sábado, 5 de julio de 2014

JOSÉ JOAQUÍN DE OLMEDO [12.171]


José Joaquín de Olmedo

José Joaquín de Olmedo y Maruri (20 de marzo de 1780 – 19 de febrero de 1847) fue un poeta, abogado y político ecuatoriano nacido en la ciudad de Guayaquil. Fue uno de los personajes con mayor trascendencia y participación en la historia ecuatoriana. Su figura se hizo notable en la era independentista, en la integración bolivariana y en los inicios republicanos de Ecuador.

En la era colonial española, Olmedo se destacó como gran orador en las cortes de Cádiz, con el fin de lograr la abolición de las mitas. Estuvo prófugo un breve Tiempo durante la Ley Absolutista promulgada por el rey Fernando VII. Volvió a su ciudad natal e inició, con otros patriotas, la preparación para la penetración guayaquileña, lo cual se desarrolló el 9 de octubre de 1820. Luego fue proclamado como primer (y único) Presidente de la Provincia Libre de Guayaquil, y prestó ayuda a Antonio José de Sucre para la emancipación de los restantes pueblos de la región. Protestó contra Simón Bolívar por anexar a Guayaquil, vía "manu militari", a la Gran Colombia; y en la posteridad lucho contra el régimen centralista de dicho país (Rebelión del Departamento de Guayaquil), impulsando la desintegración grancolombiana.

Sus padres fueron el capitán español Agustín de Olmedo y la dama guayaquileña Ana María Maruri. La educación primaria la recibió en su ciudad natal, la secundaria en el Seminario San Luis de Quito, pasando más tarde al Convictorio de San Fernando; luego siguió Jurisprudencia en la Universidad de San Marcos de Lima. Se distinguió como escritor y literato.

Olmedo regresó a la ciudad de Guayaquil el 20 de agosto de 1808, teniendo la oportunidad de estar presente en la muerte de su padre, por quien sentía un profundo respeto y admiración.

El 10 de septiembre de 1810, Olmedo fue nombrado representante del Cabildo guayaquileño. Durante su vida, dedicó parte de su tiempo a la creación de novelas, cantos, odas, poemas, entre otros tipos de obras literarias. Entre sus más conocidas obras están: Canto a Bolívar; Al General Flores, vencedor en Miñarica; y Alfabeto para un niño. Diseñó la bandera y el escudo de Guayaquil, además de componer la letra para su posterior himno.

Su padre, Miguel de Olmedo y Troyano, era un capitán español natural de la villa de Mijas, cerca de Málaga. Miguel de Olmedo salió de Cádiz en 1756 rumbo a Panamá reclamado por un tío materno suyo, el también capitán Cristóbal Troyano de León, que desempeñaba por entonces la Comandancia General de la Artillería de Tierra Firme.1 En Panamá residió cuatro años, y después ocupó en Guayaquil el cargo de tesorero y comisario de guerra para la expedición al Marañón. En Guayaquil se quedó de oficial del fortín de San Carlos y se dedicó al comercio, haciéndose dueño de las fragatas "San Isidro" y "San Fermín". Contrajo matrimonio con la guayaquileña Ana Francisca de Maruri y Salavarría, de la antigua nobleza vasca asentada en la cuenca del Guayas, con la que tuvo a sus hijos José Joaquín y Magdalena.

A los nueve años de edad, José Joaquín de Olmedo es llevado por su padre a Quito para cursar estudios en el Convictorio de San Fernando, regentado por los dominicos, donde aprendió Latinidad y Gramática Castellana. Allí tuvo el honor de tener entre sus maestros al Dr. Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo. En 1792 estaba de regreso en Guayaquil. En 1794 fue enviado a Lima, a cargo de su pariente el Dr. José de Silva y Olave, quien lo matriculó en el colegio de San Carlos. En 1799 fue alumno de la Universidad de San Marcos y figuró en un acto público de filosofía y matemáticas. En 1800 obtuvo por oposición en San Carlos la cátedra de Filosofía. En 1802 escribió Epitalamio con ocasión de las bodas de una pareja amiga. En 1803 escribió el poema Mi retrato y se lo envió a su única hermana Magdalena, que residía en Guayaquil, pidiéndole que al pie pusiera como letrero: "Amó cuanto era amable, amó cuanto era bello". El 15 de junio de 1805 obtuvo el doctorado en Jurisprudencia y pasó a dictar Derecho Civil en el colegio de San Carlos. El 6 de noviembre del mismo año se recibió en práctica y al año siguiente alcanzó el doctorado en ambos derechos Civil y Canónico, escribiendo sus poemas Matemáticas y Loa al Virrey. Para 1807 publicó En la muerte de doña María Antonia de Borbón, princesa de Asturias.

Después de 4 años de práctica se graduó de abogado en 1808, se incorporó al Colegio de Lima y dictó la cátedra de Digesto en San Marcos. Entonces se inspiró y compuso el prólogo a la tragedia El Duque de Viseo de Quintana y su famosísima silva titulada El Árbol, que terminó en 1809 y contiene dos partes, una filosófica y de gran sentido estético y otra menos cuidada con la que cierra el poema, pareciendo como si hubiera unido dos versos distintos. Casi enseguida fue llamado a Guayaquil porque su padre estaba grave. Arribó el 20 de agosto, para recibir de su padre el encargo de ser el albacea de sus ya menguados bienes y velar por el sustento de la madre (casi ciega) y todavía en el hogar.

En 1809 se incorporó de abogado de la Audiencia de Quito. En marzo de 1810 tuvo una hija natural con Ramona Ledós, acompañó al Dr. José de Silva y Olave en su viaje a España, en septiembre recibió en México el nombramiento de diputado por Guayaquil a las Cortes de Cádiz. En enero de 1811 aún estaba en México y leyó su poema Improntu. Semanas después viajó a España y se incorporó a las Cortes. El 12 de agosto de 1812 pronunció su célebre discurso sobre la abolición de las mitas; no era un gran orador, pero causó buen efecto. El diputado Castillo inició la discusión y las Cortes finalmente aprobaron la abolición de las mitas. Ese discurso se ha publicado varias veces desde que Vicente Rocafuerte lo dio a la Imprenta en Londres. Entonces consiguió que su protector y pariente José de Silva y Olave fuera designado obispo de la diócesis de Huamanga.

Secretario de las Cortes de Cádiz y después miembro y secretario de la Diputación Permanente hasta el 11 de mayo de 1814, fecha en que las Cortes fueron disueltas por Fernando VII y los diputados perseguidos y apresados, Olmedo se escondió en Madrid y regresó a Guayaquil en 1816, encontrando que su madre había muerto. A principios de 1817 viajó a Lima y escribió A un amigo, don Gaspar Rico.., a su vuelta, el 24 de marzo contrajo nupcias con su deuda Rosa de Ycaza y Silva, sobrina del obispo Silva y Olave. En 1819 defendió en juicio a Vicente Ramón Roca, acusado de conspirador por haberse carteado con el cura insurgente de Acapulco, que de patriota se había vuelto realista.

Producida la Revolución en Guayaquil el 9 de octubre de 1820, Olmedo fue electo Jefe Político de la Provincia, pero en vista de los abusos que cometía el Jefe Militar, José Gregorio Escobedo, pidió una Junta Provisional de Gobierno que quedó conformada con el Dr. José Vicente de Espantoso y Avellán y con el coronel Rafael María de la Cruz Jimena y Larrabeitia. En noviembre presidió el triunvirato formado por Francisco María Roca y Rafael Jimena y obtuvo que la Junta Electoral de la Provincia apruebe el "Reglamento Provisorio de Gobierno" que había redactado con José de Antepara y Arenaza.

En 1821 escribió su hermosa Canción al 9 de octubre considerada el primer himno que ha tenido el territorio ecuatoriano. Entonces llamó al ejército colombiano para que colaborara en la campaña libertadora. Olmedo era partidario de la independencia de Guayaquil frente a los gobiernos de Perú y Colombia, pero comprendía que Guayaquil no podía alcanzar la libertad de la Audiencia de Quito sin ayuda de otros ejércitos. Se crea así la División Protectora de Quito y deja los ejércitos en manos de Antonio José de Sucre.

El 11 de julio de 1822, después de la Batalla de Pichincha, arribó Simón Bolívar a Guayaquil y anexó la república guayaquileña a la Gran Colombia luego de la Entrevista de Guayaquil que mantuvo con José de San Martín. Olmedo protestó por este abuso de fuerza y el 29 de julio emigró al Perú con más de docientos vecinos de la primera distinción. El 22 de septiembre fue electo Diputado por el Departamento de Puno y formó parte de la Comisión designada por el Congreso peruano para redactar la primera Constitución que tuvo ese país. En 1823 editó en Lima su traducción del inglés del Ensayo sobre el hombre de Alexander Pope, en 45 páginas. A nombre del Congreso cursó una invitación a Simón Bolívar para que se traslade al Perú a luchar por la independencia. Desde ese entonces volvió a entablar amistad con el libertador y cuando se enteró en 1824 de la victoria de Junín, inició el Canto a Bolívar, poema épico que le dio fama internacional al salir publicado en Guayaquil en 1825 y en Londres en 1826.

En 1825 compuso una Marcha, el poema La Libertad y recibió el nombramiento de ministro plenipotenciario de la Gran Colombia en Inglaterra. En Octubre estaba en Londres. En 1826 se dio tiempo para publicar en París y en Londres su célebre Canto a Bolívar. En noviembre del mismo año fue electo Miembro fundador de la Academia Nacional de Colombia y para 1827 viajó a Guayaquil. En 1828 falleció su hija Rosa, llamada Mi rosita de Ayacucho.

Entre 1828 y 1829, y por dos ocasiones fue designado Ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Colombia pero se excusó en ambas. En 1830 fue Prefecto de Guayaquil y el 19 de mayo suscribió el Acta de Anexión del Departamento de Guayaquil a la República del Ecuador. En agosto concurrió a Riobamba como diputado de la primera Convención Nacional, fue nombrado miembro de la comisión compuesta para redactar la primera constitución y el 12 de septiembre obtuvo catorce votos y salió electo Vicepresidente de la República. En febrero asumió interinamente la presidencia por ausencia del titular. Poco después renunció por tener que ausentarse a Guayaquil, y en noviembre nuevamente fue Prefecto del Departamento de Guayaquil como tal autorizó la toma de posesión de las islas de archipiélago de las Galápagos y viajó a Bogotá en calidad de Comisionado de Límites para solucionar un conflicto con la Nueva Granada por la anexión de Pasto hasta 1833 donde prosiguió estas negociaciones en Quito.

En 1833 fue designado por Vicente Rocafuerte para discutir la paz con los delegados del Jefe Supremo, Dr. José Félix Valdivieso. En 1835 escribió su poema Al General Flores, vencedor en Miñarica, fue electo diputado por Guayaquil y luego Presidente de la Convención Nacional reunida en Ambato que eligió a Vicente Rocafuerte como nuevo presidente. En 1836 fue comisionado para la mediación entre Chile y Perú.

En 1837 escribió la Canción del 10 de agosto, que como ha demostrado el padre Espinosa Pólit, sirvió de antecedente al actual himno nacional, e intervino en la elaboración de las bases del Tratado con España que firmó Pedro Gual. En l838 fue Alcalde Primero Municipal de Guayaquil, después Gobernador interino de la Provincia y comisionado por el Presidente para liquidar el capital e intereses del crédito público con Miguel de Anzoátegui Cossio, que nunca se llegó a pagar.

En 1839 fue Subdirector de Estudios, prologó la Historia del Reino de Quito del padre Juan de Velasco y redactó un proyecto de "Reglamento de Policía". En 1840 escribió En la muerte de mi hermana. En 1843 editó Ocios poéticos del General Flores y una oda en su obsequio en 52 págs.

El 6 de marzo de 1845 estalló la Revolución Marcista antifloreana en Guayaquil y Olmedo fue designado Presidente del triunvirato con Vicente Ramón Roca y Diego Noboa. En noviembre renunció dichas funciones y Vicente Rocafuerte propuso su candidatura a la presidencia de la República, perdiendo frente a Roca, que ascendió al poder tras alcanzar las dos terceras partes de la votación.

En 1846 fue comisionado con el General Antonio Elizalde para traer los restos de Lámar a Guayaquil, escribió un soneto Al General Lamar, y viajó a Lima, donde no encontró mejoría a su antigua dolencia del estómago. Nuevamente en Guayaquil ejerció la Subdirección de Estudios del Guayas y prematuramente avejentado a causa de continuos dolores de estómago y estitiquez ocasionados por un cáncer lento falleció el 19 de febrero de 1847, a la 0l:15 de la mañana, a la edad de 66 años y 11 meses de edad. Antes de morir había dicho: "He cumplido, no sin gloria, mi destino".

De allí en adelante sus cantos comenzaron a republicarse con gran éxito. En 1848 salió en Valparaíso un volumen de Obras Poéticas, única colección revisada y corregida por Olmedo, meses antes de su muerte. La segunda edición data de 1853, París, 214 págs. Hay otras posteriores.

Sus funerales se celebraron en todas las ciudades del Ecuador y sus restos se enterraron en la Iglesia de San Francisco, donde se quemaron durante el Incendio Grande del 5 al 6 de octubre de 1896.




LA VICTORIA DE JUNIN 
CANTO A BOLIVAR

El trueno horrendo que en fragor revienta 
y sordo retumbando se dilata
por la inflamada esfera,
al Dios anuncia que en el cielo impera.
Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta 
la hispana muchedumbre
que, más feroz que nunca, amenazaba, 
a sangre y fuego, eterna servidumbre, 
y el canto de victoria
que en ecos mil discurre, 
ensordeciendo el hondo valle y enriscada cumbre,
proclaman a Bolívar en la tierra
árbitro de la paz y de la guerra.

Las soberbias pirámides que al cielo 
el arte humano osado levantaba 
para hablar a los siglos y naciones,
- templos do esclavas manos 
deificaban en pompa a sus tiranos -
ludibrio son del tiempo, que con su ala 
débil las toca y las derriba al suelo, 
después que en fácil juego el fugaz viento 
borró sus mentirosas inscripciones;
y bajo los escombros, confundido 
entre la sombra del eterno olvido, 
-¡oh de ambición y de miseria ejemplo! 
el sacerdote yace, el dios y el templo.

Mas los sublimes montes, cuya frente
a la región etérea se levanta,
que ven las tempestades a su planta 
brillar, rugir, romperse, disiparse, 
los Andes, las enormes, estupendas 
moles sentadas sobre bases de oro, 
la tierra con su peso equilibrando, 
jamás se moverán. Ellos, burlando
de ajena envidia y del protervo tiempo 
la furia y el poder, serán eternos
de libertad y de victoria heraldos, 
que, con eco profundo,
a la postrema edad dirán del mundo; 
"Nosotros vimos de Junín el campo, 
vimos que al desplegarse
del Perú y de Colombia las banderas, 
se turban las legiones altaneras, 
huye el fiero español despavorido,
o pide paz rendido.
Venció Bolívar, el Perú fue libré,
y en triunfal pompa Libertad sagrada 
en el templo del Sol fue colocada".

¿Quién me dará templar el voraz fuego
en que ardo todo yo? 
-Trémula, incierta, 
torpe la mano va sobre la lira
dando discorde son. ¿Quién me liberta 
del dios que me fatiga ... ?

Siento unas veces la rebelde Musa, 
cual bacante en furor, vagar incierta 
por medio de las plazas bulliciosas, 
o sola por las selvas silenciosas,
o las risueñas playas
que manso lame el caudaloso Guayas; 
otras el vuelo arrebatada tiende 
sobre los montes, y de allí desciende 
al campo de Junín, y ardiendo en ira, 
los numerosos escuadrones mira
que el odiado pendón de España arbolan, 
y en cristado morrión y peto armada,
cual amazona fiera,
se mezcla entre las filas la primera 
de todos los guerreros,
y a combatir con ellos se adelanta, 
triunfa con ellos y sus triunfos canta.

Tal en los siglos de virtud y gloria, 
donde el guerrero solo y el poeta 
eran dignos de honor y de memoria, 
la musa audaz de Píndaro divino, 
cual intrépido atleta,
en inmortal porfía
al griego estadio concurrir solía;
y en estro hirviendo y en amor de fama 
y del metro y del número impaciente, 
pulsa su lira de oro sonorosa
y alto asiento concede entre los dioses 
al que fuera en la lid más valeroso,
o al más afortunado; 
pero luego, envidiosa 
de la inmortalidad que les ha dado, 
ciega se lanza al circo polvoroso, 
las alas rapidísimas agita
y al carro vencedor se precipita, 
y desatando armónicos raudales, 
pide, disputa, gana,
o arrebata la palma a sus rivales.

¿Quién es aquel que el paso lento mueve 
sobre el collado que a Junín domina? 
¿que el campo desde allí mide, y el sitio 
del combatir y del vencer designa?
¿que la hueste contraria observa, cuenta, 
y en su mente la rompe y desordena, 
y a los más bravos a morir condena, 
cual águila caudal que se complace
del alto cielo en divisar su presa
que entre el rebaño mal segura pace? 
¿Quién el que ya desciende
pronto y apercibido a la pelea?
Preñada en tempestades le rodea 
nube tremenda; el brillo de su espada 
es el vivo reflejo de la gloria;
su voz un trueno, su mirada un rayo. 
¿Quién, aquel que, al trabarse la batalla, 
ufano como nuncio de victoria,
un corcel impetuoso fatigando, 
discurre sin cesar por toda parte ... ? 
¿Quién sino el hijo de Colombia y Marte?

Sonó su voz: "Peruanos,
mirad allí los duros opresores
de vuestra patria; bravos Colombianos 
en cien crudas batallas vencedores, 
mirad allí los enemigos fieros
que buscando venís desde Orinoco: 
suya es la fuerza y el valor es vuestro, 
vuestra será la gloria;
pues lidiar con valor y por la patria 
es el mejor presagio de victoria. 
Acometed, que siempre
de quien se atreve más el triunfo ha sido; 
quien no espera vencer, ya está vencido".

Dice, y al punto cual fugaces carros 
que, dada la señal, parten y en densos
de arena y polvo torbellinos ruedan; 
arden los ejes, se estremece el suelo,
estrépito confuso asorda el cielo,
y en medio del afán cada cual teme 
que los demás adelantarse puedan; 
así los ordenados escuadrones
que del iris reflejan los colores
o la imagen del sol en sus pendones,
se avanzan a la lid. ¡Oh! ¡quién temiera, 
quién, que su ímpetu mismo los perdiera!

¡Perderse! no, jamás; que en la pelea 
los arrastra y anima e importuna
de Bolívar el genio y la fortuna. 
Llama improviso al bravo Necochea, 
y mostrándole el campo,
partir, acometer, vencer le manda, 
y el guerrero esforzado,
otra vez vencedor, y otra cantado, 
dentro en el corazón por patria jura 
cumplir la orden fatal, y a la victoria 
o a noble y cierta muerte se apresura.

Ya el formidable estruendo
del atambor en uno y otro bando, 
y el son de las trompetas clamoroso, 
y el relinchar del alazán fogoso
que, erguida la cerviz y el ojo ardiendo 
en bélico furor, salta impaciente
do más se encruelece la pelea,
y el silbo de las balas que, rasgando 
el aire, llevan por doquier la muerte, 
y el choque asaz horrendo
de selvas densas de ferradas picas, 
y el brillo y estridor de los aceros 
que al sol reflecten sanguinosos visos, 
y espadas, lanzas, miembros esparcidos 
o en torrentes de sangre arrebatados, 
y el violento tropel de los guerreros 
que más feroces mientras más heridos, 
dando y volviendo el golpe redoblado, 
mueren, mas no se rinden ... todo anuncia
que el momento ha llegado,
en el gran libro del destino escrito, 
de la venganza al pueblo americano, 
de mengua y de baldón al castellano.

Si el fanatismo con sus furias todas, 
hijas del negro averno, me inflamara,
y mi pecho y mi musa enardeciera
en tartáreo furor, del león de España, 
al ver dudoso el triunfo, me atreviera 
a pintar el rencor y horrible saña. 
Ruge atroz, y cobrando
más fuerza en su despecho, se abalanza, 
abriéndose ancha calle entre las haces, 
por medio el fuego y contrapuestas lanzas; 
rayos respira, mortandad y estrago,
y sin pararse a devorar la presa, 
prosigue en su furor, y en cada huella 
deja de negra sangre un hondo lago.

En tanto el Argentino valeroso 
recuerda que vencer se le ha mandado, 
y no ya cual caudillo, cual soldado 
los formidables ímpetus contiene
y uno en contra de ciento se sostiene, 
como tigre furiosa
de rabiosos mastines acosada,
que guardan el redil, mata, destroza, 
ahuyenta sus contrarios, y aunque herida, 
sale con la victoria y con la vida.

Oh capitán valiente,
blasón ilustre de tu ilustre patria, 
no morirás, tu nombre eternamente 
en nuestros fastos sonará glorioso, 
y bellas ninfas de tu Plata undoso 
a tu gloria darán sonoro canto
y a tu ingrato destino acerbo llanto,

Ya el intrépido Miller aparece
y el desigual combate restablece.
Bajo su mando ufana
marchar se ve la juventud peruana 
ardiente, firme, a perecer resuelta, 
si acaso el hado infiel vencer le niega. 
En el arduo conflicto opone ciega
a los adversos dardos firmes pechos,
y otro nombre conquista con sus hechos.

¿Son esos los garzones delicados 
entre seda y aromas arrullados? 
¿los hijos del placer son esos fieros? 
Sí, que los que antes desatar no osaban 
los dulces lazos de jazmín y rosa
con que amor y placer los enredaban, 
hoy ya con mano fuerte
la cadena quebrantan ponderosa
que ató sus pies, y vuelan denodados
a los campos de muerte y gloria cierta, 
apenas la alta fama los despierta
de los guerreros que su cara patria
en tres lustros de sangre libertaron, 
y apenas el querido

Tal el joven Aquiles,
que en infame disfraz y en ocio blando 
de lánguidos suspiros,
los destinos de Grecia dilatando, 
vive cautivo en la beldad de Sciros: 
los ojos pace en el vistoso alarde 
de arreos y de galas femeniles
que de India y Tiro y Menfis opulenta 
curiosos mercadantes le encarecen; 
mas a su vista apenas resplandecen 
pavés, espada y yelmo, que entre gasas 
el Itacense astuto le presenta, 
pásmase ... se recobra, y con violenta 
mano el templado acera arrebatando,
rasga y arroja las indignas tocas, 
parte, traspasa el mar, y en la troyana 
arena muerte, asolación, espanto 
difunde por doquier; todo le cede ... 
aun Héctor retrocede ...
y cae al fin, y en derredor tres veces 
su sangriento cadáver profanado,
al veloz carro atado
del vencedor inexorable y duro, 
el polvo barre del sagrado muro.

Ora mi lira resonar debía
del nombre y las hazañas portentosas 
de tantos capitanes, que este día
la palma del valor se disputaron
digna de todos ... Carvajal... y Silva...
y Suárez ... y otros mil ...; mas de improviso 
la espada de Bolívar aparece,
y a todos los guerreros,
como el sol a los astros, oscurece.

Yo acaso más osado le cantara, 
si la meonia Musa me prestara
la resonante trompa que otro tiempo 
cantaba al crudo Marte entre los Traces, 
bien animando las terribles haces,
bien los fieros caballos, que la lumbre 
de la égida de Palas espantaba.

Tal el héroe brillaba
por las primeras filas discurriendo. 
Se oye su voz, su acero resplandece, 
do más la pugna y el peligro crece. 
Nada le puede resistir ... Y es fama, 
-¡oh portento inaudito!-
que el bello nombre de Colombia escrito 
sobre su frente, en torno despedía 
rayos de luz tan viva y refulgente
que, deslumbrado el español, desmaya, 
tiembla, pierde la voz, el movimiento, 
sólo para la fuga tiene aliento.

Así cuando en la noche algún malvado 
va a descargar el brazo levantado,
si de improviso lanza un rayo el cielo, 
se pasma y el puñal trémulo suelta, 
hielo mortal a su furor sucede,
tiembla y horrorizado retrocede.
Ya no hay más combatir. El enemigo 
el campo todo y la victoria cede;
huye cual ciervo herido, y a donde huye, 
allí encuentra la muerte. Los caballos 
que fueron su esperanza en la pelea, 
heridos, espantados, por el campo
o entre las filas vagan, salpicando
el suelo en sangre que su crin gotea, 
derriban al jinete, lo atropellan,
y las catervas van despavoridas,
o unas en otras con terror se estrellan.

Crece la confusión, crece el espanto, 
y al impulso del aire, que vibrando 
sube en clamores y alaridos lleno, 
tremen las cumbres que respeta el trueno. 
Y discurriendo al vencedor en tanto
por cimas de cadáveres y heridos,
postra al que huye, perdona a los rendidos.

Padre del universo, Sol radioso,
dios del Perú, modera omnipotente 
el ardor de tu carro impetuoso,
y no escondas tu luz indeficiente ...
Una hora más de luz. . . -Pero esta hora 
no fue la del destino. El dios oía
el voto de su pueblo, y de la frente 
el cerco de diamante desceñía,
el fugaz rayo el horizonte dora, 
en mayor disco menos luz ofrece
y veloz tras los Andes se oscurece. 
Tendió su manto lóbrego la noche: 
y las reliquias del perdido bando, 
con sus tristes y atónitos caudillos,

corren sin saber dónde, espavoridas, 
y de su sombra misma se estremecen; 
y al fin en las tinieblas ocultando 
su afrenta y su pavor, desaparecen.

¡Victoria por la patria! ¡oh Dios, victoria! 
¡Triunfo a Colombia y a Bolívar gloria!

Ya el ronco parche y el clarín sonoro
no a presagiar batalla y muerte suena 
ni a enfurecer las almas, mas se estrena 
en alentar el bullicioso coro
de vivas y patrióticas canciones.
Arden cien pinos, y a su luz, las sombras 
huyeron, cual poco antes desbandadas 
huyeron de la espada de Colombia
las vandálicas huestes debeladas.

En torno de la lumbre,
el nombre de Bolívar repitiendo 
y las hazañas de tan claro día,
los jefes y la alegre muchedumbre 
consumen en acordes libaciones 
de Baco y Ceres los celestes dones.

"Victoria, paz -clamaban
paz para siempre. Furia de la guerra, 
húndete al hondo averno derrocada. 
Ya cesa el mal y el llanto de la tierra. 
Paz para siempre. La sanguínea espada, 
o cubierta de orín ignominioso,
o en el útil arado transformada, 
nuevas leyes dará. Las varias gentes 
del mundo que, a despecho de los cielos 
y del ignoto ponto proceloso,
abrió a Colón su audacia o su codicia, 
todas ya para siempre recobraron
en Junín libertad, gloria y reposo".

"Gloria, mas no reposo", -de repente 
clamó una voz en lo alto de las cielos;
y a los ecos los ecos por tres veces 
"Gloria, mas no reposo", respondieron. 
El suelo tiembla, y, cual fulgentes faros, 
de los Andes las cúspides ardieron;
y de la noche el pavoroso manto 
se transparenta y rásgase, y el éter 
allá lejos purísimo aparece
y en rósea luz bañado resplandece.

Cuando improviso veneranda Sombra, 
en faz serena y ademán augusto, 
entre cándidas nubes se levanta:
del hombro izquierdo nebuloso manto 
pende, y su diestra aéreo cetro rige; 
su mirar noble, pero no sañudo;
y nieblas figuraban a su planta 
penacho, arco, carcaj, flechas y escudo; 
una zona de estrellas
glorificaba en derredor su frente
y la borla imperial de ella pendiente.

Miró a Junín, y plácida sonrisa 
vagó sobre su faz. "Hijos -decía- 
generación del sol afortunada,
que con placer yo puedo llamar mía, 
yo soy Huayna-Capac, soy el postrero 
del vástago sagrado;
dichoso, rey, mas padre desgraciado. 
De esta mansión de paz y luz he visto 
correr las tres centurias
de maldición, de sangre y servidumbre 
y el imperio regido por las Furias.

No hay punto en estos valles y estos cerros 
que no mande tristísimas memorias. 
Torrentes mil de sangre se cruzaron
aquí y allí; las tribus numerosas 
al ruido del cañón se disiparon,
y los restos mortales de mi gente 
aun a las mismas rocas fecundaron.

Más allá un hijo expira entre los hierros 
de su sagrada majestad indignos ...
un insolente y vil aventurero
y un iracundo sacerdote fueron
de un poderoso Rey los asesinos ... 
¡Tantos horrores y Maldades tantas 
por el oro que hollaban nuestras plantas!

Y mi Huáscar también ... ¡Yo no vivía! 
Que de vivir, lo juro, bastaría,
sobrara a debelar la hidra española 
esta mi diestra triunfadora, sola.
Y nuestro suelo, que ama sobre todos 
el Sol mi padre, en el estrago fiero
no fue, ¡oh dolor! ni el solo; ni el primero: 
que mis caros hermanos
el gran Guatimozín y Motezuma 
conmigo el caso acerbo lamentaron 
de su nefaria muerte y cautiverio,
y la devastación del grande imperio, 
en riqueza y poder igual al mío . . .
Hoy, con noble desdén, ambos recuerdan 
el ultraje inaudito, y entre fiestas 
alevosas el dardo prevenido
y el lecho en vivas ascuas encendido.

¡Guerra al usurpador! -¿Qué le debemos? 
¿luces, costumbres, religión o leyes ... ? 
¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,
feroces y por fin supersticiosos!
¿Qué religión? ¿la de Jesús? ... ¡Blasfemos! 
Sangre, plomo veloz, cadenas fueron
los sacramentos santos que trajeron. 
No estableció la suya con más ruina 
El mentido profeta de Medina.
¡Oh religión! ¡oh fuente pura y santa 
de amor y de consuelo para el hombre! 
¡cuántos males se hicieron en tu nombre! 
¿Y qué lazos de amor ... ? Por los oficios 
de la hospitalidad más generosa
hierros nos dan, por gratitud, suplicios.

Todos, sí, todos; menos uno solo: 
el mártir del amor americano, 
de paz, de caridad apóstol santo, 
divino Casas, de otra patria digno; 
nos amó hasta morir. -Por tanto ahora 
en el empíreo entre los Incas mora.

En tanto la hora inevitable vino 
que con diamante señaló el destino 
a la venganza y gloria de mi pueblo:
y se alza el vengador.- Desde otros mares, 
como sonante tempestad, se acerca,
y fulminó; y del Inca en la Peana,
que el tiempo y un poder furial profana, 
cual de un dios irritado en los altares, 
las víctimas cayeron a millares.
¡Oh campos de Junín! ... ¡Oh predilecto 
hijo y amigo y vengador del Inca!
¡Oh pueblos, que formáis un pueblo solo 
y una familia, y todos sois mis hijos! 
vivid, triunfad. . . ".
El Inca esclarecido
iba a seguir, mas de repente queda 
en éxtasis profundo embebecido: 
atónito, en el cielo
ambos ojos inmóviles ponía,
y en la improvisa inspiración absorto, 
la sombra de una estatua parecía.

Cobró la voz al fin. "Pueblos - decía - 
la página fatal ante mis ojos 
desenvolvió el destino, salpicada
toda en purpúrea sangre, mas en torno 
también en bello resplandor bañada. 
Jefe de mi nación, nobles guerreros, 
oíd cuanto mi oráculo os previene,
y requerid los ínclitos aceros,
y en vez de cantos nueva alarma suene; 
que en otros campos de inmortal memoria 
la Patria os pide, y el destino os manda 
otro afán, nueva lid, mayor victoria".

Las legiones atónitas oían;
mas luego que se anuncia otro combate, 
se alzan, arman, y al orden de batalla 
ufanas y prestísimas corrieran
y ya de acometer la voz esperan. 
Reina el silencio; mas de su alta nube 
el Inca exclama: "De ese ardor es digna 
la ardua lid que os espera;
ardua, terrible, pero al fin postrera. 
Ese adalid vencido
vuela en su fuga a mi sagrada Cuzco, 
y en su furia insensata,
gentes, armas, tesoros arrebata,
y a nuevo azar entrega su fortuna; 
venganza, indignación, furor le inflaman 
y allá en su pecho hierven, como fuegos 
que de un volcán en las entrañas braman. 
Marcha; y el mismo campo donde ciegos 
en sangrienta porfía
los primeros tiranos disputaron 
cuál de ellos solo dominar debía, 
-pues el poder y el oro dividido 
templar su ardiente fiebre no podía
en ese campo, que a discordia ajena 
debió su infausto nombre y la cadena 
que después arrastró todo el imperio, 
allí, no sin misterio,
venganza y gloria nos darán los cielos. 
¡Oh valle de Ayacucho bienhadado! 
Campo serás de gloria y de venganza. . . 
Mas no sin sangre ... ¡Yo me estremeciera 
si mi ser inmortal no lo impidiera!

Allí Bolívar en su heroica mente 
mayores pensamientos revolviendo, 
el nuevo triunfo trazará, y haciendo 
de su genio y poder un nuevo ensayo, 
al joven Sucre prestará su rayo,
al joven animoso,
a quien del Ecuador montes y ríos 
dos veces aclamaron victorioso.
Ya se verá en la frente del guerrero 
toda el alma del héroe reflejada,
que él le quiso infundir de una mirada.

Como torrentes desde la alta cumbre 
al valle en mil raudales despeñados,
vendrán los hijos de la infanda Iberia, 
soberbios en su fiera muchedumbre, 
cuando a su encuentro volará impaciente 
tu juventud, Colombia belicosa,
y la tuya, ¡oh Perú! de fama ansiosa, 
y el caudillo impertérrito a su frente.

¡Atroz, horrendo choque, de azar lleno! 
Cual aturde y espanta en su estallido 
de hórrida tempestad el postrer trueno, 
arder en fuego el aire,
en humo y polvo oscurecerse el cielo 
y, con la sangre en que rebosa el suelo, 
se verá al Apurímac de repente 
embravecer su rápida corriente.

Mientras por sierras y hondos precipicios, 
a la hueste enemiga
el impaciente Córdova fatiga, 
Córdova, a quien inflama
fuego de edad y amor de patria y fama, 
Córdova, en cuyas sienes con bello arte 
crecen y se entrelazan
tu mirto, Venus, tus laureles, Marte. 
Con su Miller los Húsares recuerdan 
el nombre de Junín, Vargas su nombre, 
y Vencedor el suyo con su Lara
en cien hazañas cada cual mas clara.

Allá por otra parte,
sereno, pero siempre infatigable, 
terrible cual su nombre, batallando
se presenta La-Mar, y se apresura 
la tarda rota del protervo bando.

Era su antiguo voto, por la patria 
combatir y morir; Dios complacido 
combatir y vencer le ha concedido. 
Mártir del pundonor, he aquí tu día: 
ya la calumnia impía
bajo tu pie bramando confundida, 
te sonríe la Patria agradecida;
y tu nombre glorioso,
al armónico canto que resuena
en las floridas márgenes del Guayas 
que por oírlo su corriente enfrena, 
se mezclará, y el pecho de tu amigo, 
tus hazañas cantando y tu ventura, 
palpitará de gozo y de ternura.

Lo grande y peligroso
hiela al cobarde, irrita al animoso, 
¡Qué intrepidez! ¡qué súbito coraje 
el brazo agita y en el pecho prende 
del que su patria y libertad defiende! 
El menor resistir es nuevo ultraje. 
El jinete impetuoso,
el fulmíneo arcabuz de sí arrojando, 
lánzase a tierra con el hierro en mano, 
pues le parece en trance tan dudoso 
lento el caballo, perezoso el plomo. 
Crece el ardor. Ya cede en toda parte 
el número al valor, la fuerza al arte.

Y el Ibero arrogante en las memorias 
de sus pasadas glorias,
firme, feroz resiste, y ya en idea, 
bajo triunfales arcos, que alzar debe 
la sojuzgada Lima, se pasea.
Mas su afán, su ilusión, sus artes. . . nada; 
ni la resuelta y numerosa tropa
le sirve. Cede al ímpetu tremendo;
y el arma de Baylén rindió cayendo 
el vencedor del vencedor de Europa.

Perdió el valor, mas no las iras pierde, 
y en furibunda rabia el polvo muerde; 
alza el párpado grave, y sanguinosos 
ruedan sus ojos y sus dientes crujen; 
mira la luz, se indigna de mirarla, 
acusa, insulta al cielo, y de sus labios 
cárdenos, espumosos,
votos y negra sangre y hiel brotando,
en vano un vengador, muere, invocando.

¡Ah! ya diviso míseras reliquias,
con todos sus caudillos humillados, 
venir pidiendo paz; y generoso,
en nombre de Bolívar y la Patria,
no se la niega el Vencedor glorioso, 
y su triunfo sangriento
con el ramo feliz de paz corona.
Que si Patria y honor le arman la mano 
arde en venganza el pecho americano, 
y cuando vence, todo lo perdona.
Las voces, el clamor de los que vencen, 
y de Quinó las ásperas montañas
y los cóncavos senos de la tierra
y los ecos sin fin de la ardua sierra, 
todos repiten sin cesar: ¡Victoria!

Y las bullentes linfas de Apurímac 
a las fugaces linfas de Ucayale
se unen, y unidas, llevan presurosas, 
en sonante murmullo y alba espuma, 
con palmas en las manos y coronas, 
esta nueva feliz al Amazonas.
Y el espléndido rey al punto ordena 
a sus delfines, ninfas y sirenas
que en clamorosos plácidos cantares, 
tan gran victoria anuncien a los mares.

¡Salud, oh Vencedor! ¡os Sucre! vence, 
y de nuevo laurel orla tu frente;
alta esperanza de tu insigne patria, 
como la palma al margen de un torrente 
crece tu nombre ... y sola, en este día 
tu gloria, sin Bolívar, brillaría.
Tal el astro de venas refulgente 
Brilla de modo en la azulada esfera 
Que del nocturno cielo
suyo el imperio sin la luna fuera.

Por las manos de Sucre la Victoria 
ciñe a Bolívar lauro inmarcesible.
¡Oh Triunfador! la palma de Ayacucho, 
fatiga eterna al bronce de la Fama, 
segunda vez Libertador te aclama.

Esta es la hora feliz. Desde aquí empieza 
la nueva edad al Inca prometida
de libertad, de paz y de grandeza. 
Rompiste la cadena aborrecida, 
la rebelde cerviz hispana hollaste, 
grande gloria alcanzaste;
pero mayor te espera, si a mi Pueblo, 
así cual a la guerra lo conformas
y a conquistar su libertad le empeñas, 
la rara y ardua ciencia
de merecer la paz y vivir libre
con voz y ejemplo y con poder le enseñas.

Yo con riendas de seda regí el pueblo,
y cual padre le amé, mas no quisiera 
que el cetro de los Incas renaciera; 
que ya se vio algún Inca, que teniendo 
el terrible poder todo en su mano, 
comenzó padre y acabó tirano.
Yo fui conquistador, ya me avergüenzo 
del glorioso y sangriento ministerio, 
pues un conquistador, el más humano, 
formar, mas no regir debe un imperio.

Por no trillada senda, de la gloria 
al templo vuelas, ínclito Bolívar: 
que ese peder tremendo que te fía 
de los Padres el íntegro senado,
si otro tiempo perder a Roma pudo, 
en tu potente mano
es a la Libertad del Pueblo escudo.

¡Oh Libertad! el Héroe que podía 
ser el brazo de Marte sanguinario, 
ése es tu sacerdote más celoso,
y el primero que toma el incensario 
y a tus aras se inclina silencioso.
¡Oh Libertad! si al pueblo americano 
la solemne misión ha dado el cielo 
de domeñar el monstruo de la guerra 
y dilatar tu imperio soberano
por las regiones todas de la tierra 
y por las ondas todas de les mares, 
no temas, con este héroe, que algún día 
eclipse el ciego error tus resplandores, 
superstición profane tus altares,
ni que insulte tu ley la tiranía;
ya tu imperio y tu culto son eternos. 
Y cual restauras en su antigua gloria 
del santo y poderoso
Pacha-camac el templo portentoso, 
tiempo vendrá, mi oráculo no míente, 
en que darás a pueblos destronados 
su majestad ingénita y su solio, 
animarás las ruinas de Cartago, 
relevarás en Grecia el Areópago,
y en la humillada Roma el Capitolio.

Tuya será, Bolívar, esta gloria,
tuya romper el yugo de los reyes
y, a su despecho, entronizar las leyes; 
y la discordia en áspides crinada,
por tu brazo en cien nudos aherrojada,
ante los haces santos confundidas 
harás temblar las armas parricidas.

Ya las hondas entrañas de la tierra 
en larga vena ofrecen el tesoro
que en ellas guarda el Sol, y nuestros montes 
los valles regarán con lava de oro.
Y el Pueblo primogénito dichoso 
de Libertad, que sobre todos tanto 
por su poder y gloria se enaltece, 
como entre sus estrellas,
la estrella de Virginia resplandece, 
nos da el ósculo santo
de amistad fraternal. Y las naciones 
del remoto hemisferio celebrado, 
al contemplar el vuelo arrebatado 
de nuestras musas y artes,
como iguales amigos nos saludan, 
con el tridente abriendo la carrera 
la Reina de los mares, la primera.

Será perpetua, ¡oh pueblos! esta gloria 
y vuestra libertad incontrastable 
contra el poder y liga detestable
de todos los tiranos conjurados,
si en lazo federal, de polo a polo, 
en la guerra y la paz vivís unidos;
vuestra fuerza es la unión. Unión, ¡oh pueblos! 
para ser libres y jamás vencidos.
Esta unión, este lazo poderoso 
la gran cadena de los Andes sea, 
que en fortísimo enlace, se dilatan 
del uno al otro mar. Las tempestades 
del cielo ardiendo en fuego se arrebatan, 
erupciones volcánicas arrasan
campos, pueblos, vastísimas regiones, 
y amenazan horrendas convulsiones 
el globo destrozar desde el profundo; 
ellos, empero, firmes y serenos
ven el estrago funeral del mundo.

Ésta es, Bolívar, aun mayor hazaña 
que destrozar el férreo cetro a España, 
y es digna de ti solo; en tanto triunfa ... 
Ya se alzan los magníficos trofeos
y tu nombre, aclamado
por las vecinas y remotas gentes
en lenguas, voces, metros diferentes, 
recorrerá la serie de los siglos
en las alas del canto arrebatado. . . 
Y en medio del contento numeroso 
la voz del Guayas crece
y a las más resonantes enmudece.

Tú la salud y honor de nuestro pueblo 
serás viviendo, y Ángel poderoso
que lo proteja, cuando
tarde al empíreo el vuelo arrebatares 
y entre los claros Incas
a la diestra de Manco te sentares.
Así place al destino. ¡Oh! ved al cóndor, 
al peruviano rey del pueblo aerio,
a quien ya cede el águila el imperio, 
vedle cuál desplegando en nuevas galas 
las espléndidas alas,
sublime a la región del sol se eleva
y el alto augurio que os revelo aprueba.

Marchad, marchad, guerreros,
y apresurad el día de la gloria;
que en la fragosa margen de Apurímac 
con palmas os espera la victoria".

Dijo el Inca; y las bóvedas etéreas 
de par en par se abrieron,
en viva luz y resplandor brillaron 
y en celestiales cantos resonaron.

Era el coro de cándidas Vestales, 
las vírgenes del Sol, que rodeando
al Inca como a Sumo Sacerdote, 
en gozo santo y ecos virginales 
en torno van cantando
del Sol las alabanzas inmortales.

"Alma eterna del mundo,
dios santo del Perú, Padre del Inca, 
en tu giro fecundo
gózate sin cesar, Luz bienhechora 
viendo ya libre el pueblo que te adora.

La tiniebla de sangre y servidumbre 
que ofuscaba la lumbre
de tu radiante faz pura y serena 
se disipó, y en cantos se convierte 
la querella de muerte
y el ruido antiguo de servil cadena.

Aquí la Libertad buscó un asilo, 
amable peregrina,
y ya lo encuentra plácido y tranquilo, 
y aquí poner la diosa
quiere su templo y ara milagrosa; 
aquí, olvidada de su cara Helvecia, 
se viene a consolar de la ruina
de los altares que le alzó la Grecia, 
y en todos sus oráculos proclama 
que al Madalén y al Rímac bullicioso 
ya sobre el Tíber y el Eurotas ama.

¡Oh Padre! ¡oh claro Sol! no desampares 
este suelo jamás, ni estos altares.

Tu vivífico ardor todos los seres 
anima y reproduce; por ti viven,
y acción, salud, placer, beldad reciben.
Tú al labrador despiertas
y a las aves canoras 
en tus primeras horas,
y son tuyos sus cantos matinales;
por ti siente el guerrero
en amor patrio enardecida el alma, 
y al pie de tu ara rinde placentero 
su laurel y su palma,
y tuyos son sus cánticos marciales.

Fecunda, ¡oh Sol! tu tierra,
y los males repara de la guerra.

Da a nuestros campos frutos abundosos,
aunque niegues el brillo a los metales, 
da naves a los puertos,
pueblos a los desiertos, 
a las armas victoria,
alas al genio y a las Musas gloria.

Dios del Perú, sostén, salva, conforta 
el brazo que te venga,
no para nuevas lides sanguinosas,
que miran con horror madres y esposas, 
sino para poner a olas civiles
límites ciertos, y que en paz florezcan 
de la alma paz los dones soberanos, 
y arredre a sediciosos y a tiranos. 
Brilla con nueva luz, Rey de los cielos, 
brilla con nueva luz en aquel día
del triunfo que magnífica prepara 
a su Libertador la patria mía. 
-¡Pompa digna del Inca y del imperio 
que hoy de su ruina a nuevo ser revive!

Abre tus puertas, opulenta Lima,
abate tus murallas y recibe
al noble triunfador que rodeado 
de pueblos numerosos y aclamado 
ángel de la esperanza
y genio de la paz y de la gloria, 
en inefable majestad se avanza. 
Las musas y las artes revolando 
en torno van del carro esplendoroso,
y los pendones patrios vencedores 
al aire vago ondean, ostentando 
del sol la imagen, de iris los colores. 
Y en ágil planta y en gentiles formas 
dando al viento el cabello desparcido, 
de flores matizado, 
cual las horas del sol, raudas y bellas, 
saltan en derredor lindas doncellas 
en giro no estudiado; 
las glorias de su patria 
en sus patrios cantares celebrando 
y en sus pulidas manos levantando, 
albos y tersos como el seno de ellas, 
cien primorosos vasos de alabastro 
que espiran fragantísimos aromas, 
y de su centro se derrama y sube 
por los cerúleos ámbitos del cielo 
de ondoso incienso transparente nube.

Cierran la pompa espléndidos trofeos 
y por delante en larga serie marchan 
humildes, confundidos,
los pueblos y los jefes ya vencidos; 
allá procede el Astur belicoso,
allí va el Catalán infatigable,
y el agreste Celtíbero indomable,
y el Cántabro feroz, que a la romana 
cadena el cuello sujetó el postrero, 
y el Andaluz liviano,
y el adusto y severo Castellano;
ya el áureo Tajo cetro y nombre cede, 
y las que antes, graciosas
fueron honor del fabuloso suelo, 
Ninfas del Tormes y el Genil, en duelo 
se esconden silenciosas;
y el grande Betis viendo ya marchita 
su sacra oliva, menos orgulloso,
paga su antiguo feudo al mar undoso.

El sol suspenso en la mitad del cielo 
aplaudirá esta pompa- ¡Oh Sol! ¡oh Padre!
tu luz rompa y disipe
las sombras del antiguo cautiverio, 
tu luz nos dé el imperio,
tu luz la libertad nos restituya;
tuya es la tierra y la victoria es tuya".

Cesó el canto; los cielos aplaudieron 
y en plácido fulgor resplandecieron. 
Todos quedan atónitos; y en tanto 
tras la dorada nube el Inca santo
y las santas Vestales se escondieron.

Mas ¿cuál audacia te elevó a los cielos, 
humilde musa mía? ¡Oh! no reveles
a los seres mortales
en débil canto, arcanos celestiales. 
Y ciñan otros la apolínea rama
y siéntense a la mesa de ;los dioses, 
y los arrulle la parlera fama,
que es la gloria y tormento de la vida; 
yo volveré a mi flauta conocida
libre vagando por el bosque umbrío 
de naranjos y opacos tamarindos,
o entre el rosal pintado y oloroso 
que matiza la imagen de mi río
o entre risueños campos, do en pomposo 
trono piramidal y alta corona,
la piña ostenta el cetro de Pomona; 
y me diré feliz si mereciere,
al colgar esta lira en que he cantado 
en tono menos digno
la gloria y el destino
del venturoso pueblo americano, 
yo me diré feliz si mereciere 
por premio a mi osadía
una mirada tierna de las Gracias
y el aprecio y amor de mis hermanos, 
una sonrisa de la Patria mía,
y el odio y el furor de los tiranos.

  

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