domingo, 22 de junio de 2014

JORGE LUIS MUÑOZ SALGADO [11.987]


Jorge Luis Muñoz Salgado 

(Santiago de Chile, 10 de enero de 1937) es poeta y docente chileno. Además de otros, posee estudios de profesor normalista, de profesor de Estado en Castellano, y de Post grado: Magíster en Literatura y Magíster en Educación. Casado,  tiene seis hijos. Como poeta, ha pulicado composiciones líricas en diversos medios periodísticos.
-1961: Publica, junto a otros tres poetas Poesía Joven de Colchagua.
-1972: Publica Poemas de un Profesor Rural.
-2004: Obtiene el Primer lugar en el Concurso de Poesía organizado por la Ilustre Municipalidad de Peñalolén y la Universidad Adolfo Ibáñez.
-2012: Fue incluido en la Primera Antología Internacional de Indrisos, Barcelona, España y Sao Paulo, Brasil, edtada por elpoeta Isidro Iturat.
-2012: Fue premiado en el Concurso Nacional de Poesía de la Sociedad de Escritores de Valparaíso.
-2013: Fue incluido en la Antología “73 Microcuentos a 40 años del Golpe”, publicada por la Sociedad de Escritores de Chile y la Editorial Arttegrama.
-2014: Publica Permanencias de Transcurso Fluvial (Dos Poemarios).
-2014: Está preparando la inminente publicación del libro de cuentos: Mientras él escribía… Además, prepara un libro con su poesía completa llamado La Carrera Humana.

Actualmente jubilado, reside en Valparaíso.




PERMANENCIAS DE UN TRANSCURSO FLUVIAL
Jorge Luis Muñoz Salgado



PATIO…
(…de una Escuela Primaria en mi pequeño pueblo colchagüino. Termina el mes primaveral de noviembre de 1948).

¡Qué noticia feliz
me ha dado un condiscípulo, que también anda en once!:
-“El curco sauce verde
va a dejar de sufrir su alergia de cuncunas.
¡Se morirán justito
el día de la Virgen (el ocho de diciembre)!
¡Y después, buen milagro
van a salir volando para el cielo con colores  floridos
convertidas -por magia-
en mariposas súbitas!”






UN PUEBLO MÁGICO
Es Chimbarongo, un pueblo mágico.

Temprano, por la noche,
ya todos los visillos se clausuran,
y caminas las calles más solas de este mundo
con sigilos de gato que corteja.

Nadie ve dónde vas ni sabe lo que tú haces.

Y, sin embargo,  tienen los visillos pupilas invisibles
que, en lenguas noticiosas convertidas,
publicarán tus pasos reservados (¡flash, asombro y suspenso!)
con detalles fantásticos
dignos de un Julio Verne.





LLUVIA…
(Santiago, escritura: 1958; ocurrencia: 1946)

Lluvia, tú eres problema sólo si no entendemos
que son de todo el mundo, el sol  y el rubio trigo.
Peces, panes y amor hacen íntimo el orbe.
Repartir sigue siendo el milagro más vivo.

Lluvia caes y caes como brutal azote
sobre estas poblaciones. ¡Qué sarcasmo y mortajas
de colores huidos, tus filos monocordes!
¡Provoca maldecir, la falta de esperanzas!

Y el tiempo se retuerce hurgando los recuerdos,
retando la calleja, contando ciertos casos,
divagando, jugando, discutiendo, riñendo,
aseando los niños, bebiendo, soportando.

Lluvia, caes y caes. Un transeúnte apura
su aventurado paso por las aceras muertas,
Precariedades límites sin prisa nos desnudas
en la orfandad perenne de las tristes viviendas.

La madre envía al niño a comprar a la esquina
pocos de té y azúcar para engañar la tarde,
y el pequeño abandona sus calores exiguos
y sale al aire helado urgido por el hambre.

El chico pisa el barro sin asombro, debajo
de la roída tela que es capa sin ventura.
Para salvar las pozas guía sus breves pasos
por el mundo embarrado que tú exacerbas, lluvia.

El niño es una brizna del pueblo que camina
este inmenso suburbio de obscuros callejones,
donde oponen los ranchos cartones, calaminas
al embate  inhumano de un oleaje enorme.

Debiera ser distinto. Entre todos, cuidarnos.
Ser todos sólo uno frente a las avalanchas.
Que nadie sienta nunca que carece de hermanos.
Que en los hombres hallemos personas solidarias.

Lluvia, tú eres problema sólo si no entendemos
que son de todo el mundo, el  sol y el rubio trigo.
Peces, panes y amor hacen íntimo el orbe.
Repartir sigue siendo el milagro más vivo.

                                         A Raquel Marina
                           
                                       

                                 
NOGAL, YO SOY TU TIERRA

Nogal, en mi alma enraizado
por suerte de mi destino,
vas prendido a mi camino
con crecimientos callados.
Tu breve tronco acerado
se prolonga vigoroso
en ramas con fuerzas de oso
que forman la redondeada
copa de presencia amada
de un conjunto generoso.

Tus hojas, puntas de lanzas,
me muestran filudos dientes
y, ovales, mudas, silentes,
logran realizada alianza.
Cómo me impactan tus puras
flores de limpia blancura
cuya gratuita abundancia
va detrás de mis instancias
con cándidas hermosuras.

Una mañana cualquiera
en el patio se veían
verdes frutos que tenían
negruzcas pintas arteras
(¡de niño no las quisiera!)
Dentro sus sabrosos dones
de sendos cotiledones
sazonados en aceite
me producían deleites
de imborrables impresiones.

Supe, después, admirado,
que tu madera acerada
pardo-rojiza, veteada,
es, pulida, bien ansiado
por novios recién armados.
Ya de adulto, en cierta ardida,
alguien tus hojas cocidas
me las dio como remedio
para quitarme el asedio
productores de estampidas.

Árbol único, situado
del patio casi en el centro;
las certezas de estar dentro
la dan muros elevados
y mis padres concordados.
Templo vegetal, nogal,
junto a mi casa, en la cual
-acogedora, pequeña,
plena, sólida, risueña-
no faltaban luz ni sal.

El patrimonio aportado
por mi madre a la unidad
conyugal, lució en verdad.
Y mi padre, por su lado,
aportó trabajo honrado
de sello asaz humildísimo.
Por barrios olvidadísimos
de Santiago, pan fragante
repartía en su rodante
de rocín familiarísimo.

En una de tantas ramas
tuyas, nogal, sujetabas
un columpio que nos daba
expectaciones y gamas.
Allí, encendíamos llamas,
mi hermano y yo, de alegría
cuando el vaivén pretendía
subir la tierra hacia el cielo
gracias al turno de vuelos
que el jolgorio producía.

Nogal, protector con sombras,
hojas, frutos, flores puras,
brazos hacia las alturas,
maderas que nos asombran.
En los otoños, alfombras,
en mi niñez, compañero
silencioso y valedero.
Tú, sigues dándome ayuda
que yo recibo sin dudas.
¡Eres un bien verdadero!

¡Y me quitaron tus trinos!
¡A mis seis años, el corte
me dejó sin sur ni norte,
sin raíz, sin voz, sin sino!
¡Fue demasiado ese sismo
con secuelas, y sin ruidos!
¡Cuando se destruye el nido,
nogal, nos tragan abismos!

Sin embargo, tu presencia
quedó grabada en mis mundos
para siempre. Vagabundo
o arraigado, mis esencias
absorbieron tus latencias.
¡Y, así, nogal, tu abundancia
de intimidad y de fragancia
crece en la tierra que soy,
y adonde quiera que voy
haces florecer mi infancia!

                                         A Pablo Jorge Luis




EN EL CARRETÓN DE PAN A LOS CUATRO AÑOS
                  (Desde Quinta Normal).

    (-“Papá, te doy las gracias sin palabras.
Me llevas y descubro la alborada
sentado junto al don de tus hazañas.

    “Me gusta oír los cascos del caballo,
y oír rodar las ruedas con su canto,
y entregar pan fresquito en el reparto.

    “¡Mis cimas son cruzar bajo niveles;
pasar que seguirá siempre presente!”).

                                                           A Jorge Eladio



EL SUMO ARTISTA

Papá en el teatro sindical
de niño, me sentaba. En su turno,
con guitarra cantando iba a actuar.

Yo oigo, aplaudo. Creo que es lo sumo.
(“¿Habrá alguno con esa contextura?”).
¡Asombro sin final me deja mudo!

Después, nunca jamás un espectáculo
ni en broma me produjo tal impacto.

                                         A Hernán Vladimiro




EN TI, NOGAL, MIS RAÍCES

Antes de mis seis años,
en tu espacio, nogal,
viví gran parte de mis discipulares viajes infantiles.
Desde que anduve pasos primigenios
penetraba tu aroma y tus susurros.
Con tus altos auspicios
tenía espacio natural a través de tus puentes.
Tus ámbitos seguros
implicaban mi casa, mis dos padres,
las travesuras de mi hermano Eugenio,
o el nacimiento de Georgina (vino a la vida, con dolor, cierta noche de invierno;
mi hermano y yo decíamos: “¿qué pobrecito gato es el que llora?”).

Yo salía a la calle
-con claves y con mapas bien probados-
a cautivantes compras,
a jugar con el carro esmeraldino
recibido por Pascua. (Disputábamos turnos
con mi hermano
para ser capitán conductor llevando al otro).

Así, llegué a estudiar en una Escuela
del país colosal de los gigantes,
cogido de la mano perenne de mi madre.
Yo, sin embargo, creo, mi entrañable nogal,
que el andar recordando
todos los hechos vivenciados,
es igual que de noche en descampado
perseguir las pisadas de las ánimas.
Sólo consigo,
imágenes veladas,
ciertas nieblas,
pocas vagas atmósferas que huyen,
anécdotas disueltas como pompas ilusas de jabón, y casi en sueño.

Sentía por las noches
la insistencia del viento
contra tus resistencias protectoras de aquella intimidad
ventral y virginal que iba formando nueces.

La vez que te perdí,
nogal,
con tu belleza para niños,
con tu espacio de dicha vegetal y tierra pródiga,
y tu aire, y tu sol, y tus adentros, y tus noches sin par de estrellas buenas, y
tu puro conjunto de vivencias,
¡cómo sufriera
sin que supiera yo mismo que sufría!
Antes de los seis años,
en tu espacio querido de catedral de quince metros,
construí basamentos subsistentes
desde que diera vacilantes pasos.

Fragante amigo, alzado hacia los cielos
en súplicas curvadas espontáneas,
tú confirmas mi sitio de aventuras
y de mis conclusiones peregrinas.

Cuando yo te perdí
-porque se fue mi padre
a cierto puerto ignoto
sin poder encontrar rutas de vuelta-
permanecí sentado sin palabras
refugiado en tu nave;
ensimismado, hosco ( con seriedad de niño),
semanas, décadas y siglos infinitos,
quedé
sumergido en océanos herméticos,
sintiendo de algún modo
que algo mío, muy mío, se desaparecía sin remedio.

(Dijo mamá, nerviosa,
con regaño amoroso:
-¡Vamos, niño,
apúrate, por Dios! ¡La mudanza
la tienen casi lista! ¿Hasta cuándo te quedas
como príncipe,
“por-no-dejar” sentado en este patio?)

                                         A Lucila Gabriela





4 MINIPOEMAS


1. El hogar roto
es derrumbe del cielo.
Vives infiernos.

2. Apenas tengo
cerca de seis. En abismos,
se me entra el habla.

3. Soy niño. Callo.
Pero sé que mamá
llora en silencio.

4. ¡Nunca termina
de cerrarse el telón
si un niño calla!




LAS LIBÉLULAS
(Santiago, ocurrencia: 1944).

¿Cómo vencer los acosos
de mis siete? ¿Con libélulas?
De aquella casa de luz
y de padres, y de fiestas,
y un hermano y una hermana,
y el nogal con idas-vueltas,
yo cayera en torbellino
violento de volteretas,
a una vivienda obscura
torturada por carencias.

¿Dónde mi jocundo padre
que me transmitía fuerzas?
¿Dónde mi hermano y amigo
casi de mi misma fecha,
con quien creaba mil juegos,
travesuras y quimeras?
¡Tragados por misteriosa
desconsoladora niebla!
Sólo quedaban mi madre
y, en sus brazos, la inocencia:
una, joven defraudada;
otra, bebé ya con restas.

El trío nos resentíamos
mordidos por la pobreza.
Llegaban malos silencios
encaramando sus penas.
Cuando salía mi madre
con su niña por la selva
de cemento, ¡emparedada
mi niñez sin claves queda!

Vacío de los ausentes
es no resuelto problema.
No quisiera ni moverme
desconfiado de las vueltas.
El hondón es como cárcel
que, sin consuelos, aprieta,
y me deja mudo y triste
donde nadie me excarcela.

Allende mi casa hay
un solar ebrio de hierbas;
corriente de agua vecina
sus cercanías refrescan.
¡Un ameno mundo verde
que asombrado descubriera!
Hoy, convertido en vigía,
ese instante aún me llega;
y, así, recuerdo el zumbido
peculiar de las libélulas
que, pobladoras aladas,
eran allí solas reinas.
¡Qué tenues equilibristas
nivelándose perfectas!
Prototipos de balanzas,
vivas, seguras, esbeltas;
varitas horizontales;
potrancas de las diablesas;
llamaradas de colores
propios de mañanas nuevas.
¡Qué globos tienen por ojos
en las yelmosas cabezas!
¡Qué sensoriales apéndices
para captar cada brega!
Pero, sobre todo, impactan
las alitas con que vuelan:
redecillas prodigiosas
con sus tendidas vivencias
para posarse graciosas
en milagros y en malezas.
Luz de hermosura, sus élitros,
ningún hombre los intenta.
¡Milagrosa región pura
se construyen las libélulas!
¿Alguien podría contar
cuántas desde el cielo llegan?

Con fascinación, mis ojos
los vuelos traen y llevan.
Motor y viento, el zumbido
-que en el recuerdo no cesa-
las libélulas parecen
-según las noticias frescas
de las radios de ese tiempo-
cien escuadrillas aéreas
que en este visible frente
defienden a la Inglaterra.

-Amigo, ¿juguemos juntos
a mandar cartas que vuelan
en rápidos helicópteros
de nuestra Segunda Guerra?
Dos rapaces de mi porte
acercándose me enseñan
a cazar los “matapiojos”
para amarrarles enseñas
soltándolos enseguida
con sus cargas fraudulentas.

¡Desde que el mundo camina
dos más listos no nacieran;
ambos son “pilla-la-bala”
con bagajes y ocurrencias!
¡Venero vital fresquísimo
mis dos amigos entregan!
¡Tres claros gritos gozosos
con las libélulas reinan!

Digo: -¿Por qué “matapiojos”
a los mensajeros mentan
que en este campo sin pausa
todo el santo día huelgan?
Dicen: -Matan y son chicos,
por eso “piojos” semejan.
Tragan cuanto bicho hay
hambrientos como las fieras;
¡Son terribles de carnívoros
con los “gilbertos” que encuentran!-

No quedara convencido
con aquello que supiera
desde fuentes descarnadas
que sin ficciones rastrean
cuanto vive a ras de suelo
o cuanto en los aires vuela.
Perdida la luz vertiente
de la presencia paterna,
¿a quién preguntar las dudas
seguro de las respuestas?
Y al no saber si eran diáfanas
o si enturbiadas que inventan,
mi sola tierra segura
era esperar más certeras.
Por cierto que, niño al fin,
seguí con lo que más cuenta:
¡desnudar tiempos y espacios
propios de cuando se juega!





LA FAMILIA DE EXILIADOS…

La familia de exiliados
sigue secretos caminos.
(Jumento, calla tus pasos
mientras bajas hacia Egipto).

Aumenta más lo desértico
descomunal de esos sitios
la nocturna población
altísima de zafiros.
¡Qué muchedumbres de estrellas
parpadeando con sigilo!

¡Noche, viento y dunas cubren
al trío de fugitivos!

¡La madre amorosa mece
sobre el burrito a su niño,
mientras el padre callado
da a la advertencia, destino!

-¡José, María, Jesús
en el desierto infinito,
escúchenme, por favor,
lo que con miedo les digo:
cuidado, porque ya vienen
los tenebrosos esbirros
del tirano, dando muerte
sin mediar ningún aviso!
¡Tiñen con sangre inocente
a Belén,  y del martirio
de las madres y bebés
aún torturan los gritos!...

                                         Para Amanda, en el Más Allá





ALGUNOS BUSCADORES

Dijo un buen buscador:
“¡No la toques ya más,
que así es la rosa!”

Leyendo ciertas rimas de la China antiquísima,
la rosa tuve pura…
Y en versos naturales -fontanas japonesas del haikú-
yo la adoré sin velos…
¡Y en mil viejas canciones castellanas!...
¡Y en los límpidos versos
del sureño habitante
del Reino Jamás Nunca!...
¡Y en tantos, tantos otros
buscadores!...

¡Sí, la gocé desnuda!
¡Qué rocío inmortal
en renovados pétalos!...

¡A Dios, le doy las gracias!




MORTAL AVISO
(Visita a Chimbarongo poco después del terremoto del 2010).

Sufro tu ruina, aunque me recibas
-campestre pueblo bueno de mi infancia-
con familiar ambiente de fragancia
que busca sin lograr mi antigua vista.

¡Qué sucesión de casas con fachadas
de heroicos barros viejos ya vencidos
por incesante tiempo decidido
a destruir con armas descaradas!

Mi amor por ti, hondón de mi pasado
-familia, madre, hermanos, novia, amigos,
y en donde en vano busco conocidos-

con nudo aprieta casi de ahorcado;
mis ojos nubla, íntimos testigos
de este mortal aviso recibido.




RECODO CON VERTIENTE

Virgen fuente, nieve fría,
cristalina, transparente,
¡qué recodo reposado
fuente en versos, vida verde!
Joven fresca del recodo;
nieve pura, transparente
donde las bridas exigen
un antiguo rito urgente.

Mi amiga yegua, la sombra
y el agua más fresca, bebe;
y se bebe la montaña
y sus secretos silentes.

Desde mi Escuela Rural
hasta el pueblo donde expenden,
hurgo las casi cuatro horas
del camino que desciende.
Y en la subida, de vuelta,
-fruta más dulce y más breve-
pienso, piensa que te piensa,
que mi vida pienso siempre.

Y si alguien evaluare
que aquí la nada sucede
es que no capta que el hombre
que nortes precisos yergue
¡vive si tiene proyectos
que sin pausa desenvuelve!
Viviendo a todo vivir
si en una misión acrece
es porque logra, guiador,
que otros más levanten mieses.

Virgen fuente, nieve fría,
cristalina, transparente,
¡qué recodo reposado,
fuente en versos, vida verde!
Joven fresca del recodo;
nieve pura, transparente,
donde las bridas exigen
un antiguo rito urgente.





DIUCAS EN LA ESCUELA RURAL
¡Alegría retoña nos obsequian!

No sirve si te digo:
-“¡Mojados como diucas, los niños montañeses!”-
Vale con realismo:
-“¡Si son las diucas mismas!”-

Para decir : -“¡Presente!”-,
cumplidores,
muy mojados, corriendo cada día,
los grises y las grises
de la lista blanquísima en el vientre,
sorprenden con sus trinos matutinos.





DÍA DE CLASES CON LLUVIA

Embiste el viento norte
con toros hostigados
a mi indefensa escuela montañesa;
quiere volarle el zinc
hacia el sur cerradísimo
y, frustrado en su empeño,
desenfrena la lluvia
con capricho y con rabia;
desencadena
sus hocicos cegados que erosionan
por todos los costados a las casas
tratando tenazmente de socavar las basas
con el fin de arrastrarnos.

Arriba: bruna pizarra cósmica.

El corredor pequeño de la escuela
soporta resignado
un chaparrón
-hierro y descanso-
que empecinado llega de visita
inoportuna.
Y es que nadie lo quiere ni de asomo.
Desde mi casa,
y al filo preocupado
de la media mañana,
vemos aún vacías las trochas y caminos
que traen a los niños al estudio.

Algún caballo y su jinete pasan,
y si el gredoso barro no los traga
es gracias a la espuela
que con colmillos muerde los ijares,
sujetándolo.

A veces,
una carreta las trampas del camino reta,
apenas arrastrada por bueyes flacos,
¡flacos!,
picaneados con furias malhabladas
por taciturnos hombres obstinados.

La quebrada extensísima,
frondosa de sorpresas,
en cuyo lado norte
una planicie hechiza le da asiento
al colegio y la casa,
es corredor nostálgico
de gratas variedades disfrutadas
en los días brillantes de despejado tiempo.

¡Qué lluvia de cien días!
Y ni siquiera surge
un bendito arco iris con su divina estética
para no ver tan sólo la sucesión de plomo
tan mezquina de escampes.

Pero,
poquito a poco,
mientras más broncamente
la lluvia contumaz tamborilea el zinc,
y mientras el viento ruin, salvaje,
pareciera querer a contrapelo
agotar la paciencia y asustarnos,
llegan corriendo a todo trote
los alumnos amados de las casas más próximas.
¡Y en la escuela se encienden
los rojos avellanos!
¡Se siente como cuando
florecen los cerezos!
¡El corazón contento ilumina los pulsos!
Desvestidos sus pies o protegidos
por zapatos sintéticos baratos,
¡qué gusto nos da verlos aparecer resueltos
en las rocas más altas
y bajar sorteando
el barro,
la resbalosa greda,
equilibrando gozos,
empapados
hasta los mismos tuétanos!

Preocupados,
disponemos calor en el fogón amigo.
Hay bromas, corazón,
pupilas conmovidas
y realismo mágico en los lances que cuentan.
Hay suavidad de sedas
e invisibles presencias
que circundan el ámbito.

Algunas
pequeñas bonitas laboriosas,
conversan sobriamente;
otras,
calladas,
se expresan y sonríen con los más dulces ojos.
Son graciosas murtillas;
tejedoras tempranas en el telar pre-hispánico;
andadoras sumidas, duras como las quilas.

Ellos, niños del campo,
nos parecen sufridos,
juguetones:
alentados amigos del grito y las carreras;
carpinteros precoces;
botánicos innatos;
zoólogos certeros.
Chancean
-chincoles desafiantes de rigores climáticos-
en la bullente lengua de heredados tesoros
con hablas concedidos por las gentes del mapu.

Brilla calor metálico
de tineos en llamas.

Las aguas adheridas,
especie de parásitas, astutas adaptadas,
y puestas a nivel en las mantitas pobres,
se evaden fugitivas
disimulando
en prestos fluidos gaseosos.

Y, al fin, hay un escampe,
porque la lluvia quiere simplemente cobrar nuevos empujes.
Recobrar el aliento.
Premunidos de palas y azadones
abrimos corre-luego para desviar las aguas;
trozamos los pellines;
preparamos la leche;
y, finalmente,
limpiándonos el lastre pegajoso,
y como quien penetra
al mejor de los mundos,
lo hacemos en las aulas ya entibiadas
por el tiesto metálico de las extrañas joyas refulgentes.

Con qué amor orientamos con flexibilidad,
recurriendo
a las motivaciones más variadas.
Cómo decimos Chile.
Cómo formamos coros
que expresen cuanto alienta con el alma.
Y cómo echamos mano
a todas las reservas
-aceros y ternuras-,
aunque, a veces, nosotros, sin quererlo,
anidemos de golpe
duras desesperanzas
con causas objetivas.

Quizás si desde lejos,
contemplada la escuela fríamente,
se la vea de gris, como perdida,
pequeñísima,
atrozmente aislada,
indefensa, sin armas,
en medio de la cruel tempestad
que azota Mahuidanche
en diurna obscuridad
hasta infinitas marchas de distancia.
Sentimos lo contrario.
En ella,
bulle el mundo.
Se crece.
Todo pasa…
¡Presta sentido
el vivenciar
integralmente!

Tiene
para nosotros
compañía,
y, sobre todo, luce
un súbito arco iris
recién visto
suspendido en los cielos sobre el reino del verde.
Desde montes a montes

con sus árboles, sus siembras y  sus flores; sus aves y animales; y,
sobre todo,

con sus modestas gentes,
compartimos

un reino solidario

¡y que está siempre próximo!



MINIPOEMA

Todos somos poetas de nuestros propios cauces y riberas.
Como tales, ¿cambiamos las orillas y transcursos del pasado
sin que nos demos cuenta?
¿Es que nosotros -inquietos bregadores sin remedio-
vamos siempre mudando nuestras aguas y entornos,
incluso cada día?




PERMANENCIAS DE UN TRANSCURSO FLUVIAL

Un fluvial darme cuenta.
El meandro presente del transcurso del cauce ya es pasado de nieblas entre
los bosques intrincados, y va para el futuro se acabar.
La permanencia vela su transcurso, y es mejor procurar quitar los velos.





ALLIHUÉN (*)
Ubicada al oeste de la Cuesta Lastarria

En  tu lugar, entonces, niños, vida,
y una campana azul bendecidora
de silabarios plenos de salidas.

En tu lugar de entonces -hoy, ahora-
nostalgia atroz y cambios en sordina
sin poesía viva a toda hora.

En tu lugar, entonces, sal divina.

En tu lugar de entonces, la neblina.

                                         A Margarita



(*)Alliguén: árbol de grandes dimensiones, ocasionalmente utilizado para realizar encuentros importantes.


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