lunes, 28 de julio de 2014

JOSÉ SBARRA [12.534]


JOSÉ SBARRA    

(Buenos Aires, nació el 15 de julio de 1950 y falleció en 1996 de SIDA), fue maestro normal, periodista, escritor y guionista de televisión. 

Publicó varios libros infantiles y juveniles. Como periodista colaboró en las Revistas Billiken (Ed. Atlántida), Playboy  y participó de la Colección Yo fui testigo" (Ed. Perfil).  A principios de los años noventa fue Coordinador de Talleres Literarios organizados por la Subsecretaría de la Juventud de la Municipalidad de Buenos Aires dentro del programa “Barrios” y  desde 1992,  condujo "El Circo de poesía de José Sbarra" con el que recorrió teatros, universidades y escuelas secundarias. 

Vivió buena parte de su vida en pocilgas de San Telmo, escribiendo, drogandose, pensando. 

Escribió varios libros: "Andy, el paseador de Perros";
 "No enciendas la Luz";
" Informe sobre Moscú";
 "Plástico Cruel";
 Y también, a tono con su doble perfil "Socorro,nadie me quiere", un libro de autoayuda Infantil. 

Trabajo en Playboy y también en Billiken(revista infantil). 
Era Periodista y Guionista de Tv y Maestro de escuela.
Ganó un par de premios entre ellos,  extraño "Premio Coca-Cola En las ciencias y el Arte" 





“El libro del mal amor “

Te informo sobre la situación en casa, por si te interesa.
La persiana de nuestro dormitorio se trabó arriba y se niega a bajar.
Las puertas del armario bostezan de noche y de día.
La parte de tu lado de la cama se muere de aburrimiento.
Una banda de polillas insensatas se comió la cortina azul.
Cuelgan de todos los cajones lenguas de trapo sedientas.
Las toallas que olvidaste en el suelo envejecieron precipitadamente.
Los lirios de plástico que habías puesto sobre el calefactor se marchitaron.
No quiero exagerar, pero alguno de los Rolling Stones humedeció
con sus lagrimas la pared donde pegaste el póster.
El cielorraso se descascara pidiendo que vuelvas.
(Y de mi corazón
mejor no hablemos).






Pero el tormento 
es como un arado 
que surca el sueño 
-y el día-, 
se vuelve insoportable.
Cartas a Milena , Franz Kafka 


Alguien habrá acercado su mejilla 
a una almohada usada por mí para recordar 
el roce de mi piel? 

Alguien habrá permanecido despierto 
hasta la alta noche 
para seguir amando con su mirada 
mi egoísmo dormido? 

Alguien habrá caminado por una calle desierta 
de un país lejano murmurando mi nombre 
llamándome? 

Alguien habrá serenado su corazón 
apretando contra su rostro 
pequeñas ropas mías? 

Alguien habrá preferido mi muerte 
antes que verme 
en brazos de otra persona? 

Alguien habrá gozado 
entrando al baño después de mí, 
con el vapor, 
la temperatura y los perfumes 
de mi intimidad? 

Alguien habrá deseado caer en el sueño 
con mi sexo anclado en su
cuerpo? 

O solamente yo 
amé de esa manera? 







¿A dónde iremos a dar con nuestra sangre sucia? 
¿Habrá algún sitio para los solitarios, 
para los que no compusimos sinfonías, 
para los que no supimos hacer estallar en colores nuestra tristeza? 
Para los que no hicimos concesiones, 
para los empecinados, 
para los que pretendimos el todo, la libertad absoluta y 
nos quedamos con el ardor de la nada. 

Habrá piedad para los que jugamos a cara ...o seca 
y perdimos? 
¿A dónde iremos los que olvidamos sonreír en el
momento necesario; 
los que no supimos retroceder 
cuando retroceder significaba avanzar? 
¿Dónde acabaremos los que nunca fuimos inocentes? 
¿Quién se apiadara de los desesperanzados 
cuando todo haya concluido 
y hoy mismo 
y esta misma tarde 
y en este tedioso instante 
quien golpeara la puerta para traer algo 
que no sea indiferencia, 
desprecio por nosotros, 
asco de nuestras caras 
o la boleta del gas? 

¿En que infierno acabaremos los equivocados, 
los que no fuimos genios, 
los que no fuimos dioses, 
los que sobrevivimos de prestado? 
que conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras? 
¿Qué será de los vencidos ilesos? 
¿Qué será de los fracasados? 

                           de Obsesión de Vivir 






“YO SABÍA QUE HABÍA UN TIGRE DEBAJO DE LA CAMA” POR JOSÉ SBARRA


Yo sabía que había un tigre debajo de la cama, un orangután en el armario y una araña gigante dentro de un zapato.
Te amaba tanto que para que durmieras tranquila me levantaba por las noches y les daba de comer al tigre, al orangután y a la araña.
Como no me amabas te resultó fácil creerme loco y no quisiste más vivir conmigo.

Me obligaste a tomar un tren.

Casi todos los pasajeros descansan con los ojos cerrados.
Yo no.
No puedo relajarme.
Miro la luna por la ventanilla y pienso que estás dormida y que no sabes que hay un tigre debajo de la cama, un orangután en el armario y una araña gigante dentro de un zapato.







Plástico cruel


¿Qué buscabas en mí y no lo encontraste?
Quiero que una nube tóxica te envuelva y desaparezcas.
Que te vayas y que todos te hagan daño. Que por
toda la vida te hagan daño todos los hombres que toques. Te
amo, Plástico Cruel, de la única manera que sé amar, desastrosamente. 



–No te vayas.
–Esta historia terminó.
–¿Hay otro tipo?
–Hay miles de tipos.
–Todos de plástico.
–Serán más apropiados para mí, según vos.
–¿Por qué no les mentís a ellos en lugar de mentirme a
mí? Deciles que los querés, pero engañalos conmigo. Quereme
sólo a mí, acostate con todos, pero quereme a mí.



No volveré a creer en el amor. Quizá exista el amor, pero
no para mí. Soy un monstruo. No soy un monstruo. Esta noche
pasará.



«Se ame o no, siempre es terrible.»
M. Yourcenar



Cuando llegamos a la mansión de los Morris
se estaba llevando a acabo una fiesta. La casa brillaba como
un incendio en el bosque.
A la puta-frívola-reventada que soy le hubiera gustado
figurar entre esos invitados. Y la puta-anarquista-reventada
que también soy quería barrerlos a todos con una ametralladora.



–Entre las características de mi personalidad que no le
mencioné al presentarnos, figura la clarividencia.
–Frula, ¿me está diciendo que, además de boliviano, científico, detective y cocainómano, usted es... vidente?
–Afirmativo, señor Morris.



–Ahora que no me amás, me escribís demasiadas cartas de amor.
–No era de amor.
–¿Es posible que una carta no sea de amor?
–Sí, Axel, hay muchas razones por las que se escriben cartas.
–Nombrame una sola que tenga lógica.


Todas las maldiciones son mentira, lo que yo quiero es que te quieran y que conozcas el placer.



  No sé si suicidarme o teñirme el pelo.



Hay que querer. Hay que querer y seguir queriendo. No parar de querer aunque te digan que no.



–¿Qué necesitás?
–Nada.
–¿Para qué me querías ver?
–Para verte, sólo para verte.
–Axel...
–¿No se te pasó?
–¿No se me pasó, qué?
–Eso de querer a otro.



Que la mujer que ames esté en su habitación con otro hombre. Que la ames. Y que ella esté haciendo el amor con otro hombre mientras vos estás en la habitación de al lado.
Que llenes el espacio de música para tapar voces y sonidos que luego no podrías nunca olvidar.
Que alguien golpee a tu puerta. Que al abrir la veas a ella envuelta en una toalla. Que te sonría. Que te diga si podés ir a comprar cigarrillos, para ella y para su amante. Que la mujer que ames haya ido hasta tu cuarto a pedirte que, ya que estás vestido, compres cigarrillos para ellos.
Y que vayas, que la quieras tanto.
Que llueva. Que corras por la calle hasta el quiosco a comprarles cigarrillos. Y que llueva mucho.
Que regreses empapado con los cigarrillos. Que la llames. Que golpees a la puerta de su habitación. Que tengas que repetir su nombre. Que escuches los sonidos de algo imprevistamente recomenzado. Que escuches jadeos de placer. Que vuelvas a tu cuarto. Que pasen los minutos como siglos. Que ella, la mujer que ames envuelta en su toalla, llame nuevamente a tu puerta. Que abras y te encuentres otra vez con su sonrisa. Que tengas que sonreír. Que debas imponerle otra sonrisa a tu confusión. Que le des los cigarrillos y que ella te
agradezca por haber ido con esa lluvia. Que te pregunte cómo estás. Y que le respondas que estás bien. Y que no sea cierto. Que la ames tanto. Que te suceda algo así... para que me entiendas.



Según cuentan los dichos, Sbarra era cultor de la aguja y de la máquina de escribir y así vivió su vida al límite merodeando por hoteluchos de San Telmo, acompañado de drogotas, dementes, malucos y personajes de toda clase que frecuentaban aquellos pagos en la década del 80. “Coger, escribir, drogarme” era el lema de Sbarra, llevado a la práctica hasta las últimas consecuencias. Porque entre tanto descontrol un buen día se pescó ese invento de la ciencia moderna llamado HIV, y su muerte allá por 1996 no hizo otra cosa que extender el mito desde aquellos días hasta aquí. 


MARC Y EL POLICIA

-¿Por qué anda vestido así?

-¿Así cómo?

-Con aspecto de pordiosero.

-Mi aspecto no me preocupa, oficial, de todos modos no soy como me gustaría ser.

- ¿Pero usted no tiene ninguna vocación?

-Sí, tengo una, vocación de suicida. Esa es la mía. Soy un perfecto inútil.

-No se apresure Marc, nadie es perfecto, quiero decir nadie es inútil.

-Qué fallido, oficial.

-No sea sarcástico. Cualquiera tiene alguna utilidad, sólo hay que tratar de encontrarla. Todos los seres existen para algo. Hasta usted.




Plástico cruel es la historia de un amor no correspondido entre un travesti, bombom, poeta y puta, y un chico de 17 años, axel el cerdo, que llega a la ciudad proveniente del campo y se enamora de una niña bien de la ciudad de buenos aires, Linda Morris. La agonía de bombom retratado a partir de su diario intimo, que se presenta en fragmentos que se entrecruzan con diálogos, alucinaciones y señales de tránsito. La narrativa de Sbarra se escribe fragmentada, se puede leer fragmentada, pero en una linealidad cinematográfica. El amor de Axel a Linda, el secuestro de ésta, los amigos de Bombom, y la poesía por sobre todas las cosas. Hija del submundo de los submundos del buenos aires de los 80, plástico cruel se presenta como una novela incasillable que rompe con todo molde en el que se lo quiera enmarcar...






Otoño. Que sea otoño. Que sea otoño y que llueva. Mucho. Que haya leños ardiendo en un brasero. Y un gato. Que haya un gato y que sea negro y que mire de amarillo y  que se enrosque y que nos enseñe un poco a vivir. Pero por sobre todas las cosas que sea otoño. 

Que le falte un vidrio a la ventana. Que entren por ese hueco la lluvia y el frío. Que tengas ganas de  besarme. Muchas ganas. Que un hombre te espere en otra parte. Que sea otra vez otoño.
Otoño y Que llueva. Y que no vayas. Que te quedes conmigo. Que sea otoño otra vez y que te quedes.






No.

Yo no fui el arquitecto de mi propio destino, ni el musicalizador, ni el director de fotografía, ni la cortadora de negativos, ni el maquillador. Yo no fui el arquitecto de mi propio destino. No me dejaron alcanzar un balde de sangre para llenar alguna vena, ni siquiera pude dar una mano para que lo pusieran de pie a mi esqueleto. Nada. No fui invitado a la inauguración de tan precario y fundamental monumento. No me pidieron ni la más breve opinión, ni siquiera un sí o un no dados con la cabeza. Participaron todos menos yo. Se metieron sin que los llamara. Se atribuyeron grados de parentesco, derechos y afinidades. Asistieron a mi entronación para vestir de fiesta sus egoísmos, tal vez porque  tampoco a ellos les habían permitido ser los arquitectos de sus propios destinos.
Intentaron convencerme de que yo era el arquitecto de mi propia vida cuándo ya me habían rajado los cimientos, retorcido las columnas, aplanado la bóveda. tapiado los ventanales, humedecido los sótanos, oscurecido las claraboyas y entristecido las raíces del jardín.
Hubo uno que escribió que había sido el arquitecto de su. propio destino. Allá él con su andamiaje. Yo no construí nada. No fui el diseñador de la catedral de mi culo ni del burdel de mi alma.




Cuántas veces te besé, pequeña. Cuántas veces mi lengua llenó tu boca, la recorrió como una fiera asustada y se quedó largo rato sin ganas de salir de tu cueva. Cuántas veces mojé tus párpados y tus piernas, y tu espalda y tu entrepierna y tus labios verticales. Cuántas veces tuve miedo y felicidad de tenerte y de perderte. Cuántas veces te llené los pulmones con el humo de mi tabaco. Cuántas veces te aprisioné en tu cuerpo. Cuántas veces secuestraste mi sexo entre las paredes húmedas de tus cavernas y me hiciste saber que nada tenía importancia, que no importaba si la vida me andaba bien o me andaba mal o no me andaba. Cuántas veces no importó nada más que tu mirada y tus increíblemente flacos brazos. Cuántas veces lloraste y cuántas fuiste sólo una pequeña huérfana que se dejaba sodomizar hasta quedarse dormida.




En la oscuridad las palabras golpean contra las paredes. No me dejes. Retumba en el ciclo helado su voz diciendo no me dejes.
Caen pesados, heridos de muerte de amor, los sonidos de las palabras en una profundidad sin oídos. Un perderse para siempre en el vacío. Un herirse la piel con el filo de la luna. Un golpearse contra la indiferencia. Una explosión de venas, huesos y células en algún rincón del pecho. El dolor impulsando una reacción en cadena. El dolor multiplicando una figura mutilada en infinitos espejos. No. Me. Dejes. Un apagarse todas las estrellas de dos en dos de diez en diez de mil en mil. No me dejes no me dejes no me dejes.





¿Cómo junto todos los pedazos? No me dejes. Tenés que quedarte conmigo porque solo vos sabes si creo en algo a veces. Tenés que quedarte para decirme si está bien o si está mal o si no es asunto mío. Tenés que quedarte para decirme quién soy, para que no lo olvide, para que no me lleve un rayo hacia el centro de la tierra. No podes irte porque sólo vos sabes si quiero 
seguir viviendo. No me dejes.Aunque todo sea incierto pedime que salte (yo cambio la música por oír tu voz), pedime que salte en la oscuridad pero no me dejes.
No me dejes.



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