena el corazón,
justo es que agradecido te rinda el pensamiento
en homenaje humilde sincera adoración.

    Concede, Dios, que el aura de tan preciosa vida, 45
cual suele aquí las flores tu céfiro mecer,
en calma, en dulce calma, del tiempo la corrida
modere, refrescando benéfica tu ser.


    Protege ¡oh Dios! sus días, cual padre bondadoso
y un himno de alabanza mi voz entonará, 50
y el arpa del Profeta con eco misterioso
¡Hosanna! allá en los cielos también repetirá.

  




La musa mensajera

(Fragmento)


¡Qué...! ¿no hay más que sufrir y estar callado?
Me buscan, pues me doy por encontrado.


    ¿Y qué, te ríes al verte
transformada en un momento
en una Venus hermosa
capaz de quitarme el sueño?

   Pues bien, mi musa, recibe
los afanes de mi afecto;
pero aguarda, que te falta
lo principal estoy viendo.

    Sabes bien que la hermosura
sin un interior perfecto
hizo decir a la zorra:
«Hermosa es, pero, sin seso».

   Tal vez te dirá lo mismo
en vez de zorra algún cuervo,
o el cabro saltaventanas
de un fabulista moderno20.

    Te dirán, y con justicia
en estos benditos tiempos,
en que las prendas del alma
se venden a cualquier precio,

   que en tus labios la mentira,
y la codicia en tu seno
sean el norte seguro
de tu conducta y tus hechos.

   La traición oculta siempre
puedes llevar sin recelo,
que en el día las traiciones
dan fortuna y buen aprecio.

   Y si quieres tener algo
de lo que honor llama el necio,
un paseo en los cuarteles
te brindará mil ejemplos21.

    De amistad fingirás siempre
los más nobles sentimientos,
y sacrifica a tu amigo
si se atraviese un empleo.

   Jamás te cortes las uñas,
ni pongas ley a tus dedos,
y ante las aras de Caco
quema siempre mucho incienso.

   Sean tu arma favorita
la calumnia y los enredos;
nunca enfrenen tus pasiones
condición, edad ni sexo.

    Tus deseos jamás midas22
por vergüenza o por respeto,
que para ser buen ministro
es político precepto.

    La virtud llama quimera
y al vicio quémale incienso23;
de religión y moral
habla poco y con desprecio;

   y sólo cuando pretendas
asegurar tus intentos,
fingirás que las defiendes,
pues ser hipócrita es bueno24.

   A tu rencor, rienda suelta;
como sabia, a nadie el puesto;
charla siempre con descaro
de libertad y progreso.

   Enemiga del trabajo,
vivirás sólo de empleos,
que ya te doy cualidades
muy aparentes para esto.

    Y aunque enciendas diez mil guerras,
y hagas víctimas sin cuento,
¡adelante! nada mires,
que son recelillos necios.

    Y si algún joven incauto
llama vicios tus portentos,
salta y chilla, y di que es godo,
que es enemigo del pueblo;

   arma contra él la calumnia,
persecuciones, destierros;
y, si es posible, el puñal
ponga a sus labios silencio.

    Hé, mi musa, ya estás lista,
nada te falta; completos
tienes muy lindos adornos
para el alma y para el cuerpo.

   Ora deja esos harapos
que están sin lustre y son viejos;
que si no andas a la moda
te mirarán con desprecio.

   Ponte el moño de escritora,
de política los crespos,
de patriotismo el afeite,
la mantilla de progreso.

   Unas pulseras de renta
y aretes de palaciego,
con gargantilla de charla,
te vendrán a muy buen tiempo.

   De liberal el penacho
te adornará con esmero,
y el prendedor de dos caras
con brillos de amor al pueblo.

   ¡Ah! no dejes esos guantes
de torna-propio lo ajeno,
ni la basquiña de astucias,
ni el sobre-todo de empleo.

   Oye, pues, y no te pares,
que me interesa en extremo
llegue pronto este mensaje
a donde partirás luego.

    Y aunque vayas charlatana,
no importa, que buen concepto
quiero ganar de poeta
mas que murmuren los necios.

   ¡Fácil cosa! tu lenguaje
altisonante, indigesto,
con galicismos y ripios
te dará de bardo el premio.

   Y trocando las palabras
a cosas del pensamiento,
los discursos rimbombantes
harán mágico tu acento.

   Pero, musa, ¿todavía
me muestras tus descontentos,
después que te he regalado
con cuanto he visto y no tengo?

    ¿Y tiemblas? ¿Tal vez te ha dado
de salir algún recelo,
porque a mía sobre tuya
al cuartel irán los presos?25

   No, mi musa, no receles,
a fe mía te confieso:
pinti-parada roquista26
te verán hasta los tuertos.

   Puedes salir bien confiada
de que te guardan respeto,
mucho más cuando ya tienes
de socialista los fueros.

    Si encuentras un artesano
que viva en paz y sosiego,
demostrando en su trabajo
sus honrados sentimientos,

   Ocultando cuanto llevas
hazte patriota en extremo,
y fíngete con astucia
defensora de los pueblos;

    de sociedad habla mucho,
de medallas y de premios,
y con mentidas arengas
pon en sus manos el cielo.

   Nada importa su miseria
con la guerra y los impuestos;
nada importa, que padezca;
dile tú que esto es progreso.

    No importa que tus promesas
le engañen hasta el extremo,
como a costa de su ruina
asegures un empleo.

   Seduce, engaña, porfía,
edúcale con tu ejemplo,
que será feliz la patria
con tan felices modelos.

   Entonces sí, ya no temas
de algún roquista el encuentro27;
vete pronto y muy altiva
le dirás... Pero ¡qué veo!

   ¡Musa, colérica tiemblas
y brotan tus ojos fuego,
pálida quedas y mustia,
de color cambias y gesto!

   ¡Amenazantes miradas
me diriges, y en el suelo
dando una fuerte patada28,
desaliñas tus cabellos!

    ¡Crujen tus dientes... los labios
te remuerdes, y al momento
separas de mí la vista
y la diriges al cielo!

    ¿Del rubio dios la venganza
buscas, acaso, y su ceño,
o de Júpiter tonante
los vengadores estruendos?

    ¿Lloras también... y ademanes
haces ya de alzar tu vuelo...?
No, musa: ¡perdón mil veces!
Perdón... ¡Perdón! te comprendo:

   Ultrajada te contemplas
con razón, en estos versos,
porque he querido vestirte
con las galas de estos tiempos.

    Pero no, musa, detente29;
ya de veras me arrepiento:
conoce que fue una burla
y un ligero pasatiempo.

   Acabe tu justo enojo
y vuelve a tu pobre arreo,
despójate de esas galas
dejando todo a sus dueños;

   que yo, sencilla y honrada,
con tu carácter ingenuo,
te necesito, aunque sufras
la rabia de los perversos.








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