martes, 1 de julio de 2014

IRASEMA CRUZ [12.115]


IRASEMA CRUZ

Irasema Caridad Cruz Bolaños
Guanabacoa, CUBA  1971. Poeta y actriz
Instructora de Arte en la especialidad de Teatro y Licenciada en Español y Literatura. Se desempeña como actriz en el grupo Teatro de la Villa de Guanabacoa. Obtuvo el Premio Farraluque de Poesía Erótica 2010. Ha sido premiada, además, en múltiples certámenes provinciales y nacionales. Su poesía ha sido publicada por la revista Alma Mater y ha sido incluida en las antologías Unidos por la poesía (Galicia, España, 2008); Otras islas (La Habana, 2008); El ojo de la luz (Italia, 2009) y Espacio mínimo (La Habana, 2009).



LVI  PRELUDIO

El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde. El llanto
inflama vacíos con ritual de palabras.
Comenzaron sones del bordón, campanas de arsénico y el humo. Nieve y
sal dormitan en mi brazo. Me siento cabeza de vidrio. Soy la grieta:
naranja que pudre bolsillos.
La verdad atravesó mis ojos, el húmedo árbol de la espuma. Gasto
sudores sin traspasar puños.
Cuando la plaza se cubrió de yodo, la muerte puso huevos en la herida.
Un ángel ruge a las cinco del preludio. El toro marcha enfermo de
noticias. El aire escupe sal como un círculo de gente. A las cinco
salen ventosas por una puerta inferior a la vida. Ruge la pared, el
toro lucha, truecan murciélagos, la semilla pierde contornos; mi hijo
ríe sobre la carpa, fuera de mí.





LLUVIA DE OSCURIDAD 

Esta soledad ya sucedió. A cuantos salvaré. Existe parir. Soy la
hembra más común del hemisferio. Nada me importa. Un oscuro dolor
bordea mi espinazo. Algo sucede… sombra de voz en mis rodillas.
Si marcho, es decir, quedándome sin ausencia, cuantos no me salvarán.
De quién vivirían los murciélagos, son animales humanos.
No me salvarán. Escondí sombras rivales. Fui caudillo de mercaderes.
Me aplastaron la cabeza. Dirán que soy libre,  que huyo para ser
atrapada.




II

Qué mitad de grito me toca. Corro. Extrañamente hay lágrimas. Corro.
Los diarios transmiten conciertos de jazz. Corro. Un niño sin piernas
sube el puente de Manhattan. Corro… Si el mar conversara me hundiría
en sus vértebras.
En los parques no hay hojas. Grito. La culpa entiende. Las piedras son
hombres. El hombre, manicomio. Manicomio, familia. Familia, hotel sin
olores humanos. Los humanos, estatuas de algodón, amantes sin ojos.
Mis ojos, necesidad de estar muerta. Morir, donante de lluvias. Y la
lluvia tributa luz al vacío.




Cleptómana


I CLEPTÓMANA

Me duele morir cien días tarde, noventa y nueve años después, noventa y ocho veces sin encontrar caminos, noventa y siete noches con el cuerpo seco por las lluvias.
En derredor los pájaros caen en la soledad del odio que atraviesa los inciensos. No juzgo la suerte que los lanza al asfalto ni el destierro de su horca. Me saludan y no hay locos. Una maquinaria sin brazos a mi acecho.
Desde mi ventana veo la calle y los ruidos que ausentan los pasos. Una prostituta en la ventana sonríe y la envidio. La cleptómana de ayer picotea el hambre. El manicomio de hoy tiene prisa.
Que me olviden los dioses sólo quiero. En mi estado de sitio las arañas muerden el cristal. Me arrastro. Cuelgo sobre la piedra que escupe noventa y seis hijos, estos ojos que entierran una parte de mí.
Que me olviden; a nadie extiendo el vientre para salvar el hombro y la decadencia que impone el silencio. Descubro que tengo madre. No me esperan.




II CUERVOS

Adivino la pereza del reptil cuando fornica ante las babas de los dioses. Burlo la ingenuidad de mi camisa con la tenacidad de un espantado.
Vine desnuda y no difiere el cadalso de mi hambre. Hay un hombre que mira y lo sorprendo jorobado. Lo tiento con el alfiler de mi caricia. No espero enamorarle. La casa huirá junto a los músicos del viento y las noventa y cinco palomas del orgasmo.
Prisionera es la sangre que suplico. Hay una fuerza concentrada, colérica, expectante en el fondo sereno de la puerta. Me abandono. Traicionan los espacios. Una mujer ha visto la mitad. En la otra los cuervos escuchan el mensaje. Tengo frío. No creo. La alfombra me espía. El loco de enfrente yace muerto.




III LUNETARIO

La calle es un animal proscripto; un cadáver a mitad del horizonte. Los caballos buscan ciudades impenetradas por el odio y se asfixian. Ni la Mosca Negra es tan cegante como las balas y los carros que demuelen noventa y cuatro casas en un golpe de sadismo.
Mi padre se cansó de morir en el último escuadrón de retaguardia.
No me escucharon. En el cine veíamos las historias. Mi padre se aburrió del frío lunetario, de las sirenas a destiempo y del soldado que se nutre de mi alma.
Estoy cercado de piedras, colgado de un árbol oyendo a David y él no es más que un imaginario danzante del que huyo. Pensaba que llorar era más fácil que la virginidad y el equívoco me aplasta.
Mi padre reza noventa y tres jeroglíficos. Desde el portal el soldado se persigna.




IV ESPERA

Nadie compadece la libertad que simula un parto; mi longeva predicción, noventa y dos segundos, allí donde las mariposas retuercen los gritos. En el abismo la figura de gnomo invade la pared y salta con el adiós en el quizás del amante.
Nadie conoce la libertad del hueco y las horas en búsqueda de alguien ajeno a las pirámides devastadas. Somos libres cuando el pez camina y pueden tocar mi puerta los viejos y el cadáver que fecunda.
Soy viento vaciado por la neblina y los cometas. Noventa y un leones lamen mi sangre y aplauden la benevolencia de su parto. Mis dedos burlan las señales de humo. Caravanas parten sin historia, sin que nadie las mime o las hagan llorar por el suicidio de la fe.
A quien nada conceden los dioses ese es libre. En mi viaje de noventa siglos los locos no se cuelgan al mundo. Nadie conoce la libertad del riesgo; el caos entre dos cuerpos que se miran ochenta y nueve kilómetros de espera.




V CRUCIGRAMA

Tus medias cuelgan como lenguas de ahorcados. Un día la nube volará en círculos hasta la noche del borracho y lo desnudará con su delgada línea. Cuando hayan transcurrido ochenta y ocho frases en el crucigrama del espejo, le sacarán los dientes las momias del absurdo.
Mis pies no caben en el río que ha de conducirme a la nada. Estoy sola buscando el acertijo. Cuánto demora partir hacia el mundo. Es fácil encontrar la ausencia en la ausencia. No hay patria ni tierra ni azules.
Quiero asaltar una ciudad enardecida y verme prisionera de algo más sucio que una calle; pero estoy vieja. El miedo a las despedidas ahorca como el amante de una mujer extraña.
Ochenta y siete búhos vierten culpas en la bahía; los desconocidos cavan grietas sin entender a Dios.; cansados tiran mis muertos por el hueco de la choza. Los pescadores fuman con sus caballos ochenta y seis millas adelante.
Estoy vieja; los buitres despojan el cuello del ángel. De alguna manera, el silencio es una palabra de muerte. Ochenta y cinco pueblos paren el país donde no hay grandes pies ni pequeñas manos ni ahorcados. El perro sube a la pared, lo niegan ochenta y cuatro gotas de hambre.
He pedido auxilio cuando el agua me ciega y el pequeño mar dormido entre cristales desvanece el insomnio. Cuánto demora partir. Un soldado, una madrugada, mi vientre alargándose ochenta y tres toneladas de amianto. Estoy vieja ochenta y dos soles antes de oscurecer el viento.




VI PRECIPICIO

Pide la lluvia saltar… Temo a la caída y a sus ojos.
Rodeada de mar por todas partes soy isla asida al tallo de los vientos. Me cuesta la nube y el principio de toda indagación es cortarse. Ochenta y una ventanas sacuden la risa de la muerte.
Cuánto demora el pordiosero en quemar la luz del circo si el león sostiene el castillo ensangrentado.
A veces me arriesgo a sentir; la ciudad tiembla y un niño espanta mi boca del holocausto. A veces ruge el mar y revienta la ola en la noche negra contra la roca y me ofrezco en sacrificio al vagabundo solapado en su angustia. Los altares recorren ochenta cielos sin respuestas.
Cuánto demora parir el mundo. No alcanzan los vientres en la espera y el olor a sangre recién cortada no son más que un presagio de setenta y nueve horcas en el camino de la luz.
Estoy vieja el castillo inexorablemente se derrumbará setenta y ocho viernes sin que mi madre escuche el grito y las ganas de salvarme.




VII ESTILETE

Recorro el barrio; pido una lanza y un colmillo de acero para sacudir la angustia.
Los cuerpos dominados por la luz se repliegan ante el asesinato de la piel. En la época anterior a Cristo era fácil la historia. Setenta y siete heraldos salían a las calles a reclamar las piedras del olivo bendito o las semillas de arroz sustraídas por los esclavos.
Todo cambió; setenta y seis caminantes fueron momificados por los narcisos y una inclinación les obliga a la blasfemia. Si alguien intenta escapar le clavo el estilete más agudo en la nuca y lo dejo balancearse en la pegajosa sangría, después limpio mis orejas en la sal del infinito y me creo purificada.
Dios lamenta haberme conocido, setenta y cinco sanciones ha dictado. Podré resucitar en la confusión, en el terror, en la abundancia, en la virginidad. El odio es el único animal que cruza la montaña.




VIII HOMILÍA

Nunca he sabido para qué sirve la escritura y soy un inocente que dormita en los vitrales. No me importan las canciones ni los muertos que flotan en mi pecera.
Compro el periódico, almuerzo en una esquina, chiflo… Me masturbo con la misma soga del demente.
A mi madre no le gusta el silencio de la palabra, prefiere el gélido sonido del ángel que levita.
No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar viva y le es suficiente. A los juglares se les quema el contrato de la buenaventura y en los desiertos se juzgan niños infestados, prostitutas que se lanzan a desnudar mundos, drogadictos que cantan la homilía del hambre; se alquilan Mercedes último modelo, noches y puñaladas que ponen fin a la Historia.
Veo debajo del cabello a una mujer y debajo de la mujer una rosa y debajo de la rosa a un insecto que no vuelve a la ciudad ni siente las setenta y cuatro rimas que salvan del abismo a una ciega. Veo la camisa del soldado y no descubro el mensaje que dejó la nave de Odiseo.
El precipicio está a setenta y tres lunas. No sé escribir y soy un inocente como mi madre, que ha muerto a la espera de setenta y dos billetes de lotería en una cárcel donde Flora tiene grandes pies y un tacón jorobado.




IX FLORA.COM

Llueve, en las persianas un olor a cuerpos. Los transeúntes se despiden de mi sombra. Quiero subir a lo profundo del instinto. Los ilotas se vuelven al pantano; no hay prisa por desnudar la sangre.
Las gotas de sal llevan nombres de mujer. La mujer de azules piernas y camisa de brazos transparentes. Su cuello atisba los andamios, las cárceles; las setenta y una fuentes de exorcismo.
Mujer, volcán de cuerdas en los cristos del psicópata. Setenta ídolos acarician en la danza de su nuca. Aunque la muerte es algo que diariamente pasa, en los ojos de su boca hay una fuerza, un cabildeo de primaveras sin destino. Me acostumbro a sus piernas de sesenta y nueve litros de hielo. Piedad no pide a las uñas de cristal. Ni siquiera los orgasmos escupen su demencia.
Flora tiene los pies jorobados; es de losa su frente y jamás de los anuncios. Llegó tarde como todas las vísceras; se acomodó en los tapices del portarretrato. Flora es inocente a la altura de los pequeños transeúntes. Tiene los zapatos que nadie se puso en los túneles de la autopista.
Tal vez una beata neblinosa de sueño le aconsejó amar distinto al pensamiento y a la sobredosis. Flora me amaba. Yo era una mujer tan parecida a su costado. Al flagelarme veía sus gotas, el sudor de los pies al reclinarlos en la habitación contigua.
Su mirada aún me espera. A nadie se entregó; sólo a las luces perpendiculares del rectángulo.
Me atraviesa el infinito. La amo alrededor de mi sangre. Estoy en el sitio donde éramos una misma distancia. Flora tiene los pies jorobados y espero su lengua en el pedestal de las sombras. El pavimento le llegó tarde. Flora ya no guarda los ojos, se colgaron en el último estante de la cocina.




X RULETA

Se acuestan los sonámbulos entre una gota de silencio y los gendarmes. El patíbulo ondea en la conquista. Tarde anochece. A través de la pantalla del espacio se disuelve la piedra de sesenta y ocho náuseas.
Por detrás de mi camisa la felicidad escapa. El iniciado huye del anzuelo. Los prisioneros son pisadas de ajedrez, un pantano sin estrellas: un dibujo en la capilla del estiércol. Los rivales se acomodan en las tuberías del ozono.
Termina el caminante y sorprendo su estatura en el desván. Retrocedo a los altares, como si fuera el horizonte más añejo de los párpados. Es difícil no ascender al precipicio. Las montañas me descubren sin ojos. Los días paren un animal semejante a las patrias.
La ciudad, esta ciudad, aún inconsciente de sus ruinas emprenderá tu acecho siguiéndote los pasos. Al final mis voces juzgarán tu aliento y sesenta y siete sombras la estrategia de nacer decapitada por los ríos del oeste. El viento aguanta mis deseos de violar el circo que invierte el espectáculo. Lloro, el callejón no aplaude ni blasfema ni se ahorca por el vientre.
Si decidieras irte de la ciudad, de tu ciudad, los centauros volverían a la modorra. Soy libre de las curvas. El equinoccio se nutre del badajo. En la ruleta veo a mi padre sin uñas, escondido tras el candelabro; su oscura llamarada alucina los líquidos del estruendo.
Aquiles advirtió la música del asfalto. Es visible su cabeza en los pómulos del ciempiés. Los ángeles van de regreso. En la fiebre escriben los pedazos del hijo que marchó, de los presos que no van a la ciudad ni ven la sangre, la maquinaria: el éxodo sin piernas del crepúsculo.




XIV. DAGUERROTIPO

Bostezo al lado de mis padres, sin risa. El espejo del líquido me habla de pesa-dumbres, de mi pecho en la monotonía del ruido. Las trenzas no me sirven de aliento y la humareda persigue mis brazos. Estoy paralizada entre las camisas de un animal ausente. Renuevo el sentido de la evasión, no soy poeta ni la antítesis del mundo. El agua se funde con el sudor del fuego; la calle tiene mi sombra, guardo en el pórtico de su cristal, me señala el camino hacia los puentes.
Ojalá llegue el día de mi coronación, sesenta y dos incrustaciones de metal en los recuerdos. Soy víctima, la casualidad repone sus antojos. Duele el cuadro y mi pa-dre. Me queda una ciudad, un amigo sin cabeza, el aullido del ángel recostado a la pared; no vale el asfalto ni que los perros reciten en mis vértebras la salvación mientras la nube se consagra al cuello de la modorra en el azul de los crepúsculos. El silencio juega con los baches de la ciudad; percibo que desvanecen los vitrales menos grises de Amelia.
Al norte del mundo yo soy un extraño que no sabe contentarla y no me atrevo a decir nada... Da gusto sorber sesenta y un vasitos de aguardiente: pero es muy dis-tinto escuchar los desahogos de un viejo impotente, del milenio que pretexta su equilibrio. Las llagas del viejo son mías, disfruto la equivocación de los antídotos. Mis padres no se ríen, el daguerrotipo se ha petrificado; los colores más visibles a la luz se divierten con morder las estrellas. 
Huecos del pincel saltan de la mesa y el viejo con su vasito me invita a seguirlo desde una temprana aberración. Ciudades, amigos febriles y monolitos surten mi cabeza de algarabías; doy giros de acróbata a medida que los párpados barajan las apuestas.
Somos algo más terrible que el bostezo ungido de piedras, de números incon-gruentes por la ansiedad. Ojalá su piel no derrita los metales ni mi rostro. Hay luz en el pasillo, luz de hambre y gente en el puntal de la cornisa; digamos que soy una gentil dama de la prehistoria, de los dinosaurios más carnívoros, una alquimista que la humedad desgasta. En el transcurso de las horas silbo pedazos de palabras, del mar y los castigos que mi madre imponía. El negro del líquido es metal, su perspicacia se pierde en mis enojos. Mi carne está vaciada de peligros y de carne; no soy de las hormigas ni de mi madre ni de la orquesta que acompaña diariamente al reloj. Deambulo por la losa en abandono del pasillo, por los sillones cuarteados de lejanías.
El viejo impotente me invita a su trago, se queda inmóvil como si yo fuera una cantante de boleros, un escarabajo que aprende a morir sin el auxilio de la luz. Di-ríase que del ruido mi madre viste las cerezas, las marquesinas y se las roba para que su cuarto no esté tan solo, tan perseguido por las atmósferas. Tomo el aguar-diente; tras el dibujo del mantel un niño escucha la blasfemia del milenio, tiembla el vasito del viejo; no soy nadie ni el alfiler que suelta sus arrugas en la corteza de la sangre.
El aire juega a descorrer la historia, ellos me miran y el aviador pierde sus alas en los días posteriores a mi nacimiento. El viejo ha vuelto del frente, con su vasito de miedo mira a mi madre; yo le perdono los cantos, las nubes y el cemento. A quién escucha el metal, el niño juega y el silencio retorna del frente, ella me escon-de los ojos; se esconde de verle colgado al metal. El viejo impotente me observa perdido; conozco su mano, esquiva mi nuca, rígido consume la noche, el puente. No hay líquidos en el cuarto oscuro, el viejo se marcha y queda sin liras, almorzando una gota de sueño en el álbum de historias que los naipes desnudan.




XV. TRANVÍA

Ayer te vi los ojos, la marea y el asfalto. El dolor de la mañana me agota; los so-námbulos se han ido a maldecir su abulia; todo es una cárcel de oídos sin espera, perros que distraen al navegante y gemidos detrás del simulacro de amnistía. Es tan absoluta mi destreza con el polvo, mi angustia a lo irracional que las paredes de mi cuarto están febriles por el impacto de mi cuerpo contra el ave que picotea el cristal.
Ayer no te vi en la toalla recogido: reflejo del pensamiento en la saliva, tuve náu-seas, el verso de los naipes y me volviste un maniquí sesenta intentos que la inmor-talidad modula. Ayer, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar, ayer me conta-giaron de asfixia y los entendí a pesar de que la lluvia me escamoteó la esperanza. El sol impactaba en tu mejilla con su tentáculo fuera de mis sueños. La nube calien-ta tu camisa, tu locura y las ganas de aprehender tu cuello levitaron, como simios en las hogueras, hasta el ocaso de la memoria.
La coartada que aprendimos en el transcurso de la abulia descorre los sentidos, su lejano pensamiento me divide; veo las hojas atravesar siluetas en el goteo de la mañana, aprieto las rendijas y se rompen los oídos y la tierra es un mar extraña-mente cristalizado por el enojo. 
Ayer el movimiento de las antenas contrajo nupcias; fuiste testigo, animal de de-secho que habita sin importarle el costo de su demencia.
Amanece el vuelo de las orquídeas, un pez alondra, que recela del frío y los anuncios, anula mi constancia. Amanece en las viguetas, en los pasillos, en mi cár-cel que atisba los recodos de tu carne. Ayer en la parada del tranvía simulé escapar con las líneas del cemento en relieve, bajo tierra a gran profundidad: allí buceaste el verbo, las angustias, mis ojos, la súbita bajada a los inicios. Ayer mi ventana se mojó de animal, de trotamundo, de carcelero.
Amanece el convite del silencio en el camastro, la pérdida del aliento y no estoy a la altura del instante que muerde los recuerdos; un día saltó, un día de fuego y raí-ces de sonidos en la quejumbre; iguales vestiduras me envolvieron la palabra, el discurso de bienvenida que tu rostro, el mío sin anáforas despertaron en las costi-llas de nuestros sudores. Mi sangre se embota en las ventanas de las rejas, te veo la saliva en la toalla, el cemento en los anillos; ayer vi la mancha de cal en tu diafrag-ma. Amanece a gran profundidad; el miedo de las cartas; de los que fingen y las sentencias fijaron mi destino. Hoy te veo en la ventana, en la ilusoria algarabía de mi ensoñación. Te pedí las paredes, el misterio, la proximidad con aliento sin pre-guntas y te cansaste o nunca estuvo la certeza de quemar las horas anteriores.
Ayer no cuenta en los adverbios, en las simulaciones ni en mí. El juramento y la noche fueron compatibles con la burla; el error está en el aire, en la felicidad no vi-sible, en el minuto que tu amante impuso a sus partidas. La ventana yace rojiza en el anuario de los soles imperfectos. Amaneció en mis ojos, a la distancia tu figura ha cuarteado mi espíritu; ayer nos vimos en la parada del tranvía, en los metales cruzados del pavimento y te dejé definitivo, incompleto podrirte las costillas.




XXII. DELFINES

Veo un muro y escucho una ciudad; y ahora veo una ciudad y escucho un muro; recuerdo la nube, el sucio escarabajo, mulatas, prisiones; gente podrida en cincuen-ta eclipses. Pienso que sí importa la muerte de un delfín, porque su aleteo es menos remoto en mi memoria que cuarenta y nueve crepúsculos.
La falacia se acuna en mis brazos. El trashumante, las cavernas, el polvo mienten al silencio más que el aplauso.
En esta ciudad mis ojos se venden a las putas; en esta ciudad morir engorda las prisiones, la mulata preña a los delfines. Siento que me gasta, que mi sombra se quiebra, que olvido. Vuelven las medusas a recobrar su vientre. Hay una ciudad inmóvil muriendo en las esquinas.




XXV. LLAVE

Susurra el portarretrato, un hilillo de sangre borra la pintura del marfil. Detrás del hombre va la calle y las antenas del reloj. El susto ignora los cuarenta y seis guija-rros de la noche. Me atrae el quejido de la lluvia, un guerrero me presta su boca, su manía de clausurar los ríos. Me persiguen los bares; mi dolor fluye como serpiente inmutable del hastío.
Cuando la sangre sacude mi corazón con espantosa audacia, pienso en la llave, cada cual en su prisión piensa en la llave a despecho del mundo. Me divierte la so-ledad de la tierra; soy una mujer sin llanto. El portarretrato me acompaña, le pago por inmolarse y no me escucha. El patio de enfrente una y otra vez acude a mi si-lencio, escribe que soy una línea congestionada por la mugre. Diariamente lavo mis ojos, sorprendo una herida en mi lengua, un disparo al precipicio.
Dios lanza botellas vacías, papeles de sándwiches, pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas y otros testimonios de su miedo. Cuarenta y cinco mármoles de es-carcha saludan al planeta; una mujer oscura esclaviza la tormenta del vidrio infes-tado de mutantes.
El portarretrato engorda violentamente, cose mis recuerdos. Estoy enferma de castillos y principios; mujer escasa de pinceles y bahías. El portarretrato es una sombra de tierra. Una mujer escasa de ojos se corta las uñas mirando la noche, busca la llave que duerme los tiempos; nunca soltaron las voces ni las figuras de mármol. Una mujer sin ojos rompe la calle; tiene las horas marcadas de susto.




XXVI. RUPTURAS

Nunca tendré de nuevo lo que la muerte me ofreció, lo que tan fácilmente aban-doné y que más tarde desearía hasta sufrir. La ruptura del cristal devora mi belleza; nadie me presta atención; el tálamo juega con chacra de la esfinge. Cuarenta y cua-tro píldoras de amnesia dibujan mi soledad. Si alguien me observara quebraría el equilibrio. Nunca hallaré aquellos labios que mi vientre aguarda; no hallaré tu cul-pa ni vestirán los pájaros poéticas semillas.
La pared deja su esqueleto al final del banquete. Tarda el aire como tardan las hogueras en partir los herrajes del insomnio. El miedo resucita la utopía del ángel, se jacta de poseer mi voz en las penumbras. Compré la felicidad al mercenario de la calle contigua; la máquina del tiempo huye por el tejado de mi casa; crecí en medio de un acorde inconcluso, de niños sin labios, de ruedas sin vientre; nunca hallaré lo que el miedo me ofreció: ruptura del cristal en la belleza. Morir no convence.




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