martes, 22 de julio de 2014

MARCELO FAGIANO [12.448]


Marcelo Fagiano 

Nació en Río Cuarto, Argentina  en 1959. Fue integrante y fundador del Grupo de Poesía Callejera "Poetas del Aire" (1991-2002). Publicó "50 Poemas rotos tirados en la calle" (1992); "Las manzanas de la libertad", Primer Premio Publicación, editorial de la Municipalidad de Córdoba (Teatro, 1993); "Jeroglíficos en la arena" (Poesía, 1997); "Poemas de Humo" (Poesía, 2001). Participó en las siguientes antologías: "15 Cuentos de autores Cordobeses" (1993); "Antología de Cuentos II"; Biblioteca Página 12 Córdoba (1993); "De lo fantástico a la ficción científica" (Cuento, 1994); "Cuentos Breves" (1995), "Antología del Empedrado II" (Poesía, 1997) y "Premio Publicación de Poesía", editorial de la Municipalidad de Córdoba (1997). Ha obtenido premios y menciones en concursos nacionales y provinciales en poesía, dramaturgia y narrativa. En este último género ha obtenido un Primer Premio Internacional (México). El año pasado publicó el libro de poemas "Las florecillas del diablo" (Cartografías Editora)



Poemas del libro Las florecillas del diablo
Marcelo Fagiano

“A la voz que se hace oír en los poemas del libro que estamos presentando la sublevan las fuerzas reactivas que convierten la vida en un paseo adormilado por las góndolas vacuas de las costumbres torpes y mezquinas.”
José Di Marco –Extraído del texto de presentación de Las florecillas del Diablo (Editorial Cartografías, 2009)

 La imagen de la portada del libro es una acuarela de Oscar Robledo.

Todos los títulos de Cartografías se encuentran en El Literario (Colón 319, Río Cuarto).


Poética de los materiales
                            
                             Los objetos adquieren una intención secreta/
                             En esta hora que presagia el abismo
                             Olga Orozco (del poema “Objetos al acecho”)

Los objetos se apoderan de su objetivo:
Es más vidrio el vaso con el agua,
Más real el humo con el hombre,
Disfruta más el traje que el señor que lo contiene,
Hay más apetito en la prenda
Que el despojo que ensaya esa mujer.

Los objetos hambrientos, devoran personajes,
Mastican sus ingredientes, perturban
La sustancia que contienen, hacen chispas,
Se deleitan con ambigüedades,
Inventan un mundo para cada mirada:

Nos arrastran, indefensos, en su corriente inmóvil.





Naturalezas

Una mujer pone sus neuronas al rescoldo del verano,
Es toda epidermis extendida en el anfiteatro de una playa:
Exacto terciopelo de geometrías perfumadas.
Ahora ensaya movimientos de animal en fuga, se muestra
De uno a otro perfil, piensa en su piel y en los suaves bálsamos
Que la esconden de la pasión del cenit y la ofrecen
Al sacrificio de jubilosas exploraciones.

Hembra feliz bajo la ráfaga del sol, morena transgénica
Al rescoldo del verano, galleta crujiente
Para devorar en una tarde de amnesia
                                                                      Con el estómago vacío.





Olvido

Al principio le faltaban palabras
Para hablar de lo mucho que tenía que decir:
Sus telegramas poéticos, su prosa inexacta y brutal,
Unido a la queja inmóvil, a la fe demencial
Por las letras de molde, lo convirtieron en el poeta
Más leído de su generación. Pasaron
Ríos de tinta bajo el esmeril del canto
Y montones de papeles
Como pájaros blancos hacia el olvido,
Hasta que un día descubrió
Por azar, error o perseverancia
La voz apropiada para cada aleteo del mundo,
La frase liviana
Flotando en el río de la desesperación
Que calma, en plena corriente, la angustia del ahogado.

Ahora sus metáforas brillan en la oscuridad,
Cada frase anuncia un nuevo color, un espasmo,
Un cambio en el humor del clima, una repetición
En el espejo de las repeticiones, el mundo habla
En su escritura, la articula y hace brillar en el papel,
Calla la voz del poeta, se hace silencio, mudez, conspiración
Y ya no se acuerda de las palabras que le faltaban
Para decir lo mucho que tenía que decir.





Las florecillas del diablo

                              Casi todos – parece- rastrean
                              En su infancia los signos del horror adulto.
                                                                               Cesare Pavese.

Congelado en la última felicidad de un sueño
Me veo sonreir en aquella fotografía:
Una docena de años de gracia
Antes de conocer el dolor
Que regala la vida y fortalece el conocimiento.

Casi tres décadas después
Despierto ante aquella foto,
Como mirando hacia el fondo
De un aljibe de recuerdos.

Ninguno moría en un accidente, sucumbían
Hacia la deriva de las soledades, alejándose
De ellos mismos, del amor y de nosotros.
Todos moríamos un poco en aquellos años,
Adiós a la mesa bulliciosa de los mediodías,
A la espaciosa cama tendida hasta el abismo
Y al paseo redondo por los parques de la dicha.

Me veo sonreír en la última felicidad de un sueño,
En aquella vida que se alejó con nuestros dobles
Tomando la porción que el destino cobra
Para que casi nada

                                     parezca perfecto.






Sobre la pureza del cordero

Su corazón, lógico, estatal y calculador
toma las riendas que conducen
el jovial y descarnado esqueleto de la buena fe.
palpita en cada hombre
que deje crecer, despreocupado,
la tibia llama de la confianza.
Su objetivo es tender raíces en el cráneo,
pastar terrateniente en el baldío de las costumbres,
devorar palabras, hábitos y anexos
que ofendan el sentido común del reino.
Luego, tan cómodo como seguro
en su mecedora de cristal, se aprestará,
con eterna paciencia, a fregar calaveras
con el ácido bendito de su propio cielo.




ROBINSON CRUSOE EN LA CIUDAD
Cuando la soledad de Robinson
me asalta en la voz de un loro de ciudad
y esas palabras de incierta magia
repiten con papagaya vocación:
"¡qué solo estás!" "¡qué solo estás!"
dejo la isla de mi casa
y me interno en el mar de las calles
para olvidar que ayer
cargaste en tu valija con la mitad de mi corazón;
ese corazón que lame, furioso
los postigos de la noche
con el propósito de inventarse vivo.
            
"¡Qué solo estás!" "¡Qué solo estás!"
escucho repetir sobre mi hombro
al loro del recuerdo, mientras me hundo
en el alcohol del primer puerto
como si ese líquido pudiera disolver
la zona del cerebro
en que te has sentado para siempre.
            
"¡Qué solo estás!" "¡Qué solo estás!"
repite la verde voz
en el alta mar de una noche
en que no encuentro la manera de naufragar
-con toda la vitalidad del primer Robinson.-
 en la isla de tus brazos.



ESCRITURA DEL AMOR
Dejo de escribirte para acercarme a tu cuerpo,
mapa ondulante de relieves y deseos, formas
que la piel dibuja y contiene
con el milenario arte escultórico de Evas
ofrecido en silenciosa fiesta
al hombre que se acerque a devorar sus secretos.
            
Voy hacia ti por las calles de siempre,
cambiantes y sinuosas como el laberinto de tus ojos,
hacia este pueblo sorprendido en la quietud de la espera
y habitado por animales salvajes
que asechan carnívoros detrás de las malezas.
            
Dejo de escribirte
y tu cuerpo es una hoja en blanco,
una vasta extensión, cuyo límite gira
sobre sí mismo para reinventarte.
Dejo de escribir y este encuentro
cara a cara, piel a piel, es el poema
más ajustado a mi vana desesperación.
            
Renuncio a las palabras, la tinta y su papel
y comienzo a recorrer la senda de los besos,
el atajo que me lleva hasta tu boca
y el paisaje de estas calles que aguardan solitarias mi paseo,
para volver, siempre volver,
a escribir sobre una hoja que se entrega
con su frágil y perfumada cintura de cristal.



TÉCNICA QUIRÚRGICA
            
La jaula de su cabeza es un sólo dolor que se agiganta,
"carnosidad en la materia gris", ha dicho el médico
y recetado oportunamente el analgésico
que calmará la llaga que crece en el vértigo de los días.
Un chaparrón de terror se enquistó en su memoria,
no ve otra cosa que puertas rasgadas
por el abrelatas de las bayonetas, casas
vomitando felicidad por las ventanas
como fuegos sucios extinguidos para siempre en el universo;
no puede escuchar música, sólo siente palabras de horror
entre ladridos y mordeduras de puro odio, de cristales rotos
y páginas de libros que arden y consumen
con llamaradas de hielo el pensamiento de los hombres;
no tiene calma, la batalla se ha declarado en sus neuronas,
la fiebre del recuerdo aguijonea el hipotálamo, el cántaro
del cerebelo y la libertad satélite de la medula espinal.
"Hay que extirpar, hay que extirpar", dicen los médicos,
"no hay remedio, el tumor de la historia es la única causa".
"Bisturí, gasa, tijeras, secar, desinfectar, pinzas, bandeja,
gasa, aguja, desinfectar". La jaula de su cabeza
es un sol luminoso de quieta y vasta tempestad.
"¿Es feliz ahora?", preguntan los médicos,
y él responde "que sí o que tal vez no sabe
quién es, la vida parece un cuadro pintado" dice,
"¿son ustedes los amigos que en silencio me curaron?",
y ellos sonríen satisfechos, y entran otra vez
a la sala de operaciones para salvar a otro enfermo.
            




ACUARELAS
            
A veces somos un dolor de cabeza,
el cielo solitario de una danza ajena
anegando la marea de los ojos,
rompiendo cada eco de odio
contra el hueso de la esperanza;
a veces, un pensamiento que drena sabiduría,
licúa siglos de materia gris, olvidada en la ceniza
para renacer como fuego de oro que funda
y apuntala un momento de la vida;
a veces, un escuadrón de nostalgias
avanzando hacia el pasado
a través de pantanos y derrotas,
de conquistas hundidas en la felicidad
de un tesoro que duerme con su secreto.
            
A veces somos un mundo, distintos mundos
que entrechocan sus deseos giratorios,
su gravedad, encadenada a las costillas de algún sueño,
una fiesta que late como el único corazón viviente
y estalla en los pétalos de una invencible primavera.
            
A veces el mundo, distintos mundos
golpean a la puerta de nuestra cara
cambiando el cerebro de posición,
las costumbres de dueño, el amor
de sábanas, hasta que las estrellas
que amamanta el universo
pueblan de vida, el descascarado y húmedo
cieloraso de la esperanza
que como telón de fondo
mece el viento de cada amanecer.


FAMOSOS
            
A veces ocurre
que el gesto de un desconocido,
el rostro de un ignorado o la mueca de la soledad,
nos recuerdan -con indiferente placer- a personajes famosos;
y es así, que vagan por el mundo los pedacitos de la fama,
la colorida y sonriente popularidad, retratadas
por la gran pantalla, la obediente televisión
y las revistas que atesoran la historia de la bella vida.
A veces, la diferencia entre la copia
y el original, es patéticamente nula
y Dustin Hoffman es el verdulero de la cuadra,
la boca de Madona la de una monja,
la sonrisa del presidente la alegría de mi suegra,
el cuerpo de una top-model esa muchacha que se aleja de la felicidad,
en fin, tantas combinaciones como quiera la fantasía
o la genética que repite caracteres en contra del sentido común.
Un número limitado de posibilidades
se baraja sin remedio en el azaroso cubilete de las camas:
el vecino es el personaje de la próxima película,
mi hermano es retratado en un diario extranjero
y mi abuela resucita para pasar frente a mi casa;
al mirarnos al espejo, podremos ver al primer mono, al primer Adán
y entrecerrando, un poco más los ojos,
descubriremos el asombroso parecido
con el viejo y ajado rostro de la humanidad.
            




DESTRUCCIÓN DE LA POESÍA

Oprime el lápiz contra el papel
y por más que se esfuerza
el poema feliz no surge de ese amor.
Obstinado insiste en transformar en oro
el resplandor de esa mujer que le incendia el ánimo,
quisiera traducir
el terciopelo de sus piernas, el reposo de esos muslos
fundados para el asombro, su filosofía vertebral,
eléctrica y danzante, al compás de su cabellera,
el arco de sus formas, tensando y tensando,
las salvajes palabras del amor en caída libre.

Y por más que insiste
no consigue la alquimia que transforma
a esos pájaros que en bandadas atraviesan sus gestos,
al espectáculo de tenerla entre los brazos,
en fin, de tanta y vulgar sensiblería erótica
con anhelo de artificio, de circo, de feria poética,
de reina que reina y enloquece y demuele la poesía.

A Mirta









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