jueves, 3 de julio de 2014

ALBERTO SPIKIN-HOWARD [12.150]




ALBERTO SPIKIN-HOWARD

Alberto Spikin-Howard (Santiago de Chile, 1896 - ¿?). 
Médico, doctor en siquiatría, poeta y escritor.





R.I.P.

Entre dos fechas yaces prisionero,
mudo como un parèntesis cerrado;
tu escaso nombre guardan lapidado:
el final y el comienzo del sendero.

Cerca de tu morada aire ligero
sacude el pino adusto, ensimismado
que te acompaña, mùsico severo,
con su leve tañido prolongado.

Mi sombra y yo acudimos a la cita
en busca del recuerdo bien amado.
Aire, silencio, pìno, todo invita
denuevo a recordar lo recordado.

Alguen tu nombre musical musita.
Escucho: es sòlo el viento que ha pasado.



De ayer y de hoy
Autor: Alberto Spikin-Howard
Santiago de Chile: Androvar, 1963

CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1963-05-05. AUTOR: HERNÁN LOYOLA
¿Se puede hablar de “poesía inteligente”? Es lo primero que se me ocurre al revisar este interesante libro del –según informa la solapa- médico, psiquiatra, músico, profesor universitario y periodista Alberto Spikin-Howard. Tanto en los versos “de ayer”, como en los “de hoy” se advierte, no esa fuerza lírica torrencial de la gran poesía sudamericana, sino el predominio de un factor de lucidez intelectual, de una inteligencia lírica con aire de universidad europea no turbulenta sino discretamente desequilibrada a ratos, no fría sino atenta –en los sonetos “de ayer”- a la exactitud lógica y armónica de los versos. Pareciera que Spikin-Howard diseña su poesía –especialmente la “de hoy”- con cierta perspicacia intuitiva y “mundana”, con destreza de hombre seguramente viajado, leído y familiarizado con diversas disciplinas culturales.

Este poemario de Spikin-Howard no es, por cierto, un libro del montón. Su nivel de calidad deberá otorgarle un lugar destacado dentro de la producción lírica de 1963. El título marca claramente las dos zonas del libro, lástima que sin señalar los hitos cronológicos de composición. Los poemas De Ayer, compuestos, según normas poéticas tradicionales incluyen un breve poema inicial –una especie de raciocinio escéptico a lo Campoamor-, ocho sonetos, dos poemitas melancólicos, y una bien lograda “Canción” en cuartetas octosilábicas. Los sonetos muestran, en general, una maestría técnica poco frecuente entre nosotros, y algunos de ellos estructuran y desarrollan de un modo excepcional su sustancia lírica, no obstante cierta atonía expresiva. El cedazo intelectual, por lo demás, no alcanza a dañar el frescor y la diafanidad lírica de la “Canción” (p. 22), construida, según moldes de cierta poesía popular y tradicional española:


“Puse a secar mi dolor
en un verde limonero.
Si se marchita la flor,
¿será dolor verdadero?
Eché a caminar mis penas
por la alameda otoñal.
Si verdecieran las hojas,
¿acabaría mi mal?”



Los poemas De Hoy, naturalmente, tienden a desprenderse de las formalidades técnicas. Veamos los títulos: “Uno Se Halla En Las Cosas Familiares”, “Pasaporte y Certificado de Antecedentes”, “Lo Que No Se Puede Decir Ante La Gente Seria y Distinguida”, “Cosas Que Se Llevan Por El Mundo”. Huelen a antipoemas de Nicanor Parra o a versos de Mario Ferrero en la “Cuarta Dimensión”. Efectivamente, algo tienen en común:



“Llega el día fatal y me aproximo
hasta un mesón hela y burocrático
en donde nunca se apoyó un borracho
ni se cantaron los al dios Baco

Por fin me alargan un papel sellado,
un documento y un retrato:
en el primero (cosa extraña)
no tengo antecedentes.
El segundo
muestra mi faz atribulada”.



Hay algunos aciertos en estos poemas De Hoy, pero a ratos el poeta pierde el control de su ingenio y se excede o se retuerce, con desmedro de la potencia lírica. En todo caso, este libro parece reflejar un punto de vista que no suele expresarse con nitidez ni con frecuencia en nuestra poesía: el punto de vista de una pequeña burguesía culta, refinada e inteligente, que a menudo percibe con lucidez las contradicciones, convulsiones y miserias de esta sociedad en que vivimos, lo cual les impide situarse explícitamente en posiciones reaccionarias abiertas (como la literatura de evasión), pero tampoco los define con claridad. Simple y discretamente se abstienen, con un pequeño dejo de hastío. Cuando más –como en estos poemas De Hoy- se quejan con elegancia o con ironía displicente, o hablan vagamente de “la soledad y la angustia del hombre de nuestro tiempo”. En general, y porque en el fondo son reticentes a una transformación radical de la sociedad, deambulan por entre los prosaísmos de la vida con una mirada ausente, con un aire de dioses desterrados.




CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1963-07-07. AUTOR: LEÓN OCQUETEAUX
Durante largos meses fuimos lectores apasionados de las crónicas periodísticas de Alberto Spikin-Howard. Nos seducían en ellas, además de las indudables condiciones de estilo, el conocimiento del hombre y sus circunstancias, así como su amenidad, que no necesitaba de las concesiones al mal gusto o a la vulgaridad para imponerse.

Recientemente, sin embargo, y no por obra del azar, tuve la oportunidad, a través de largas charlas, de seguir su trayectoria artística y humana. Pronto supimos que por esos días aparecía un libro suyo, un breve poemario incluido en la Colección “Androvar”, que edita y dirige Luis Rivano. La obra se llamaba simple y modestamente “De ayer y de hoy”.

Lo primero que resaltaba en ella era la autenticidad y la necesidad de que hubiera sido escrita. Mérito inmenso para un país en que a menudo se editan tantos libros inútiles.

Así, con este primer antecedente, nos adentramos en la lectura de sus creaciones. No analizaremos, con mayor detención, la parte inicial del libro, sino para señalar cómo, aun empleando “palabras de billonésima edición”, puede hablarse convincentemente de aquellos temas eternos como el amor, la soledad, el olvido. Tampoco se puede dejar sin mención la maestría en el manejo de las formas y conceptos de la inmensa totalidad de sus sonetos, cualidades estas que con seguridad Pedro Prado hubiera elogiado.

Pero son, precisamente, los poemas “De hoy” los que ofrecen mayor interés para nuestro análisis.

Como es ya de común consenso, existen en nuestra poesía una corriente llamada “cuotidianista”, a la cual pertenecen en verdad los más importantes exponentes de las nuevas promociones. Tratan estos autores de captar o recuperar el mayor bagaje de vivencias para trabajar con los materiales antipoéticos y prosaicos que constituyen nuestra diaria existencia, elevándolos a un plano donde incluso lo negativo en el sentido estético adquiere categoría de belleza.

No está de más recordar que fue T. S. Eliot el primero en dar sentido artístico y trascendente a todo este cúmulo de vivencias, que eran consideradas tradicionalmente antipoéticas:



“Vamos por ciertas medio desiertas calles;
refugios susurrantes,
de afiebradas noches en pobres hosterías,
y restaurantes de aserrín y conchas de ostras”.

“El Canto de Amor de J. Alfred Prufrok”.



Estas mismas experiencias fueron asimiladas por Pablo Neruda, quien alcanzó grandes logros expresivos dentro de esta modalidad, sobre todo en la etapa de “Residencia en la tierra”.

No es en vano que citamos estas someras referencias para establecer una relación de continuidad en el quehacer poético de Alberto Spikin-Howard. En efecto, desenterrando una cuota envidiable de experiencias, alcanza un total dominio expresivo, empleando en la arquitectura de sus poemas giros ingenuos o abiertamente prosaicos, revestidos de un humor agridulce que no teme recurrir al cinismo o al tono frívolo para dejar testimonio de la decadencia de un sector de nuestra sociedad. Poemas como la convincente y mordaz diatriba a la burocracia. “Pasaporte y Certificado de Antecedentes”, y ese quemante documento “De lo que no se puede decir ante la gente seria y distinguida”, nos están hablando de su rebelión ante un determinado orden de cosas.

Por otro lado, el sentido de nostalgia que nos comunica cuando nos narra su infancia, sus recuerdos, sus viajes, nos entrega su medida y definición ante los hechos, revelando el sentido de bondad y comprensión para sus semejanzas que caracterizan su actitud vital.

Como pertenece a esa categoría de escritores que Gaetan Picón llama “inteligente”, vislumbra acaso alguna luz salvadora cuando en “Versos de ciego” nos dice:



“Yo no sé cómo escriben los poetas
con los ojos abiertos,
contemplando
tanta miseria en derredor...”


Esto en absoluto, creemos, contrasta con su credo estético:


“...las palabras oportunas
caen como la lluvia inesperada
o crecen
como las hojas de los árboles...”










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