domingo, 29 de junio de 2014

HERNÁN CAÑAS FLORES [12.086]


Hernán Cañas Flores

Hernán Cañas Flores (Talca, Chile  1910 - 1991). Profesor y poeta, autor de los libros "Las batallas solitarias" (1940), "A fuego lento" (1947), "Arco iris nocturno" (1965) y "El herbario de Gloria Lorena" (1978).



“La esmeralda salvaje en que vivía
Labrada por galopes de caballos,
Diome a beber cicuta cada día,
Tornándome en huraño y solitario”.


Las batallas solitarias
Autor: Hernán Cañas
1940

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-03-30. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA

La nueva generación de poetas chilenos, que adquiere capital importancia en los últimos diez años, cuenta entre sus miembros a Hernán Cañas, poeta que ahora juega sus “Batallas Solitarias”. Desde hacía mucho tiempo conocíamos el anuncio de este breve libro que hoy sale al mundo en misión de belleza, de emoción y sugerencia, a pesar de su título bélico.

Hernán Cañas es un poeta que ha asimilado las modernas corrientes poéticas, pero que al mismo tiempo ha defendido con vigor su personalidad; de ahí que a veces lo encontremos en pleno dominio de su personalidad y otras haciéndose eco de expresiones ajenas, de palabras o imágenes que no le pertenecen.

El poeta nos confiesa, con una simplicidad de infancia, que “jamás ha pretendido escribir un poema trascendental, perfectamente leer los pájaros o las rocas. ¿Por qué Dios no le dio lengua a la roca y creó un silabario para los pájaros?

Con seriedad, con profunda seriedad y atención los he creado. Y también he puesto en ellos toda la ternura que pondría en un hijo. Desearía, sí, que tuvieran la fuerza de la tierra de este país que pisamos”.

Después de atenta lectura de los poemas de este bello libro, confirmamos toda la verdad de esta íntima confesión del poeta que ve florecer la maravilla de su poesía que se alza como una flor en medio de su deslumbramiento. Hernán Cañas acaso no pensó que la profundidad del canto vendría hasta él como el agua subterránea. Ha recibido el influjo eficaz de la naturaleza y de las íntimas inquietudes del espíritu, que lo han hecho reflexionar en un recogimiento interior, propicio a la añoranza y la tristeza.

Encontramos en Hernán Cañas una afinidad grande con los poetas Julio Barrenechea y Juan Negro. Camina él a la desnudez de la imagen y al hallazgo sorpresivo de una nube que embellece su cielo. Su labor está tocada por un aire de distinción: hay en estos versos agua y nieve; pasto y rocío. Si se alza una flor, la deshoja el viento…

En su poema “Manos de color”, encontramos una poesía tan pura y emotiva como ésta:


“Jardinero de manos moradas.
Planté violetas en el cielo.
Jardinero de manos doradas.
Planté naranjos en el suelo.
Jardinero de manos plateadas.
Planté la luna en el estero.
Jardinero de mano azulada.
Planté las venas en tu cuerpo.
Jardinero de manos aladas.
Planté en tus párpados el vuelo.
Jardinero de mano enlutada.
Planté cipreses en mi lecho.
Jardinero de manos mojadas.
Planté en mi corazón el invierno”.



Bastaría este poema para consagrar el nombre de un poeta que se inicia; esta delicadeza y sugerencia no se adquiere y es solo fruto de un temperamento poético de primera calidad. Hernán Cañas ofrece el paralelo de dos sugerencias que se hermanan en una sola intuición de belleza. El poema está limpio de influencias y de versos pedestres. No sabemos cómo haya podido purificar hasta tal extremo las palabras y las ideas. Sentimos el crecer de los naranjos, de las violetas, de la luna y adivinamos esa flor fría del invierno que crece y se perfuma como la flor del jazmín.

El poeta es dueño de lo celeste y cuanto viaje imaginario pueda concebirse; sueña que corre perseguido por el viento y dice en su poema “Aliado del Sueño”:


“En esta hora solo hay tabiques de perfumes
dividiendo las propiedades de las madreselvas y las rosas.
Con el último vendedor de globos
Huyeron todos los colores de mi alegría vespertina,
y siento que llega a habitar el corazón
el color muerto del globo del cielo”.



En la poesía de Hernán Cañas domina un afán imaginativo que lo hace desprenderse en muchas ocasiones de la profundidad poética para entregarse a un hallazgo de mariposas. Uno de los poemas de mayor consistencia de “Las Batallas Solitarias”, es ciertamente el que titula “A mi madre”. Es un poema de lámparas, de filial ternura, de evocación y camino del espíritu. Dice:



“Este nudo constante bajo mi pecho blanco
hoy siento que una mano de seda lo desata,
y una alegría suelta, como ala de pájaro,
se agita aquí en mi pecho igual que una campana.
En esta casa clara con un gato amarillo,
solitaria pasea su celeste tristeza.
Un brasero en las tardes le hace el aire más tibio,
y el sueño, de la mano la conduce a su pieza.
Aquí es una lámpara que ilumina mi vida,
con el hondo sentido de su trémula llama.
Voy a ella en el sueño de mi noche intranquila
y sin el temor grande de quemarme las alas.
Desmintiendo al invierno, un sol de oro macizo,
al cielo azul se enreda como a una azul encina:
allí cantan canarios en un radiante trino
solo para alegrarle a mi madre su día”.



Después de leer este poema de Hernán Cañas, reflexionamos sobre la falsedad de tantos versos de poetas jóvenes que creen haber encontrado el camino mintiéndose a ellos mismos; hay emociones que no pueden ausentarse de nuestro espíritu; confesemos la verdad de nuestra vida y habremos hecho la más poética labor. La misión del poeta es esa: decir lo suyo, comunicar la ternura de sus lágrimas con viril entereza.

Hernán Cañas es un poeta que no desdeña el ritmo y que se ciñe a una forma clásica del verso.

Encontremos al poeta solitario que se mueve en su espacio y dice:


“Bajo el cielo de mi pieza, completamente blanco
como sueño de palomas;
entre paredes unidas y abiertas como libros,
donde las arañas repasan una lección descolorida y sin principio;
allí, tendido en mi lecho, sobre un piélago de muerte,
abrazo las sábanas absortas de soledad derramada
y con frenesí confundo la soledad de mi ser”.



Permanece el poeta en ese sueño de la subconciencia y mira cómo llega la noche y le trae cipreses de duelo, cómo se esparce, como un espejo, el agua de la sombra. Siempre la poesía subjetiva coge aquí los objetos y se los apropia para crear una nueva visión de las cosas cuotidianas; para hacer que el camino posea su belleza y lo anímico esté sublimado por esa sensación de lo que ha purificado el agua en mudo misterio de ablución, de permanencia que se ilumina con el resplandor de las estrellas…

Hernán Cañas, poeta delicado y emotivo, ha jugado bien estas “batallas solitarias”; ha triunfado en su cometido de ofrecernos una flor de lo que había encontrado en su peregrinación solitaria.




A fuego lento
Autor: Hernán Cañas
1947

CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1948-02-22. AUTOR: NICOMEDES GUZMÁN

Es evidente: la poesía de Chile atraviesa por una crisis más o menos violenta. Mientras nuestros grandes valores se reafirman y se agigantan, junto a sus pedestales, ciertas hormigas trabajan mucho, pero sorprenden y emocionan muy poco. La crisis, precisamente, la crea el contraste. Nuestros más efectivos y definitivos poetas, resultan así un Andes de laderas demasiado escabrosas para legiones de deportistas líricos que, de súbito, creen que escribir versos es como recortar el tallo de un lirio más o menos exangüe entre las aristas de un pedazo de roca que desechó la cumbre. Pero no. Si en verdad la poesía no siempre tiene la obligación de ser un Andes, debe, por lo menos, constituir un cerro de verdad, por aquí o por allá. Los cerros, por muy pequeños que sean, tienen siempre su gran personalidad. Con características, forma, riscos y plantas muchas veces propios.

Desgraciadamente, nuestros jóvenes poetas, los más jóvenes, solo se están dedicando a hacer los andinistas, y también los alpinistas, o no sabemos que “istas” en relación con las cumbres de la tierra. Este fenómeno ha suscitado más de alguna polémica que el personalismo de los “istas” ha puesto en trance de innobleza. Allá éstos.

En este instante no aspiramos sino a expresar nuestra alegría frente a la aparición de un libro modesto y tranquilo que se eleva sobre su propia meseta. Hablamos de “A FUEGO LENTO”, de Hernán Cañas. Los buenos libros no necesitan de que se les consagre: se consagran solos. Los elogios a solicitud caen, por lo general, en el vacío. El olor de las cosas y de las opiniones trasciende siempre demasiado.

Con “A FUEGO LENTO” –título que para muchos puede ser de discutida belleza- se confirma y se supera un talento poético de la más clara estirpe. Simple, pero denso de humanidad, Hernán Cañas resulta un labriego cuya parcela tiene la ondulación poderosa de lo sincero, de lo expuesto una vez que se han abatido los matorrales de lo incierto y de lo improvisado; es decir, Hernán Cañas resulta un poeta.

Sus “Batallas Solitarias”, libro ya viejo por el tiempo que media entre su publicación y la de “A FUEGO LENTO”, reveló a un escritor –a un constructor de versos- seguro de su responsabilidad lírica; más que esto, cierto de la intimidad de su voz con todo lo que le rodeaba de humanidad. No habría más que recordar su “Poesía de la casa nueva” o “Canción de la nueva alegría”. Hernán Cañas era un poeta en función. Ahora, su nuevo libro le ratifica como un hombre combatiente en las lides de lo cotidiano enraizado a los planos vulgares y trascendentales de la vida.

Lo de “planos vulgares” vale en Cañas como lo simple y directo sublimado por la intuición creadora; y lo de “planos trascendentales”, como los sentimientos personales frente al medio, buscando una ilación bella y musical de interpretación humana. De aquí la hombría de la poesía de Hernán Cañas. Y de aquí también la sorpresa de sus últimos versos:


“No es un bosque el que en mí arde.
Menos volcán interior.
Pero es un leño constante,
de brillo tan penetrante
como una rama de sol”.



La cita revela que no estamos frente a un hombre de expresión complicada. Simple, pero contundente se sincera con esa misma limpieza con que Gorka decía: “El hombre viene al mundo, no a podrirse, sino a quemarse”. Sinceridad primero consigo mismo y, luego, entrega de alma al mundo; condición profunda de poeta, por lo demás.

A su sinceridad, une Cañas sutileza y fineza, dones estos propios de lo que se ha dado en llamar “poesía pura”, pero que en nuestro poeta representa la alternativa constante –la lucha amistosa, diríamos- entre las sensaciones y la búsqueda de su interpretación:



“¿Quién ha oído la lluvia en un jardín
plantado únicamente de violetas?
Así era su voz. Y la ternura
hincha siempre el torrente de sus venas”.



El preciosismo se supedita en estos versos de Cañas al elemento exclusivamente humano, a la sensación de ser determinada por el choque del hombre y sus vivencias frente a los mínimos acontecimientos que alientan a su alrededor.

La poesía en sus logros más valederos, más allá de la música y de los ritmos es confesión, sinceridad del hombre ante el mundo, después de serlo ante lo individual. El arte, en general, es esto. Hernán Cañas rastrilla en los simples asuntos y resulta trascendental por milagro de concepción. No es de aquellos poetas que, iluminando los contornos de sus motivos con pétalos más o menos, pretenden sugestionar. Lo convincente de su verso se establece en lo que tiene jerarquía de raíz. El proceso de sus poemas es natural como el crecimiento de los árboles: partiendo de lo pequeño, se expande en razón jugosa de fruto bien maduro. Si sus poemas fuesen estampas, podría decirse que resultan santos sin aureolas. Estamos acostumbrados a admirar imágenes religiosas bellamente logradas, en las cuales lo único de mal gusto es la rodela de luz que circunda las cabelleras. La poesía de Hernán Cañas se observa y se siente desprovista de aureolas, se encuentra ajena a lo patéticamente impresionante: es espontánea:



“Dame tus ojos grandes, por ejemplo,
en donde el cielo nunca despertaba
de súbito volaban de su sueño
a posarse en el copa de mi alma.

“Dame tu cabellera, por ejemplo,
donde pose mis manos desoladas
quiero sentir correr entre mis dedos
un manso río de profundas aguas.

De tu cuerpo de luz quiero ser dueño
con lo que te rodea como un aura
¡Desde el aire que empieza en tus cabellos
hasta la tierra hollada por tus plantas!”



Mas ocurre el fenómeno único y feliz, propio de la poesía: lo espontáneo en su curso de simpleza y de transparencia cobra libertad y vigor, sazonándose en lances de belleza.




Arco iris nocturno
Autor: Hernán Cañas
Santiago de Chile: Sol y sombra, 1965

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1966-01-08. AUTOR: HERNÁN DEL SOLAR
La obra anterior –“Las batallas solitarias” y “A fuego lento”- nos mostró ya, de manera muy clara, la sensibilidad de este poeta que parece hallarse en el mundo para amarlo. No es frecuente. La poesía que por lo general se publica, de un extremo a otro del país, ya por la vida cejijunta, poniéndole mala cara al mundo que, absolutamente ajeno a los que se empeñan en versificar en su contra, se muestra acogedor solo con los poetas que le han entregado el alma.

Hernán Cañas –aun en instantes de desaliento- tiene dentro de sí una ayuda solícita. El niño, el adolescente de otros años –distantes, pero no perdidos- está siempre predispuesto a revivir sueños, esperanzas, limpios deseos.

El libro se compone de tres partes: “Puerta de cristal”, “Sudor y sangre”, y “Elegías”. En las tres se oye al poeta en su alabanza de la naturaleza, en su búsqueda del idioma preciso que comunica su soledad, nunca desesperanzada, y su amor siempre digno.



“Construiré la casa entre luciérnagas
para que se halle iluminada siempre
y nadie pueda robarnos nuestra dicha
extraída desde el fondo del océano
como un coral o una herradura de oro”.



En esa casa –cabalmente construida en los poemas- vive la ternura, los anhelos mejores, el secreto del verso muy humano. De pronto, el poeta descubre que “se parece el corazón a una bandada azul de golondrinas”. Sentir sus latidos es adueñarse de los júbilos del aire y del vuelo.





CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1965-11-28. AUTOR: RAÚL MELLADO CASTRO

El 10 de noviembre, el poeta Hernán Cañas celebró su 55 aniversario, retirando de la imprenta los primeros ejemplares de su nuevo libro “Arcoiris Nocturno”. Entusiasmado, como un novel vate, fue repartiendo el libro entre viejas amistades que lo recibieron asombradas, contentas y, al decir de la mayoría, lo devoraron de inmediato.

Hernán Cañas no es poeta que guste publicar con mucha frecuencia y “Arcoiris Nocturno” ha nacido casi con fórceps, a insistencia de los admiradores. Porque, eso sí, la poesía de Hernán –conocida principalmente a través de las páginas de “El Siglo”, aparte de sus dos obras anteriores, “Las batallas Solitarias” y “A fuego lento”- es querida y admirada, por su calidad y su sinceridad, embargada de gran ternura y de amor al hombre. Esta poesía se ha ido haciendo apegada a la existencia, brotando de ella misma, surgiendo con cada hecho conmovedor, despertando con los combates del pueblo, un banco de madera, la muerte de la madre, las piedras de un río, el horror de la guerra, unos ojos azules, el recuerdo de un héroe, la añoranza de la tierra natal.

Integrante de la “generación del 38”, reúne Hernán Cañas las buenas cualidades de esa generación literaria que tan destacados valores entregara. Aunque su batallar viene de antes, el 38 es para Hernán un año decisivo, pues ingresa a las filas del Partido Comunista, “donde, con orgullo, permaneceré hasta la muerte”.



LA POESÍA ES LA VIDA

El autor de “Arcoiris Nocturno” se siente feliz con la publicación de su libro, dedicado a Raquel, su compañera, con un prólogo de Francisco Santana y portada de PENIKE.

La obra está dividida en tres partes: “Puerta de Cristal”, “Sudor y sangre” y “Elegías”, que totalizan 27 poemas distribuidos en 80 páginas. El poema preferido de Hernán es “In Memoriam”, dedicado a su madre, “escrito con sangre y lágrimas, aunque tal vez, con más lágrimas que sangre”.

En la Casa de la Cultura de San Miguel, que Hernán Cañas dirige con acierto, conversamos sobre su poesía, sobre los viejos tiempos.

-¿Por qué ese silencio tan largo?

-La inercia. El tiempo me venció. Pero tenía material acumulado para mucho más de un libro. Hay poemas conocidos que no aparecen, como el “Canto al árbol”, “Próxima Revolución” y un “Soneto a Pasteur”.

-¿Cómo concibe ud. la poesía?

-La poesía es la vida. Es claro, hay muchas formas de vida. Yo me refiero a la vida de lucha, de enfrentamiento a los problemas sociales, donde cada día obtenemos experiencias vitales para la poesía. Son esas experiencias las que hacen la poesía total. Podemos ser soñadores, sin duda. Todos, cual más, cual menos, llevamos una gota de romanticismo adentro del corazón, muy escondida a veces, pero aflora en la poesía como agua de la fuente.

Adoro la vida con todas sus tristezas y miserias. Y la adoro porque es única y no hay nada que la reemplace. No creo en nada, nada más que en el hombre, superior a todo lo que existe.

-Dentro de esta línea, ¿cuáles son sus poetas preferidos?

-Tengo gran predilección por la poesía de mi patria. Admiro a Neruda, a Huidobro, a De Rokha, a la Mistral, y al hermano querido Ángel Cruchaga Santa María. También estimo altamente la poesía de Julio Barrenechea y, de los poetas de mi generación tengo sitio especial para Óscar Castro, Braulio Arenas, Joaquín Martínez Arenas y otros.

Hernán Cañas ha participado en los combates de la intelectualidad chilena y del magisterio. Perteneció al grupo “Avance” junto a Volodia Teitelboim y otros destacados intelectuales. Estuvo atrincherado en la Universidad en 1931, durante la dictadura de Ibáñez, fue uno de los primeros directores de la Alianza de Intelectuales, fundador del “Grupo Fuego de la Poesía”, al que bautizó en reñida batalla; y, en los últimos años, presidente de la “Asociación Chilena de Escritores”.

Hablando de lo que él llama “tiempos románticos”, Hernán recuerda:

-Éramos un grupo sin una unidad, sin nexo profundo. Literariamente, cada uno anda por su raya, pero la mesa nocturna nos unía. Muy especialmente el bar “Hércules”, al que le dio categoría Neruda. Íbamos con Barrenechea, Orlando Torricelli, Federico García Rival, Helio Rodríguez y otros. Noche a noche hacíamos la bohemia. Juntábamos los pesitos y juntos a una botella de vino y un chupe de guatitas decíamos versos, arreglábamos el mundo, y terminábamos cantando, y otras veces en la Primera Comisaría, nuestra favorita, cuando las fricciones literarias iban más allá de las palabras.

Como ninguno era rico, el anillo del “Loco Costa” (hoy doctor Claudio Costa) era el “sésamo ábrete”. Era un anillo con un brillante que inevitablemente quedaba empeñado una vez por semana. Todos jurábamos ayudar a rescatarlo, pero nadie cumplía.

Otro local que frecuentábamos era “El Jote”, con su piso de piedra de huevillo y su fuente con su surtidor. Muchas veces bailábamos en torno a ella. Recuerdo que allí se hizo una comida para 60 poetas a la que asistió una sola mujer, la escultora Laura Rodig…



NINGÚN “ISMO”

Pese a su vinculación directa con muchas grandes figuras de las letras, Hernán Cañas es, literariamente, independiente:

-Nunca he pertenecido a ningún “ismo” ni me creo pertenecer a círculo alguno e torno a algún vate magnífico. A todos los respeto profundamente, empezando por Pablo Neruda, padre de la poesía actual.

Para mí, la poesía tiene una función social en la vida. No se puede cantar al cielo porque es cielo ni a la luna porque es luna. Todo elemento dentro de la naturaleza desempeña su rol específico y como tal el poeta se lo apropia y le hace desempeñar la función de acuerdo a su sensibilidad y a su imaginación. No soy “anti” ni “post”. Estoy en el presente, con toda la vitalidad poética que puedo dar. Para mí, la poesía es lo más serio que hay en la vida. No se puede jugar con ella, no se puede hacer malabarismos, porque el corazón no lo admite. Sí lo puede admitir una mente un poco dislocada.

Estoy con la poesía lírica en profundidad. Admiro a sus cultores y mi gran anhelo sería llegar a comparárseme con ellos.

Una de las preocupaciones de Hernán Cañas ha sido la profesión del escritor y el estímulo que este recibe de la sociedad. Sobre el particular expresa:

-En Chile, el estímulo al escritor es mezquino. La labor literaria merece una recompensa mucho más alta. El Premio Nacional mismo se ha quedado bajo lo que debe significar una recompensa por una vida dedicada a las letras.

-A propósito, ¿qué opina ud. sobre el último Premio Nacional (1)(1) El Premio Nacional de Literatura de 1965 correspondió a Pablo de Rokha (N. Ed.)?

-Que está muy bien dado, porque fue dado a un alto poeta, cuya labor literaria es imposible desconocer. Mirando con altura, el premio es el justo reconocimiento a una vida dedicada a la poesía.

La conversación se enreda luego en mil aspectos de la vida cultural, en la labor fecunda que cumple la Casa de la Cultura de San Miguel, donde cada semana se da cita lo más granado de las letras y las artes, en la necesidad de una mayor comprensión para el artista, etc. Se corta el diálogo, pues muchos jóvenes esperan que Hernán abra la biblioteca y los atienda con libros y consejos.


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