jueves, 26 de junio de 2014

LAUTARO GARCÍA VERGARA [12.051]


LAUTARO GARCÍA VERGARA 

Nació en San Fernando, CHILE el 8 de octubre de 1895 y murió en Santiago el 12 de julio de 1982. Pintor, poeta, periodista, escritor, cantante y crítico de arte.

Fue cantante lírico durante 20 años, actuó en la Sala de Milán, en el Teatro Opera de Niza y en el Municipal de Santiago, entre otros.
Como dramaturgo estrena 15 piezas y recorre todos los géneros: drama campesino, comedia frívola, la farsa.

Entre 1937 y 1938 fue Cónsul de Chile en Roma.
En 1941 obtiene el Premio Municipal de Teatro.
En 1958 obtiene el Premio Nacional de Arte, mención Teatro.

Autor de "Imaginero de la infancia" (1935). Aparece en la antología Selva Lírica.


EL MAESTRO DE ESCUELA

El maestro de escuela de ideas modernistas 
tiene un viejo chambergo de dudoso matiz, 
al desgaire le cae su corbata de listas 
y usa grandes quevedos en la enorme nariz. 

Sobre literatura entabla casi a diario 
polémicas inútiles con el gobernador 
y en el club de pelambres, que tiene el boticario, 
es el que retoriza las cuestiones de amor.  

Tiene ideas malsanas el maestro de escuela: 
cuando el cojo cartero con su única espuela 
se aleja al trote lento de su rocín overo 

y el párroco pasea sonriente por la acera, 
él pasa entre las beatas de la misa primera, 
con gesto indiferente, sin sacarse el sombrero






EL PRESENTIMIENTO SERENO 

Mujer, recoge tu alma como al atardecer; 
junta las manos blancas; te voy a hablar, mujer; 
cierra los dulces ojos, dulcemente, mi amor; 
cuando cierras los ojos tú me escuchas mejor: 
ante el inevitable silencio gris e inerte 
surgió el presentimiento sereno de mi muerte. 
Serás muy viejecita, amada, pero en ti 
veré la primavera del tiempo que perdí. 
Te soñaré tan blonda como te veo ahora. 
en el disfraz sereno que me finge la hora. 
Será mi último día. Estaremos los dos 
sin decirnos la angustia, esperando el adiós. 
Será un día cualquiera; agónico y doliente 
empezará mi cuerpo a helarse lentamente. 
La tarde se hará noche, sentiré tu llorar. 
Después ya muy lejano no podré despertar. 
Se borrará del muro la sombra familiar, 
como la vez primera me vendrás a besar. 
Se borrará del muro la sombra de los dos, 
me habré bañado todo de eternidad de Dios. 
Se morirán en ti los pensamientos ledos 
y juntará mis párpados el marfil de tus dedos. 
Y sentiré la tibia dulzura de tus manos, 
como en los días buenos, sonrientes y lejanos. 
Por mis ojos hialinos querrá salirse el grito; 
pero el secreto irá conmigo al Infinito. 

*

Se hará savia fecunda mi fuente de emoción. 
Se hará tierra en la tierra, mujer, mi corazón
Algún hermano bueno levantará del mal, 
para arrojar sagrada mi semilla de ideal.
Cuando vayan las almas perdidas a lo lejos 
y caiga una tristeza de luna entre los viejos: 
mis versos llorarán -mis pobres organillos- 
exégetas anónimos de otoños amarillos. 

Cuando llore el pequeño sin saber el por qué, 
pensando íntimamente que su padre se fué. 
Cuando llegue la hora de la blanca mortaja 
y golpee mi cuerpo al caer en la caja. 
Y se alce el imposible de tu vivir, callando, 
me quedaré mirando, me quedaré mirando. 
¿Qué mirarán serenos los ojos tan abiertos, 
qué mirarán los muertos, qué mirarán los muertos? 
¿Qué miraré ya muerto, al parecer dormido? 
¿Habrá luz de crepúsculo en lo desconocido? 
¿Qué miraré ya muerto cuando sonría quieto? 
¿Habra alumbrado el sol las nieblas del secreto? 
¿Qué gritarán mis ojos a tu vida futura, 
qué misterio dirán en su abierta pavura?  
Lo que todos presienten, lo que nadie lo nombra. 
lo verás en mis ojos, cuando pierdan tu sombra. 
En silencio quizás ... en la bruma callada, 
cuando vaya mi barca caminando en la Nada. 





MOMENTO GRIS 

Mi inquietud pesimista se atormenta en la hora; 
analiza el pasado y lo que ha de venir, 
y la sombra de su alma se proyecta en mi sombra 
y me hundo en mí mismo sin poderlo sufrir. 
Reconcentro mi extraña dualidad sensitiva 
y me siento bañado en temblor de emoción; 
cuando pone en la ínfima soledad de mi vida 
como amparo materno todo su corazón. 
No será de nosotros-mi dolor lo presiente- 
nunca, nunca la blanca comunión de las horas; 
mi esperanza agoniza como un cirio de muerte 
en el recogimiento que mi hondor atesora. 
Doblegado al vivir nacerá de mi exodo
el inútil milagro de sentir florecer 
junto a mí el sereno cabezal de su hombro; 
y seguir esperando sin saber el por qué. 








Imaginero de la infancia
Autor: Lautaro García
Santiago de Chile: Ercilla, 1935

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1936-01-06. AUTOR: MANUEL VEGA
Cada vez, la tarea de la crítica y aun de la simple información literaria, se hace más difícil entre nosotros. Aumenta, día a día, el número de los libros que aquí se publican. Sobre la mesa del periodista amontónanse, unos tras otros, los más variados volúmenes, entre obras originales y traducciones, ¡ay!, hechas con una premura realmente perjudicial. ¡Libros, más libros! Son como montañas de papel impreso, las que van cerrando al lector ambicioso, hasta provocar su perplejidad. ¿Por dónde comenzar el viaje hacia los autores?

El año 1935 se ha despedido con una especie de cohete de obras, en que estallan los nombres de Alberto Romero y Ciro Alegría, vigorosos novelistas; Emilio Rodríguez Mendoza, historiador señero que se confunde con el vibrante memorialista; Julio Barrenechea, gran poeta desconocido… Intencionalmente, no hemos querido agregar el nombre de Lautaro García, leal amigo en la vida y excelente colega en esta casa. Merece párrafo aparte. Y su temperamento múltiple, casi proteico, dificulta la clasificación. Rehúye el hombre de letras el casillero, y en buena hora! Porque Lautaro García es poeta sentimental y soñador imaginista, dramaturgo recio y fino, actor y cantante, crítico de teatros, periodista de combate y glosador emocionado de la actualidad… Hasta erudito redactor de asuntos internacionales, a ratos perdidos. Todo le interesa y le apasiona, a pesar de su serenidad aparente.

Ahora, ha publicado un libro bello y bien original, “Imaginero de la Infancia”. Según propia confesión, ha novelado en sus páginas los recuerdos de su niñez ya lejana… ¡Que perdone el compañero esta involuntaria confidencia! La pluma suele también traicionarnos.

La vida, que es en el fondo hábil repartidora, dio a Lautaro García una niñez vagabunda, y al hombre, después, cierto tenaz destino de pájaro. ¡Felices augurios para el escritor! El constante deambular de pueblo en pueblo, enriqueció su alma, afinó su sensibilidad y pobló de hermosas imágenes su fantasía de niño. Felizmente para él, Lautaro García comenzó a soñar muy temprano, cuando descubrió la lámpara de Aladino, escondida entre las ruinas de cierto viejo campanario. Día venturoso. Hay que leer la página poemática, fresca, ágil, en que el memorialista logra un perfecto equilibrio entre sus visiones infantiles y sus visiones imaginarias. Son como estampas suspendidas entre el cielo y la tierra, entre la realidad y el ensueño. ¡Con qué encanto secreto y poderoso refiere el hombre la extraña aventura del niño! Y es casi un símbolo el que surge de este capítulo: el símbolo de su original y rica personalidad.

Diríase que los soñadores nunca terminan de soñar. A su conjuro, la existencia adquiere ignorados aspectos y más de una vez el soñador nos reconcilia con ella. Especie de mago, va descubriendo caminos por los cuales pueden pasar, si quieren, los otros mortales. Pero, cada hombre tiene su niñez propia, diferente; triste o alegre, luminosa o gris. Y aunque estas primeras impresiones jamás se olvidan y siempre dejan huella, muchos quisieran no recordarlas, tal como ciertos hombres desean, a veces, borrar su pasado. ¿Puede acaso considerarse la llamada edad feliz como una síntesis anticipada del destino futuro de cada ser? Posiblemente. Y si algunos se esfuerzan por perder sus recuerdos primitivos, Lautaro García, por el contrario, va gozosamente al encuentro de ellos. Despliega todas las velas de su infancia y así, la excursión que, en su compañía realizamos por las “ciudades de su infancia”, se convierte en un viaje maravilloso, casi en un cuento mágico, poblado esta vez por pintorescas figuras nuestras. Almas y panoramas de la provincia chilena, se alzan en estas páginas con su color y perfume característicos, como en algunos bocetos decorativos de Waldo Vila”. Son bien chilenas, en el fondo, las visiones de Lautaro García, moderno romántico que no teme a las más audaces innovaciones. Hasta el ritmo de otra época, con sus tipos y costumbres que no volverán, puede advertirse a través de la prosa espontánea, viva, de Lautaro García. Es una prosa esencialmente evocadora, de poeta y memorialista, de niño que sueña y hombre que reflexiona.

De la curiosa mezcla de estos dos elementos, nace el encanto soberano de este libro, el más simpático y el más atrayente que las letras chilenas han producido en nuestro tiempo. Los hombres suelen soñar con volver a la infancia perdida, y este es el placer que los lectores de Lautaro García van a saborear en su admirable “Imaginero de la Infancia”.


Romancero de pájaro
Autor: Lautaro García
Santiago de Chile: Eds. Revista Mapocho, 1965


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1965-12-12. AUTOR: HERNÁN DEL SOLAR
Hace años, cuando Julio Molina Núñez y O. Segura Castro publicaron su antología “Selva Lírica” –ahora convertida en una joya bibliográfica-, Lautaro García se alineaba entre los poetas jóvenes de aquellos días y de él se aseguraba que llegaría a ser todo un nombre en nuestra literatura. No anduvieron descarriados los profetas: Lautaro garcía es todo un nombre, y muy respetado, en las letras nacionales. Pero no como poeta, indudablemente, pues desde entonces no se había interesado en demostrarlo. Fue periodista, autor teatral, narrador de buen estilo, y siempre encontró su talento el elogio de la crítica, a la vez que la acogida muy cordial del público. Versos suyos no aparecían por ninguna parte, salvo algunas espléndidas traducciones de poemas italianos: Montale, Ungaretti, Cuasimodo, etc.

Hoy vuelve a los versos y lo hace con soltura, humor, gracia. Este “Romancero de pájaros” lleva un pequeño prólogo en que nos habla de un abuelo estoico, de ideas avanzadas para su tiempo, liberal, manchesteriano, de voz profunda y corazón de niño. “Hablaba como lo hubiera podido hacer un barranco / de cacerías de leones, de rodeos y caballos”. Tenía una casona con tres patios. En el primero había una gran pajarera.



“Al entrar con su sombrero de pita sucio y llovido,
arremangadas las haldas de su poncho colchagüino,
en la vasta pajarera a inspeccionar los nidos,
¡qué algarabía armaban sus inquietos inquilinos!”


Allí había de todo:


“torcazas, choroyes, tencas, diucas, zorzales, tórtolas,
yales, cachudos, chincoles, tordos, jilgueros, lloicas.
La única condición para entrar a la colonia:
tener aunque fueran mínimas iniciativas canoras”.



El nieto vuelve la mirada a la pajarera que canta en un rincón de los años, lejos ya, y recuerda la ternura del abuelo para los pájaros, transmitida al poeta, que así aprendió “a amar a toda la especie alada”.

No hay ninguno que le merezca una mirada de soslayo, de irritación o mala sorpresa. 


“El don que tienen del vuelo es una celeste gracia.  
Fuera de ellos tan solo los ángeles 
tienen alas”.


Lautaro García arma su propia pajarera en este romancero. Están todos los pájaros de su infancia, y todos los que a través del tiempo han volado cerca de él para que les meta en la jaula dichosa de su poesía. El bullicio no es escaso, entre choroyes, tiuques, tórtolas, zorzales, pidenes, tordos, tencas, y hasta chunchos. Cada cual va celebrando en ágiles versos por el poeta, vuela por el romance que le corresponde, torna sonoro el cielo de la poesía.



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