jueves, 24 de julio de 2014

ARTURO BORDA [12.472] Poeta de Bolivia


Arturo Borda

Arturo Calixto Borda Gozálvez, (La Paz, Bolivia 14 octubre de 1883 - 17 junio de 1953): pintor, retratista, paisajista, escritor y activista boliviano. Sus obras pictóricas se encuadran en el movimiento simbólico prevaleciente a principios del siglo XX; la creación literaria suya vierte una pócima frenética de poemas, narraciones y ensayos; Borda participó activamente en la vida sindical obrera del país guiado por el credo anarquista y socialista.

—Aquí, en este caos, siembro la colecta de mi existencia. (El Loco, pág. 26)

Borda comenzó a pintar a los 16 años siendo un autodidacta; sus primeras obras son retratos y paisajes de estilo modernista y ecléctico.

Arturo Borda tenía una preocupación e interés por los temas sociales, lo que lo llevó a fundar la sociedad Obreros del Porvenir. Su interés por los temas sociales lo motivó a desarrollar obras en los que incluía al indígena, en forma conjunta con una crítica a la sociedad a la que acusaba de hipócrita e insensible.

Su arte se entronca en el simbolismo siendo un excelente retratista; como se puede apreciar en los retratos de su hermano Héctor y de su madre regando plantas. El retrato de sus padres, está considerado una de las obras más destacadas del género en América, al respecto John Canaday del The New York Times uno de los críticos más importantes de la época, la calificó como “una de las obras más significativas del arte latinoamericano”.

El escritor paceño Jaime Sáenz evoca así la corrosiva muerte de Borda:

"Una noche, en lo más crudo del invierno, vagando por los barrios altos, a los setenta años de edad y nada menos, y caminando por las calles en busca de una copa, perdidamente borracho, se acercó a una tienda y pidió pisco; sólo que en la tienda no había pisco.

La tienda en cuestión era mitad alcoholería y mitad hojalatería; y ante la insistencia del cliente, que por nada del mundo quería irse sin antes haber bebido una copa, le dijeron que sólo tenían ácido muriático, y que sólo eso podían ofrecerle, si tanto insistía.

Arturo Borda declaró que lo único que él quería era una copa, y que no le importaba que le diesen ácido o lo que fuese, con tal que se lo diesen --y por enésima vez, pidió una copa, y siguió insistiendo--.

La tendera lanzó una maldición; y confiada en que no bebería, le lanzó una copa de ácido muriático.

Arturo Borda agarró la copa, y bebió sin asco."

El Yatiri (1918)


Obra

Pintura

La galería de sus lienzos comprende cerca a cinco mil cuadros y dibujos, que podrían clasificarse en cuatro salas: paisajes, retratos, obras simbólicas y bodegones. Borda es reconocido por la expresividad y simbolismo con los que expresó sus particulares ideas sobre el arte y la vanguardia, cuestionando la sociedad de La Paz en su época y por su aproximación existencial hacia el oficio artístico en Bolivia.

En cuanto a su obra simbolista la misma está influenciada por elementos locales como el Illimani, la kantuta y la estética en La Paz a principios del siglo XX.


Descuellan entre sus lienzos:

El Yatiri (1918)
La Madre del Pintor (1930)
Leonor Gozálvez y José Borda (1943)
El Despertar de la Naturaleza (1943 - 1950)
Illimani (1943)
El Triunfo del Arte (1948)





El triunfo del arte (1948)

El Loco

Es la suma de los únicos pliegos literarios de Borda, redactados durante 50 años, desde 1901 hasta 1950. El Loco es una confesión interior del artista en un cúmulo de tres tomos y 1659 páginas. Emplea variados géneros, como narración, diálogo, poesía y ensayo, para abordar abundancia de temas de de observación social, psicología íntima, meditaciones filosóficas y ,en especial la congoja en la búsqueda de la belleza. Sin embargo, La expresión de los pensamientos no logra factura uniforme, por lo cual alternan en las páginas pasajes de alucinante imaginación con tediosa palabrería.


Líbrame, Señor, de mi alma:
he oído pasar en la noche profunda
los arpegios de una armonía lejana. (El Loco, pág. 185)


III

Más tarde noté que de mi corazón saltaba silbando un hilillo de sangre y que al caer en la arena se tornaba en hierro, del que durante milenios mi espíritu forjó en soledad, en el yunque de mi cerebro, el cañón y el trípode de un telescopio gigantesco, cuyos lentes eran mis ojos; visto de arriba era microscopio. Terminado que fue, quedé con el ansia en mis órbitas vacías, contemplando la eternidad, como en sueño, á través del extraño instrumento, anotando de siglo en siglo alguna que otra observación. Pero todo me parecía complicado aun, aunque yo adivinaba simple en sí la verdad. (El Loco, pág. 11)


Necesito una hembra linda, de pura sangre, salvaje y fuerte, para fabricarle un hijo que sea capaz de vengarme sangrientamente de los usos y de las leyes humanas, un hijo que pueda con su potencia dinámica y explosiva atravesar los huesos y el espíritu: un hijo monstruo, física, moral e intelectualmente, más que Iscariote, que Nerón, que Caín, más que Maquiavelo, que Torquemada, que Borgia, que Gil de Retz y el Marqués de Sade, un hijo hercúleo y proteico en las reconditeces más absolutas del odio en la fe y en el amor. En fin, un hijo capaz de romper su luto o baba en el sol mismo. El soplaría entre carcajadas la melancolía de las impotencias y el ansia de las ambiciones imposibles: hurgaría arteramente el amor, la gloria y el bienestar, dejando en ellos la suciedad de sus uñas; luego -¡Oh, tedio, divino tedio!- ahuecaría el alma, los nervios y la médula de cada individuo, tornándolos en un organismo estoico, en el que irían resonando de modo inextinguible las tristezas del fondo de mi alma. (El Loco, pág. 27) 




Pero de pronto, extrañamente sorprendido, me hago cargo de que el patio está vacío y silencioso; la sombra del edificio avanza lentamente a mis pies, temblando en sus extremos y que la tristeza del recuerdo ha caído en mi alma. 
La paz del ambiente es enorme. La gallina ha vuelto a cacarear en el otro patio. 
El silencio parece que pasara en un soplo. (El Loco, pág. 68) 




He de morir 
y en la tierra quedarán 
sólo el hedor y la pudre: 
daré al olvido el amor 
en la sidérea inmensidad; 
pero si es un alarido de la nada 
¿quién me comprenderá? 

Sin embargo canta, pues, corazón, 
en las desolaciones del espíritu; 
canta en el silencio de la muerte. 
Canta, canta, corazón; 
canta sin causa, alma mía, 
canta sin esperanza y sin fin: 
canta el himno de un viento negro. 
Canta, canta sin cesar: 
canta en tu tedio 
esperanza, odio y amor.
 
Canta, canta tu requiem 
en esta inquietud 
sin objeto ni por qué 
de este maldito corazón 
y este cerebro no menos maldito. 
Canta, canta tu requiem, alma mía. 

(El Loco, pág. 153) 






Pag. 801 

Pero si esa bella y buena mujer fuese mi madre 
¡oh qué alegría! Cómo le arrancaba los pechos 
y, rompiéndole el tórax, 
hundía mi cabeza en sus entrañas, 
allá donde me quemó con el abortivo. 
Así, ahogándome en su sangre, 
le mascaba el corazón hasta rechinar las muelas. 



La Vela (Pag. 1437) 

Enciéndeme, amo mío, amigo mío: no quiero alumbrar otra existencia que la tuya; ansío inmaterializarme en tu servicio en estas tus últimas horas; quiero que el agónico parpadeo de mi luz ilumine tu postrera inspiración; quiero alumbrar tus profundas pupilas y luego morir envolviéndote y besando tus labios. 





Inquietando el cielo
tras los inmensos Andes,
algo anuncia en el alba
ese trágico reverbero.


*

Del punto en donde nace el sol,
tramontando los sempiternos hielos,
llega el ignoto soplo,
oscuro, denso y vasto,
opacando la aurora,
cual si fuese un indómito huracán.

De esa suerte calígeno,
arrollando todo, avanza veloz,
dilatándose de horizonte a horizonte,
por lo que huyen los reptiles,
las aves y las fieras,
a sus antros o a sus nidos y cubiles.


*

Más tarde,
eclipsado en su orto,
al través del negro ventarrón,
está rojo ya el sol
y los mares se estremecen,
rezongan los montes,
el aire se quiebra y suspira
cual si fuese hielo o cristal.








De esa suerte, saturándolo todo, seres y cosas,
en el mundo se esparce y dilata
una inquietud febril, de angustia mortal:
que, pues, por la terca incomprensión
del avaro egoísmo guía,
ya no se presiente, ni lejano siquiera,
ni alivio ni remedio, a ese recóndito mal;
porque alzándose amarga, lenta y severa,
la tierra buena, árida y dura ya,
encrespa y arma las almas
en son sigiloso y abierto de lucha larga y cruenta
aunadas en fuerza de la urgencia propia,
orientadas, por instinto, sin credo ni doctrina, ni guía,
a su único norte, su salvación

Tal trasuda el mundo, al fin,
queriendo y sin querer,
sabiendo y sin saber,
la honda revolución social,
en la que de onda en onda,
la humanidad proletaria
va entonando de polo a polo
el grito del hambre.

Así se halló enlutada la luz,
desde la mañana al anochecer,
con el viento negro que cruzara bramando
hacia donde se pone el sol.

Y en la noche helada y larga,
llena de tinieblas,
incierto vacila el orbe
y un secreto horror,
que entenébrese la razón,
aterra a los hombres

porque en el abejeo de los silencios neuróticos aún
(se oye el cantar lejano:

"Arriba los pobres del mundo,
de pie los esclavos sin pan..."

…………………..



Todo parecía adormecerse en un vago sopor en la
vasta pedregosa pampa; sólo el viento salmodiaba secuencias,
larga, melancólicamente.

Tal era el aspecto de la naturaleza, cuando salimos
de la sombra.

En el horizonte el cielo rayaba una difusa claridad.

Yo vacilaba, desviándome a cada momento, porque
de tiempo en tiempo pasaban unas rachas de niebla muy
densa.







Ojalá yo no hubiese aprendido ni a respirar. ¿Para
qué me sirve la existencia, si allá donde pose mi corazón
he de sentir una espina?

Ahora la tristeza me invade y acuden a mi recuerdo
las imágenes vagas en los días grises. Por ejemplo

La ramera era niña aún,
atrayente y encantadora:
y tenía la altivez
de quien no vende su carne.
Su voz era dulce y segura.
Nos miramos
y fue un silencioso dúo de atracción,

—¿…. … … …

—No; yo no vendo mi cuerpo.

—Y yo no compro el amor.-

……………………..

-¿Adiós, eh!
Adiós.-

………………………

Y no hubo más
que un simultáneo mirarnos a cuchilladas.
Fue un instante rudo y severo,
hundido ya en el pasado;
pero en nuestros corazones
germinó un amor aleve,
recóndito y silencioso
¿acaso una pasión?
Hoy que he recibido su retrato,
en el que por firma lleva:
—Amor,
—siento en la melancolía del alma
el grito indocto de una canción bárbara,
el ingenuo canto del amor:
—¡Oh amor, amor.







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