miércoles, 9 de julio de 2014

ANTONIO MONTALVO [12.241]



ANTONIO MONTALVO

Poeta y crítico literario nacido en Ambato, ECUADOR el 24 de marzo de 1901, hijo del Teniente Coronel Manuel Montalvo Hidalgo y de la Sra. Isabel Viteri Mantilla.
Tenía sólo veinte años de edad cuando en 1921, junto con Alfredo Martínez fundó en Ambato el periódico quincenal «El Espectador». Al año siguiente publicó «Alba de Ensueño», y junto a Martínez mantuvo la publicación mensual «Los Centauros»
En 1924, nuevamente con Martínez y Nicolás Rubio Vásquez fundó «El Cosmopolita», como una manera de mantener vivos los ideales de Juan Montalvo.
Por el año 1929 se trasladó a vivir a Quito, y poco tiempo después ingresó a la Sociedad Jurídico Literaria y a la Sociedad Bolivariana. Al año siguiente publicó su libro de poesías «Camino».
En 1931 y nuevamente con su amigo de siempre, Alfredo Martínez, fundó el grupo América y la revista del mismo nombre; en 1944, con Augusto Arias editó la «Antología de Poetas Ecuatorianos»; y en 1947 publicó una «Biografía de Espejo», que está considerada como una de las mejores que han sido editadas.
Dedicado a sus actividades literarias, murió en Quito el 9 de julio de 1953.



Yo pirata

Espiga de luz de oro, niña zarca
de las dulces miradas pensativas
por donde va, blanca de velas vivas,
de un ensueño de amor la linda barca.

El cisne de un suspiro, triste, enarca
su vuelo, de nostalgias sensitivas,
al hontanar azul, de aguas estivas
que platean las lunas de Petrarca.

Si el buzo de tus mares litorales
te halló en tu gruta, perla añil, dormida,  
entre rosas de nácar y oros fríos,

yo, pirata, en mi nave envejecida,
voy a robar tus gracias celestiales
para llenar de amor los mares míos.

  
  


Serenata

Mayo. Noche romántica y fresca. Miraflores
de Ambato se adormila en un sueño de luna
y en el silencio blanco la voz del río es una
canción de amores buenos dicha por ruiseñores.

Paz fragante a eucaliptos, a rosas y a membrillo.
Vivo la gesta antigua del amor, cuando al son
de la guzla, el trovero cantaba su canción
al sueño de la novia bajo el alto castillo.

Un rancio encantamiento maravilloso y grato
envuelve el virgiliano lirismo del retiro.  
Y en tanto los violines desmayan la armonía

de una música alegre, regocijado miro
cómo se queda mi alma perdida en la ambrosía
medievalesca de este Miraflores de Ambato.




Ficoa

Ensueño vuelto una égloga bajo los cerros grandes
que beben en el alba su ordeño de rucio...
Arriba, la epopeya de nieve de los Andes
y abajo el himno lírico del cántico del río.

Frescura de la fronda que siembra madrigales
en los vibrantes surcos eólicos del viento.
En ritmo fiel de aromas, manzanos y perales
sus cantos melodizan con ancestral acento.

La Hespérides del mito, romántica y florida
allí vive escondida lo mismo que un tesoro:  
dragones del encanto como cuidar su vida
vigilan el ensueño de las manzanas de oro.

En voz de arroyos prófugos suena su esquila el agua.
Y para ver esa égloga desdoblan su espinazo
sobre las altas nubes el alto Chimborazo
y sobre la distancia con luz el Tungurahua.

Allí todo es dulzura... y aromas y armonía
y panteísmo geórgico y eterna primavera:
con su belleza idílica que ríe y reverbera
todo Ficoa vibra como una sinfonía.  

Si los cóndores prenden el alba de ese cielo
-los cóndores que el mismo sol nunca llega a herirlos-
en los áureos crepúsculos que al viento dan su vuelo
encienden las luciérnagas el canto de los mirlos.

Senderos del Elíseo de encanto circunscriptos  
donde su olor desfloran glicinas y resedas...
Sobre el coral marino de las capulicedas
su azulidad de mar riegan los eucaliptos.

Sobre esa tierra fértil el roble índico-hispano
de don Juan irguió el torso de su figura homérica  
y arqueó de allí su espíritu hasta la linde ibérica
por traernos el oro del verbo castellano.

Allí soñó sus sueños... Y mientras por el arco
de su espíritu fueron sus quejas en exilio
bajo esas sombras dulces platicó con Plutarco  
y habló del clasicismo latino con Virgilio.

Toda la Cohorte antigua de la Sabiduría
llamada por la magia de voz ecuatoriana
allí encontró un asilo de estirpe castellana
para los festivales de la filosofía.  

Viejo rincón histórico que huyendo a todo invierno
siempre tendrá el tesoro de su recuerdo en salvo,
porque en sus sombras pródigas vivió don Juan Montalvo,
sobre todos los siglos su encanto será eterno.


  


Feria de mi ciudad

Feria de mi ciudad: canción en la hoya
urbana de la plaza que canta algarabía.
Feria de mi ciudad: vernácula alegría
del devenir autóctono para un pastel de Goya.

Campanarios del campo los altos eucaliptos
llaman a misa de alba dando a volar sus tórtolas
y el indio, que es cristiano, bañándose en rocío,
madruga con sus mieses camino de la feria.

Y madruga la feria rural en las estancias
de las montañas de oro pascual de las mazorcas...  
mientras la moza rústica descuelga sus ajorcas
y se peina con agua de silvestres fragancias.

Un sol triunfal de fiesta corre por los caminos
junta a las yuntas dóciles hermanas de las piaras.
Camino de la feria: ríos de campesinos  
que despiertan al día con agua de algazaras.

El viento a la mañana besa con rubio lampo
en el silencio niño del alba florecida.
Y es como si en la alma de la ciudad dormida
se volcara la vida romántica del campo.

Mayordomos metidos en ponchos de crepúsculo,
indias con los rebozos de los cielos de Ambato...
En zumo de la caña se hunde el recuerdo ingrato
de la fatiga agreste que hizo gemir al músculo.

Feria de mi ciudad: cuando la primavera  
bajo toldos de luna regala su tesoro:
las perlas de las uvas y las manzanas de oro
y el almíbar celeste que guarda cada pera.

Pero al ángelus suena la oración de la esquila
con un ritmo perfecto como canto de amor.
Y en la noche que avanza por los cerros, tranquila,
sólo queda, llorando la voz del rondador.





El trópico

Recuerdo de mis días en el trópico... cuando
caracol de mi cuerpo, mi espíritu veía
nostálgico de nieve y olor de serranía,
morir a un sol de sangre, en el azul, cantando.

Yungla, la yungla brava sensual y capitosa
encendía la noche con luz de sus reptiles
y era una pirotecnia con alas y candiles
la fronda del cacao y de la pomarrosa.

El mirto florecido, poeta y buen feligrés
aventando sus flores en la brisa oportuna,
conjuraba a su novia romántica, la luna,
para enlunar la brama selvática del tigre.

Pero era en la canícula fragante del estío,
cuando los gallinazos de azul estaban hartos,
que en las orillas frescas, soñando, los lagartos  
tragábanse el crepúsculo fantástico del río...

Allí, pescados de oro bronceando las montubias
-sirenas de las ondas vernáculas, sirenas
elásticas y bellas- sobre las aguas rubias
retorcían sus torsos de las pieles morenas.

A veces deshilábase la luna en blancas hebras...
Daba el cuervo sus gritos y las ranas los suyos
mientras la romería de luz de los cocuyos
iluminaba el silbo de amor de las culebras.

Belleza en la noche hórrida y en el fulgor del día:  
bajo cielos de añil y el horizonte gualda,
un vuelo luminoso de loros de esmeralda
regaba en el espacio su loca sinfonía.

Y era alegre la risa de los amaneceres
destapando sus pomos sensuales de fragancia.
Las palmeras erguidas, como lindas mujeres
desnudas bajo el cielo cimbreaban su elegancia.

  



Láminas

Esta alegría azul
del cielo
hace cantar
a los nevados líricos
la canción blanca
de la nieve.

Y el arco del equinoccio
se curva
con un incendio de iris
al paso de las sombras  
de los shyris
y las de los centauros
del Caporal Pizarro.

Mientras rítmicamente
danzando la cadencia  
de su paso
sobre el lomo gigante
de los Andes
el llama nostálgico
mide con su cuello  
la muda esplendidez
del horizonte.

Y el treno doloroso
del rondador del indio
-navegante en los vientos  
que despeinan la testa
del cerro de Bolívar-
huye con la fragancia
del theobroma
sobre las hondas claras  
del mar que vio Balboa.

  



Cromo andino

Riobamba.
La rosa azul del cielo
se desflora en la tarde
alucinada y fresca
del verano.
Y hay un perfume exótico
que corre en la vernácula
soledad
de la ciudad,
mientras el rojo carbunclo  
del crepúsculo
se desangra
en el flanco celeste
del horizonte.

Perfilan sus domos fantásticos  
las blancas basílicas
de los cuatro nevados,
cuyos campaniles cantan
la avemaría de la nieve
en la emoción del ángelus.  

Riobamba.
En la noche fragante del verano
el viejo Chimborazo
-en la oración de nieve de su testa-
eterniza el delirio
del Libertador.

  



Presencia

Por un mar musical, múrice y oro,
en un vuelo de alondra, así cantando,
viene tu voz, perfume y melodía,
a mis nieves de olvido y de silencio.

Escucho el caracol de tu palabra:
cántico de ola o grito de la nube,
bañándome los huertos del espíritu
con aguas de crepúsculos marinos.

Estás en mí, tatuada y esculpida,
estrella, flor de luz, resplandeciente  
en la tiniebla azul de mi honda noche.

Siento en los ríos de mi sangre, vivo,
tu júbilo vernal, miel y armonía
para el tránsito amargo por la tierra.





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