domingo, 22 de junio de 2014

MARÍA CRISTINA MENARES [11.991]



Los escritores María Cristina Menares y Theodoro Elssaca, en la entrada de la Sociedad de Escritores de Chile, después de una animada tarde de tertulia literaria.



María Cristina Menares

(CHILE,  1914-2012)
Poetisa y música chilena, agregada cultural en diferentes países y galardonada con varios premios literarios; ha escrito los libros Pluma de nidal lejano (1935), La estrella en el agua (1941), Raíz eterna (1942), Lunita nueva (1952), La rosa libre (1958) y Cuentos de patria o muerte (1970), entre otros.



Parte de la recién presentada  "Antología Caballo de Fuego - Treinta Escritores de Chile", son los primeros poemas de María Cristina Menares que reproducimos aquí:




VIGILIA DE AMOR EN HANGA ROA

Sólo en sueños puedo amarte,
hombre de piedra.

Hombre
tallado en la cantera
del volcán Rano Raraku;
vigilante milenario,
dios altivo.

Yo presiento
que en las noches en que suelta
su aromático aliento
el eucaliptus,
me escudriñas con tu estática mirada.

Otras veces
es tu voz la que me alcanza
a través dela distancia,
con clamor petrificado.

No me busques,
no me nombres
ni me implores
desde nubes de una atmósfera intangible
de sombras y reflejos.

Entiende que la llama del amor
no resplandece
de gélidas caricia escarchadas.
y por eso, no me ruegues,
ni me invites a besar tus labios fríos,
ateridos
por la nieve endurecida de lo siglos.

Porque yo
sólo en sueños puedo amarte,
Moai Maea:
¡cuando el cielo se ilumina
con la luz de las estrellas,
y la noche con sus sábanas sombrías
cubre el justo letargo de la tierra!

(De Magia de Rapa Nui)





INDOAMÉRICA LIBRE

Hermano,
sometido hermano indoamericano,
nacido entre raíces
de la selva boliviana: 
déjame escuchar las quejas de tu quena
cuando el frío altiplánoco detiene
el ritmo entumecido
de tus sienes.

Déjame sentir tu desfallecido aliento
cuando el látigo del amo
te esclaviza
por un trozo de pan como salario
y una manta para el sueño de tus huesos.

Déjame calmar ahora
la angustia macilenta de tu rostro
cuando curva la fatiga tu espaldas
y la Muerte, desde lejos,
con su mano descarnada te señala.

¡Despierta ya!
Despierta, hermano indígena del sur,
que una era venturosa se aproxima
si elevas tu mirada hacia la luz.

La piña tropical
y la guayaba
ya endulzan la boca de tus hijos.
Por el cielo americano te saludan
las alas del cóndor y el quetzal.

¡Rebélate por fin!
Arroja para siempre tus cadenas
y empuña decidido tu fusil:
es hora de los pueblos liberados,
como antaño con fe lo refrendaran
las banderas promisorias de Bolívar
y altruistas postulados de Martí.

(De Cantos de Patria o Muerte)





DÉJAME QUE TE QUIERA

Déjame que te quiera
así, calladamente,
Sin ansias, sin palabras,
sin inquietud.
como humo que muere
en el azul.
Como una melodía
que se olvida.
Sin risas estridentes
de alegría,
sin llanto quejumbroso
en el dolor.

Quieta, ahogadamente,
sin voz.
Que sea mi ternura
como el eco
de dos alas que vuelan
a lo lejos.
Como sombra perdida
en el confín.
Déjame que te quiera
silenciosamente.
Sin ansias, sin palabras,
¡así




La estrella en el agua
Autor: María Cristina Menares
Santiago de Chile: Zig-Zag, 1941


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-03-23. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Después de Gabriela Mistral, la poesía femenina en nuestro país ha adquirido cierta prestancia que la destaca; son nuevos temperamentos femeninos que afloran en las voces de María Monvel, María Antonieta Le-Quesne, Victoria Contreras, Aída Moreno Lagos, María Baeza, Patricia Morgan, Victoria Barrios, Chela Reyes, María Cristina Madrid, Stella Corvalán y María Cristina Menares que hoy nos ofrece su segundo libro. Había publicado en 1935 su primera obra, “Pluma del Nidal Lejano”, que reunía su labor de 1934 y 1935. Es este libro el primer paso en esa poesía de la adolescencia que pone su inquietud en el espíritu y nos torna soñadores; afina la voz y purifica la visión de las cosas de la tierra.

María Cristina Menares vivió intensamente esa poesía de adolescencia; cantó en tono menor y poetizó antes de encontrarse con la poesía misma que ahora parece poseer casi en plenitud. Fue ese un buen comienzo en el camino que nos la trajo como una muchacha de febriles esparcimientos, amiga de la vagancia imaginaria y que sabía de palabras aureoladas por el amor.

Ahora ha encontrado su “Estrella en el Agua”. Su río se ha visto iluminado por esa sortija de la noche que la poetisa canta como si fuera un pájaro que se le ha escapado de las manos.

Lo que en su primer libro era solo promesa en este nuevo libro es realidad que deleita y que a la vez anuncia un futuro de madurez poética. María Cristina Menares permanece aún en la pre-madurez lírica, busca el camino, lo encuentra y lo pierde y continúa en esta vuelta apasionada en torno de la estrella que está deshilachándose en el río…

¡Cómo son los ríos de los poetas! Los demás hombres que nada entienden o no quieren entender, pasan displicentes junto a ellos y suelen sonreír de lo que ellos cantan. María Cristina Menares tiene su río de horas y es éste un río con una estrella plateada como un pez que la mira y la empuja.

En todo el libro encontramos una poesía delgada y fresca, muy femenina y de acento personal. Falta a los poemas de María Cristina Menares mayor fuerza humana y consistencia; ella se ha dejado llevar por temas ya muy conocidos que, aunque los interpreta con acierto, no nos traen una novedad en el misterio de lo poético. Hay demasiados lirios, agua y luna; a veces suelen llegar los ángeles y los olivos…

Se distingue la poesía de María Cristina Menares por cierto aire de cantar que ella tiene, como cuando dice en “Yo tengo para quererte…”:



“Yo tengo para quererte
los ojos más transparentes.
Caricia de rosa intacta
y voz tenue de campana.
Lirio azul de mi ternura
curvado sobre tu frente;
frescura de gota blanca
yo tengo para quererte”.



Hemos señalado que esta poesía de María Cristina Menares, a pesar de su consistencia de espuma, y acaso por eso mismo, envuelve una gracia que la caracteriza. En su poema “Jazmín de María Carlota” leemos estos versos ingeniosos y que deleitan por el ambiente de cosa pura, casi de infancia, que ellos encierran:



“Madre:
con mi naranja de dulce
yo me quisiera casar,
así tendría por hija
una ramita de azahar.

-Ay, esta niña, las cosas
en que se pone a pensar…

Dentro de un tallo de junco
yo me quisiera esconder,
para que hubiera en mi boca
dulzura de flor y miel.

-Ay, esta niña, las cosas
que desearía tener…”



La poetisa es, sin duda, la niña que ha conseguido tener esa dulzura de flor y miel que a veces la perjudica porque resta transparencia poética a sus versos de “La Estrella en el Agua”.

Hay cierta influencia de Federico García Lorca que tiene aquí su caballo corriendo en la noche, el aire que ondula, la novia… Encontramos la presencia de la poetisa, en pleno dominio de su inspiración en “Historia de Alida” que así comienza:



“Alida
era el nombre de la niña
que un día amaneciera dormida
en el lecho del bosque.

La que desde aquella mañana
viviera sonrojándose la risa
de amapolas
y llenándose la falda de espigas,
mandarinas y guirnaldas”.



Encontramos hallazgos tan hermosos como este de “Matinal”:



“La niña del aro rojo
quiere teñir la mañana
y lanza la rueda viva
como manzana”.



En “Romance de la una”

“Se ha ido al pajar la luna
para tener sueño blando,
seca música de paja
con su murmullo de campo”.



María Cristina Menares no olvida la belleza siempre florida de su tierra; se asoma al campo y vibra en el pañuelo de la cueca:



“Cueca del pañuelo blanco
y el brindis de chacolí,
que bien bailada te baile
el que suspire por mí.

Chupalla de tres colores
para la siesta en el río,
dame tus alas de paja
que a tu sombra confío”.


Y podríamos citar numerosos versos de esta poetisa que ha encontrado la desnuda belleza que camina derecho hacia la obra totalmente conseguida; ya tiene su ruta que no habrá de perder.



Raíz eterna
Autor: María Cristina Menares
Santiago de Chile: Impr. Universo, 1942

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1942-08-16. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA

Cumple María Cristina Menares la tercera etapa de su labor poética en este libro, cuyo título es una confirmación de la calidad que ha alcanzado su poesía. Fue primero, en 1935, “Pluma del Nidal Lejano”, y después, en 1941, “La Estrella en el Agua”, la manifestación de su temperamento de poetisa delicada y poseedora de cierta gracia que la caracteriza.

Bien comprendía María Cristina Menares que su poesía, si bien ofrecía soltura, diafanidad y colorido, estaba ausente todavía del vigoroso impulso que da la verdadera raíz; la búsqueda personalísima del sortilegio de las palabras, los pensamientos y las imágenes.

Nuestra joven poetisa cumple, en primer término, con estilo personal, ajeno a toda vulgaridad. Ya sabemos que el vulgo es el gran enemigo de los poetas verdaderos y que querría que ellos fuesen solo versificadores para poder entenderlos… No quiere decir esto que la poesía de María Cristina Menares sea en “Raíz Eterna” una poesía ininteligible, no; hay en estos poemas claridad que no está reñida con la hondura; suavidad que no llega a la molicie. Ella viaja mucho por el subconsciente y deja en esos senderos progresar sus pasos. En “Época Transparente”, dice:



“Encima de estas hojas mal quemadas,
dejo crecer mi sombra hasta que lleguen las estrellas;
hay algo de mí misma
entre las ondas de este humo tan antiguo
y una trémula voz que armoniosamente me circunda.”



De la lectura de estos nuevos poemas de María Cristina Menares se infiere, indiscutiblemente, que ella está dotada de verdadero temperamento poético, que busca sus caminos y que muy a menudo los encuentra; tal vez la traicionan las palabras y ce en repeticiones que debilitan la expresión.

“Raíz Eterna” es un libro que tiene unidad de estilo y de concepto; están bien engarzados los temas, y las imágenes suelen ser de una novedad no despreciable. Mira la naturaleza y, sin caer en descripciones, nos sugiere símbolos terrestres de donosa factura y deja que el verso la posea como un encendido canto, igual al suyo que salta a borbotones, agua de montaña y ola salobre; porque en la poesía nueva de María Cristina Menares está el océano y la cima. Es necesario que la poetisa no se extravíe en tanta inmensidad.



Lunita nueva
Autor: María Cristina Menares
1949


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1949-06-05. AUTOR: MISAEL CORREA PASTENE
Este libro, muy bien impreso, lo ha sido en los talleres de la Casa Hogar San Pancracio, y consta de 78 páginas.

La autora es bien conocida en las letras chilenas; ha publicado ya cuatro libros de poemas, que con este quinto, tocan temas infantiles. “Lunita nueva” se da a luz, bajo los auspicios del P.E.N. Club de Chile.

Los poemas para niños solicitan la pluma femenina. En el alma de la mujer hay siempre una madre tierna y una maestra de primeras letras. Los hombres, salvo una excepcional condición psicológica, no son aptos para esta poesía acariciadora, tierna y aconsejadora, que con tanta sinceridad vierten en estrofas quienes nacieron con el don de la armonía, y en prosa, quienes prefieren la música sin ritmo cadencioso.

Es verdad que hoy el ritmo ha tomado el camino de la demagogia que perturba el mundo, y que al paso medido y espaciado del vals ha sucedido el saltón y enredado de la rumba o la conga; pero se nota lo que en todo exceso, que lentamente la vivacidad aminora y la vieja cadencia vuelve, algo modificada.

Me extravío. El verso de la autora no tiene que ver con tendencias modernas. Si ella combina estrofas de dos o tres versos con cuartetos, lo hace para seguir el movimiento ideal del niño; lo mismo cuando los escribe por pares, aunque en realidad no sean pareados.

Pero son minucias. Ella traduce el pensamiento infantil directamente; es siempre el niño quien habla:



“Con mi cabalo de palo
voy a dar la vuelta al mundo,
no le tengo miedo al diablo
ni a los caminos oscuros”.



“Mamita, mamita:
ya sé mi lección,
¿me darás galletas
castañas, turrón?”



En la colección de poemas hay, como es lógico, canciones de cuna. ¿Qué madre no se detiene conmovida y pensativa ante el misterio del sueño? Pero, en su alma realista, sabe que es el descanso reparador, y lo atrae con cadencias sedantes. En la “Ronda del sueño”, conjura a los animales ruidosos a que callen.



“Cállese campana
váyase zorzal
mi comadre rana
deje de cantar,
ya la noche viene
con su oscuridad
y mi linda niña
tiene que dormir”.



Estas poesías giran alrededor de las cosas que los niños ven y sobre las cuales tejen sus vagas aspiraciones.


“Si yo fuera niña
quisiera ser
espiga
y cimbrar mi cintura
al vaivén de la brisa
y saber como viven
allá arriba
las nubes
los pájaros
la lluvia
el sol
las mariposas”.



Hay en todos estos poemas la aparición de una inteligencia cordial que observa, expone y traduce el sentir de la infancia, que se despierta a mirar el mundo; y lo hace con sencillez y claridad. Una hábil dibujante, Gaby Cruzat B., ilustra el tema, con líneas firmes y delicadas, que dan una semblanza claramente infantil.




La rosa libre
Autor: María Cristina Menares
Santiago de Chile: Eds. del Grupo Fuego, 19558


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1958-07-24. AUTOR: ALONE
Las canciones de amor de María Cristina Menares, los suspiros, algunas voces de alegría, por aquí y allá entremezcladas a versos tristes, a imágenes que recuerdan otras imágenes y vagamente llevan una fecha, pertenecen a determinada corriente, un tanto desteñida, y podrían fijarse en cierto grupo, en cierta época; pero abren paso, al fin a unos “Cantares chilenos”, cuya ágil frescura contrasta con los poemas precedentes e indica la veta viva, el acento personal, materialmente pospuestos, pero que vibran y cantan mejor, no sin malicia.

Diríase que la autora se ha desconocido a sí misma.



“Cueca del pañuelo blanco
y el brindis de chacolí,
que bien bailada te baile
el que suspira por mí”.



María Cristina Menares les había hablado a los niños y su tono conserva un pudor delicado cuando pisa otros terrenos. Ahora está de fiesta. Se entreven los distintos colores y el ritmo ha cambiado; pero no ha perdido la compostura ni se desata los cabellos; la sonrisa es leve, el ademán, gracioso, la insinuación avanza con fineza.



“Espuela de pura plata
para el que gane el rodeo
un vaso de chicha baya
y esta huasita sin dueño”.



Ecos del romancero tradicional, venidos desde las lejanías del idioma, repercuten trayendo su música, su candor, aromas campestres y una añoranza sentimental evocadora de rasgueos, bajo la ramada, cerca del aire libre.



“Porque dices que me quieres
pides tanto toronjil:
para yo quererte menos
¡Ay, cuánto habré de pedir!
Cuácara azul y blanca
luce el huaso endomingado:
¡De mirarle las espuelas
se ve que está enamorado!
Por maquis y zarzamoras
salió al alba Rosalía,
vacía trajo la cesta
pero la boca encendida”.



Hasta las sílabas que faltan y hacen cojear ligeramente la estrofa añaden gracia al canto y lo visten de una percala rústica donde el ensueño juguetea.

Les hace bien, a veces, a los poetas, no tomarse demasiado en serio y dejarse ir al hilo del viento que pasa.










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