martes, 8 de julio de 2014

DANNY YESID LEÓN [12.208]


DANNY YESID LEÓN

Bucaramanga, Colombia 1990.
Estudiante de Literatura y de licenciatura en español de la Universidad Industrial de Santander. 
Actualmente se desempeña como Consejero Municipal de Cultura y director del Encuentro Internacional de Poesía de Bucaramanga. 

Es cofundador del colectivo artístico La  Mesa Esférica en cuyo blog publica el trabajo de escritores latinoamericanos.
Participó en el taller de escritura creativa del Ministerio de Cultura Renata  del año 2010.

Su poemario Momento del decir obtuvo el primer puesto en el VIII Concurso Internacional Buenaventuriano de Poesía (2012) y fue publicado por la editorial Rojo Siena en Puebla, México. 

Recientemente su libro Desde estancias habitadas recibió Mención de Honor en el XXVI Concurso Nacional de Cuento Corto y Poesía de la Universidad Externado de Colombia.

Textos suyos han sido publicados en revistas de poesía como La Raíz Invertida, Luna Nueva, Vicio Perpetuo y Punto de Línea.  y periódicos como Vanguardia Liberal y el Frente.




Sobre la guerra (selección)



Lamentación por un recluta 

Algunos dijeron que el poeta no podía matar.
Pero estaban muy equivocados.
El que empuña la lira y entona tristes canciones
también sabe tensar el arco,
cortar gargantas en la oscuridad 
y corroer las vísceras con furia y sevicia.
Algunos se fiaron de sus ojos mansos,
de sus delicadas manos 
y no entrevieron el ardor del primer disparo,
ese fogonazo de pólvora en su sonrisa 
mientras afinaba la pistola de la muerte.
Ah, debieron haberlo dejado con su  poesía,
debieron haberlo exiliado del mundo 
como hacen con los locos y genios incomprendidos.
Pero no,  
lo llamaron para la violencia,
le cambiaron su lira por una bayoneta 
y ahora no saben qué hacer con tanta sangre,
con tantas palabras perdidas
en el fragor de la guerra.




Monólogo de un veterano de guerra

He vuelto de la guerra
con tres costillas rotas,
con las cicatrices de  la  pólvora,
con ojos extraviados por el miedo
y manos temblorosas.
No sabría decir qué me queda ahora
de lo que antes fui.
Sé que la sangre no es la misma
ni la vida que pende de mi aliento.    
Sé que las pesadillas me rondan 
y son mis muertos en busca de venganza.
Ellos tienen la carne incorrupta,
los huesos hinchados 
y un aliento de insepultos,
de cuerpos ateridos a las vestiduras,
manchados por el sol
y picoteados por los carroñeros.
Ellos buscan beber el agua turbia de mi cantimplora,
buscan extraviar las municiones,
atascar mi fusil.
Quieren verme perder la esperanza,
rendirme a su muerte,
a su muerte que es tan mía 
ahora que he vuelto 
y veo el mundo con ojos de mortal.
Pero yo no decaigo con sus voces.
En las noches despierto preso de la fiebre,
enciendo la lámpara,
busco las cartas de mi madre 
y curo mis heridas con sus palabras.
Mi madre sabía que lo único que volvería  
de la guerra conmigo, intacto,
serían sus palabras,
ese silencio que ahonda la boca de mis muertos
cuando más los escucho.





Poema después de la guerra

Me dijeron que podía regresar a casa
si hería de muerte al enemigo.
Entonces fui hasta ellos como un loco,
les arranqué los ojos 
y bebí su sangre en señal de valentía.
No sentí remordimiento ni llanto alguno.
Eran sus vidas o mi muerte en la trinchera.
Por eso, señores, estoy de regreso en mi casa:
porque aprendí a temerle a la compasión 
antes que a la sangre derramada
y a los ojos desorbitados por el dolor,
esos ojos que pedían clemencia 
cuando hendía mis dagas en su carne.
Por eso estoy de regreso:
porque me aferré al fusil y hostigué a la muerte 
aun cuando tenía cara de niño y sonrisa  inocente. 
Por eso, señores, escribo este poema
ahora cuando miro por la ventana
y pasan las nubes
y mis hijos juegan en el patio
y el viento arrastra hojas marchitas;
ahora mientras miro todo esto 
y pienso en que tal vez el mundo y la vida
son posibles sin una sola guerra.
Pero no me engaño,
tarde o temprano vendrán por mi cabeza
y entonces tendré que renunciar al miedo,
buscar a tientas la escopeta oxidada,
poner el dedo en el gatillo
y decidir hacia dónde librar mi último disparo.





MOMENTO DEL DECIR

La gota del silencio se desliza de un labio al otro, su destino es el suelo.

Tengo algo que decir pero lo callo, adentro la ola rompe contra una pared cuarteada, la pared puede ser algo en mi vientre, la ola se parece a la última de un mar extinto.

Si pudiera rodear la palabra y encontrarle su centro, la usaría, pero la palabra es esquiva, se mueve de aquí para allá, lleva tiempo huyendo, vagando por la indecisión, ya no sé si tenga la misma forma de cuando la pronuncié por primera vez.

Tomé prestada la guillotina de un grito: pensé con ella cercenar el cuello de las letras, pensé separarlas de su cuerpo, dejarlas a la deriva, sepultar su rostro. Pero las líneas en el papel se diluyen en la boca del que las dice, se ausentan de su forma y se convierten en aire dulce, en sonido teñido.

Tengo algo que decir sin regar la tinta en el viento.

Permitir que la boca se abra y deje caer la pesadez de una palabra me es imposible: los dientes, la lengua, la campana son como piedras huecas, hay en ellas un eco que repite la voz de nadie.

La gota del silencio ya cayó al suelo, ahora muevo los labios, desperezo sus pliegues, ahora puedo decir, hablar. Pero no digo nada: ya ha pasado el momento en el que debía pronunciarme.






SALVAR NUESTRAS DISTANCIAS

El abismo que hay entre nosotros, el descenso, la muralla labrada: es irrisible que estemos lejos cuando nos miramos a los ojos y vemos la sonrisa, la tuya, atravesarnos sin reparar, sin preguntarnos, sin esperar a que soltemos la alegría al vacío.

Nunca me hablas y sin embargo estás cerca.

Yo te veo cruzar el día como una nube, te miro desde mi escondite, la sombra me cubre, la luz te invade el rostro. Eres parte de todo, el aire te obedece, la lluvia canta dentro de ti y es esa música transparente la que te envuelve, la que transpira tu piel.

A veces pienso que nuestras distancias son mínimas, que tu mano está al reverso de la mía, que tu voz opaca las palabras justo cuando salen de mi boca. Pienso que existimos, uno al lado del otro, como lo hace el blanco y el negro, esos dos colores que tanto odiamos, esos colores que, a fuerza de parecerse a nosotros, hemos olvidado.

Pero llegará el día en que por fin nos encontremos, el día en que cruzando una esquina del mundo, nos demos cuenta de que siempre hemos estado ahí, suspendidos, estáticos, inmóviles frente a un espejo, un espejo en el que no se sabe quién es reflejo y quién es el reflejado.





RUTINA

Abrir el reloj
y darle cuerda hacia atrás
para recuperar el tiempo perdido.
Volverlo a cerrar,
como a una herida,
y ponerlo de nuevo sobre la mesa.
Luego, salir de casa
y empezar a andar por el mundo
con los ojos cerrados,
trazando círculos interminables.
Regresar a casa finalmente:
entrar y encontrar el reloj,
abrirlo otra vez
y hacer como antes
y así hasta que la cuerda no dé para más.





SALTO DE FE

A donde se cansa el hilo de llegar,
a esa última puntada,
he arribado con ojos estremecidos.
He soltado las maletas del viaje
y luego de indagar la luz en el abismo
me he decido a saltar.
Abandonar es la estancia definitiva.
Si desato hoy las amarras
y caigo como pluma mojada por el viento,
es porque siguiendo el descenso iba mi vida.
No busqué más destino que este,
no supe de otra palabra que la dicha,
no caminé contra la corriente de los días,
no dejé llevarme por el fuego de la duda.
Por eso aquí estoy, al final, con un pie en la grieta,
extendiendo los brazos,
haciendo las veces de pájaro herido
para echarme a volar en picada.
Ya puedo sentir la gravedad, el deseo,
ya puedo sentir el abandono del cuerpo,
la sonrisa que deja el final de la respiración.
¿Caeré definitivamente a la muerte?
¿O será acaso este salto
la vida eterna que nunca creí?





POSTERGAR LO INEVITABLE

Vamos a postergar lo inevitable,
tú andarás por esta calle como queriendo no encontrarme
y yo haré lo propio:
iré por la acera de enfrente agachando la mirada.
Haremos como si no nos vimos,
como si cruzando la esquina, movidos por extraños hilos,
no nos rozamos la piel
y no sonreímos cómplicemente.
Tú seguirás de largo, claro, mirando el reloj de pulsera
o hurgando entre tu bolso.
Yo, en cambio, silbaré con las manos en los bolsillos
y haré como si en el cielo viajaran nubes extrañas.
Será así muchas veces, por ciudades, barrios, por calles distintas
hasta que no nos aguantemos y digamos que es suficiente.
Pero haremos eso, actuaremos como si no supiéramos
que aun evitándonos la mirada,
estamos para encontrarnos.






PREFERENCIA GATUNA

De los gatos
prefiero la tristeza
y la paciencia con la que la soportan,
el pelo mullido
y las garras afiladas contra los sueños.
De los gatos
prefiero su lenguaje de leche,
el insomnio que desprenden en los tejados
y la cola empinada hacia las estrellas.
De los gatos
prefiero la forma de tejer pasiones,
los gritos y la cacería de sus hembras:
esa voraz manera de encontrarse.
De los gatos
prefiero el hocico siempre alerta,
los bigotillos tiznados
y los colmillos que esperan,
que se internan en la carne de la noche.
De los gatos
prefiero eso y más,
pero nada como el valor para quedarse junto a mí
sin reclamos
ni cuestionamientos humanos.







AUTOBIOGRAFÍA DE UN POETA

De mi padre aprendí el oficio de encantador. Él era mago.
De mi madre el amor por el vino. Ella era alcohólica.
Nunca tuve mejor educación que la de la esquina.
Mientras mi padre sacaba conejos de un sombrero
y mi madre recibía las monedas,
yo robaba a los despistados transeúntes.
La ciudad era como un hogar sin pedirlo,
deambulábamos diariamente por sus calles
hasta la noche,
cuando volvíamos a la posada a freír huevos
y a inventar nuevos sortilegios.
Y así crecí, yendo por aceras inconclusas,
jugando con cochecitos rotos de tanto regresar a mis manos,
aprendiendo canciones con borrachos lunáticos
y escribiendo versos para jovencitas maliciosas.
Lentamente fui convirtiéndome en un truhan,
en un timador, en un poeta del demonio.
A la vez que recibía palizas y pasaba noches en la celda,
componía sonetos, alejandrinos y demás rimas
que con el tiempo fui perdiendo o regalando en las tabernas
o en los burdeles poco iluminados que frecuentaba.
La vida se me hizo absurda entonces,
importaba el vino y la pachanga,
las tardes liando cigarros, las madrugadas de desenfreno,
los puños bien puestos y las canciones de desamor.
Y claro, perdí unos kilos, perdí los dientes, las ganas de abrir los ojos
pero de escribir nunca, a pesar del olvido y falta de papel.
Por eso, aún tumbado en medio de este andén,
debajo de esta farola intermitente
que me recuerda cómo la navaja buscó mi cuerpo, escribo.
Escribo con mi índice, con mi sangre sobre el asfalto,
escribo para los incrédulos,
para los que dicen que no existí.
Escribo porque la mejor manera de demostrar la vida es con la muerte.


          

                                

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