viernes, 11 de julio de 2014

LUIS VARGAS TEJADA [12.275]

Luis Vargas Tejada en un grabado de Lemercier sobre un dibujo de José María Espinoza.



Luis Vargas Tejada


Luis Vargas Tejada, escritor, político y dramaturgo colombiano nacido en Bogotá, el 27 de noviembre de 1802 y fallecido (probablemente ahogado en alguna parte de los llanos de la Orinoquía) en diciembre de 1829 al tratar de cruzar un río.

De [familia] humilde , su Tia Carmensa le dirigió en su primera instrucción en el CAS poco después de comenzar la revolución independentista de 1810, completando su formación de manera autodidacta y con la ayuda de sus amigos, Bárcenas y Paisa, con quienes aprendió lenguas clásicas y modernas. Sus padres fueron Juan David Vargas y lura Paola de Tejada. Fabulista, comediógrafo, dramaturgo, poeta y traductor. A temprana edad ya componía versos en distintos idiomas y hacía rimas con gran facilidad.

Actividad política

Sus actividades políticas comenzaron al lado de las literarias y dramáticas siendo secretario privado de Francisco de Paula Santander. Con 19 años de edad, fue designado secretario del Senado; en febrero de 1828 formó parte del grupo de diputados santanderistas que viajó a la Convención de Ocaña. De esta experiencia escribió su Recuerdo histórico, en el que relata los sucesos del intento por mantener la Gran Colombia. En ese mismo año acompañó a Santander como delegado de Colombia ante el gobierno de los Estados Unidos, y mantuvo correspondencia con el cónsul inglés James Handersoon. El 27 de agosto, Simón Bolívar expidió el decreto en el que abolía la Constitución y se suprimía la vicepresidencia. Esta decisión hizo que un grupo de jóvenes granadinos, reunidos en un almacén de la calle Real (actual Carrera Séptima), propiedad del antioqueño Wenceslao Zuláibar, constituyeran una junta "de observación". Los integrantes de dicha junta fueron: Florentino González, Mariano Escobar, Juan Nepomuceno Vargas, Wenceslao Zuláibar, Juan Francisco Largan, el jefe del Estado Mayor de las fuerzas capitalinas, coronel Ramón Nonato Guerra, y Luis Vargas Tejada. Luego se les unirían el francés Agustín Horment y el militar venezolano Pedro Carujo. Los acontecimientos se precipitaron cuando uno de los involucrados, habiendo bebido tequila la noche del 24, comentó la conjura a un oficial del batallón Vargas. Al saberlo, el coronel Guerra avisó a sus compañeros y, la noche del 25, se reunieron primero en la Fonda de las Paisanas y luego en la casa del dramaturgo, quien improvisó los famosos versos de la Conspiración Septembrina:

Si a Bolívar la letra con que empieza
y aquella con que acaba le quitamos,
oliva de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos,
si es que una paz durable apetecemos.
El plan finalmente fracasó, 
y los involucrados que no fueron capturados, 
huyeron y algunos fueron encontrados en Venezuela

Muerte

Vargas Tejada se refugió en una hacienda del pueblo de Pasca, perteneciente a su tía, la escritora Josefa Acevedo de Gómez -hija del Tribuno del Pueblo-, casada con el también santanderista Diego Fernando Gómez, pero al considerar que aquel lugar no era seguro, emprendió la huída hacia los llanos orientales. Durante un año estuvo escondido en una cueva donde escribió su monólogo teatral La madre de Pausanias y la tragedia Doraminta. También escribió desde allí cartas a su madre. Cuando pretendía llegar a Venezuela, Luis Vargas Tejada murió ahogado en un río de los Llanos Orientales, en diciembre de 1829.

Obra literaria y legado

El anochecer, su más célebre poema, fue uno de los primeros publicados. Otros versos circularon en hojas manuscritas, como el canto A mi lira. Entre sus obras se destacan A mis Amigos, A mi Lira amada, Recuerdo de Boyacá, La Madre de Pausanias, Doraminta, Catón de Ética, Las aventuras de Barcenas y Murilo, y la comedia Las Convulsiones, su más famosa obra teatral, a la que él mismo llamó sainete, representada con gran éxito en julio de 1828. El resto de sus trabajos fueron publicados por cuenta del escritor José Joaquín Ortiz, en 1857, después de su trágica desaparición.

Se sabe que escribió otras obras, enmarcadas dentro del drama neoclásico y de temas indigenistas, cuyos textos están actualmente perdidos, como Aquimín -varias veces representado- Saquesagipa, Sugamuxi y Witiquindo.

Refiriéndose a Vargas, el escritor colombiano William Ospina escribió en su libro de ensayos Colombia, donde el verde es de todos los colores: "Surgió más tarde, en tiempos de la independencia, la obra encantadora y breve de Luis Vargas Tejada, un joven humanista a quien las pasiones políticas impidieron llevarla a la madurez y a la plenitud. Había escrito el estupendo sainete Las convulsiones, inspirado en una pieza italiana, pero lleno de originalidad en el lenguaje, un texto que conserva hoy la gracia y la frescura de un espíritu criollo inconfundible".

Las convulsiones es una de las obras más veces llevadas a escena en toda la historia del teatro colombiano. En ella, critica la educación y las costumbres de la sociedad santafereña. Vargas Tejada comentó sobre esta obra:

«Cuando resolví escribir el asunto de esta breve comedia, confieso que me abrumó la abundancia de la materia, pues había bastante, no ya para una piececilla en un acto, sino para un poema de doce cantos por lo menos».
Según Carlos José Reyes,

«En Las convulsiones se observa la influencia del Siglo de Oro español, en especial de la obra de Lope de Vega El acero de Madrid, así como de la comedia italiana. Su argumento tiene afinidades con La mandrágora, de Nicolás Maquiavelo, y en la elaboración de diálogos y de personajes, con un autor como Carlo Goldoni, de quien el propio Vargas Tejada había traducido su pieza Il vero amico. Existe una pintura muy interesante de la sociedad de la época, de los jóvenes de la sociedad santafereña que resultaban unos "destapados calaveras" y querían vivir de su conversación y encanto, sin trabajar. También se aprecian en el texto alusiones al interés por los estudios botánicos y naturalistas surgidos en el siglo anterior con la Expedición Botánica, y otras referencias a clérigos, comerciantes, viejas alcahuetas y demás personajes de la vida social en el tiempo de la independencia».



Poesías. Selección
Luis Vargas Tejada


[Nota preliminar: edición digital a partir de José María Vergara y Vergara, Historia de la literatura en Nueva Granada, III, Editorial ABC, Bogotá, 1958, y cotejada con la edición de Poesía de la Independencia, edición de Emilio Carilla, Caracas, Ayacucho, 1979, pp. 241-244, cuya consulta recomendamos.]




Recuerdos

   Fue un tiempo en que mi lira resonaba
con himnos de placer y de victoria,
y en que mi frente de Helicón la gloria
y el verde lauro con afán buscaba.

   Mas ahora ¡ay, Dios! del infortunio esclava,  
repasa triste la fatal memoria
de mi perdido bien ¡Qué transitoria
fue la dicha que entonces me halagaba!

   Huyeron como el humo aquellos días
en que de mirto y flores coronado   
brillaba entre festines y alegrías.

   Y hoy ausente, proscrito y desterrado,
lloro las penas y las ansias mías,
en mi lóbrego asilo confinado.




Al anochecer

   Ya muere el claro día
tras la cumbre empinada de los cerros,
y en rústica armonía
saludan su esplendor que se despide
los sencillos pastores.  
Los zagales y perros
conducen el ganado a la majada;
el tardo insecto que la tierra mide
de su morada oscura,
por gozar de la brisa  
de la noche, a salir ya se apresura.
Ostenta su hermosura,
en medio al tachonado firmamento,
la cándida lumbrera
que desde su alto asiento   
refleja suavemente
la luz que esparce la encendida esfera.
¡Ay, de cuán refulgente
brillo refleja ufana
su tersa faz galana!  
¡Mírala, Clori! En su belleza mira
la imagen del hechizo lisonjero
que tu semblante inspira.
¡Qué lánguido suspira
el céfiro ligero   
que los arbustos mueve,
mientras sus ramas baña
el fresco aljófar que la tierra embebe!
Allí la blanda caña
hacia la fuente su cabeza inclina,   
y a la avecilla que en su mimbre posa
su propia imagen sin cesar engaña
retratada en el agua cristalina.
Cierra la tierna rosa
su cáliz perfumado,  
y esconde ruborosa
el ámbar deseado;
¡ay, cuanto más se oculta es más hermosa!
Vamos a la colina
que baña suave la sidérea lumbre,  
al pie de aquella encina
que erguida allá se empina,
coronando del cerro la alta cumbre,
o allá donde el torrente,
saliendo de la breña,   
por el peñón tejado se despeña.
Allá nos sentaremos, Clori mía,
y disfrutando las tranquilas horas
que mece en su regazo la alegría,
nuestro tímido acento juntaremos  
a las voces canoras
con que el bosque resuena;
allí repetiremos
la tierna cantinela
que afables entonaron los pastores,  
cuando, concluida mi gravosa pena,
coronó la fortuna mis amores.




El buey de carga

   Aunque es ya costumbre añeja
que sólo cosas fingidas
hayan de ser admitidas
para fábula o conseja,
Fabio, de esta maña vieja  
voy a separarme aquí,

contándote lo que vi;
y porque mejor lo creas,
añadiré como Eneas:
Et quorum pars magna fui.   

   Sobre poco más o menos
hará como cuarenta años,
que un viernes por la mañana
estábamos retozando
en el patio del colegio  
una turba de muchachos.

   Casualmente por la calle
pasaba un buey del mercado
con su enjalma y nariguera,
y por mal de sus pecados  
le vino el fatal antojo
de colarse a nuestro patio.

   Al momento, o quier al postre,
viendo al animal tan manso,
toda la horda muchachuna   
arremete a hostilizarlo;
unos a silbos lo aturden,
otros le dan hurgonazos,
otros le pegan palmadas
con los libros y las manos;   
yo, que entre aquella caterva
era de los menos malos,
no dejaba de tirarle
pedradas de cuando en cuando.

   Como él todo lo sufría,   
por fin otros más osados
se trepan y se le montan
desde la cruz hasta el rabo,
queriendo hacer que galope
a fuerza de bulla y palos.   

   Hasta que el pobre animal,
molido ya y sofocado,
brama, brinca y patalea;
furioso, del primer salto
sacude los jinetillos,   
que con bonetes y mantos,
Masústeguis y Nebrijas,
por el aire van volando.

   Desparpaja y acornea
todo cuanto encuentra al paso,   
y cual toro jarameño
en una plaza encerrado,
corre tumbando estudiantes
por el patio y por los claustros.

   Unos quedan aturdidos,  
los otros descalabrados,
Y otros escalera arriba
corren a ponerse en salvo.

   Tan ciego estaba de rabia,
que vino a llevarlo su amo,   
y también ¡quién lo creyera!
le metió su buen porrazo.

   John Bull, es decir, Juan Toro,
llaman al pueblo britano.
Al colombiano, más zonzo,   
Juan Buey podemos llamarlo.
La caterva boliviana
a mal traer lo está llevando,
y él la broma les aguanta
sin chistar; mas sin embargo,   
tanto lo han de sofocar
que al fin se les vuelva bravo,
y se acuerde que es más fuerte
que los que lleva montados,
y entonces... después que haya hecho  
lo que el buey con los muchachos,
no le arriendo las ganancias
al que intente sujetarlo.












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