miércoles, 16 de julio de 2014

JULIO MATOVELLE [12.339]


Julio Matovelle 

(Ecuador   1852-1929)

Estudió en un colegio regentado por jesuitas. Se graduó de abogado y, luego, un desengaño amoroso le llevó al claustro. En 1884 fundó la congregación de Oblatos del Corazón de Jesús. En 1885, fue elegido diputado.
Su poesía es, como eco del Eclesiastés y del Kempis, velada de pesimismo. Su actitud ante la vida fue de negación. «Sus pensamientos metafísicos -dice Manuel Moreno Mora- aniquilaron sus sentimientos vitales».
Lo que más acredita su sabiduría es su gran libro Meditaciones sobre la Apocalipsis, publicado en Roma en 1922.



Contemplación nocturna

 Es el postrer desmayo de la tarde,
 de triste luto el cielo se cobija,
 detrás del claro sol de quien es hija;
 las tiendas de la noche con alarde
 el genio adusto de las sombras fija,
 y, cual hachón humeante que no alumbra,
 el crepúsculo vaga en la penumbra.

 Es un horno apagado el firmamento,
 es un carbón sin rastro de centellas;
 mas luego en paso tembloroso y lento
 asoman pudibundas las estrellas,
 que radiosas se agrupan ciento a ciento,
 cual procesión de tímidas doncellas,
 mientras levanta la abatida frente
 la amante de Endimión en el Oriente.

 La apasionada reina de la Caria,
 en medio de aflicción terrible y cruda,
 visitaba la losa cineraria
 del que abatido la dejó y viuda;
 así la luna triste y solitaria,
 de las estrellas con la corte muda,
 avanza macilenta paso a paso
 a la tumba del sol, al triste ocaso.

 Contemplad cuán solemne y majestuosa
 escintila esa bóveda inflamada,
 cual sala de un festín en que rebosa
 la lumbre por mil lámparas regada,
 el alma se recoge respetuosa
 de un éxtasis sublime enajenada,
 y al Autor de estas altas maravillas
 le adora desde el polvo y de rodillas.

 Ved cómo en raudo, silencioso giro
 van pasando los astros, coro a coro;
 más fugaz y más breve que un suspiro,
 a veces luce un vivo meteoro,
 cual desgranada estrella de zafiro,
 que algún lucero de reflejos de oro
 enviado al suelo habrá con un mensaje
 en misterioso divinal lenguaje.

 Mirad cual ruedan por la cóncava urna,
 cual sartal de diamantes, los planetas;
 como el velo de virgen taciturna,
 luciente cauda arrastran los cometas;
 no de otra suerte con su luz nocturna
 rebullen las luciérnagas inquietas,
 inundando los valles y las cumbres
 de repentinas, vívidas vislumbres.

 El orbe todo espléndido rutila
 con miríadas de soles y de esferas,
 y el alma, absorta de estupor, cavila,
 si serán esos astros cual lumbreras
 que un ángel las enciende, despabila
 y apaga cuando asoman las primeras
 nubecillas de jalde terciopelo
 con que a la aurora se engalana el cielo.

 Cuánto la humana pequeñez contrasta
 con esa obra magnífica y suprema,
 quién sabe si esa bóveda tan vasta
 con la fúlgida y láctea diadema,
 es una breve pieza que se engasta
 en otro inmenso sideral sistema,
 y en serie inmensurable de eslabones
 se entrelazan esferas a millones.

 ¡Quién sabe cuántos seres en la altura,
 semejantes quizás a los humanos,
 habitan esos globos de luz pura!
 ¿En los cielos también habrá tiranos,
 y lágrimas y sangre y amargura?
 ¿Habrá guerras allá y odios insanos?
 ¿O son razas que gozan de la herencia
 del no perdido Edén de la inocencia?

 En la mar insondable del misterio,
 audaz la mente se fatiga y cansa,
 en vano de hemisferio en hemisferio
 con alas de relámpago se lanza;
 de la ciencia mortal todo el imperio
 no logra conocer esa balanza,
 en que el Sumo Hacedor el orbe pesa
 cual un poco de cieno o de pavesa.

 Vos, Señor, que forjasteis sin crisoles
 esos globos de lúcido topacio,
 Vos, que a puñados derramasteis soles
 que el atrio alfombran del azul palacio,
 Vos, que al millar de imponderables moles
 trazasteis una ruta en el espacio,
 decidnos si esos astros vagabundos
 son ángeles o lámparas o mundos.

 ¡Qué grande es Sabaot! El orbe todo
 rige con diestra poderosa y fría,
 Él oye complacido, de igual modo,
 del coro angelical la melodía,
 y el zumbido que oculto entre vil lodo
 lanza el insecto cuando muere el día.
 Él cuida del humilde gusanillo
 y del rey astro de fulgente brillo.

 Esto nos dicen con su voz sonora,
 los cielos en las noches del estío,
 la majestad de Dios deslumbradora
 se ostenta con grandioso poderío,
 entonces el justo de contento llora
 y se estremece atónito el impío,
 el bullicio del siglo entonces calma
 y sola ante los cielos queda el alma.

 Al contemplar los astros no comprendo
 cómo el hombre que hay Dios haya negado.
 ¿Hay quien a este espectáculo estupendo
 no se postre en la tierra anonadado?
 Los cielos van a Dios enalteciendo,
 ¿quién sus dulces hosannas no ha escuchado?
 ¿Podrá negar el polvo vil, la nada
 lo que dice la bóveda estrellada?

 Al contemplar los astros se desprecia
 el vano fausto, la mentida gloria;
 ¡cuán menguadas parecen Roma y Grecia!
 ¿Se sabe acaso arriba nuestra historia?
 ¡Y qué! La tierra, presuntuosa y necia,
 ¿es algo más que un átomo de escoria?
 ¡Y por ella misérrimas hormigas,
 nuestras razas se matan enemigas!

 Si se anublan de llanto nuestros ojos,
 si la hiel apuramos gota a gota,
 ante el cielo postrémonos de hinojos,
 y esa patria miremos no remota.
 Pasa la vida, pasan los enojos,
 el cáliz del dolor al fin se agota,
 y el alma entonces desatada sube
 a pasearse en los astros, cual querube.







La verdadera gloria

 ¡Oh, cuánto el hombre por brillar se afana!,
 insecto que ignorado se desliza;
 en vano con orgullo se engalana
 ese poco de polvo y de ceniza,
 que si hoy se mueve, morirá mañana.

 ¡Qué incesante anhelar, qué ciego empeño
 por gozar de una vida transitoria!
 Y, ¿qué es la dicha, al fin, y qué es la gloria?
 Niebla que pasa, momentáneo sueño,
 burla del tiempo, despreciable escoria.

 Para vivir de muerto, que locura,
 compra el sabio a la historia los pregones;
 por prenderse el guerrero dos galones,
 cava él mismo la negra sepultura,
 y le prenden con balas los cañones.

 Con caireles de perlas y topacios,
 el celaje deslumbra en los espacios
 del moribundo sol a los reflejos;
 nos miente todo lo que brilla lejos,
 nos engaña hasta el humo con palacios.

 Cómo encanta falaz, cómo ilusiona
 contemplada distante la grandeza;
 cuán espléndida luce la corona;
 mas, aquel que la lleva en la cabeza,
 siente sólo y admira lo que pesa.

 ¡La virtud, la virtud!, ved lo que vale
 más que el cetro, la púrpura y el oro;
 en la tierra es el único tesoro,
 y en el orbe no hay cosa que le iguale,
 ni en grandeza, ni en gloria, ni en decoro.

 El que quiera alcanzar para sus sienes
 de lauro eterno fúlgida guirnalda,
 huyendo del placer la muelle falda,
 y a manos llenas derramando bienes,
 enjugue el llanto que a su estirpe escalda.

 La versátil, plateada mariposa
 cuyo breve existir no dura un día,
 vive y muere en él cáliz de la rosa
 y suelta en polvo de oro el ala hermosa,
 expira perfumada de ambrosía.

 Pero el cóndor, altivo rey del Ande,
 airoso huella con seguro paso
 la diadema imperial del Chimborazo;
 y sobre cimas de terror se expande
 perezoso batiendo el vuelo escaso.

 Así, el genio no mora entre las flores
 sino entre abismos de pesar profundo.
 La copa del festín y los amores
 a los menguados que deleita el mundo;
 ¡para el genio la hiel de los dolores!

 Es la gloria la estrella de la tarde
 que brilla en el ocaso únicamente;
 bañando en llanto la angustiada frente,
 sobre el sepulcro asoma la cobarde,
 cual solitaria y tímida doliente.

 La escena del Tabor, después de muerto,
 después de la ignominia del Calvario;
 de zarzales el mundo está cubierto,
 sólo el tigre feroz o el dromedario
 encontrarán placer en el desierto.

 En el carro del trueno el iris prende
 sus festones de lila y de granada,
 y, cuando el rayo los turbiones hiende,
 la procelaria audaz el vuelo tiende
 sobre las ondas de la mar airada.

 Y el héroe con titánica osadía
 aumenta en majestad, en gracia aumenta
 al furioso rugir de la tormenta,
 y batiendo las alas a porfía
 los crudos huracanes atormenta.

 La escabrosa eminencia no codicio
 ni quiero asiento deleznable y falso;
 la cumbre está cercana al precipicio,
 y el trono para el malo es un cadalso,
 para el bueno, un altar de sacrificio.

 Fija en el sol en dulce arrobamiento
 el águila se eleva al firmamento,
 desde el rudo peñón en que se posa,
 y en jirones la nube tempestuosa
 desgarra con intrépido ardimiento.

 Levantada la frente y mudo el labio,
 absortos contemplando de hito en hito
 las visiones de mágico astrolabio,
 se alzaron con la viva fe del sabio
 Galileo y Colón al infinito.

 ¡Oh, cuán ricas coronas, oh cuán bellas!
 las que ciñe a los héroes el martirio,
 no frágiles y breves como aquéllas
 de oloroso clavel y blanco lirio,
 sino engastadas de rubís de estrellas.

 El contento y la dicha, al fin de todo,
 joyas son que no encierra el duro suelo;
 si es barro el hombre, de cualquiera modo,
 primero ha de lavarse de este lodo:
 la verdadera gloria está en el cielo.






Una ganancia es morir


Mihi lucrum mori..

S. Pablo


 ¡Ay la vida! ¿Qué es la vida?
 Chispa oculta entre pavesa,
 relámpago que atraviesa
 tempestad enfurecida.

 ¡Ay la vida!
 Es mal que cura la muerte;
 negra cárcel que, al morir,
 logra el prisionero abrir,
 de tal suerte
 que una ganancia es morir.

 Dejar espinas y abrojos
 para ceñirse de estrellas,
 secar del llanto las huellas
 y clavar en Dios los ojos.

 ¡Ay! los ojos
 que han visto el mundo funesto;
 eso es dicha que el que muere
 a gloria y cetro prefiere;
 y es por esto
 que gana mucho el que muere.

 ¿Qué son los placeres? Humo.
 ¿Qué es la hermosura? Ceniza
 que en el sepulcro se pisa:
 cuanto en la tierra hay de sumo,

 todo es humo;
 ¡plata y seda, todo, todo...!
 De manera que se gana
 muriendo en edad temprana;
 de tal modo
 que sólo el que muere gana.

 ¿Por qué tan ruda ansiedad,
 tanto afán, tanta locura,
 en ir tras lo que no dura,
 en buscar la vanidad?

 ¡Vanidad!
 Que duelos mil atesora,
 sólo el necio su ganancia
 busca en la tierra con ansia,
 porque ignora
 que es la muerte una ganancia.

 Vivamos, pues, a manera
 del cautivo en calabozo,
 que, ajeno de risa y gozo,
 libertad cercana espera;

 de manera,
 que pongamos todo anhelo
 en la gloria de morir,
 sin cansarnos de decir
 viendo el cielo:
 nuestra ganancia es morir.





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