miércoles, 30 de julio de 2014

FERNANDO ORTEGA [12.583]


Fernando Ortega

(Viña del Mar, Chile, 1983)
Participó activamente en el taller Santa Rosa 57, grupo con el cual trabajó un adelanto de su obra, textos agrupados bajo el título CIAN. Textos anteriores aparecen en la antología "Carta de Ajuste, Antología de Poetas Inéditos en Valparaíso" (Ediciones Cataclismo, Valparaíso, 2008). Obtiene una mención honrosa en el Trigésimo Concurso Nacional de Arte y Poesía Joven 2008. El 2011 se adjudicó el premio Juegos Florales Gabriela Mistral y al año siguiente la Beca de Creación Literaria. Entre 2011 y 2013 escribe MAGENTA.




Reducción de restos

Mi padre fue marino mercante
supongo que él mismo eligió 
el cementerio de Playa Ancha.

Para un esqueleto vestido
la vida eterna no es cosa de espacio
el nicho perpetuo se ajusta al volumen del bolsillo.

El funcionario quiebra el cartílago con amabilidad
deposita el armazón en el plástico;
hace digno el viaje de un saco a otro.

Mi padre fue marino mercante
alguna vez golpeó a mi madre. 

Ahora está de espaldas al mar.






Ojos de Claudio Arrau

Conocí a Claudio Arrau
por los vinilos de mi tía Luzmira.

Ahora lo veo en youtube
muchos videos se titulan 
“Claudio Arrau Beethoven” 
como si ambos fuesen uno solo.

Luzmira murió de cáncer
como los demás hermanos.
Cuando murió mi padre, yo tenía 6 años
y no lloré. 
Mi tía murió 20 años después
y fue duro.
Como todo en la vida
asumí que era algo natural. 
Pero de algún modo ese pesar 
hoy persiste.

Los planos en que Arrau mira a la cámara
son escasos; en ellos busco
lo que mi tía encontró en sus vinilos.






Acabo de ver un western de Tarantino.
Lo vi en casa del único amigo de la universidad
que todavía me banca. Él y su novia
preparan té verde y pasta de atún con ajo y pimentón.

Lo untamos en el pan que llevé
$ 517 en panadería San Camilo
cantidad que recibo de vuelta, redondeada a $ 600
como gesto de acogida a mi visita imprevista.

Maite me pregunta si escribo con inspiración.





Nunca tendré una casa en el sur

Por suerte amarré la bicicleta al balón de gas
el mismo que cargaba para ducharme con agua tibia
en esa pensión donde robaron mi notebook;
ahora escribo en uno nuevo
conservo la misma bicicleta
ya no cargo el gas
pero en este paréntesis de planchas pizarreño
oigo claro la tos de la pieza de al lado
y casi extraño esa otra en Ñuñoa
más chica, pero con baño privado
ideal para esos días en que todos sobran.

Pero absolutamente todo es soportable
desde ese día en que me dijiste
que querías una casa en el sur.






Tao

Los poetas chinos podían hablar de la nieve
con la propiedad de un habitante de la nieve.
Solían cantar en ella; imponerle colores.

Cómo llegar a la nieve 
desde mi cómoda habitación
si acaso pensar sirve, si el blanco sirve
y entonces cae el sendero.

Piedras que bordean el arroyo,
el sopor intimidado por su ruido fresco.

—Pero de qué nieve estamos hablando—
me dice un chino, tendido sobre un peñasco
y vemos el pasar del agua un día entero.

Piensa en un cuadrado blanco.





El siguiente texto, escrito por Felipe Cussen, fue leído a manera de presentación del libro Magenta (Libros del Pez Espiral, 2014) de Fernando Ortega (Viña del mar, 1983), el día 1 de abril de 2014. Además, forma parte de la investigación en proceso del proyecto Fondecyt Regular #1131136 "Samples y loops en la poesía contemporánea".

Magenta de Fernando Ortega

No sé muy bien cuándo ni por qué me escribió por primera vez Fernando Ortega para que nos reuniéramos. Entro a Gmail para buscarlo y encuentro su primer correo, del 21 de enero de 2012, el número 353 de "muchos". Me contaba de sus proyectos poéticos y también de sus estudios en artes mediales, y me envió un "link" a algunos poemas suyos y un canal de Youtube: "por su canal de Youtube los conoceréis", me decía. Luego nos conocimos en persona, y hemos seguido conversando frecuentemente, no sólo por nuestro mutuo interés en la combinación de la escritura y las tecnologías digitales, sino también por la tensión entre la emotividad y el lirismo frente a una actitud más fría y experimental.
Recuerdo todo esto mientras reviso el archivo en PDF de este nuevo libro que sólo en este instante acabo de conocer en su formato impreso. Magenta invita desde su título a leer esa mezcla de influencias, prácticas y reflexiones. La misma palabra "magenta", que leemos usualmente en los cartuchos de las impresoras, esconde un origen más antiguo: la alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, el 4 de junio de 1859, y que luego se convirtió en un color de moda. También la cubierta de este libro juega en dos planos: por afuera, la portada generada en processing por Christian Oyarzun nos ofrece una trama vertiginosamente regular, y la tipografía y la información de las solapas se presentan como si fueran la etiqueta de un producto industrial. En la parte superior de éstas, sin embargo, se transparenta un documento corporal, unas ecotomografías, esa extraña manera en la que mediante rayos traducidos en pixeles podemos penetrar aún más adentro que nuestro interior.

La serie de poemas, en cambio, se inicia con su cara más personal e íntima: el primero es sobre la muerte del padre, pero está escrito con un tono sobrio y distante. El segundo, uno de mis favoritos, es "Ojos de Claudio Arrau", donde se propone una extraña combinación de historias familiares con disquisiciones tecnológicas. Se contrastan los vinilos del pianista con sus videos en youtube, pero no se fetichiza la melancolía del soporte antiguo ni la novedad de la página web; lo que se busca es el tipo de efecto homólogo que puede provocar en los auditores:


"Los planos en que Arrau mira a la cámara
son escasos; en ellos busco
lo que mi tía encontró en sus vinilos".


Una ecuación parecida se repite en otros dos poemas notables que tematizan el chat y la escritura de correos electrónicos. Estas escenas son similares a las de aquellas películas de época en que se muestran las viscisitudes del proceso íntimo de la preparación de una carta, las dudas sobre qué poner y qué no poner, y la ansiedad provocada por la demora del envío. Aquí no existe esa demora, y es precisamente esa diferencia la que añade una especificidad:


En la ventana del chat veo sus letras
Gmail me indica cuándo están escribiendo
o dejan un mensaje a medio terminar
sé lo que corrigen, infiero sus caras.


Esa relativa pérdida de la privacidad no le quita el valor afectivo a esas declaraciones, e incluso se intenta recargar la materialidad de las letras sobre la pantalla com
o si fuera una hoja escrita a mano, que tuviera hasta el perfume de la amada. La solución es irónica:


Le puse 'no leído'
al email en que me escribes te quiero
como reciclando una bolsita de té.


Hacia la mitad aparece otra zona de la búsqueda de Fernando, que ya estaba presente en su libro anterior, Cian. Se trata de textos menos vivenciales, más abstractos, pseudo-lógicos, casi concretos. Uno de ellos es Tao, que termina con una instrucción parecida a las de Yoko Ono o las de muchos artistas conceptuales: "Piensa en un cuadrado blanco". Después se añaden otras discusiones cromáticas: "el magenta es el no verde// pero el verde/ no es el no magenta", que desembocan en un pimponeo absurdo:


el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde

¿de qué color es el pasto?


Esta insistencia en el problema de la denominación de los colores es quizás su modo más preciso para referir la inadecuación de las palabras y las cosas, ese desfase que conocen tan bien los diseñadores cuando la imagen de la pantalla no corresponde con la de la impresión. La incomodidad se traspasa también a otro plano, más cotidiano, el de mostrarse como "escritor" frente a los demás. El sujeto se queja de aquellas "[c]hicas a las que les gusta tu poema/ y te encuentran tierno", y no responde cuando una amable amiga le pregunta si escribe "con inspiración".
Creo que si hay un punto en el que se pueden reunir los versos de Magenta es precisamente en esa constante duda que se asoma de muchas formas entre situaciones anodinas y problemas metafísicos. La escritura, un viejo medio, es su herramienta para dudar, una forma tan artificiosa, sofisticada y dificultosa como cualquier "software". Un poema puede ser un ejercicio tan inútil o efectivo como escribir un "e-mail". Publicar un libro puede ser algo parecido a enviar un "spam". La pregunta siempre es la misma: ¿está seguro de que desea enviar este mensaje?

_________________________
Felipe Cussen (Santiago de Chile, 1974). Doctor en Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra e investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Fundó la Revista Laboratorio y es miembro del Foro de Escritores. Acaba de publicar "Opinología", que se puede descargar gratuitamente desde www.cumshot.cl.






 Cuando murió mi padre, yo tenía 6 años
y no lloré.
Mi tía murió 20 años después
y fue duro.
Como todo en la vida
asumí que era algo natural.
Pero de algún modo ese pesar
hoy persiste.


*


 Para un esqueleto vestido
la vida eterna no es cosa de espacio
el nicho perpetuo se ajusta al volumen del bolsillo.
 El funcionario quiebra el cartílago con amabilidad
deposita el armazón en el plástico;
hace digno el viaje de un saco a otro.



*


El arroz con atún
se arregla con salsa de soya;
los fideos
con huevo revuelto


  
*



Un trozo de hilo verde en la toalla amarilla.

   

*


el triángulo se reduce a eso:
distancias        que justifican
el uso de puntos.



*


felices en su casa de campo
discuten lo indispensable
al atardecer magenta
amarillo y cian




*


el magenta es el no verde
 pero el verde
     no es el no magenta
 verde es el pasto no seco



*


Recordar es la capacidad
de interpretar hoy nuestro pasado
gracias a los rayos de luz
que alguna vez alcanzaron al ojo;

este cumple su función acumulativa
como el roedor que junta semillas
y pronto olvida dónde las entierra.

Pero así como en la tierra
y las semillas no hay olvido,
la función de recordar
acoge un mundo que no existe
y cultiva su torsión amorosa
en el vacío del iris.




*


Mudanza: objetos
que leen en voz alta
el periódico que los envuelve.



*


Intento agarrarlas
como quien se saca una espina de tuna
pero en mi torpeza
las mato.
Pronto, otras hormigas ocupan
el lugar de las muertas
caminan lento entre mis dedos.
No importa qué tan fuerte las mire.



*



En la ventana del chat veo sus letras
Gmail me indica cuándo están escribiendo
o dejan un mensaje a medio terminar
sé que lo corrigen, infiero sus caras.
Veo el nombre de las chicas que me gustan
y no atino a nada.



*


Le puse “no leído”
al email en que me escribes te quiero
como reciclando una bolsita de té.



*

El punto de fuga es un buen recurso
pero he aprendido a no abusar
de las suposiciones:
si al unir tres puntos
quedan alineados
el triángulo se reduce a eso:
distancias que justifican
el uso de puntos.





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