miércoles, 16 de julio de 2014

JUAN ABEL ECHEVERRÍA [12.340]


Juan Abel Echeverría 

(Ecuador    1853-1939)
Distinguido ciudadano y literato, quizá el nombre más preclaro con que se honra Latacunga, su ciudad natal.
Es el tipo de hombre de letras; cultivaba su pequeño huerto con amor y afán indeclinables. Son fruto de sus talentos varias notables poesías de elevado estro y noble dicción poética.
Fue profesor por largo tiempo, en la cátedra de Literatura del colegio Vicente León, en la ciudad de su nacimiento. Gran parte de sus producciones se perdieron en el incendio que, en 1882, destruyó su casa. En 1937, casi en vísperas de su muerte, se organizó un homenaje en su honor, al que se excusó de asistir, ofreciéndolo a Latacunga como modesto tributo de amor filial.



Ave María

A mi hermana Mercedes

Ora, niña. Cantó ya entre las ruinas
el himno de la tarde el solitario;
y envuelto en sombra el pardo campanario
dio el toque de silencio y oración.
Murió ya el día, se enlutó la tierra;
la golondrina vuelve a su techumbre;
y del ocaso a la rojiza lumbre
se recoge devoto el corazón.

Todos rezan: los niños dulcemente
con la envidiable fe de la inocencia;
el hombre con la hiel de la experiencia;
la virgen con el fuego de su amor.
Y en el hogar los respetuosos hijos,
al hermano agrupándose el hermano,
se prosternan al pie del padre anciano
y él los bendice en nombre del Señor.

Ora, amor mío: cuando así te miro,
de hinojos puesta sobre el duro suelo,
me pareces un ángel que su vuelo
va hasta el Edén, tranquilo a remontar.
Feliz, entonces, con tu gloria canto,
te sigo en la ilusión de mi deseo;
mas, si vuelvo la faz y aquí te veo,
una lágrima entúrbiame el mirar.

¡Si ahuyentar el dolor de la existencia
de tu inocente corazón pudiera,
y la estrella de paz siempre luciera,
en tu serena frente angelical...!
¡Ah, si pudiera yo, pobre ángel mío,
verter mi sangre y darte la ventura;
blanda encontrara la honda sepultura,
y bendijera de mi vida el mal!

Tú ignoras -y lo ignores siempre, niña-,
del mundo las amargas decepciones;
mas yo ¡ay de mí! conozco sus pasiones,
y su falsía y sus quimeras sé...
Mas ¡tú lo puedes...! con tu puro ruego
virtuoso porvenir de Dios alcanza;
pídele santo amor, firme esperanza
y, como el sol, ardiente y viva fe.

Ora, niña, por mí; cuando tu labio
murmura fervoroso una plegaria,
envía Dios a mi alma solitaria
un rayo de esperanza seductor;
el ángel de tu guarda casto beso
da a tu tranquila, pudorosa frente,
y por la escala de Jacob, luciente,
tu ruego sube al trono del Señor.

Cuando el árbol al roce de la brisa
parece sollozar en la llanura,
y el arroyo cruzando la espesura
con la hoja seca murmurando va;
cuando un rumor solemne, prolongado,
melancólico y tenue en lo alto suena,
y de profunda inspiración se llena
el alma ante el eterno Jehová;

di ¿no oyes, niña, en esas vagas notas
la voz con que también naturaleza
ora, velando su gentil belleza
de la neblina con el leve tul?
Por eso se hunde en meditar profundo
el espíritu al rayo tembloroso
de la luna, que alumbra el majestuoso
templo de Dios en el inmenso azul.

Y reverente el ángel de la tierra
se prosterna al decir «¡Ave María!».
¡Silencio...! ¡Majestad...! ¡En poesía
de los cielos se baña el corazón...!
En tanto el sueño vuela taciturno
por el confín lejano del oriente,
y repiten las grutas tristemente
del bronce la postrera vibración.

Y la Virgen de vírgenes sonriendo,
mientras repites otra Ave María,
se goza, te bendice, hermana mía,
y apresta una corona a tu alba sien.
¡Ah, que esa bendición descienda a tu alma,
como al jardín el bienhechor rocío,
y a coronarte vueles, ángel mío,
con flores inmortales del Edén!

Y cuando un día me recuerdes, triste,
a las preces del órgano que llora,
al resonar esta solemne hora,
¡póstrate y alza tu oración por mí!
Presto mi ¡adiós! oirás... guarda mi pecho
un germen de dolor, un mal profundo,
que no lo puede sofocar el mundo,
¡porque todo en el mundo es baladí...!

¿Perdonarás entonces, padre mío,
de mi fogosa vida a la memoria
si sólo ofrece mi doliente historia
las penas que te dio mi juventud?
¡Sí, y a mi tumba, dolorido anciano,
irás a bendecirme cariñoso,
y el ángel guardador de mi reposo
consolará tu triste senectud!






El árbol

Árbol de flores vestido,
de cantoras aves solio,
auras bullendo en la copa,
al pie cantando el arroyo.

Le ornó el alba con diamantes,
el mediodía con oro,
la tarde le dio su estrella,
la noche amor y reposo.

Cubriose el suelo de luto,
retumbaron truenos roncos.
¡Brilló la lumbre del rayo
y el árbol humeó en despojos!

¡Ay, mitad del alma mía!
¡Ay, mitad que ausente lloro!
¡Lástima de la llanura,
quedó el malherido tronco!





¡González Suárez...!

Las naciones pregonarán su sabiduría, y la Iglesia celebrará sus alabanzas.

Eccle. XXXIX, 14.

¡Tregua al dolor, y elévese de la justicia el canto!
De mar a mar discurre su fama en raudo vuelo,
y sobre fondo obscuro de general quebranto,
el Ecuador inunda la Gloria, desde el cielo,
con deslumbrante luz.

Y ciñe de esplendores la olímpica figura
que surge del sepulcro por siempre vencedora;
¡de pie para admirarla en la suprema altura!
Es él, el héroe epónimo, a quien su pueblo llora,
el sabio de la Cruz.

Miradle señoreando la cátedra sagrada:
relámpagos despiden los ojos encendidos,
se yergue la cabeza de lumbre diademada,
sobre la mar humana los aires adormidos;
¡qué augusta majestad!

De su elocuencia docta desátase el torrente,
retumba el trueno, el rayo cae de luz divina,
se incendian corazones, el llanto brota ardiente,
el Creador Espíritu las almas ilumina,
¡habla la Eternidad!

Es el sublime cóndor que en vuelo resonante
desde el peñón andino se lanza a los espacios,
y en espiral inmensa encúmbrase triunfante,
a visitar del cielo los fúlgidos palacios,
glorioso viajador;

y torna con el brillo del sol en la pupila,
y cruza por el arco que el iris le alza airoso,
y en el etéreo risco de soledad tranquila
pliega las grandes alas en imperial reposo,
de cúspides señor.

Abnegación sin límites, carácter sin reproches;
América y España le vieron pluma en mano,
le vieron sobre el libro los días y las noches,
y coronó el estudio, con el saber anciano,
su noble juventud.

Y así los siglos muertos iluminó su diestra,
alzando de la historia el luminar potente,
y juez incorruptible, en la social palestra,
dio lauros a los héroes, castigo al delincuente
y gloria a la virtud.

Su pluma esculpe estatuas y monumentos labra,
y pinta las bellezas de la inmortal natura;
al creador impulso de su vivaz palabra,
espléndida florece la mágica hermosura
de la verdad y el bien.

Que si la dulce lira abandonó entre flores
de alegre primavera y hurtó la voz al canto,
gorjean en su huerto divinos ruiseñores,
que encumbran el espíritu con inefable encanto
a la eternal Salén.

Armado caballero de la ciudad sagrada,
por Dios y por la Patria se presentó en la arena,
y en luchas bien reñidas su vencedora espada
vengó el derecho augusto y sometió a cadena
a la maldad feroz.

Patriota incomparable, rindió a la paz el culto
mirífico de su alma, de dones opulenta;
de contrapuestos bandos en el civil tumulto,
cual Cristo en Tiberíades, contuvo la tormenta
con su elocuente voz.

Mas, la ambición artera, perdida la esperanza,
se retiró sañuda bramando en su despecho;
aleves banderías urdieron la asechanza,
y él ahuyentó impasible con valeroso pecho
a la perfidia vil.

Y a la calumnia ignívoma, y al odio emponzoñado,
y a la rastrera envidia, y a la procaz injuria,
correspondió en silencio con el perdón sagrado,
y dominó impertérrito la desatada furia
de la protervia hostil.

Un salmo fue su vida por la oración ferviente,
el sacrificio heroico santificó sus días;
amó dos soledades de oscuridad luciente,
y dos silencios dulces poblados de armonías:
el templo y el hogar.

Allí se labró austero el sabio portentoso,
allí se labró el justo, antorcha del sagrario,
y cual el Cotopaxi que impera majestuoso
en noche cristalina, radiante solitario,
así se hizo admirar.

El báculo en su diestra fue cetro de monarca,
regido entre energías y santa mansedumbre;
el esplendor del templo fue el trono del jerarca,
la mitra en su cabeza fue el sol en nívea cumbre,
la cumbre del saber.

Y humilde en tanta gloria, cuando Fortuna vino,
a Caridad cristiana mandó la recibiera,
y haciendo el bien a todos, como Jesús divino
del bien fue un monumento su voluntad postrera,
que no ha de perecer.

Ponga el cincel Justicia de Gratitud en mano,
y arranque al níveo mármol del arte la victoria,
y en apostura excelsa junto al Pichincha cano,
al himno de la patria y al trueno de la gloria,
surja el sabio inmortal.

El sol le exponga al culto ardiendo en lumbre de oro,
las esplendentes noches con palio de diamantes,
monten de honor la guardia en militar decoro,
con yelmos argentinos los Andes circunstantes,
en pompa triunfal.

Y allí le reverencien edades venideras,
y en cada aniversario clarines y cañones,
y músicas marciales, flotando las banderas,
saluden al Pontífice al par de las canciones
que el patriotismo dé.

Y, madre venturosa, la Iglesia alborozada,
llenando las campanas de regocijo el viento,
celebre en sus basílicas la gloria inmaculada
del hijo que es un astro del puro firmamento,
el astro de la Fe.






A Julio Zaldumbide

¡Pasó... como un lucero en su carrera,
alumbrando del arte el puro cielo...!
¡Pasó... regando flores en el suelo,
como pasa gentil la primavera...!

¡Pasó... abrazado a su arpa lastimera
cantando, como el ángel del consuelo,
por temperar el hondo, humano duelo,
en su ascensión a la eternal esfera...

Luz de verdad, de la belleza flores
y armonías del bien fueron su vida,
¡nido que abandonaron ruiseñores...!

¡Mas, los cándidos rayos de la Gloria,
que en su tumba se deja ver erguida,
salvan de olvido su inmortal memoria!







El avión

Águila real que en el cenit admiro,
pasmo del genio creador, invento
que en ti llevas, como alma, el pensamiento,
que al éter te lanzó con raudo giro;

lumbre de ciencias en tus alas miro,
que te hacen navegar señor del viento,
y eres bajo el cerúleo firmamento,
cruz de nácar en fondo de zafiro.

Se encumbra, al par de ti, la inteligencia,
y al corazón agita tu presencia,
con temblor de ansias y bullir de anhelos,

y en éxtasis el alma, a lo infinito
vuela de adoración su ardiente grito:
¡Gloria a Dios en la altura de los cielos!






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