lunes, 23 de junio de 2014

JOAQUÍN CIFUENTES SEPÚLVEDA [12.002]


Joaquín Cifuentes Sepúlveda

Joaquín Cifuentes Sepúlveda (San Clemente, Chile, 15 de marzo de 1899 – Buenos Aires, Argentina, febrero de 1929) fue un poeta chileno, se le asocia a la la Generación del 20 en donde es uno de los tantos poetas y prosistas chilenos que quedaron olvidados en el tiempo.

Hijo de una familia de comerciantes locales. Estudió en el Liceo de Hombres de Talca, participando de una generación de escritores que tuvo como guías al rector Enrique Molina Garmendia y al vicerrector Alejandro Venegas Carús.

Se desconoce si tuvo hijos, aunque sí se casó, ya que fue su viuda quien publicó en forma póstuma su última obra. Murió de tuberculosis en Buenos Aires, en febrero de 1929.

Pertenececió a lo se conoce como la Generación del 20, este grupo hasta nuestros días es más conocido como “El grupo de Neruda” o bien como lo denominara el poeta Pablo de Rokha: “La banda negra”, haciendo alusión que este grupo usualmente se reunía en cafetines y bares.

Fue tal vez uno de los más cercanos a Pablo Neruda, por ejemplo en el libro Crepusculario , se le encuentran muchos acercamientos al estilo de Cifuentes, y en el libro Residencia en la tierra neruda lo recuerda con el poema Ausencia de Joaquín.

En el libro Neruda de Volodia Teitelboim (Página 117), retrata a este poeta en una forma más cruel que con deseos de rescatarlo del aislamiento:

«Es un maestro de la cantina, un rey de la blasfemia, el que imparte a sus discípulos, como un apóstol del vino, las llamadas enseñanzas de la hombría criolla. El hombre ha nacido para tomar, para fornicar, para desafiar lo establecido. Tenía algo de anarquista primitivo. No dibujaba claramente la frontera que lo separaba del hampa. Era el predicador de una terrible y envolvente hermandad. Manejaba el lenguaje flamígero. Era el bardo del verbo insultante. El sucesor de todos los mal hablados de la historia, un fuera de la ley manejador de cuchillos y de frases como relámpagos, un semianalfabeto que tenía la sabiduría que viene de abajo cuando ésta se traduce en negación individualista, salvaje y sin destino».

En el sitio de la la Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional, incorrectamente se le da el apodo de “El Ratón Agudo”. El escritor Diego Muñoz, en un trabajo publicado en la revista “Ancora” de 1964, con motivo de los 60 años de Pablo Neruda, precisa que tal nombre lo daban al fotógrafo Raúl Fuentes Besa y no a Cifuentes.

Obra:

Publicó Letanías del dolor (Talca, Imprenta Talca 1917); Esta es mi sangre (Talca, Imprenta Talca 1918); Noches (Talca, Imprenta Talca 1919); La Torre (Santiago, Ediciones Juventud 1922); El adolescente sensual, antología prologada por Pablo Neruda y Jorge González Bastías (Santiago, Imprenta El Esfuerzo 1930).

Todas estas obras se pueden encontrar en el sitio de la biblioteca nacional Memoria Chilena.


“Entornemos los ojos y juntemos las manos
y dejémonos ir quietos por la corriente;
si nos  zumba al oído el colmenar humano
entornemos los ojos, apretemos los dientes.
Y sigamos así, ciegos a las ajenas
ansias de atropellarse por mirar y mirar,
recojamos el polvo de las pisadas buenas
y hagámonos camino por entre el colmenar.
Y por fin llegaremos a una meta desierta
y allí nos dormiremos en una larga siesta
hasta que la caricia de otro sol nos despierte.
Una pregunta ingenua vagará en tu mirar:
-¿A dónde me trajiste?... y querrás arrancar.
Yo te diré al oído: -estamos en la muerte.”
“Esta es mi sangre”




Selección de textos de Joaquín Cifuentes Sepúlveda

El pequeño odioso: antología de poetas precoces chilenos. Altazor ediciones, 2012.







De El adolescente sensual. Santiago, Imprenta El Esfuerzo, 1930.



Abismo

Hermano: somos dos fantasmas solamente.
De pie, frente a la vida, gritamos fuertemente:
tú: ¿Dónde está el pasado?, yo: ¿Dónde está el presente?

Frente a la vida, con ademán de protesta,
ya ni la conocemos, ¿Dónde está, que no es ésta?
¡Aullidos de dolor, blasfemias de la fiesta!

Si no es ésta la vida, ¿dónde será el morir?
¿Acaso en mi presente? ¿Quizá en tu porvenir?
¡Si fuésemos siquiera capaces de morir!

Morir, tenderse, cerrar los ojos, dejarse ir...
Cuando yo me despeñe, ¿de dónde me iré a asir?
Hermano: ¡tengo miedo, líbrame de morir!

Corre un viento de duda, corre un viento de duda,
las preguntas se estrellan contra la celda muda.
La noche se desliza totalmente desnuda...





Triste regreso

Sombra, pero sombra que te ama más.
No me mires. No me preguntes.
¡Siempre estuve a tu lado!

Sí, de paso otra vez, de paso siempre.
Hacia el norte, hacia el sur...
¿Hacia la muerte...?

Confiada me esperabas. Me lo dicen tus ojos.
No, no me sigas; el viaje es largo y duro.
Volveré cuando pueda.





La casa de la plenitud

Hembra dorada y jubilosa,
pulpa de treinta soles rubios,
madura estás como las pomas
y hueles a pan de centeno,
a fruta y a vino y a cántaro
y a heno.

Yo, varón de altanero rostro,
músculo y corazón resuelto,
aquí te aguardo, en el umbral
de esta casa que mis brazos recios
construyeron con ladrillo y cal.
Casa tan mía como tuya.

Hembra del claro sonreír,
donde se afirma la raigambre,
sólida, de nuestro porvenir.
Nada nos falta, nada, nada.
Ni el vaso, ni el vino, ni el deseo. 





El momento rojo de Chile

Me dices: “Ya no me escribes, ¿estás enfermo?”.
No estoy enfermo, amada, pero sí estoy muy triste,
una angustia tremenda me está mordiendo el alma
y la palabra mía ya no se oye en la noche.

Aquí, junto a esta piedra donde inclino la frente
miro mi vida inútil, tal un molino en ruinas.
Ya en sus aspas el viento no enreda sus caprichos.
Horizonte rasgado por la oscura cuchilla
de una garra rampante, ya mi vida no vuela:
esclava de la suerte se golpea en la roca,
cae rendida, rueda, no se levanta, muere.
¿No ves que ya no puede la pobre con sus gritos?

Cómo escribirte, amada, si hay vergüenza en mi rostro,
si mis manos se crispan y el dolor me enrojece:
nuestra casa, la casa donde jugamos libres,
donde cantamos libres, donde libre te amaba
ya no está, como entonces, alegre ni está sola.
La han invadido extraños que me muestran los dientes.

Con cadenas de fuego me sujetan los brazos.
Estoy solo, en la noche, ciego, estoy como herido.
Pero la voz me salta como un chorro de espumas,
canta en mis sangraderas una canción de espanto.

Tú, como una esperanza blanca en mi tarde lenta,
así, pequeña y dulce, débil como un recuerdo:
tu mano como un bálsamo en mi frente, tus ojos
como un lago austral donde estoy yo y el cielo.

Tiendo sobre la huella de los soldados
mi cuerpo, como un himno a la tierra nueva.

Tú de rodillas, símbolo, cúbreme con tus alas,
que no vean la angustia de mi boca apretada,
la fiebre de mis sienes, la herida de mi rostro,
la nieve de mis sueños hollada por la infamia,
la llaga de mi espíritu derrotado y confuso...

Cuando muera, tú debes gritarle al extranjero:
¡he aquí al poeta en el momento rojo de Chile!





Madre, vuelvo a tí...

Madre mía, tengo
el corazón hecho pedazos,
humildemente vengo
a calentarme en tu regazo.

Tengo mucha pena
y no me podrás tú consolar,
pero como eres buena
me dejarás llorar.

Soi un solitario
tras la venda de todos los engaños...
un estrafalario, un estrafalario
i un proscrito a los 18 años.

Una mujer me ha herido,
                                       madre!
dame tu cariño
que estoi vencido.
Soi un viejo i soi un niño.

Aduérmeme en tus brazos
i dame bendición.
Me hicieron pedazos
todo el corazón!








Letanías del dolor
Autor: Joaquín Cifuentes
Talca, Chile: Impr. Talca, 1917

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1917-08-20. AUTOR: LEO PAR

No impunemente se prescriben reglas o se promulgan nuevas teorías literarias. Ninguna de ellas, por adversa que sea a todo arte razonable, deja de encontrar celosos partidarios que la llevan a la práctica.

Por desgracia no siempre son tales novedades discretas y útiles. Esos preceptos, inspirados alguna vez en erróneos conceptos estéticos, para otras muchas discurridos por la necesidad de explicar las propias deficiencias literarias, hallan siempre gentes que los emplean.

Y como el contagio de las malas doctrinas, máxime si vienen acompañadas de peores ejemplos, es rápido y violento, resulta que se alzan en tropel los malos literatos, organízanse en legión, forman estrépito, se inundan de alabanzas los unos a los otros; y al verse en tal número, adquieren exagerada idea de su importancia literaria, y, por cima de todo, sienten la conveniencia de solidarizarse estrechamente.

Un solo preceptista desatinado puede traer infinitos males, puede transformar todo el movimiento literario de una nación, torcer por largos años el curso normal de su literatura, perturbar, destruir el buen gusto y promover en el campo de las letras un malestar profundo. Estos daños, como es de suponer, se agravan si el innovador tiene algún talento.

El proceso de la decadencia literaria, la marcha de estas epidemias del buen gusto las ha presenciado el mundo en diversas épocas. Baste, por ahora, recordar la nefasta influencia de Góngora en España, la de Marino en Italia, la de John Lily, el creador del eufnismo, en Inglaterra, y la del preciosismo en Francia.

Aumenta la facilidad del contagio el hecho de que nada hay más sencillo de imitar que los defectos, porque es lo de que todos tenemos mayor caudal, y lo que, por tanto, más se aviene con la insuficiencia de cada cual. Además de que existe en los imitadores tendencia irresistible a exagerar hasta los últimos límites las virtudes del modelo, a sus defectos cuando estos forman la base de una reputación literaria.

Cierto es que habría un antídoto contra esas malsanas influencias; la educación del gusto por el detenido análisis de los grandes escritores, por el estudio reflexivo y metódico de los modelos que ha consagrado la admiración universal. Es cierto que cabría neutralizar esas tentadoras y perniciosas teorías por la obvia consideración de que aún los insignes talentos, los genios mismos, han tenido su noviciado, que han estudiado con ahínco, y que antes de escribir hicieron acopio de conocimientos y experiencias, se impregnaron el espíritu de belleza en el inteligente e incansable examen de las obras maestras. Podrían nuestros noveles escritores, para contener los ímpetus de producción que les acometen, para reprimir los impulsos de la savia literaria que los acude, pensar que todo hombre y, más aún, todo escritor, necesita cual Wilhelm Meister, sus años de aprendizaje; que este no es tiempo perdido sino, al revés, época de capitalización de ideas, y que tanto es así que las mayores lumbreras literarias, Goethe, Carducci, Hugo, Tensión, Flaubert, no se presentaron al [redondel] sino después de haberse armado concienzudamente con años de estudio y ardua meditación de los modelos. ¿Por qué omitirían los escritores chilenos lo que aquellos eminentes autores ponían como base de su obra literaria?... Pero humillo a nuestros […] portaplumas comparándolos con esos adocenados escritores que se dan la molestia de estudiar, corregirse, tantearse antes de publicar sus ideas. Ellos, los nuestros, en esta febril persecución de la gloria, quieren alcanzarla de un salto, al primer vuelo; se lanzan a las nubes con alas de cera y… como era de presumirlo; caen estrellados contra el suelo.

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Las ideas que más arriba exponía acerca de las novedades literarias, confírmalas ampliamente la novísima literatura de nuestro país. Desde hace veinte años sopla sobre ella un viento de reformas e innovaciones, o mejor dicho, un vendaval de libérrima producción literaria que sacude todos los preceptos y cánones de la retórica cual si fuesen ominoso yugo.

Iniciado el movimiento por un poeta de relativo mérito artístico, por un vate que había leído y viajado mucho, que poseía varias lenguas y algún caudal de erudición, capaz, en consecuencia, de tener un criterio sobre estas cuestiones; y, sobre todo, iniciado con cierta mesura, dentro de cierto marco de buen sentido, sus ideas cayeron en la mesa de los escritores noveles que aún no habían tenido tiempo ni, posiblemente, capacidad para aquilatar sus doctrinas. Sino que, como ellas predicaban libertad, ellos, con esa lógica de las multitudes que siempre las arrastra a los extremos, entendieron libertar por anarquía. Y en nombre de principios que les permitían asumir el bello título de poetas sin tener talento ni paciencia ni estudio, sin poseer ni el más embrionario sentido de la armonía, sin sospecha alguna de lo que es composición literaria, sin muchas veces acertar a distinguir un alejandrino de un endecasílabo, se pusieron desaforadamente a borronear prosa y algo que tuvieron a bien llamar versos.

Sin conocerse ellos mismo, echando apenas una rápida ojeada sobre su escuálido yo, agigantando cualquiera vulgar o ramplona sensación, fingiéndose mil artificiosos e insulsos sentimientos, lanzando por la borda la bella lengua de Cervantes con todo lo que ella presupone de buen sentido, de naturalidad y arte, de análisis de los caracteres, olvidados de que se escribe para ser entendido, ellos se han puesto activamente, ¡funesta actividad!, a amontonar páginas sobre páginas, un río, un mar de inconsultas vaciedades, marea incontenible de inepcias y naderías.

Desde hace veinte años estamos hasta la nuca de esos que se atreven a llamar versos, de culteranos proemios, de rapsodias, de comentarios, de bombásticos elogios, de estrafalarias y delirantes ideas. Estamos amagados [sic] de que el turbión nos arrastre y sepulte en sus revueltas ondas si alguien no nos lanza un salvavidas de buen juicio.

Algunas voces de auxilio se han dejado ya oír, voces que claman por la vuelta a la sana razón y el sentido común, voces que en el temporal deshecho del culteranismo y demás estragos, predican la vuelta a la gramática, siquiera a la gramática y el diccionario. La cuestión es concentrar esos esfuerzos, y ante el dislate en que amenaza hundir nuestra literatura, levantar [como] égida protectora los modelos [iniciales] de las letras castellanas.

Hay que apresurarse a hacerlo. El mal va cundiendo y ahonda […]. Si alguna prueba quisiéramos de ello, aquí a la mano la encontramos en estas verdaderas “Letanías del dolor”.

En pasadas crónicas he hecho saltas cuánto hay de inartístico y confuso, de improvisado y sin médula en ciertos trabajos de nuestros recientes escritores. No ha mucho, analicé a la ligera una tupidísima y más que enrevesada “Selva Lírica”, y dije, o dejé entrever, que juzgaba imposible llevar más lejos el dislate que el punto en que algunos hijos de la Musa habían llevado el arte de no decir nada en muchas palabras. Pues hete aquí que dos o tres meses después se [abren] estas “Letanías de dolor” a analizar ese imposible y a crucificar de nuevo a esta inerme víctima que es la literatura chilena.

Cualquiera juraría que por estas páginas no ha pasado ni una leve aura de poesía española; mucho menos de lírica francesa, y ¡para qué recordar las otras literaturas! En estas líneas de todas las longitudes, desde una sola letra hasta las diecinueve o las veinte sílabas, pasan y vuelven a pasar, en majadera [repetición], con monotonía insufrible, los mismos confusos o alambicados conceptos, vacío de sentido, faltos de melodía y ritmo. Son un perfecto rosario de trivialidades en que se ha realizado la hazaña de llenar ciento cincuenta páginas sin un solo verso que, a menos de ofender el buen sentido, pueda llamarse hermosos, sin una idea nueva, y, lo que es más grave, sin un solo sentimiento natural y hondo.

No se crea que exagero, pues podría citar el libro entero en comprobación de mi juicio. Pero vayan, como mayor comentario, algunas muestras. Dice, por ejemplo el poeta:


“Amada, cosecha dulzuras de mi sufrimiento
Recoge el oxígeno de lo que no alcancé
Déjame a mí los remordimientos
De lo no ilusionado y de lo que ilusioné” (Pág. 22).


Cualquiera encuentra en una probeta ese oxígeno; pero lo que no hallará en ninguna gramática es el permiso de usar el verbo “ilusionar” como lo hace el autor.

Otro botón de poesía:


“Acaso como a ti, ay! me hará endurecer el dolor
Y de simple pajuela me tornará muy fuerte,
Partirá mi macabra angustia una mujer
Y seguiré tranquilo esperando la muerte” (Pág. 34).

Eso de partir una mujer una angustia macabra sería cosa de ver.
Obsérvese con qué lirismo saluda a su padre el autor:
“Padre, gigante de la suerte y de un sol peregrino,
Te blanquearon el pelo los sabores del vino
De tu vida de padre, desfloraron un trino
Las enormes angustias de tu largo camino” (Pág. 34).


No digamos que esto no es la caridad misma.

Dulce y honda poesía es la de esta cuarteta que sigue; debe haberle costado al autor un portentoso esfuerzo:


“Y tú serás mi hermana y yo seré tu hermano,
Y yo seré tu hermano y tú serás mi hermana,
Tú serás menos buena, yo seré más humano,
Yo seré menos bueno, tú serás más humana” (Pág. 40).


Es una colección de antítesis que haría rabiar de envidia al más gongorino de los poetas. ¡Si habrá costado elucubrar eso de “más humano pero menos bueno”!

En materia de novedades, no creíamos ya curado de espanto, pero no contábamos con este verso:


“Y porque no podremos al caer de la tarde
Mirarnos mansamente bajo un mismo temblor,
Lloramos nuestras penas…”




Esta es mi sangre
Autor: Joaquín Cifuentes
Talca, Chile: Impr. Talca, 1918


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1918-07-15. AUTOR: LEO PAR

El parnaso está de luto. Ha fallecido últimamente el célebre poeta que no ha mucho cantara las “Letanías del dolor”. Muere en la primera juventud, víctima de insidiosa enfermedad, la metromanía. Al abandonar la vida pudo, como André Chénier, exclamar golpeándose la frente: “¡Algo había aquí!” ¡Cuántas admirables creaciones, cuánto lirismo, qué mundo de recónditas y elevadas sensaciones, de extraordinarios conceptos se lleva a la tumba el señor Cifuentes!

Fueron vanos los esfuerzos de la ciencia, los empeños de la amistad, los consejos de la higiene literaria: había hecho el mal enormes progresos en su juvenil cerebro que no pudo refrenar el empuje de la enfermedad. En los últimos días esta asumió caracteres dramáticos; se pronunció francamente lo que los especialistas llaman cinantropía. Buscaba el poeta la compañía de los perros, admiraba la metafísica perruna y en los fieles canes descubría una profundidad de sentires y conceptos que día por día fueron distanciándolo más del trato con el género humano. En los comienzos del mal, un autorizadísimo clínico, Mr. Jonathan Swift, diagnosticó la enfermedad con toda exactitud. Dijo el notable facultativo que del cuerpo se exhalan vapores que al llegar al cerebro, cuando son escasos lo dejan sano, pero cuando son excesivos lo exaltan: en el primer caso resultan pacíficos ciudadanos, en el otro evento se producen los grandes hombres, los inspirados de genio, los excelsos poetas. Solo que en esta última emergencia el físico se resiente: sobrevienen el delirio, el trastorno de las ideas, aberraciones de todo género que llegan hasta la abolición del recto juicio y por último a la muerte.

Para desgracia de nuestra poesía, el pronóstico del Dr. Swift se ha cumplido a la letra. Los últimos meses los vivió nuestro poeta en constante pesadilla, presa de terribles alucinaciones, con los sentidos totalmente pervertidos, sintiendo que “el aullido de los perros sangraba”, escuchando “latidos de arrullos”, comentando unos “consuelos de cantina”, creyéndose “acechado por la jauría del fracaso” y soñando imposibles “fraternidades del hombre con la culebra y la parra”. La perturbación visual llegó al extremo de hacerle descubrir que “una mano era la luz de camino”; tenía como cruel obsesión “el presentimiento de una eterna cicatriz”. En sus últimas horas el poeta imploraba al sol para que “lo ungiera con una dulce candidez de niño tísico”.

Como se ve, el cuadro clásico de la metromanía y la glosolalia estaba completo; con tales aberraciones no podía el pobre poeta durar mucho más.

Presintiendo, esta vez no una cicatriz eterna sino su próximo fin, dejó el vate su elocuente y conmovedor epitafio. Un sentimiento de tristeza y piedad nos mueve a transcribir aquí esa “novísima verba” del finado poeta, su obra maestra poética:


“Me atormenta el deseo de cambiar la conciencia
De esta vida de luces y aromas siempre iguales.
Yo quisiera ser perro y andar con la demencia
Que llevan en los ojos todos los animales.

Perro, mi pobre hermano, nos conmueve el afán
De esperar el futuro para mejor vivir…
¡Si cuando los perros sean hombres, los hombres serán
Perros y el mundo seguirá siendo mundo hasta el fin!

Los dos hemos creído y llorado en un abrazo
De envidia y de amistad; yo para no saber
Que atrás me acecha la jauría del fracaso

Y tú por la inconciencia de hacer y no sentir.
Pero al verte llorar, yo no he querido ser
Y ha vagado en mis ojos un miedo de vivir.”






Noche
Autor: Joaquín Cifuentes
Talca, Chile: Impr. Talca, 1919

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1919-10-06. AUTOR: ELIODORO ASTORQUIZA

Los versos que siguen forman parte de un volumen que acaba de publicar le poeta talquino, don Joaquín Cifuentes S.:


“Corazón de la tarde –rosa fresca y perlina
donde se filtra el magno espíritu de las cosas-
te retendré un momento preso entre mis pupilas
y te diré mi vieja inquietud dolorosa.

Yo también tengo un loco corazón que es de rosa:
por él camina apenas una sombra azulina;
hay veces en que pienso, tú supieras qué cosas…
¡Tengo el alma vaciada de su esencia divina!

Pasa sobre mi vida su sombra como un sueño
en los atardeceres es como una ilusión;
viene a mí silenciosa, florecida de ensueño,
y me deja un cansancio y una desolación…

Porque sea armoniosa como un cantar sedeño,
corazón de la tarde, ven a mi corazón”.


Sospecho que los lectores no han de percibir bien el pensamiento del poeta. Yo tampoco –para ser franco. En cuanto al autor mismo, sería hacerle una ofensa creer que se encuentra en el mismo caso de los lectores y del subscrito. Él debe de saber lo que dice; somos nosotros los que no sabemos leer. Procuremos saberlo y veamos manera de habituarnos a este extraño estilo, leyendo con atención esta otra poesía:


“Mis carnes se diluyen en la atmósfera. Siento
algo así como si yo fuera un amanecer
blanco… Y un estremecimiento
largo y sonoro recorre todo mi florecido ser.

Te lo digo para que lo sigas ¡Oh mujer!
¡Oh mujer litúrgica y lasciva! Mi pensamiento
tiene suavidades de seda y de nardo. En este momento
me parece no ser el mismo que fue ayer.

Son las once. El silencio parece un ojo
[…] que me mirara. Un milagro de luna hay en el cielo.
En mi espíritu grave suena un ritornelo,
en mi espíritu ulcerado y rojo.

Ven mujer, a enjugar mis penas
con tus manos blancas y buenas…”



Estos versos –debo declararlo- son míos. Y debo declarar también, sin vanidad, que no me ha costado absolutamente nada hacerlos. Solo he dejado correr la pluma. Mi intención, por lo demás, ha sido imitar al señor Cifuentes, sin que se me oculte que mi imitación está muy por debajo del modelo, entre otras razones por el hecho de que este sabe lo que dice, según dejamos establecido, al paso que yo no sé lo que he querido decir.

Si el señor Cifuentes hiciera una segunda edición de su libro, no se olvide de pedirme que le haga yo un “pórtico” o “proemio”. Seamos sinceros: la verdad es que ese “pórtico” está ya hecho y me dolería perderlo. Helo aquí:



“Poeta, tus llagas han florecido en lirios
aromados y húmedos… Tus versos están hechos
de todos los sollozares, de todos los martirios…
¡Tu dolor no cabría ni en cien mil pechos!
Tu mirada inmóvil y armoniosa
ha escrutado el misterio en los […]
tú has sentido el cansando de las mujeres
y, santamente, has puesto algo de ti en cada cosa.

Porta, has entregado
tu alma maravillosa y ulcerada a los vientos;
tus labios han dicho del penar acongojado;
tu verbo está nimbado de lamentos”.



Nunca yo hubiera imaginado que era tan sencillo escribir versos originales. Es cuestión de ponerse a la obra. Un nuevo ejemplo:



“Son las diez de la noche. Hay un silencio
religioso, adentro.
Afuera reina una paz medrosa;
no se mueven las hojas
ni habla el viento;
parece que la calavera espectral de la muerte
estuviera mirando
fijamente las cosas.

No fumo.
Me parece que turbaría la grave
religiosidad del momento
el humo”.



Y así sucesivamente. Pero acaso ustedes son tan poco conocedores de estilos que se están imaginando que los versos anteriores son también míos. Profundo error. Pertenecen esta vez al señor Cifuentes. Voy a concluir por creer que soy un digno imitador de este poeta.





La torre
Autor: Joaquín Cifuentes
Santiago de Chile: Juventud, 1922

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1922-12-10. AUTOR: ALONE

Poesía de un solo tono, armoniosa en la superficie, sutilmente desarticulada en el fondo, de una seducción indefinible, antigua y nueva, descubre a menudo el secreto de renovar la estrofa, la imagen y el concepto sin caer en extravagancias, sin ir tan allá que se pierda ni quedar tan acá que parezca atrasada.

Guarda el equilibrio y una especie de serenidad hasta cuando el pensamiento se arrebata:


“¡No podrás olvidarme ni aún cuando no me quieras!
Seré siempre el motivo de tus dichas primeras…
¡No podrá olvidarme sino cuando te mueras!
Aurelia, amor lejano, dolido amor tan breve,
me quema a llamaradas el labio exangüe y leve
aquel recuerdo blanco –luna, corola, nieve-.
Fuimos los resplandores del anuncio postrero.
Vivimos un minuto bajo el cielo de acero.
Oh! Consuélate, amada: ¡Todo es perecedero!”



Es un poeta que nunca mira de frente ni abre del todo los labios para pronunciar las palabras; parece que hablara para sí mismo, salta de un recuerdo a otro, rompe casi a cada verso la cadena de las asociaciones y junta elementos muy distantes; pero dejando siempre entre frase y frase una especie de eco que se prolonga y forma atmósfera.

A veces quiere divertirse… Lo hace con gravedad parsimoniosa:



“Voy por las calles largas como un caballero triste
arrastrando mi vieja carreta con fatiga.

Señora Sarah Hübner, Ud. que sabe tantas
cosas del alma y dice tantas cosas profundas,

Ud. que para todos tienen palabras blancas
y para usted tan solo tiene palabras duras,
me aconsejó que huyera de esta tierra opresora
(a usted también le eleva sus garras, brutalmente)

“Hombre Ud. tiene brazos fuertes que aquí le sobran
y en otros pueblos grandes faltan brazos potentes”.
Señora Sarah Hübner, era verdad todo eso
que Ud. me dijo claramente y que no comprendí.
Me clavaron su dios en la carne estos cielos
y esta tierra me ha sido profundamente hostil.

Señora Sarah Hübner, gracias por sus palabras
Señora Sarah Hübner, gracias por que sus manos
me mostraron la huella de los sabios monarcas
que dejaron sus reinos cuando no les amaron”.



Buscando un rasgo general que envuelva la poesía de Cifuentes Sepúlveda, un calificativo aplicable a todas sus composiciones y hasta a sus versos, encuentro solo uno realmente extraño para un hombre de tormento, de ensueño y de pasión, para alguien que como este ha sufrido y sufrió el mal de vivir: es el sosiego, un inamovible y fundamental sosiego que se comunica a pesar de todo y por encima de todo. Semeja ciertas músicas de baile; podrán ser desesperadamente melancólicas, siempre conservan el compás, a fin de que se pueda bailar. La torre, o mejor dicho, las torres de Cifuentes Sepúlveda, danzan, sin perder jamás el paso, una danza poética, grave y suave.





El adolescente sensual
Autor: Joaquín Cifuentes
1930

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1930-11-30. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES

Manos piadosas han recogido los [versos] de Joaquín Cifuentes Sepúlveda en un libro que no puede leerse sin una emoción trémula de lágrimas. La efigie del poeta preside las páginas dolorosas en el carbón recio y firme que es la […] plástica evocación de ese muchacho que atravesó el mundo bajo el peso de su quimera y de su angustia. Un sueño de poesía jamás plenamente alcanzado; un anhelo de bondad, no siempre comprendido; una sed de esperanza nunca saciada, fueron las metas ideales a las que el poeta disparó su vida. Lo vamos a ver leyendo su último libro.

No haya acaso tragedia mayor para un hombre fino, sensible e inteligente que la conciencia del propio derrumbe. Sentir que es uno mismo el que se está deshaciendo y asistir como espectador a la declinación fatal y sin remedio. Mientras la inteligencia y la voluntad se rebelan con todas sus fuerzas la vitalidad amengua y se apaga como la llama amarilla de un blandón funerario. Impotentes y rendidas caen por fin voluntad e inteligencia y el hombre que quería sostenerse por el espíritu es la sombra de un recuerdo, leve recuerdo comparable apenas al paso de un pie menudo sobre la arena. Tal Joaquín Cifuentes Sepúlveda.

Pero el amigo de alma triste tuvo la compañera heroica y abnegada que lo librara del olvido y de la muerte. Ella ha querido recoger el último aliento de su compañero de jornada, que es un aliento de amor y poesía. El dolor había clavado para siempre su garra en el alma sensible del poeta y esa huella sangrienta no lo abandonará nunca ni cuando llegan las horas plácidas junto a la mujer bien amada y la promesa en flor del hijo rosado y sonriente, rayo de luna en el abismo.

Como una herencia de tristeza alcanzarán sus palabras al hijo. Dice a la compañera.



“Puro de pensamientos, cuando tenga veinte años
le contarás mi vida, toda, parte por parte;
no le ocultes ninguna de mis hondas desgracias.
Es bueno que los niños conozcan a sus padres.
Le dirás que deseo que no vea en mis actos,
malos o buenos, sino leves intentos amplios,
los malos se perdieron entre oscuras penumbras,
los buenos se los puedes señalar en mis cantos”.



El poeta no dice todo lo que quisiera decir… Su anhelo se queda temblando como una saeta que inútilmente busca su blanco. Trémulos están pulso y alma porque han de encontrar en la muerte el blanco definitivo y silencioso.

Toda su vida atormentada había sido una busca trágica y anhelante del hijo. En él divisaba el alba segura de la redención. Y se ha ido esperando su llegada, iluminada el alma de esperanza. Veamos en “La esposa sonriente” la rosa del milagro. Él ha de cantarla en claros versos serenos:


“Espejo de mis altas aspiraciones, miro
mi porvenir en todas tus secretas ideas.
Si tú me lo pidieras sería heroico y grande,
pero tú no pides nada más que te quiera”.


No lo abandona el deseo de elevar su vida y entregarla a una empresa ambiciosa y varonil. Pero la esposa lo retiene en sus brazos y le muestra un refugio de hogar lleno de horas de paz y de silencio mientras la muerte ronda en torno. El poeta comprende:


“Sombra de cielo, santa dulcedumbre de santa,
almohada en que mi vida se recuesta a morir,
báculo que me apoya, lumbre que no se aparta,
te apretarán mis brazos cuando te quieras ir”.


Ya alcanza el poeta a desnudar su pensamiento: “Nadie sabe qué dicha nos espera en la muerte”. Es la obsesión. El poeta piensa en su patria lejana y dice a la compañera las palabras más encendidas de su libro al mirar, a través de la cordillera, el viejo hogar en sombra y en tristeza. Grito áspero de angustia civil, es una rima del dolor íntimo y el dolor colectivo. El poeta pronuncia la frase de fuego que cuando muera, ha de decir la amada.

Ya la atmósfera del libro no recuperará la paz primitiva, esa elemental onda de sosiego y de confianza que iba ganando el alma del lector.


“Debo ser siempre un solitario
árbol erguido en medio de una montaña abrupta
en cuyas hojas verdes no han cantado los pájaros
y bajo cuya sombra nadie ha dormido nunca”.


Es inútil buscar un hueco para la esperanza. El sacrificio está consumado. Intenta el poeta un himno al continente nuevo pero se ve que no es esa su cuerda. El único continente que descubre, y en él se sumerge entero con cuerpo y alma, es el continente del dolor y del martirio. Cuando el dolor templa su instrumento mana su canto, áspero y bronco como un alarido, única expresión de una vida en que no hubo una hora que no fuera de amargura.

Jorge González Bastías, que prologa el libro, dice del poeta: “Y queriendo cantar con alegría, ha cantado como cantan los poetas, tristemente”. Es la verdad.

Si la vida en plenitud fue la aspiración que llenó su alma de tristeza al ver que su brazo, tenso en el esfuerzo, no alcanzaba a su estrella tuvo como consuelo supremo esa hora de amor y de esperanza por la cual olvidara un momento toda su pesadumbre y su tragedia.

Después, la muerte y, tras la muerte, este puñado de versos que la compañera alza en sus manos como un ramo encendido de llamas tremolantes.




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