martes, 17 de junio de 2014

MANUEL MUÑOZ ASTUDILLO [11.934]

 
Manuel Muñoz Astudillo

(Quirihue, Chile   1942)
Nació el 24 de diciembre de 1942, en Quirihue, tierra que acoge permanentemente en sus escritos desbordados de costumbres y nostalgias. Es abogado de profesión y entusiasta poeta. También ha incursionado en el relato publicando un texto en el que recoge algunos mitos urbanos desgarradores y violentos. El poeta reside en Concepción.
Manuel Muñoz Astudillo, es el vocero del amor perdido, de aquella mujer que no regresa y que deja silencios y oscuras ausencias en el alma de este poeta.  Desgarra las horas verdes y mustias de la selva amazónica, añora el trópico en Colombia y su furia la vierte en el deseo de un guerrillero que ¡jura! unirse a Al Kaeda para morir- dolido por el amor frustrado y ausente- por una causa que valga la pena, cualquiera, no importa, pero parece morir de rabia con la amargura del desamor.






        “Nunca viniste a este lado del paraíso
        Mi calle era de adoquines
        Las tejas lloraban Agostos
        Y una pelota 
        Golpeaba mi ventana
        Ahuyentando los versos
        Del poema
        Que nunca llegó al cuaderno
        Por eso no viniste
        Pero mi nombre saldrá en los diarios
        Cuando sepan que he muerto
        En la selva colombiana
        A donde me he ido a  combatir la oligarquía 
        Y a matar tu recuerdo.





A estas alturas

A estas alturas
nadie puede ser culpable
por haber llenado sus alforjas
con el polvo del camino,
de haber tirado al aire
los relojes
y las cosas
que ocultas en tu rostro
duro y maduro de piedra
de granítica tuteladora
de reposo original
del viento,
de vigía absoluta y eterna,
sobreviviente necesaria
de todos los desastres,
anomalía mineral
testigo presencial y silenciosa
en todas las dimensiones
del tiempo,
hermana fraternal del musgo
y de los líquenes
una ciudadana de este mundo
sin número anotado
en los registros,
tierna amiga
en la hora de los pies adoloridos
…………………………………

Cuando la noche se haya detenido
y monte mi caballo luminoso
hacia el Oriente
no te olvides de mi nombre.

En Sur de Mayo, 1983





EL HUERTO

En nuestro patio madura un verde lenguage,
allí los pájaros
y la hierba doméstica inscribe su nombre
adormecida en los murmullos de mi madre
y sus viejas canciones 
pulsando  arpegios  del agua

que brota de sus manos.

La memoria se detiene en el cálido instante.

Tenue fotografía  en la pared del tiempo 
mientras los sueños desmoronan el alba.

La sombra de los pájaros ha seguido su vuelo
hacia infinitos círculos interiores
porque el tiempo acalla los cantos maternales
y el oído se prolonga en vano 
tras la verde armonía. 
del  agua.







MIRANDO LAS ESTRELLAS. (autodedicado)

Hoy
no puedo siquiera
                     hilvanar un verso
Por eso he decidido
Abrir el vaivén del péndulo
Y detener el tiempo un instante
En la invisible piel del calendario
                             Tal vez
                              te he dicho mil veces
O ha estado permanentemente
                              en mi silencio
este inútil afán
Que incita y excita
Porque
Aunque la voz nos duela
y el susurro viva
                  en el túnel de la conciencia
                  los muertos
siempre quedamos mirando las estrellas.





PUERTO LAUTARO

Símbolo amarillo justo en medio
de la lucidez cálida del día.

Mar agotado de lanchas y lancheros.

Mancha de colores, multitud muda,
desordenada y vagabunda
inunda la explanada.

El puerto se nutre, entonces,
de luz en movimiento.

Columnas de humo sostienen el paisaje.

Fábricas desangran venas metálicas
en la orilla del mar.

El Mundo
muere un poco en la oxidada resaca.

Barcos enmohecidos navegando estrellas
la ciudad trepa la cuesta
desguasándose en mitad del cerro.

La vida cae al fondo oscuro de los ojos
donde no alumbra el sol.





PARAISO.

La tarde nos sorprendió desnudos en el Paraíso
acariciando la jugosa manzana
que tanto dolor de cabeza ha traído
desde que nos marchamos por el sendero del bosque
a vista y paciencia de todo el mundo.

Pobre de ti, amada.
Los rumores llevaron tu azotado cuerpo
por la dolorosa vía de la amargura.
Vestías las llagas de la insidia
y los lirios que adornaban tus cabellos
tornáronse agudos cardos
cuando presentimos creación y muerte
conjugarse el mismo instante.

Tu madre y mi madre guardaron respetuoso silencio
pensando que nos habían perdido para siempre.
Luego bebieron toda el agua bendita de la Iglesia
desbordando el altar de padrenuestros.

Todo fue en vano.
Los dioses fuimos nosotros mismos
desvestidos árboles de otoño,
templos de consumación y letargo.

Desde allí trenzamos vuelta a vuelta
los hilos de sangre,
vertiente cálida en el océano paralelo de los vientres,
alimentando desesperadamente la afiebrada boca de los cáliz
hasta romper la voces en una lluvia de silencios
y volver
a la quietud del amor y el Paraíso.







ALGUNA VEZ

Alguna vez fuimos únicos habitantes.
Todos habían seguido la huella de sus sueños
El pequeño círculo de la Tierra nos pertenecía.
La Osa Mayor descendía luminosa entre el follaje de tu selva.
La Cruz del Sur derramaba puntos cardinales alrededor del ombligo
para que mis labios no se extraviaran en mitad de tu cintura.
Mientras tus párpados desbordaran amaneceres.

El olvido al final venció la noche.

Entonces también me fui tras ellos.
Polizonte del primer barco de papel
que naufragó en un charco de primavera.

He seguido sólo acompañado de la ausencia
Para juntar los meridianos de mi espacio
desordenados por la lluvia que me enviaste por correo.

Ahora debo echar al olvido que casi fuimos nuestros
y nos besó el otoño a la misma hora.
Dejar que el humo del cigarro se lo lleve el puelche
porque los astros de la adolescencia se apagaron definitivamente.






SI AÚN ME RECUERDAS.

Si aún me recuerdas bajo una lluvia de verano
cuando el olor de tierra recién mojada
resulta una contagiosa enfermedad que afiebra la memoria
habrás sabido por tus amigas de siempre
que el pequeño banco de la casa solitaria,
donde contábamos historias
fue arrancado sin consideración alguna
a los rituales de piel impresos en anillos de la vieja madera.

Alguien te habrá dicho que al anciano,
espía de nuestros desvaríos,
se lo llevó la pulmonía alguna noche de Julio pasado
y que desde entonces todos
hemos sido un poco más viejos.

A estas alturas ya no recuerdas las estrellas de Orión
ni el lugar de las Pléyades
ni la posición de Venus en el Cuarto Menguante.
Pero el olor de lluvia recién nacida
y el canto de los grillos bajo la noche planetaria
devolverán mis juramentos a tu oído
en el banco de la casa solitaria,
aunque en la próxima primavera no hayas regresado
al calor del fuego que encendimos juntos.



IV

Regresar
algún día


NUNCA LA SOLEDAD

Nunca la soledad fue más densa
que en esa madrugada
de mudas palabras
cruzando a tientas irremediables umbrales
del destino.

Francisco carga el equipaje
entonando su ranchera favorita,
un estribillo para espantar la pena
adherida al paisaje del adiós
y al tiempo oculto
en los repliegues de la infancia.





LA PARTIDA.-

Gastado equipaje sacude el polvo de años.
Cronos dispuesto a lanzarnos un zarpazo
en el instante menos esperado.

El oído percibe el postrer tañido
que nos despide desde el pórtico.
Ajetreo de la madre
en la puntada final al traje
de esta niñez escapada en medio de la noche.

Todos jugamos
a dejar de ser un poco los que éramos
buscando afanosamente la huella del próximo paso.

Obviamente mañana será otro día.
Los ojos de la madrugada sacudirán húmedos pañuelos.





ARCOIRIS.-

El sol mira de reojo
los últimos montes del ocaso.

Mudos de asombro
los relojes acumulan instantes extraviados
en surcos del huerto
junto a los naranjos.

Entre mis manos tengo un sueño que he olvidado
y lo derramo bajo el agua de la lluvia
para que no salga cierto.

Dicen que a pesar de todo mañana habrá buen tiempo
mientras dibujo un arcoiris en el espejo.






AUSENCIA.

El día muere ahogado de planetas luminosos.
La copa del ausente desborda añoranza
sobre la mesa recién puesta por la madre.

Una sombra derrama desventuras en rincones
del patio
donde la hierba oculta pequeños tesoros de infancia.

Volver al punto de partida.
sentir una presencia dar vueltas y vueltas
y la copa diluirse
en los cristales de tibias imágenes
como si fueran extremos de la misma cuerda.






REGRESAR ALGÚN DÍA

I

Gastados paisajes dibuja la memoria.
Vetusta silueta del Coiquén
el gran seno, amamantando casonas
apretadas a sus laderas, niños
somnolientos en brazos de su madre.

Las veredas me despiertan a media noche
contándome los últimos chismes al oído.
La niña se vistió de nieve esperando el compromiso
de su amante
escondido en portones entreabiertos silenciosamente
después de la novena de María.
La cazuela regada de mosto en casa del viejo Pedro.

Los tejados se oxidan lentamente

y nadie advierte como crece la hierba.
El gato romano se echó a dormir sobre las tejas.
Los gorriones se posan sobre él
con licencia de ángeles domésticos a quienes el otoño
no cambia el color de su plumaje.

Tal vez el caballo ha sanado de su herida en el lomo
y en la primavera pasada la holandesa
haya parido un nuevo ternero.


II

Regresar antes que llegue definitivamente el progreso.
Alguien debe definirme el significado de las palabras.

Soñadores que escriben poemas en el aire
y pintan noches de verano con letras luminosas
reinventarán mi antiguo silabario de panes y estrellas.
De amaneceres y vino, de cantos y silencios
de portales adornados por besos
de una niña perdida en la distancia o de aquella
que aún sueña con un continente solitario donde pueda tender
el mantel de su mesa.
De la tierra seca florecida en manos de mi padre
en que no era conocida la presencia del olvido.

En fin, volver antes
que caiga la tercera seña de la última misa
de ese domingo de invierno
que me sorprenderá escribiendo una carta a la lluvia.







SUEÑOS INCONCLUSOS

I

Sueños inconclusos anidan el cristal
de los ojos.
Pájaros dormidos rondando sombras
sobre el perfil de un bosque imaginario.

Todo fue en su tiempo y en su espacio:

visiónes y vuelo alucinado
en medio de la humedad vegetal del silencio,
tu voz rozando mi piel
o el viento
quebrado en el vientre del granito.

Me pregunto:¿ que ha crecido
en medio de tantos amaneceres
descolgados de la noche?

Apenas una brisa,
donde remolinos ocultan hojas muertas
y palabras abortadas
en el umbral de tu boca.


II

Un aguacero inunda veredas interiores.

La ciudad ha penetrado por mis venas,
permanece oscura bajo la lluvia
mientras observo
el regreso a tus propias estaciones.

El reloj atrapa tu rostro
y marca la inmensidad de los instantes.

Una oración florece en mis labios.

Escojo un último deseo,
cenizas del tiempo
empañan tus ojos


III

Al caer la tarde
fantasmas del recuerdo bailan
en el centro del pecho
con su ruido de huesos secos
golpeando las venas.

No ha de volver la transparencia
del agua
a quemar la carne,
ni el pétalo de tu piel
a consolar mis manos
escarchadas.

El fuego se consume asimismo,
prolonga en el aire
la esencia sutil
que al fin se diluye
en el vaho de los cúmulos.


IV

La razón extravía el sentimiento
en el estruendoso latido
del adiós.

¿En qué recodo del camino
habitarán las palabras
que nunca dije?

Ahora tu oído no me alcanza.

El canto del río
se desnuda entre las hojas
como si fuera único habitante,
y el alado pez
rompe el cielo atado a su cintura,
una sílaba estrujada
en la vertiente de tu seno desbordante
de semillas y pájaros.


V

Nunca estuve allí donde la muerte
cantaba su canción de despedida.

Estuve a la vuelta de la esquina
buscando en la mano
de una gitana ebria
los golpes de suerte que ataran
tu destino,
tal vez fue preciso el sortilegio
de una moneda de oro
que nunca tintineó en mi bolsillo
anunciando tu partida
de nuestro territorio
donde quemábamos alas
bajo el agónico farol perjuro testigo
de mi avaricia.


VI

El cielo se desangra desde la altura
de tus párpados.
Puedo ser un náufrago derritiendo
bajo el sol
la silueta del cansancio
en medio de este océano
desprendido de mis venas.
¿En que lugar de esta oscura miseria
acecha la bestia dormida
en su lecho de tiempo?

Corroe y arranca
espacios de la mente,
selva inviolada en la magnitud
de sus misterios
donde ara y becerro
soy yo mismo consumido
en la sagrada voz del fuego.


VII

Vuelve el penitente a los pliegues
de la seda que te viste,
al mármol de tu piel,
a la obsesión de tus contornos
rebosantes
de afilada indiferencia,
a la seguridad de las murallas
que agota
a mis legiones.

¿Qué escondes, más allá de tu puente
inexpugnable?

En los subterráneos de tu vientre
fecundo de esencias y palomas
prolongo mis manos
a la forma del goce y la caricia,
después, tu ventana se derrumba
al sonido de mi voz
y caes desde el tálamo de aire
al ritual de fantasías.


VIII

La realidad se vuelve contra mí.

¿O es el sueño el que me descubre
bajo el amargo abrigo de los días?
Mañanas revientan
en mi rostro,
palmadas que cruzan de lado a lado
y despierto en medio de un sueño
esquivando a la gente,
buscando un paisaje a través
del parabrisas,
consultando a los segundos
detenidos en mi brazo
saciándome en el sabor de tu epidermis
como un hambriento extraviado
en la forma del pan que aprisiona
en la celda febril de su boca.

En fin, esta realidad es un sueño
donde todo puede ser posible


IX

Abre tu oído al susurro de mis noches.

Alguna vez tu embriagado nombre
ha humedecido el albor de mis sábanas
dibujando el límite de tu aspectro
bajo un relieve de ensoñaciones.

Una muralla perdida en callejones
de la urbe
proyecta una danza en el cemento,
fantasmas de medianoche
copulando en valles de la Luna,
cósmico ulular de los sentidos
desbordados de besos,
sirena o campana tañendo deseos
fugados del inconsciente

No puedo prometerte nada,
la locura ha consumido mi mente.


X

Tal vez me haga cargo de tus desvaríos.

Dibujaré la huella de tu pie desnudo
en cada paso
deste camino a ninguna parte
que tan bien te queda
en tu pervertida indolencia.

No importa si no has vuelto
a contemplar mi castigo
mientras el látigo continúa golpeando mi espalda
para expiar los instintos.

Sin embargo, no decides aún
aproximar el paño donde se dibuje
mi rostro
y me abandonas crucificado
a los espasmos de este Gólgota.


XI

Alguien ha dicho que el deseo duele.
Algún filósofo que ya conocía
tu existencia
violada por el viento
el primer día de un otoño
no cantado por ningún poeta.
Un arroyo se ha posado en tu garganta
y ríe de mis aproximaciones
con un murmullo
que hace nido en las coníferas,
germinado fluye
hasta florecer
de peces multicolores
en medio del insomnio.

El deseo duele
como aguijón en medio de los ojos,
flamíjero acero hundido
en la intimidad de mi substancia.


XII

Entre el follaje de la mente
un pájaro grazna
anunciando el descendimiento.

Ofelia ha quedado desnuda
bajo el manto de su desesperanza.

La cuenca de los ojos se prolonga
en el viento
hurgando el vacío
de sus entrañas de muerta.

Me pregunto ¿dónde está
el secreto que revela
el sendero a su tumba de agua?

¿Podré solazarme en su cuerpo gélido,
en la pálida esencia de su desolado espíritu,
en su rostro de ángel derrumbado,


en el vuelo multiplicado de mariposas
brotando de la desprendida carne,
en la elegancia de las manos
donde los nenúfares buscan aún
senderos del destino?

Ofelia se ha marchado
bordando laberintos
en el estrecho espacio del pensamiento
sin una nota final que señale
el lugar en que se cruzan los caminos.

El hielo de la noche empapa las arterias
y mis manos se extienden
sobre las flores
como un responso taciturno
a la eternidad de este juego
sumergido
en nuestra propia sangre.


XIII

Brotas de mí justo a medianoche
cuando los sueños levantan
ondulantes fantasmas
que humedecen recodos de mi paisaje.
Entonces,
inundas mi manto de latitudes
afinando tus destrezas.
Sin embargo, el plumaje de paloma
se diluye en el sueño y no alcanzo
hundir mis estandartes
en la onírica geografía de tu piel.

La realidad se desviste
de su traje de noche,
las visiones han de permanecer
en la humedad del alba.


XIV

Una extraña cópula domina la silueta
de las cosas derramadas por la luz
desta tertulia
donde las obsesiones
cobran su presa
destrozada
en los cuchillos de la angustia.

Werther, sumo sacerdote
del sacrificio y del olvido
acaricia la epístola final a los sedientos,
pordioseros,
exploradores eternos
de inacabados caminos,
ebrios de astros
y polvo cósmico
que vuelan en el mundo
desvelando cometas sin rumbo,
orates,
a quienes confió sus sueños infinitos.

porque Werther se ha perdido
en resplandores de una idea
que da vueltas y vueltas entre sus pupilas
adormeciéndolo
como a un niño ángel
perdido en el pecho de su nodriza.

La amada viste de luto
anunciando el fallecimiento.

Es quizás la propia noche vestida de oscuro,
anticipado homenaje al vuelo
de sus párpados secos,
al hueco sanguinolento de sus sienes
donde el amaranto ha sumergido
sus raíces.

El va en el lomo de una golondrina
al incógnito paraíso donde la magia
de los gnomos alumbró de utopías
el corazón del tiempo.

XV

Hualles cimbreantes
dando vueltas alrededor de mis
visiones.
Movie picture subyacente
reflejado en la pantalla interior,
flash,
color,
animación y movimiento
traslúcido
inquietando lentes,
desbordantes imágenes todas,
las que están al margen
tal vez, orbitando
en la hondura de tu monte vacío
e inexpugnable,
obsesión libada
en la demencia de un deseo
que no llega a rozar
los deslindes secretos de tu cáliz

Un reflector ilumina tu espesura.
La agitada
conciencia regresa al fin a su butaca.

XVI

Suéñote bestia rasgando vestido y carne
de este lúbrico cuerpo mío,
hundiendo el arpón de tu lengua
en ocultas aberturas del océano profundo de la piel
que no es mar
ni agua derramándose
en la superficie
sino el grito mudo
estremecido de tormentas
agitado de quereres interrumpidos
en el sortilegio del tacto
cuando tu mano acude a sostener
la estructura voluptuosa
de esta soledad que afiebra mis vísceras.

Tu aproximada presencia
hace nido en mis entrañas
pero cada dentellada de tus fauces
prolonga eternamente
la levedad del éxtasis.

XVII

La sed enturbia mi rostro,
oscurece el túnel de la garganta
y el espacio
donde permanezco de hinojo al acecho
de una gota
desbordarse
transparente
prístina
desde la abertura de tu cántaro
a la aridez
donde recojo el menaje cotidiano
y doméstico, de una sequedad hinóspita
en la esterilidad absoluta
frustrada de lluvias y cantos
agonizantes entre valles de sal
y silencio
quemando venas y huesos
molde carnal abrasado
en el magma de tu aliento,


errante y perdido
en vanos impulsos
de ascender
las vertientes de tus pechos
única salida para el tiempo ardoroso
que agota sentidos
desprendiendo costras infecundas
sobre la última esperanza
muerta incesantemente
en cada mediodía.


XVIII

Un vuelo
de gorrión a baja altura
descúbrete sola
y desnuda
embriagada de racimos.

Una flor regresa a la albura de la piel.
Sonrisa anidada de emergencias,
el camino a Venus esconde tu rosa preferida
insensible al juego del fuego,
maduro esplendor reventando epílogos
ausentes en la vacía copa
de mi sed
prolongados al hermético centro de mi
yo,
quejumbroso sonido,
húmedo de bíblicos aceites
ornando tu ambiente de animala
devorada por si misma
en el desesperado susurro de un celo
desbordante
que rebalsa el cristalino y cae
en arcoiris polvoroso
hinchando el vientre de la tierra,
cometas errantes anclados
a mundos invisibles
prisioneros irreales
en la inconsciencia de una realidad
sin nombre ni medida flotando
en esquinas de una obsesión
disparada a los cuatro costados,
indomable,
ígneos potros
cruzando destellos furibundos
de ensoñaciones sin límites.

XIX

En una calle cualquiera de la urbe
se abre la puerta del camino a las delicias,
la identidad se desvanece
en la sordidez lujuriosa del marketing
de este supermecado
al que me introduzco subrepticiamente
hasta invadir la pantalla donde creo encontrarte
abatida y dispuesta
a púbicas cadencias
empujando mi rostro en el vértice húmedo
de tus muslos para extraviarme
en las profundidades
del ecran en que reposa la imagen
con que visto mis alucinaciones.

XX

La realidad
es otro sueño definido
únicamente en las instancias del dolor
que la cobija,
donde se hace palpable la angustia
de lo que pudimos construir
en aquellos segundos
en que consumimos nuestro tiempo
descifrando
los orígenes del deseo.

XXI

Hundirme en tus brazos como un niño,
volver a la infancia
en la búsqueda del lechoso seno
para alimentarme de ti,
hurgar la intimidad
buscando tu piel de otra
que me arrope
en plenitud
iluminando senderos
a la vertiginosa soledad
de la que solo tú tienes el reposo.

XXII

Alguien canta en la ventana
a la hora
en que revolotean los presagios,
malas vibraciones se estrellan contra
el vidrio,
polillas hipnotizadas por el brillo
de un farol que permanece moribundo
a orillas de la noche.
Aves de mal agüero anuncian
tu irremediable retiro
de estos caminos
donde tuvimos la suerte de encontrarnos
vestidos de viajeros de rutas incógnitas
mitigando el dolor
en la mirada que arde y quema
puntos cardinales
del voluptuoso ropaje que envuelve
los sentidos y naufraga de goce
en el amparo de tu puerto.

XXIII

Se puede justificar la demencia
en la flor que dibujo
sobre tu cuerpo imaginario,
pétalos que arranco uno a uno
de tu corola
cultivada en la punta de los dedos
para que la última me hable
al oído
de esta perversión
conque adorno el lugar en que reposas.

Multiplicada en ti misma,
vegetal y olorosa, repleto mis alforjas
en el aliento que mide la distancia
entre mi boca y tu cuerpo de hierba
dimensión exacta
para calmar el hambre
que perturba día a día mis sentidos.

XXIV

Esteros de agua pura
cruzan caminos del viento
flotando sobre niebla de imprecisas
formas en el relieve de la carne.

Una hoja navega a la deriva
vuela sobre el agua como una canción
en las primeras horas del alba,
sin prisa, sin una ruta trazada en las
estrellas
para que señalen su destino.

Los ojos se estiran sobre el agua
acariciando maduras riveras
del río
que ya no es el río sino tu cuerpo
emergiendo en la armonía de un
cosmos
donde escondo el propósito
de los instintos que caen del aire
a la profundidad de tus ondulaciones.


XXV

Un diseño perfecto :
cada espacio de tu frente
descuelga la dulce madurez
de los cerezos
entre todos los frutales del huerto,
álamos cimbreantes tus muslos
y el vientre
un valle de mármol donde la copa
del ombligo vierte
el vino que me embriaga.
Mansa la mirada como nido de tórtola
entibiada en la brisa del estío
y el verdor del monte
rizos suavizantes del fulgor
del encuentro.

¡Hay amiga! Las araucarias de tus
pechos
inundan los deslindes del cielo,
la miel de tus labios el paraíso.

XXVI

Horadar tu carne de granito
mirada a mirada
lluvia a estío
palabra de sol
a palabra de luna,
estremecido en el deleite
del aventurero
en la espesura
de tus bosques
o desbocado en la extensión de tus
praderas,
en medio del bullicio
en abismos del silencio,
en el grito que nace
en el estertor que muere,
desnudo o ataviado,
lúcido o demente
en cualquier punto del espacio o del
tiempo,
ser el agua que rompe los silicios
de tu forma de piedra
pertinaz y milenaria.

XXVII

Tejer una red con hilos del deseo
y atrapar
tu vuelo
indeciso
de mariposa
ebria
antes que las amapolas
invadan tus alas de cenizas.

XXVIII

Si estos poemas no te alcanzan
y ningún estremecimiento
recorre tu epidermis
vuelve
con los ojos cerrados
otra vez a mis palabras
para sentir
el viento
murmurando a tu oído
que : solo nos pertenece
el amor que hemos dado.

XXIX

Al fin de cuentas
estamos
en alguna etapa
perdida
de una metamorfosis
en la que habremos de pasar
un día cualquiera
de semilla a gusano
de gusano a libélula
sin que entonces puedas advertir
el vuelo
dormido de los ángeles
y el insomnio de mis élitros
alucinados
en la llamarada
que forja tu presencia.

XXX

La nocturnidad
se ha marchado
en su potro azabache
dejando un sabor a lágrima
como si el mar
hubiera anidado sobre
los párpados
borrando de la arena
la fugaz huella
de sueños inconclusos.

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