miércoles, 9 de julio de 2014

ALICIA SILVA REY [12.235]


Alicia Silva Rey 

Nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, Argentina en 1950.
Es docente de enseñanza primaria (maestra y bibliotecaria escolar).
Escribió: La mujercita del espejo (1985); Fragmento de correspondencias (1996-2003); Partes del campo (1998); (circa) (2004-2007); Orillos (2006).
Publicó La solitudine (Bs. As., CILC, 2009) y (circa) Años Luz ediciones, 2014.

Colaboró con Gustavo Fontán en el guión de su película La madre (2010). Escribe en  "del Sur", agenda cultural de Quilmes, que dirige Sonia Otamendi.



Hadas
  
La piedra perforada por las aguas del río,
¿permite divisar algo más
que lenta erosión y ausencia paulatina
de bordes? Cernimos  prímulas
-las primeras en florecer-,
porque  harían visible lo invisible.
Luego encontré esa piedra
perforada
por las aguas de un río.


L.P.

Gato leche piedritas canto rodado iguana
tartamudo del miedo Edith
si llueve
no vendrá nuestra madre
¿ha venido? Pepe estará al caer
me miras tú ¿he dicho algo?
¿ya lo he preguntado?
otra vez sí
Leopoldo hilvana el porvenir
en su noche de la memoria oscura.



Carrington

 La bala en la cajita de plata, italiana o francesa.
Todo era tan hermoso, colores de paloma y lavanda,
                                                                                                                     las alfombras,
los árboles afuera, cada pequeño
objeto resplandeciente. Los cubiertos, la fruta embellecen
                                                                                                                        la porcelana
en un jardín en Ashchan. También antes había
fallado en convertir
el deseo, todo
el deseo, en discurso. La cajita de plata hace el silencio
que precede a toda última luz.



Carta vigésima
                                                                              
Y lo que hacías ahí, bajo el terraplén,
 era poner en libertad a una criatura viviente
atada a una cuerda
y lo hiciste para permitirle arrastrarse de                
nuevo hacia su guarida
y olvidaste besar su  escama pálida en la cabeza
y ha habido casos de esos reptiles
que se mordieron las colas
al ser atados maniatados
y era porque ella se parecía a nosotros
que bajaste allí y cortaste
la  cuerda que la sujetaba
y esperamos que huyera y  por un instante                                      
olvidamos
que el musgo alcanzaría nuestros labios
y cubriría nuestros nombres


Carta vigésimo primera

Percibo mi ración de harina y miel
como recompensa por haber permanecido despierta
una noche sobre la manta de ceniza
ceniza un nombre,
contorneo su hueco,
doy forma al agujero de incineración



La Fuga

1

Para que lo recuerdes: durante muchas tardes vigilé ese caballo,
lo movían con esfuerzo, aguas abajo, cerca
de ese festón verde de cactus.
Se aferraban a él,  todo no sucedió  enseguida. 
Primero venían los colores, el tierra siena de la tosquera; 
después el  cuenco chato del  arroyo todavía manso,
que pronto  desbordaría, con  cuatro hombres,
uno casi invisible,
y las herraduras cruzadas  del  caballo, muerto.
Entonces pregunté.  Ninguno, nadie  me respondió.
Las crines eran blancas y los pájaros, altos y delicados,
unas zancudas de la tosquera,
sobrevolaban, a la caída del sol,
el cuerpo de un caballo. 


2

El borde, la orilla del arroyo, un pedregal de  agua.
Me acomodo la ropa revuelta, el pelo. Veo flotar 
contra una franja de tinieblas, el ojo que me había mirado
en la cuneta, ya ves, el ojo abierto de un caballo.


3

Aquellos hombres, dos  o tres, en botas de montar,
se entendían por  señas.
Sentí que no debía moverme ni un milímetro.
No me eligieron.
No era el lugar que me habían prometido.


4

Se aferraban al animal sin  propósito,  no parecían perdidos. Debatían algo con gestos,  todo no sucedió enseguida. 
Pregunté  por las herraduras del caballo, si estaban bien puestas. “Si tiene las herraduras bien puestas, por favor”.
Uno de los hombres tiró del caballo hacia sí, le murmuró al oído.


5

Caía una luz vacilante, había visto antes el lugar,
a esos hombres un gesto les bastaba. No hables
de esto con nadie. Se movían con dificultad
en el cieno de la tosquera.
Llevaban,  a pulso, un caballo.


6

Ninguno tenía la cabeza cubierta.
Estuve mucho tiempo inmóvil apretando con fuerza los brazos cruzados a la espalda.
El último  comienza a andar a saltos hacia mí.
Mueve los labios con esfuerzo.
Es algo que ellos habían ido a buscar, dice.
El agua corre más lenta por las estrías de su piel.
De cerca es más joven que los otros.
Ni siquiera un hombre tan fuerte sería capaz de dar un paso más. Sentí que no debía moverme ni un milímetro. No me eligieron.
No era el lugar que me habían prometido.
Bajaban y subían llevados por la fuerza del agua.  “Fíjense
si tiene las herraduras puestas”, dije. “Por favor”.


7

Durante muchas tardes vigilé ese caballo sin lógica posible
porque era como no tener a quién vigilar.
Todo no sucedió enseguida. El desempeño del caballo, de los niños y del hombre que conducía la escena, fue gradual.
Entonces  pregunté y uno, el más cercano,  me respondió
“es un caballo y va camino de unas herraduras que lo aguardan
ahí abajo, en el fondo”, te lo cuento para que lo recuerdes,
las crines eran blancas y unos pájaros altos y delicados, sobrevolaban la caída del sol.




Orillos, Barnacle, Buenos Aires, 2015.



Hacia


I                                                                            

Siempre ha de estar fresco, aquí,
en la corriente creada
por la abertura de dos puertas
que dan al sur, al norte.
Cierta húmeda frescura,

y la más lenta espera.


II

Nos reúne, nos alimenta, nos separa.

Reunir.
Alimentar.
Separar.

Acerca lámparas a merced de una lluvia
que se desencadena
a la luz de esas lámparas.
También nos amenaza con la luz,
que nos quita, con la sed,
que nos quita.


III

Nos reúne, nos olvida.

Doy cuenta de que olvida.

Tocarla.


IV

De su abandono nos extrae la infancia
que sus lámparas crean.

No la toques.


V

Algo hinchada, desnuda, limpia
aún en el agua viscosa.
Cálida. Indivisa.
Compuesta al infinito, quién sabe,
un cuerpo, un pensamiento.


VI

Un lugar otro, un amor
otro: sólo alcanzable
como idea.





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