lunes, 21 de julio de 2014

MARTA COMELLI [12.417]


MARTA COMELLI

Poeta de Córdoba (Argentina). 
Acuariana, de febrero del 47.  Marta Comelli es además de Profesora y Perito Traductora de inglés, un ser sensible en contínua búsqueda. Marta recepta todas las señales. La vida no le pasa desapercibida y procura que todo lo que vuelca en el papel logre la profundidad necesaria  para que su decir no sea en vano. Y voy a sus palabras, a su cumbre: "Nacemos, vivimos / a tiempo estamos solos / en esta soledad de muchos, / en esta multitud invertida, / que gime / que llora cuando nace / que gime/ que llora cuando vive/ que soporta el don de ser/que busca el resguardo de aquel mar tibio/Que quiere volver ". Podemos encontrar la obra de Marta Comelli, en revistas literarias virtuales y en papel, en antologías como:  La boca por asalto  o La piel del humo , pero está en deuda con sus lectores, con quienes la conocemos y descubrimos en su poesía un lugar donde maravillarnos.



EL HOMBRE REPETIDO

La vanidad los elige.
dioses de la tierra se cubren los ojos, simulan no ver.
Desde el aire, nubes negras y grisáceas cubren la pradera.
Sí, se tapan los ojos e insisten
inundan las aguas de putrefactos vicios
y los aires.
El aire puro se ha ido. El canto se ha ido.
Queda el repudio al semejante, la mentira, las palabras
groseras.
En la ciudad desierta todos se refugian
de sus propios abandonos.
Como otrora los incas, los mayas, los mapuches,
huyen de la ciudad sin agua
camino a una muerte segura
aquí y lejos.




El MURO

‘’Algo pide redención
algo marca el límite
y necesita en verdad bandera blanca’’

Sonia Rabinovich


Sus heridas abiertas a una franja.
Cerradas a presión, sangran. Piden con papeles paz,
papeles blancos.
Algunos no se sostienen ante el murmullo interior
y lloran o danzan.
El muro se fortalece ante la música del hombre, sus rezos, sus distancias.
Llegarán en hordas necesarias a pedir salvación.
Un cristo judío deambula entre los danzarines
que ahora se desplazan como una caravana de lamentos
yendo hacia la disolución.
El cristo igual a esos seres, ruega paz.
Los demás lloran o danzan.
Todos saben.
Yo bailo. También bailo.




 Mis mitades evaporadas


"Me falta un lado de mí /para cruzar sin socorro"

                      Dolores Etchecopar 

Estabas allí sentada, y yo. Mi piel agotada sin consuelo, el último toque de luz celeste borrando parte de tu rostro. Sé que alguien intentó iluminarte hasta el fracaso. Lo percibo en el grito que te guardas, en el dolor de mis yemas, en la tinta que corre desleída e imparable hasta estallar en esta calma aparente. Siamesa de mí casi incorpórea, taconeo de muertos y de vivos los colores estallados, frágil, la atroz boca que alumbra las espaldas quietas. Llegará la noche, sé. Colgarán nuestras pieles, restos desamparados de luz, desamparados de fuego y, como una granada el odio del pintor anochecido estrellará en nuestros cuerpos.No habrá poeta o pintor, que pueda recuperarnos tal cual fuimos, cuando solo reste una mancha, sobre la que recomenzar nuevamente, la obra del artista.





Grieta

De cuando rompió el silencio
alentado de dudas.
De cuando descubrió una isla en su interior
arrollada por los miedos.
De cuando miró alrededor
y comenzó a construir su débil fortaleza.
De cuando recuperó los pedazos añicos,
de cuando volvió al silencio
para no nombrarla,
para deshabitar el regreso.
De cuando desordenado
y sin pausa
eligió el sonido inútil, quieto.
En la trinchera de su palabra
guarda una flor
crecida en una grieta




Buenos Aires, Huecos De Colección 

''...metro a metro    el mundo.../ encerrado en un ritmo de abismos...''
Andrés Sánchez Robayna


EL vuelo negro frente a mí,  sobre un edificio histórico, retro.
Lona ondulando, trapo sobre la fachada europea, recordando tiempos de gloria e influencias.
Huecos.
Tras el vidrio en la ventana
una mujer cuelga sobre el respaldo de una silla un ramito de flores secas.
Se seca una lágrima.
Es la ciudad, así.
Seca almas,
 ansias,
 esperas.





HUECOS similares proliferan.
 Tras ellos, sus ventanas viven seres humanos.
Otros observamos esas vidas.

Hoy me perturba ese gajo tan alto de la buganvilla que crece en el balcón,
 se extiende como una telaraña, se enreda en la mujer hasta la asfixia.
La flor estalla,  a pesar de las fisuras,
 de mi ojo seco.
Tapa el gajo a la mujer, su rostro de lejanía y cera,
tapa parte de su adormecida luz tras el hueco,
parte de su vida.





ESTA mañana las flores no duermen en de la silla
ella las puso en un jarrón violeta en el borde externo de la ventana.
 Perfuman un aroma seco que me alcanza.
El hueco de la media-sombra se agranda,
sugiere formas extrañas.
Se parece a un milagroso animal redimido de un mar violento
y cansado, se recuesta sobre la ventana en búsqueda de aromas.

La mujer evanescida
está presente, en el silencio que simula la ventana,
     entreabierta.






EL vacío que sugiere la tela no debilita los muros alisados
ni la mano del hombre alisándolos,
o su cuerpo en balanceo sobre el andamio.
Baila el hombre una danza suave que lo lleva y trae sobre la pared curada.
Baila la mujer tras el hueco.
La ventana la atrae y danza en amarillos círculos, seca su lágrima seca.
El hueco, movilizado por el viento, se extiende, infla, aleja.
Ignora al equilibrista.
Ignora a la mujer,
su ojo seco,
 las flores secas,
 el vaso lila.
Ignora,
su dibujada forma de serpiente ahora girando en el aire,
envolviéndose.





RETENGO la vulnerabilidad de esa mujer y su ventana en la mirada,
la mujer de lágrima seca,
colgada en el hueco floreado,
volando en un aire abismal,
atravesando el quiebre de la tela,
desliéndose en el espacio libre, puro.
Ella.
Yo, seco mis ojos rojos.





MI mano elevada  dibuja desde la ventana en piso doce
un saludo al niño allá abajo.
 Frota su cuerpo, su cabeza rasca con furor.
Solo,  nadie lo mira.
A un costado del quiosco de las veinticinco horas,
una mujer duerme entre trapos y cartones,
como ayer,
como la semana pasada.

El niño extiende la mano que flota  en el aire formando imágenes
como la media sombra.
Encerrado en su propio abismo sucumbe ante la ciudad.
La mujer duerme sobre la desidia,
temblorosa  como un relámpago.





LA mujer sola. Y el niño.
El equilibrista solo.
Yo sola en este hotel, atalaya de observación humana.
Este, que no me protege de tus huecos Buenos Aires.


El baño de agua tibia,
las sábanas blancas, ¿me resguardan?.
¿Me salvarán?





SALGO.
Salgo de mi hueco
compro un café, un chocolate, en el quiosco de las veinticinco horas.
El chocolate para el niño de desorbitados ojos,
intento decirle algo, y no encuentro.
 El café para la mujer joven
pretendo decirle algo, y no encuentro.
Me escurro dentro de mis propias sombras.
En el pasaje del Obelisco respiro un aire viciado,
compro un pasaje a no sé dónde,
voy hasta el final,
me digo,
a respirar otros aires.





UNA muñeca para ellas. La aprieto fuerte sobre mi pecho,
un libro para esfumarme entre sus hojas.
Buscaré sol,
buscaré  engañarlos,
alejarme de los desoladores huecos.
Vulnerable, reflejada en la ventana de las imágenes secas
voy  hacia donde ellos cedan intersticios a la luz, el verde, el agua.
Voy hasta donde las manos no me alcancen,
 Buenos Aires.                                                                 





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