lunes, 16 de junio de 2014

RODRIGO AMAURO [11.927]



Rodrigo Amauro

Rodrigo Amauro, pseudónimo de Mauricio Falciola Franzetti (Santiago, Chile 1914). Poeta. Autor de los libros “Sagitario” (1950), “Tiempo detenido” (1953), “Chile oceánico” (1964), Orbe Inconcluso (1990).

Fuente: “Orbe inconcluso y Gato encerrado, dos sorpresas literarias”. Por Mario Ferrero (Fortín Mapocho, 16 de diciembre de 1990).


EL ÁLAMO

En las hojas crepita y bulle el álamo,
de pie batiendo el día en su alto enjambre.
En la espuma sonante de las frondas
su cuerpo elástico alza las distancias.
Arpa de la luna, hoguera del viento,
tremolante vigía en los sembrados,
alegre manantial de los rumores.

El pecho de la loica vocinglera
que poncela de rojo el campo seco,
severo de negrura el tordo en vuelo,
el zirzal y los pàjaros humildes
en su entraña le llevan una rama
de quintral que germina mientras cantan,
cuando el viento cansado lo desnuda.

El pie rugoso descubre su raigambre
de retorcidos nudos que se extienden
sobre la soleada ruta agraria
que espuela las distancias en silencio;
sobre el manto de polvo de la ojota
que ya tiene un destino como el árbol
que nace y va muriendo entre sus limites.

Pastor de las estrellas y las nubes
embozado en la sombra de la tarde;
perfil dorado del enjuto otoño,
torso de paz sobre los techos pobres
o deshojado mástil melancólico,
señor del horizonte, solitario
en todos los caminos surge el álamo.







Sagitario
Autor: Rodrigo Amauro
1950



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1950-09-03. AUTOR: MISAEL CORREA PASTENE
Es indudable que la poesía ha tomado en este siglo un tono personalista y lírico que llamamos modernismo. Se subjetiviza, acaso con exceso. ¿Es que vuelve a su cauce primitivo?

Porque lirismo o si queréis, subjetivismo, es la forma primera de la poesía; es el grito de dolor o la reflexión que provoca el dolor. La admiración que despierta un acto heroico, un sacrificio o una pena provoca el poema, la relación sentimental de un hecho o de una vida, mirada con admiración.

Pero, esta evolución de la poesía tiene en nuestro tiempo un cariz propio; es tan personal y a la vez tan universal en su aplicación que parece salirse del cauce racional para entrar en el mundo tenebroso de un paisaje en que se barajan y mezclan todos los conocimientos, los aspectos de las cosas y los pensamientos que sugieren en tan confuso enredijo que se pierde la línea que los separa y diferencia. De ahí que para quienes se han habituado a mirar lo que pasa y a diferencia y clasificar las cosas, el modernismo deba llamarse confusionismo; y es que en realidad, produce confusión en las ideas porque la ha puesto primero en las ideas e imágenes.

Es lo que me pasa con la mayoría de las poesías que hoy salen a la luz. La mezcla de elementos extraños quita toda la caridad al pensamiento; el modo cómo según el poeta, actúan unos sobre otros, confunde las ideas que llega el caso de no entrever lo que el poeta siente o piensa.

Y esto me pasa con “Sagitario” del señor Amauro.

Las poesías contenidas en las cincuenta páginas del libro principian con una llamada “Norte”. Sin duda, es el norte geográfico, salitrero, y principia así:


“Inmenso sueño de la llanura
y de los mares abiertos.
En las vacías edades de la espuma
Blanco fuego del silencio
Norte de pampa y sal, frente pura,
del letargo y las horas del cielo
Calcinado el sudor de rotas manos
Y atado a los mineros
Pechos de carne a grito inmolados
A los desiertos de la fatiga
Ubres de sol tenaz y de llanto
Postrado en el marfil de las cimas
Y sigue describiendo la pampa.
Yacen esparcidas montañas
En la arista crucial de los ojos
Y un abismo de sombras
Trasudando en la noche sola”.




Creo que ni Ud. lector, ni yo, vea en lo transcrito la pampa salitrera, la desierta extensión en que consumimos los esforzados trabajadores que arrancar el oro blanco de sus duros terrones que van a fecundar tierras extrañas.

Es el lirismo en uso. Y es un lirismo triste o que quiere serlo, que se pierde en el tejido de imágenes inconexas e ininteligibles.

Supongamos, no obstante, que el poeta no ha acertado a ver la pampa como es, desolada y dura y la forma que se deshidrata y seca en la dura brega de extraer el caliche. Veamos entonces otra poesía cualquiera, tomada al azar.

“Raíz del alba”. Suponemos que en una descripción del alba que nace o de un final de noche, de que sale.



“Desde el ave cortada
Con sus ojos llenos de alas y tibia muerte
hacia la hora lenta de las raíces va la noche
flotando en la memoria azul de sus vientos”.



Claro está que no entiendo lo del “ave cortada con sus ojos llenos de alas y tibia muerte”. Solo una nota tiene sentido:

“El eco agudo del gallo rasga los muros de la noche”.

Pienso que es una de las pocas flechas que lanza “Sagitario”, que lleva un rumbo y un sentido.

No; esto no es poesía ni cosa digna de canto.







Chile oceánico
Autor: Rodrigo Amauro
Santiago de Chile: Del Pacífico, 1964


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1965-02-14. AUTOR: HERNÁN DEL SOLAR
Autor de “Sagitario” y “Tiempo detenido”, Rodrigo Amauro no es poeta que taconee por las antologías o las revistas, que asista visiblemente a las comidas literarias, que espere a sus colegas a las puertas de algún café para leerles –dentro o en la calle- el último poema llegado del limbo. Silencioso, modesto, se mantiene aparte y si bullicio del grupo prefiere la tranquila soledad donde va realizando su labor poética.

En este libro, que prologa el poeta Mario Ferrero, el autor vuelve su poesía hacia Chile y la pone a servir su historia, su geografía, su espíritu, cantándolos con amor, sin exageraciones, con palabras cuidadosas y precisas. Dice el prologuista con mucha exactitud: “Los que escribieron algún libro sobre nuestra patria, no siempre pudieron evitar los dos peligros a que puede verse enfrentado el poeta: caer en la retórica, desvirtuando la razón de ser del canto, o quedar en la simple crónica, en la consignación rimada de los hechos históricos tradicionales”. Estos dos peligros, por desgracia, no han sido ni son evitados de manera alguna por numerosísimos rimadores que parecen estar convencidos de que para ser chilenos y ser tenidos en cuenta como poetas deben, necesariamente, darle un vistazo más o menos endecasílabo o sin metro a nuestro país. Nuestra literatura se está repletando de una retórica insoportable que embiste con nuestro Norte desolado, nuestro Centro próspero, nuestro Sur lluvioso, repitiendo imágenes, sonidos e intenciones librescas de “chilenidad”. De aquí que Mario Ferrero, buen poeta y consejero de poetas, le indique a Amauro dónde están los escollos. Y Rodrigo Amauro los salva con agilidad, sin caer en ellos por la simple razón que los mantiene lejos de su canto.

En “Efigie de Chile” –primera parte de la obra- Amauro se inclina sobre el aborigen, la Conquista y los días coloniales, destacando la forja de la Patria libre; en “La patria de las cumbres” –segunda parte- se recorren los valles, los montes, el mar; en “La Tierra del océano” –última parte del libro- el poeta se asoma a ciertos rincones y los señala bellamente.


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