domingo, 22 de junio de 2014

CARLOS PRÉNDEZ SALDÍAS [11.988]


Carlos Préndez Saldías 

(CHILE, 1892-1963)
Escritor chileno, autor de los libros de poesía, entre otros, Misal rojo (1914), Paisaje de mi corazón (1915), El alma de los cristales (1922), Amaneció nevando (1924), Devocionario romántico (1926), Luna nueva de enero (1928), Cielo extranjero (1930), Álamos nuevos (1934), Romances de tierras altas (1936), Romances de tierras bajas (1940) y Soledad (1944). En prosa escribió Viñetas de los cerros (1944), 27 mujeres en mi vida (1947) y Otras mujeres en mi vida (1954). Tuvo una personalidad excéntrica y muchas veces hacía publicar sus propios libros con el nombre de diferentes mujeres.
Según Oreste Plath, Préndez Saldías era un: "periodista y poeta de tono romántico, caracterizado por sus triunfos femeninos, por sus anteojos, sostenidos con una cinta negra y su gran sombrero; en el invierno se cubría con una elegante capa española, que lucía muy bien dada su altura".




SONETO DEL LIBRO "SOLEDAD"

Esta ahí, junto al árbol en otoño,
hija del cirazón, mi pensamiento
Pienso que eres el único retoño
del torbellino de mi amor sediento.

y que viene el crepúsculo dorado
y que ahora la vida se me entrega
con un sabor de vino reposado
que da a beber samaritana ciega.

Serás mujer cuando ya esté perdido
en apacible soledad obscura,
sin odio y sin olvido,

y no sabré de tu pasiòn en ansias,
ni de tu primavera de dulzura,
ya alejado de todas las distancias.






Paisajes de mi corazón
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universo, 1915

CRÍTICA APARECIDA EN LA UNIÓN EL DÍA 1915-08-16. AUTOR: OSCAR LARSON

Los intelectuales, mejor aún, los poetas, en cuanto a su manera de ser, pueden colocarse en dos categorías: los vulgares y los extraordinarios.

Los primeros viven como todo hijo de vecino, y aún cuando sienten en el alma el fuego de la inspiración verdadera, discurren, visten y andan igual que el común de los mortales. De cuando en cuando, o con frecuencia (que pare el caso lo mismo da) escriben sus versos, los lanzan al mundo y atraen la admiración y los aplausos. Es lo que dijo el Marqués de Santillana: “Furtando la atención que furtar se puede de los negocios del reyno e después de los familiares, fice, otros y cortesanos ejercicios, y dame a la gaya ciencia, a fingimiento de cosas útiles, veladas con fermosa cobertura para placer de una afección dividida, de un […] del ánimo que en mis soledades me acucia. Que no embota la ciencia el fierro de la lanza non face floxa la espada en mano del caballero.” Es una palabra, viven la vida y escriben la poesía.

Los extraordinarios son de otra calaña: gustan, para empezar, melena, chambergo y lentes; ropa muy elegante o muy raída (la cuestión es salir de lo común); mientras la vaguedad de la mirada perdida y el rostro enjuto y espiritual delatan al procurador que vive allá lejos, en la luna quizá. Todo, para ellos, es poesía: la mujer que pasa, musa callejera; la canción del organillo, canto de un trovador; el perro que ladra, amante desairado; y el comerciante que corre, vencedor indómito de la Vida (así, con mayúscula). La existencia se les hace oscura y melancólica y no hecho ni dicho que no miren con el cristal azul o gris de su inspiración.



“Todo tiene un alma aquí.
¡Silencio!...No hagáis ruido….
Todo es cuna, todo es nido.
El amado entero reposa
Como la imagen piadosa
Del Niño Jesús dormido.”


En una palabra, viven la poesía y escriben…la poesía, a veces!

No hace al cuento saber si estos modos son naturales o son fingimientos; en ambos casos el comentario que hace el público y que merece el estrafalario poeta es el mismo: “Un hombre que chorrea poesía en todos sus actos, debe sentirla muy impetuosa, muy verdadera, muy honda”.

Si es poeta hasta en el modo de andar, ¡cómo será cuando escribe! Debo confesar que participo de este juicio de opinión pública.

Hace ya tiempo salió a luz el anunciado libro de don Carlos Préndez Saldías, intitulado “Paisajes de mi corazón”. El señor Préndez pertenece, según creo por el conocimiento de visu, a la segunda categoría de poetas: viste como tal, llama la atención de los que pasan a su lado, aun cuando a veces tiene el prosaísmo de andar con diarios y paquetes. Me confirmé en la opinión al leer en sus primeras páginas: “Es propiedad de la mujer amada”, “Queda hecho el depósito que marca la ley”, luego unas palabras de Nietzsche, “el oscuro”, y por último los títulos de algunas composiciones. “Decididamente, éste es un poeta por todos lados, me dije, y es poeta raro, casi modernista, sublime acaso”.

No es así. Los versos de Préndez Saldías, en su mayor parte son buenos y corrientes: no tienen gran inspiración ni trabajo de orfebre; son sentidos y románticos, como de un “bardo colegial”; no dicen cosas nuevas, ni raras, ni sublimes; pero agradan por la facilidad y corrección.

Todos son dirigidos a ella…Son las “páginas” de un libro igual, triste y monótono, pero si hemos de creerle al autor, “lloran sinceridad”. (¿Aún cuando dice:


“Soy el artista cumbre.
Soy el poeta regio
que tiene poesía
para dar a la tierra y a los cielos”?)



Ahora bien, parodiando el pensamiento de Nietzsche, de la portada, se puede decir “aborrezco a los ociosos que escriben”, y es ociosidad escribir sin decir nada nuevo o para ver en tipos de imprenta lo que sienten y hablan hasta los lustra-botas, cuando están enamorados.

De modo que el libro “Paisajes de mi corazón” no tiene nada de extraordinario, pero siquiera no es malo en ningún sentido. Entonces, ¿por qué se ha entrado el autor a la categoría de los poetas extraordinarios? ¿Acaso por conservar la tradición?

Firmado como: O.L.





El alma en los cristales
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universo, 1922


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1922-08-13. AUTOR: ALONE

La tercera trae “El alma en los Cristales” de sus ojos humanos; pertenece a nuestro tiempo y se nos sienta al lado, tierna y familiar. Ah! Ella habla nuestro lenguaje y sabe conmovernos, va directamente a nuestro corazón. Está muy enamorada y no se cansa de repetirlo. Oigásmola:



“Las ternuras que guardo saben que has de llegar
en la voz de los cielos o en la brisa del mar.
Y se alargan mis brazos hacia la eternidad…
¡Y estos brazos abiertos no se quieren cerrar!”


Musical acento. Oigámosla todavía:



“Cuando la tarde se perdía
con un desgano de querer,
en los cristales de mi vida
sonó tu mano de mujer.
Por tus pupilas, en mi reino
hubo más largo amanecer.
Yo te sentí como el prodigio
de un armonioso renacer…
Y los cristales de mi vida
rompió tu mano de mujer”.



La conocíamos a esta musa, antes era un poco casquivana y carecía de acento personal. Ahora la vida ha pasado sobre su cabeza y a través de su corazón; la voz le ha cambiado con el tiempo; tiene eco propio, porque dice los amores que ha amado y los sufrimientos que ha sufrido. Es un encantamiento a veces, oírla:



“Mujer, suelta la rubia cabellera
al loco viento del atardecer;
verás que hay luz en la campiña entera
y una visión de claro amanecer.
Moja tu pie de lirio en la vertiente;
¡qué ágil el agua sentirás correr!
Y en el nuevo cantar de la corriente
hasta el labriego te ha de conocer.
Alza las manos de rosal florido;
tiende a la brisa su alba pequeñez;
todas las aves dejarían su nido
viendo que el aire empieza a florecer!
Canta el paisaje tu vivir sencillo
de quieta y ruborosa placidez;
será tu voz una canción de grillo
refrescando los oros de la mies.
Y deja el corazón en la fontana
de este brumoso pueblo montañez;
cuando baje por agua, la aldeana
¡ha de sacar amores cada vez!”



“Mármol”[1] continúa hierática en su asiento de honor, empuñada la lanza de Minerva, diciendo su poema épico; “Fénix”, sin soltar los velos que la envuelven, recita y recita sonetos claros, misteriosos; esta muchacha cristalina se nos ha puesto “junto al corazón y a la secreta soledad” y nos cuenta su historia íntima con tanta sencillez. ¿Cómo, aun respetando mucho a las otras, no decirle en voz baja que ella es la musa predilecta?





Devocionario romántico
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1926


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1926-06-06. AUTOR: RAÚL SILVA CASTRO

El autor ha querido vestir su pequeño nuevo libro con todo el ropaje que distingue a los libros de oraciones. En su portada, de un azul violado, destaca una cruz color de oro viejo, en la intersección de cuyos brazos vemos un corazón.

Ahora bien, la imitación de los devocionarios corrientes continúa en el interior. En la página siguiente a la portada leemos: “Con licencia de la mujer amada”, en lugar de “Con licencia de la autoridad eclesiástica”, que ponen los autores piadosos. En otra aun leemos estas líneas: “Indulgencia. El dios amor concederá cien crepúsculos de plenitud amorosa de este breviario”.

Además de todo esto, los nombres de los fragmentos que componen el minúsculo libro también conservan la huella de la literatura religiosa. Hay “Rezos de la tarde”, “Plegarias de la noche”, un “Credo”, una “Letanía”, “Cinco meditaciones”, etc.

Todo esto da al volumen el aspecto de una parodia religiosa que no está bien. Es un poco cansador este empeño por hacernos pasar al amor por el dios al cual están dedicados los pensamientos de este devocionario y de llenar sus páginas de símbolos y alusiones frecuentes a esta religión… Veamos algunos versos:



“Creo en ti. Padre Amor,
como en el día abierto
y en la noche de sombra y estupor”.


Más adelante, en la “Letanía”, he aquí lo que se lee:



“Cuando nos cerque la lujuria,
Hijo del Cielo, ampáranos!
Si la palabra dice engaño,
el cristal rompe de la voz!”



Vano parece pedirle al amor que ampare al hombre de la lujuria, que es compañera inseparable de aquel y acaso la mejor demostración de su existencia. Pero después de todo el poeta tiene derecho a creer lo que quiera.

En “Rezos de la tarde”, hallamos, sin duda, los versos más interesantes del breve volumen:



“Yo te pedí un amor cuando nacía
blanca de luz y fresca de alborozo
esta mañana de la vida mía,
¡y me lo diste en plenitud de gozo!”



Y luego:



“Tiene mi corazón esa alegría
con que llega el crepúsculo dorado
al abandono de la casa mía
¡Gracias, Amor, por el amor logrado!”



Cierta reminiscencia de Marquina, el de las “Elegías”, que exaltan todos los goces del amor, sin rechazar por cierto la lujuria como hace el autor de este “Devocionario”, nos sorprende. En el resto de las páginas de este libro –no sabemos si le queda grande el nombre- bien poco hallamos que merezca una mención especial. Copiemos, sí, unos cuantos versos ripiosos que son indignos del prestigio literario de Préndez Saldías:



“Cuando tierna y esquiva
cierra los ojos tristes,
y una lágrima viva
llora dulces enojos,
yo sé que está mi vida
quemándose en tus ojos”.



En resumen, este “Devocionario romántico” nada agrega de nuevo a la labor de Préndez Saldías. Ínfimo es su tamaño, ínfima, también, su importancia.





Luna nueva de enero
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1927


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1927-05-29. AUTOR: JUANA QUINDOS

Como una sedación se oye la voz del poeta en la que el amor, la nostalgia y el dolor desgranan su melodía eterna.



“Se ven horas de mi vida
oyendo el canto que pasa.
Esas hierbas de la orilla
que sueñan irse en el agua
a mi verso cristalino
le hacen frescas las palabras.
Tengo el corazón del río,
amoroso de montaña!
Este anhelar de mi pena
que transparenta una lágrima
no es angustia de hombre triste:
es sombra de alas viajeras
en el agua”.

……

“A tu vera rumorosa
aunque muero mientras pasas
no hay mujeres que me olviden
río de las esperanzas,
y en los azules del cielo
hay estrellas, hay estrellas
que no dañan!
¿Por qué, si la vida es tierra,
en tu buena senda clara
no me llevas de la mano
sonora mano del agua?”



Puede que en el ambiente poético de algarabía de hoy, un eco de silencio contribuya a la fuerte sugestión de este verdadero poeta: noble y convencido.

Siempre simbolizará el diálogo, el coloquio de una sensibilidad fina, y de sentimientos inmortales. La clarinada altiva, inconfundible y rítmica de quien se cubre con chambergo mosqueteril y se anuda corbata volandera, no por ansias de singularización, sino anticipando lo que tan caballerescamente es: el último romántico.

Firmado como Ginés de Alcántara




Las mejores poesías de Carlos Préndez Saldías
Autor: Carlos Préndez Saldías
Barcelona, España: Cervantes, 1929

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1930-03-09. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES

La colección de antología un poco dispareja y no siempre afortunada de la Editorial Cervantes de Barcelona, ha publicado ahora una selección de la obra lírica de Carlos Préndez Saldías.

Es el cuarto nombre de Chile que se agrega a la simpática y prestigiosa colección. Antes habían figurado en ella (cito siguiendo el orden de la publicación) Gabriela Mistral, Daniel de la Vega y María Monvel.

Faltan, indudablemente nombres esenciales dentro de la poesía chilena: Manuel Magallanes, Max Jara, Carlos Mondaca, Ernesto Guzmán. Esto, para no citar sino autores que marcan definitivamente diferentes direcciones espirituales. Porque aunque se ha acostumbrado hacer la pareja entre los hombres de Max Jara y Carlos Mondaca, ¿quién podría señalar un punto de contacto entre la angustia desgarrada del poeta de “Juventud” y el dolor sereno del autor de “Recogimiento”?

Ha faltado a la literatura chilena quien con más amor a ella que al nombre propio, intentara una justa y honrada revisión de los valores. No han escaseado los intentos pero pronto quienes han puesto en ellos sus energías mejores han naufragado en el ambiente sin resonancias o enamorados de la fácil gloria, se han preocupado del cultivo del bombo mutuo o, con enternecedora elocuencia han entonado el trémolo delirante del autobombo con esa gacetilla anónima que va en los periódicos recogiendo los ecos de los fáciles éxitos obtenidos en el extranjero, simple retribución y canje de apasionadas laudatorias entonadas en las publicaciones del país a los geniales cofrades del extranjero.

En literatura, como en política nacen las camarillas que se preocupan solo del fácil negocio de acomodarse la clientela en la tierra y descuidan la seriedad de los principios o la pureza del arte. Para el viajero curioso o para el lector informado no es ninguna novedad encontrar siempre que a cosas de Chile se refiere la repetición sistemática de una trinidad hermética que, por lo insistente, parece una frase de manual de esas que los niños deben aprender de memoria para satisfacción y regocijo del dómine. Fuera de esos tres nombres (¿a qué repetirlos?) piensa el lector extranjero, si es que el lector extranjero se preocupa de estas cosas, el espíritu se ha detenido en Chile a dormir la siesta. Fuera de la camarilla no hay salvación. No negamos los valores de estos frenéticos admiradores recíprocos que se han distribuido entre sí la gloria y no han dejado sitio para sus compañeros humildes y oscuros. Lo que negamos es que la vida espiritual de Chile, buscando en ellos una culminación, haya encontrado un punto final en sus obras todo lo meritorias que se quiera, pero amenazadas de muerte por este apresurado y fatal autoentendimiento, por este pérfido narcisismo que en su delicia encuentra su castigo.

Donde me parece más injusto este asalto de la publicidad es en el terreno de la poesía. Al fin y al cabo, la verdad es la verdad aunque uno la sostenga y noventa y nueve la nieguen. Pero siempre duele verla atropellada y ultrajada por esas plazas donde se otorga rango de egregio a lo vil y se humilla lo noble y lo puro. El poeta de vocación no escribe para hacerse una figura de primer poeta, ni para ilustrar con su nombre los magazines, ni para que digan por las calles, ¡míralo, ahí va! Más íntima y humilde es su tarea; explora su vida interior como el minero la mina subterránea, y descubriéndose descubre a quien, otro poeta, sabe leerlo con el corazón desnudo. No le interesa ser el primero o el último poeta. Se preocupa con ser un poeta. Él trae un mensaje y lo expresa en el lenguaje más claro, en la forma más límpida. Lo demás es política literaria y no interesa sino a quienes más preocupados de su nombre que de su obra, toman la literatura como vehículo para apetitos más voraces, para arribismos más espesos.

No está del todo perdido este introito para referirnos a la poesía de Carlos Préndez, intencionadamente había retardado este comentario esperando que alguien, con mayor autoridad, recogiera el verdadero sentido que tiene esta selección de un poeta nuestro editada en Barcelona. Fuerte, solitario, independiente este poeta se ha mantenido fiel a su culto, entregando el oro de su corazón en la forja de su canto sereno. Quiero creer para bien del poeta que el hecho de la antología no viene a clausurar ni a liquidar el momento admirable de la creación artística. Parece confirmarme en mis suposiciones el anuncio, que en alguna parte he visto, de un nuevo libro de Préndez.

Porque la lectura atenta de esta breve selección nos convence de que hay en Préndez madera para un alto lírico. Un alto lírico que siendo “el último romántico”, como lo bautizan en la breve nota editorial que precede al hermoso tomo de poesía, puede llegar a mostrar en sus canciones la perfecta y armoniosa belleza de un clásico.

No creemos, como Gabriela Mistral, que “los versos le nazcan con sangre del pecho” ni que “ofrezcan sus heridas por copas”. Dentro de las múltiples e infinitas sutilezas de la interpretación literaria todos los márgenes de imaginación son posibles. Pero si algo arbitrario y autoritario se nos hubiera ocurrido alguna vez acerca de la poesía de Préndez sería lo de hallar en ella asomos de tortura, de angustia, de desgarramiento. No hay una poesía más limpia de elementos patéticos. Hasta cuando habla a las hermanas, bello y doliente poema del hogar deshecho por la vida, el poeta, avaro de sí mismo, no se abandona ni irrumpe en el alarido trágico de la pasión. Dirá con simple y noble serenidad:



“Hermanas, por vosotras,
en los atardeceres
ya no pienso en las otras
amorosas mujeres.
¡Lejos vuestros hogares!
¡Y en todos los ocasos
mi alma cruza los mares
a tenderos los brazos!”



Una expresión sencilla viste una emoción serena. ¿Dónde está el verso cruento que irrumpe con sangre del pecho y que nace en angustia? Abro el libro al azar. Leo:



“Entre los peumos y los boldos
va por la falda de los cerros
el caminito perezoso.
Ha caminado tanto, tanto
que se detiene en el arroyo.
Mi corazón, atardecido
en el pueblo lejano y hosco
hizo la ruta que fatiga
de los amores silenciosos.
Tal vez nunca llegue el camino
al agua blanca de tus ojos”.



Así es toda esta poesía: breve, armoniosa, ceñida. No hemos de pedirle los trémolos desgarrados de la angustia ni la inquietud metafísica de quien, embriagado de absoluto, busca a Dios con trágica congoja.

Si alguna definición cuadrara a Préndez sería la de poeta del amor. Poeta de tono menor que en el hueco de sus manos quiere encerrar la resonancia del océano. Asomó una vez, en uno de sus libros primeros, acaso en el lejano “Misal Rojo”, la aspiración a lo grandilocuente, el enfático tono tribunicio. Se convenció el poeta de que no era ese su camino y empezó a estilizar un madrigal erótico galante. Nota fina, suave, fugitiva. Se internó más en sí mismo y, aunque avaro de su secreto, nos fue dando canciones estremecidas de su vida interior. Hasta ahí llega esta selección de su obra poética. Pero, como ya lo dije, creo con fundamento que no se trata de un punto final.

Otra nota que no podemos olvidar en la lírica de Préndez Saldías es la del paisaje de Chile. A través de sus visiones podemos descubrir el alma del poeta tan esquiva y tan parca en la efusión de su intimidad. No abre su corazón, ni gusta mostrar sus heridas, ni saca a relucir su dolor, ni se queja de la vida ni de los hombres. Embriagado en el color, en la luz, en las formas dice su canción al paisaje y pasa. Él mismo tiene conciencia de esta divina fugacidad:



“Junto al río sonoro
río que yo cantara
tu cabecita de oro
hace nido en mi cara.
Hablas: si me dejara
llevar por la corriente,
¿hasta dónde llegar?
Y te digo sonriente:
A una playa lejana,
sin brisa marinera,
sin noche ni mañana.
Y en las arenas grises
corre el agua ligera
mirándonos felices”.



Todo el amable librito respira esta misma serenidad, esta paz de remanso, este dulce sosiego de égloga. Es una de las notas más puras del movimiento literario que se llamó modernista entre nosotros. Y cosa que enaltece a Préndez, habrá que celebrar la lealtad del poeta a su canto, su firmeza insobornable por ser siempre y para siempre, por todo, y antes que todo un poeta, y nada más que un poeta.

Y esto es lo que yo quería subrayar como el atributo más excelso y como el título más puro del hombre Carlos Préndez Saldías.




Peregrino del ansia
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1930


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1930-06-01. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES

Al comentar la selección de poemas de Carlos Préndez Saldías hecha por la Editorial Cervantes de Barcelona, tratamos de perfilar la personalidad del poeta acentuando lo que nos parecía más nítido y claro en el breve tomito.

Pero subrayamos también, y nunca insistiremos en ello lo bastante, el gesto esencialmente lírico de este hombre ante la vida. Préndez Saldías ve las cosas como poeta, siente en poeta, vive en poeta.

Su paisaje, paisaje simple y elemental, es paisaje de poeta. Recordemos, de uno de sus libros anteriores, una visión de campo: “Y hasta un caminito blanco – baja corriendo al barranco – para esconderse del sol”. Nota fugaz que queda temblando en nuestro espíritu.

Y cuando habla del amor:



“Yo te pedí un amor cuando nacía
blanca de luz y fresca de alborozo
esta mañana de la vida mía.
Y me lo diste en plenitud de gozo!

Tú me diste un amor y aquí lo traigo.
Él y yo te pedimos que no muera,
y que en mi corazón le des arraigo
firme y eterno de verdad primera.

Que en todos los crepúsculos renueve
la sed y la tristeza que lo exaltan,
y cada tarde al corazón me lleve
las puras alegrías que le faltan.

Tras largo ruego, concedió tu mano
el agua viva de la roca ardiente.
¡Que perdure tu gracia en mi verano
para beber el agua de tu fuente!”



El poeta todavía no ha hallado su expresión. Se ve que tiene cosas muy apasionadas y hondas que decir, pero encuentra un obstáculo en cierta frívola contemplación narcisista que lo hace dilapidarse en juegos ingeniosos y elegantes como cuando no advierte que “el Dios del Amor concederá cien crepúsculos de plenitud amorosa al que rece en las páginas de este breviario”, o cuando al frente de cada uno de sus libros nos advierte con un gesto de su alta y romántica figura: “Es propiedad de la mujer amada”. De allí acaso cierta impasibilidad en su poesía que ya insinuábamos en nuestra primera glosa.

El libro que Préndez Saldías acaba de publicar nos promete, ya desde el título, una labor más honda y serena que la de su obra anterior. ¿Cuál será la palabra de este “Peregrino del Ansia”? ¿Se habrá acercado a las altas cumbres que azotan los vientos de la eternidad?

El mismo nos dará la respuesta. Hablándonos a nosotros, habla a su propia conciencia:



“Peregrino del ansia desgarrada y eterna
que inútilmente buscas al Dios que no conoces
la estrella más lejana se copia en tu cisterna
y el silencio del mundo tiene infinitas voces.

Está en ti la radiosa mañana que fulgura
y te cubre el sayal de la noche mendiga
y tienes en el alma la suprema dulzura
de la dulce fatiga.

Esa dulce fatiga de las horas que vives
con los ojos cansados y el corazón abierto.
Peregrino del ansia, guarda lo que recibes
para el mañana incierto.

Hay algo entre la niebla del paisaje marino
y en la sombra violeta de los cerros nevados
y en el sol de los campos y en ese cristalino
llorar con que la lluvia canta a los amargados.

En la resignación del rosal abatido
y en la sed de horizontes con que vuelan las aves
y en la mujer que ama y entristece el olvido
hay algo que no sabes.

Recoge la imprecisa emoción de los vientos
que llegan de los mares a los caminos tuyos.
Para el alma que es alma, los ásperos acentos
siempre tienen arrullos.

Guarda en el corazón el paisaje que mires.
(Porque guardé el paisaje, verdad eterna digo).
Cuando ya no recuerdes, ni beses, ni suspires,
has de sentir que llevas algo de Dios contigo”.



El poeta ha hecho el viaje al país de la serenidad. Dice sabias y suaves palabras sin entregarse al patetismo frenético y elocuente. Es un hombre que no pierde la sencillez. Al contrario, se ha enriquecido de ella. Ha ganado en profundidad y en claridad. No deja de ser curiosa esta evolución en Préndez Saldías que, desde sus comienzos literarios, fue perseguido por la inquisición pseudo-clásica y sambenitado como modernista y decadente. Lo que entonces se llamaba modernista y decadente. El ejemplo de Préndez Saldías parece enseñar que toda la vida literaria no es sino el aprendizaje de la sencillez. No tengo a la mano los primeros libros de Préndez Saldías. Lo que no es raro, en medio de mi vida accidentada y errabunda. Pero creo que no me sería difícil reconstruir con esos libros la historia espiritual del poeta, su paso de lo complicado a lo sencillo, del énfasis y la grandilocuencia a la sordina y el tono menor. Hoy que se encara con temas poéticos más altos es, sin embargo, su poesía más interior, más “en voz baja” que nunca. Admirable lección. Los años y las obras no han pasado en vano para Préndez Saldías. En cada nuevo libro se ha enriquecido con una interior renovación y su “Peregrino del Ansia” habla, con las mismas palabras, un lenguaje más hondo.

Sin presumir de profeta creo que en “Cielo extranjero”, su próximo libro, al hacernos una filosofía de su viaje por el ancho mundo nos mostrará en su plenitud esta nueva modalidad de su poesía.

Al hablar de filosofía doy a esta palabra todo el sentido relativo y restrictivo que puede tener aplicada a un poeta de tono menor. Estoy muy lejos de pensar en lo que clásicamente se entiende por filosofía. Porque no creo en los poetas filósofos al estilo antiguo. Lo que se ha llamado poesía filosófica no es sino pedestre y sonora vulgaridad rimada. No es, desde luego, filosofía. Ni poesía, mucho menos.

Y nunca he creído a Préndez Saldías capaz de tales desmanes. Hasta en sus errores y extravagancias, lo he considerado siempre un poeta.

Tiene a veces una dulzura y una delicadeza que recuerdan a Manuel Magallanes, ese mago del tono menor. Por ejemplo:



“En mis ojos estabas.
Y mis ojos tenían
una visión tan clara
de lo que es alegría.

Estabas en mi alma.
Eras la poesía
que yo daba a los hombres
y nadie lo sabía.

Estos brazos abiertos
se estrecharon un día.
Tú, que estabas en ellos,
dulcemente dormías.

Luz de tarde en mis ojos.
Paz en el alma mía.
Ya no estás.
Y eras todo
lo bueno que tenía”.



Movido por un sentimiento romántico, Préndez Saldías es un clásico del tono menor.




Cielo extranjero
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1930


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1930-11-02. AUTOR: ROBERTO MEZA FUENTES

Tras la emoción del paisaje nuestro, recogida en su obra anterior, tras los “paisajes de su corazón”, Carlos Préndez Saldías nos da ahora su emoción del cielo extranjero.

Habrá que decir que en ningún momento de su romántico itinerario lo abandona la visión de su lejana tierra indígena. Continuamente nos habla de “su América”, de “su capa española”, de “su cielo araucano”.

Está lleno de la nostalgia del retorno cuando el canal veneciano revive las horas fraternales de la buena amistad; cuando mira en la Mancha las aspas inútiles del molino; cuando en el café berlinés sonríen las mujeres rubias y unos poetas de escuelas todavía innominadas ensayan posturas para la eternidad.

Acaso donde más ternura derrama Carlos Préndez es en la poesía del retorno. La vamos a recordar:



“Dejaron estos pies caminadores
sus huellas en caminos extranjeros,
y vuelve el corazón a mis alcores
del viento manso y soles duraderos.

Benditos aledaños de la casa
erguida en el verdor de la colina;
bendito sol que mi sendero abrasa
y bendito mi cielo sin neblina.

Pueblos de Dios en que pasé mi errancia
de peregrino con bordón de sueños,
pueblos del Rhin y de la dulce Francia,
quiero más este cardo sin fragancia
de mis campos sureños.

Amo este cardo de mis serranías
con vilanos azules
y afán de lejanías,
más que los olmos y los abedules
de esas tierras sombrías.

Yuyos floridos, mentas olorosas
y sombra del maitén en mis praderas,
¡cómo se van del corazón las cosas
que me dieron las horas extranjeras!

Hay una paz en mi campiña verde
para sentir el alma de los días;
hay un azul que en el azul se pierde
y hace que mi alegría no recuerde
la tierra extraña en estas tierras mías.
Bendito caminar en otro suelo,
bendita el agua de la ajena fuente.
Quiero más este azul que hay en mi cielo
y mi clara vertiente!”



Resumen de una inquietud viajera que termina con una melancólica invitación a la serenidad en esta tierra nuestra, buena y pródiga, esta tierra nuestra –dice el poeta- “que gime bajo espíritus rudos”.

Ya en libros anteriores, comentados en estas mismas columnas, se diseñaba esta morosa delectación con que Préndez Saldías deja resbalar la mirada sobre nuestra campiña del sur y los paisajes de la cordillera que envuelve la nieve en su blanco milagro cristalino. Esa emoción ha quedado hundida en el espíritu del poeta, y ya no dejará de acompañarlo en sus errancias que tienen por límite el ancho mundo.

En Montevideo descubre el alma de su tierra en la plata antigua de los olivos y el oro viejo de los viñedos. Visión del centro de Chile, Río Maule, Guanayes. En alta mar renace el indio que tira la flor de su selva hacia los vientos del Atlántico.

En “Las Palmas”, un niño desnudo recoge con los labios las monedas que lanzan los viajeros del barco. El niño está tiritando. Y el poeta también. Un hombre muere a bordo. El mar lo envuelve en su sábana verde y blanca. El barco sigue su camino.

En Berlín, tras la amanecida de Siechen, el letrero del “Atlantic Hotel”, lila en el alba. Una germana amable lo hace soñar en el hombre que renueve la alegría del mundo. Sueño de caminante. Dura lo que la huella del barco en su sendero innumerable. Junto al Rhin alemán. Heine, Loreley. Un Cristo de brazos y ojos tristes que implora: “Ora et labora”. El de la América del poeta dice: Perdona y ama. Musset. Romanticismo. Recuerdo de Lucía. El poeta duerme bajo el sauce. Pálidas caras del fin de siglo. Muchachos enlutados y ardientes hijos de una generación que vino al mundo al redoble de un tambor de granaderos. Paseo del águila imperial por los campos de Europa.

En el sol de Capri recuerda el poeta un beso con niebla de Londres. En el Bois de Boulogne, siente la “alegría de creerse una hoja muerta”. Verlaine. En Venecia, Chile otra vez. Esta tierra “que sufre bajo espíritus rudos”. Nos aproximamos al melancólico retorno. El poeta dice:

“Mi corazón regresa
con la misma serena tristeza que tenía”.

Ha sido el leitmotiv constante de su viaje romántico. En Río Blanco, enero 1930, el poeta termina su libro que tiene huellas de la pampa argentina, ríos, mares y cielos de Europa. Río Blanco. Evocación de la cordillera. Versos antiguos nacidos mientras la rueca de la nieve hilaba la paz de los valles y la tranquila majestad de las cumbres. “Amaneció nevando”.

El mismo poeta nos decía entonces, allá por el año de 1924:



“Esa lenta voz del agua,
y el paisaje que se mueve
con el viento y la frescura
de esta montaña con nieve,
me están llenando los ojos
de un abandono que hiere.

Cuando a tus brazos la vida
con el otoño me lleve,
y mis ojos abismados
tus claros ojos serenen,
¿no sentiré que el paisaje
de la montaña se muere?”



En este melancólico retorno un nuevo libro enriquece la colección del poeta. Su experiencia del mundo solo le ha servido para adentrarse más en lo propio y cantar, con acento cosmopolita, una canción que tenga el perfume de nuestros campos y la vibración de nuestra raza. Tal la lección que, lectores cordiales y atentos a la voz del poeta, derivamos de este “Cielo extranjero”. Libros futuros vendrán a acrecentarla y confirmarla.





Romances de tierras altas
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Nascimento, 1936

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1936-10-11. AUTOR: ALONE

Veinte años de labor y diez libros publicados, parece que bastarían para formarse idea total de un poeta y juzgarlo definitivamente. Pero no es así. Como en el reino vegetal, en el mundo de las letras ciertos árboles maduran cien años antes de dar sus verdaderos frutos.

Recorramos la lista de obras de Préndez Saldías, desde “Misal Rojo” -1914- hasta “Álamos Nuevos” -1934- y de la íntegra colección de sus versos, todos “propiedad de la mujer amada” (un singular muy singular), solo una breve balada ligera nos queda en la memoria: Niña de cara morena…

Nada más.

Ahora bien, siendo la memoria del lector el único troquel indiscutible de la crítica positiva y el que más se parece a un anticipo de la posterioridad, querría decir que entre tantas y tantas páginas, esa sola se salvaría del olvido, transmitiendo a los hombres el recuerdo de su autor.

Así lo pensaríamos si, en la hora undécima, no nos hubieran llegado estos “Romances de las Tierras Altas”, en que el poeta, remontando la corriente de los años y la cuesta de sus cerros infantiles, sube más allá de que hasta ahora había alcanzado y nos ofrece la más cristalina y más pura de sus canciones.

Unos cantos tan claros, tan sencillos, tan parejos y sostenidos de inspiración que parece de un solo aliento:



“Querencia de tierras altas
y de horizontes nevados;
¡querencia de mi querer
entre todo lo olvidado!
Las piedras en tus rodillas
tu espuma en racimos albos,
alegres penas me dieron
con que he vivido cantando”.



Mezclados al paisaje, perdidos en las soledades, los hombres, las mujeres, los mozos, las mozas, algunos viejos con perfiles de águilas, algunas viejas embrujadas, y amores, amores, amores… Es la pequeña crónica montañesa, el cuento a la orilla del fuego, transfigurados por la fantasía, teñidos de malicia picaresca, con olores a yerbas y estrépito de cascadas entre las rocas.

La flexibilidad del romance y su tradición realista permiten todos los detalles de la novela y el cuento; pero de ese terreno duro brotan incansablemente flores y el aire se puebla de aromas rápidos y una música ágil cascabelea en los nombres personales.



“Tienes nombre de romance
mi Rosalinda Nevado,
nombre que huele a tomillo
en la soledad del campo.
¡Con ese nombre que llevas
no es gracia lo que yo canto!
A tu porte, yo daría
azahares al naranjo;
tu andar es ritmo de brisa
que recién deja el barranco,
y hace una huella insegura
en los senderos tu paso”.



Vemos pasar tipos regionales: Emilio Cortés, bandolero y tenorio, prolífico y temible: “sus 70 años de historia, no le pesan una nuez”; una gringa filuda, vagabunda, al hilo del viento; Segundo Gélvez, mentiroso como Ulises; el contrabandista bizarro; el tonto de los cerros; la meica; todos en unos cuantos rasgos ligeros, viñetas al lápiz llenas de movimiento.

Falta lo que primero llama la atención al excursionista de la cordillera: la majestad de las altas cumbres, el corte solemne de las rocas y esos abismos de altura por donde navegan lentamente los cóndores. No hay grandeza material en estos romances, y casi no hay tragedia. La vida natural los colma y enriquece de malicia; hombres y mujeres aquí obedecen a su instinto sin mayores escrúpulos de los que podrían atormentar a las cabras en el monde. Tampoco hay abismo ni cubre en los espíritus, suponiendo que haya espíritus.

La poesía reside en el amor del poeta a su tierra, en la transposición constante que este amor imprime a las cosas y los seres y en el hábil manejo de un lenguaje y un metro que se prestan para todo:



“Río de mi adolescencia,
hoy de mi otoño cansado,
en tu correr sin fatiga
se hunde el tronco de mis años”.



A pesar de su cansancio, este otoño es el que ha traído, finalmente, al autor a lo mejor de su cosecha.





Romances de tierra baja
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Nascimento, 1940


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-03-30. AUTOR: SAMUEL A. LILLO

Este bello libro de nuestro dilecto poeta, Carlos Préndez Saldías es como una segunda parte de sus Romances de Tierras Atlas, que tanto éxito literario y de librería tuvieron hace poco.

Los romances de Préndez son una nueva excepción al proverbio: “Nunca segundas partes fueron buenas”, cita por Cervantes y desmentido brillantemente por él mismo con la publicación de la 2ª parte de su obra maestra.

En efecto, el último libro del poeta chileno señala un nuevo triunfo en su ya larga carrera artística.

Venciendo ágilmente la monotonía del romance tan repetido por nuestros poetas, Préndez nos presenta un libro liviano, alegre y evocativo en el que campean personajes clásicos y legendarios de nuestras ciudades y de nuestros campos, añoranzas juveniles, recuerdos de una bohemia sentimental y romántica, al par que alegre y bulliciosa, que algunos todavía echa de menos y que entonces se expandía, sin rivalidades ni capillas, en una vida literaria menos complicada, pero más fraternal.

El romance de Don Paulino y Corvalán es admirable por su factura verbal y por la exacta y viva resurrección de dos personajes, sin los cuales no estaba completa la vida callejera de Santiago hace veinte años.

Todos los estudiantes que salían de sus clases a las 12 los miraban con simpatía y los paseantes provincianos, que ya los había visto en retratos y caricaturas, los contemplaban con curiosidad no exenta de admiración.

El retrato del doctor Corvalán es magistral:



“Con hilachas coloridas
la fuerte cabeza en llamas;
con pecas de bulto y tinete
que son en el rostro brasas,
y aguileña su nariz
que llega hasta su palabra.
La diestra mano se esconde
y asoma bajo la capa
española, que hace pliegues
amenizando la charla.
Es el doctor Corvalán
Melgarejo, en cuerpo y alma”.



No es menos viva la evocación que hace de don Paulino Alfonso:



“… la sombra flaca
y esbelta de don Paulino
Alfonso. Negra la barba,
cabeza justa y airosa
hacia atrás, y la mirada
desde muy hondo le viene,
porque se asoma cansada
a los puntos de los ojos
que se pierden en la cara”.



Al aludir a la voz delgada y aguda de don Paulino, que solía tener estridencias desapacibles, dice el poeta:



“La voz, como espina suelta,
cuando se la escucha, clava”.



Y después de describir el grupo que formaban discutiendo en la acera, sin preocuparse de la gente que los contemplaba, pinta su carácter galante y caballeresco de esta manera:



“Con aires de mosquetero
hace la venia a una dama
Don Paulino, y Corvalán
deja al aire sus hilachas,
que en oficio de hidalguía
van los dos como una tabla”.



Y el romance de estos dos finos y ocurrentes charladores que abrían cátedra pública en cada esquina, se cierra con estos dos versos admirables:



"Ahora están en la muerte,
donde dicen que no se habla”.



Préndez posee la rara cualidad de colocar en sus descripciones, el rasgo típico y la pincelada justa que estampan en las telas de sus cuadros las figuras precisas de sus héroes romancescos.

Ahí están: la cigarrera, el motero, el paco y el tortillero que ya tienen su poeta y su pinto en este vate que maneja la pluma como un pincel y vierte los oros de sus cadmios y los rojos de sus lacas, con la gracia de un artista y la valentía de un maestro.

Este poeta que ha manifestado su sensibilidad artística en bellos libros amorosos y sentimentales, se revela en estos nuevos romances como un escritor agudo y fino, de frases ágiles al par que profundamente intencionadas. Sus alegres salidas, y sus ocurrencias maliciosas se balancean admirablemente sobre el peligroso filo que separa la picardía de la obscenidad y dan al lector una idea casi exacta del carácter de nuestra gente cuyo espíritu burlón, sentimental, generoso y pendenciero constituye una veta riquísima para los escritores que no se han detenido en las modalidades pintorescas de la superficie.

Los dos últimos libros de Préndez, el de las Tierras Altas y el de la Tierra Baja no solo se continúan, sino que se completan dentro de un propósito ampliamente realizado para el conocimiento de nuestra auténtica chilenidad y también para honra del poeta, cuyo justo renombre llevan hoy estos romances hacia los centros literarios de América.





Cartas líricas a una mujer
Autor: Carlos Préndez Saldías
Santiago de Chile: Nascimento, 1957


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1958-06-15. AUTOR: CARLOS SÁNDER

Recuerdo a Carlos Préndez Saldías en tres momentos de mi vida.

Siendo niño, lo veía pasar frente a mi casa. Alto, muy alto, como los álamos, que él ha cantado en sus primeros libros.

Atildado en el vestir. Chambergo de anchas alas. Gafas blancas, sujetas de una negra cinta que prendía en el ojal.

Melena becqueriana y renegrida, hoy moteada de nieve andina.

Las mujeres lo admiraban, y lo siguen admirando. Los hombres que no lo conocen, lo enjuician mal. Al hablarles del poeta, hablan de su atuendo un tanto teatral, que –para mí- siempre fue señal de personalidad, de desprecio hacia el medio ambiente burgués.

El segundo momento es mi real conocimiento y mi amistad con el autor de “Misal Rojo” y tantos otros libros de hermosos poemas. Tuve el honor de conocerlo cuando era presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, donde realizó una obra que jamás podrá ser negada.

Fue el creador de valioso premios literarios. Carlos Préndez Saldías visitaba a todos sus amigos adinerados y a los no amigos. Les pedía fondos para un Premio de Novela que –en esa época- sobrepasaba al exiguo monto con que estaba dotado el Premio Nacional de Literatura, o, por lo menos, lo igualaba. Estuvo largamente como presidente de la institución decana de escritores. Largo sería enumerar todo lo que realizó en bien de la cultura, del arte y del mejor conocimiento de los intelectuales por parte del público.

Pocos hombres de mi edad conocerán mejor la personalidad del poeta.

Gran poeta lírico de Chile, es el autor que me preocupa. Cultiva el verso tradicional y clásico, apegado a las viejas formas que cultivaran un Fray Luis, un Garcilaso, un Zorrilla, un Juan Ramón Jiménez.

No gusta del noventa por ciento de la poesía de vangaurdia, más bien dicho, de la mala poesía de vanguardia, que se guarece en los innovadores y entrega una mala poesía. Sin embargo, admira sin restricciones a los grandes poetas con personalidad y con estro propio: Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, vale decir, nuestras tres luminarias.

He conversado largamente, en tardes de deambular callejero, sobre estos temas eternos. Siempre estuvimos de acuerdo en que, en toda época, hay viejos y jóvenes mixtificadores. Y que la poesía es grande cuando la escribe un gran poeta, un elegido, un hombre que nació poeta.

El poeta tiene publicados más de veinte libros de poemas, que la crítica ha aplaudido durante cuarenta años. Muchas veces ha sido enjuiciado por críticos noveles. Jamás se ha podido probar que ejercitaba una mala poesía.

Tal vez él haya querido singularizarse, en más de una ocasión, escribiendo más de un libro cuya aparición sabía que le acarrearía la animadversión.

Hombre de amor, ha dicho vivencias íntimas que nadie ha dicho en Chile.

Sus libros “27 mujeres en mi vida”, “De mi sabiduría amorosa” y “Otras mujeres en mi vida”, desataron la furia de mucha gente y el “pelambrillo” criollo de poetas, especialmente. Esas gentes no analizaron debidamente esa producción literario-amorosa de Carlos Préndez Saldías. Ignoraban que el poeta solo quería hacer un poco de escándalo literario a través de libros que escribió en un momento de ironía donjuanesca.

Del primero de ellos se habló mucho. El poeta gustaba contar –regocijadamente- de cuanto ínsulto recibía por las líneas de su teléfono. Todos hablaban de este libro y, a poco andar, se descubría... que no lo habían leído.

Cosa común en los “snobs”, que quieren dar sensación de que todo lo saben.

En un país donde abunda el hombre, miembro de rebaño, es profundamente loable ver en la vida del solitario empecinado, que es Carlos Préndez Saldías, una feroz independencia, una altivez, un desprecio por lo que los hombre susurran en corrillos y cafés.

Mi tercer momento con el poeta es este en que, a la distancia, me llega su hermoso libro “Cartas líricas a una mujer”, que me llega con un bello pórtico de la fugante Gabriela:



“Unos siembran robles
y otros siembran lirios
¡Bienvenido tú
que sembraste trigo,
trigo simple, honrado,
trigo campesino!
¡Ah, lo más humano
y lo más divino!”



La lectura de este libro deja un regusto suave y de belleza exacta. Con esta obra, Carlos Préndez Saldías confirma su afincamiento de gran poeta lírico de Chile, como uno de los poco líricos que a esta hora puede lucir orgullosamente el verso tradicional rimado y que tanto poeta se cuidó en vulgarizar, en llenar de materiales mediocres e imágenes pedestres.

El poeta escribe a la mujer amada, en diversos momentos, en cartas líricas que he leído en alta voz, cerca de mi soledad:



“Cartas en que te dije la emoción de quererte
con un olvido triste y un recordar gozoso
cartas en que ha llorado mi corazón a veces
para que me lloraran, al leerlas, tus ojos”.



Poco a poco el lector se va adentrando en estos versos dulces, eufónicos y sentimentales. Como es un poeta, tiene tristeza. Tristeza, porque analiza su corazón y percibe que el olvido aguarda en el recodo:



“Tengo una gran tristeza, porque sé que te olvido.
A veces, junto al río, las horas se me van
recordando mis versos, mis viajes, mis amores.
Antes era tu ausencia, más que recuerdo, afán.
¡Cuánto te quise! ¡Cuánto debo haberte querido
para sentir la pena de no quererte ya!”



Carlos Préndez Saldías, en este libro, prueba que el corazón es siempre joven. Que en pleno otoño está lleno de amor. Y me figuro al poeta, en su casa de la calle Antonio Bellet, mirando el paisaje a través del ventanal.

Pasando su diestra por la abundante cabellera, plateada a trechos “de rayos de luna”, como expresó en un soneto. Gesto habitual de todo solitario.

Y diciendo a media voz, lentamente:



“Algo supiste ayer de este amor que a mi otoño
ha venido a traer la palabra olvidada
que estremece el sentido y nos deja en los ojos
la lumbre de una estrella que se duerme en el agua.
Este amor que recibo cuando lo pierdo todo
es el ansia tardía de lo que no esperaba”.



Largo sería citar los hermosos poemas insertos en “Cartas líricas a una mujer”. Hermoso libro, donde el poeta del amor habla del amor de todos los hombres. Guardo entre mis archivos un poema antiguo de Carlos Préndez Saldías. En él, con filosofía poética, dice a todos:



“Vive tu vida, solitario y fuerte,
con la serenidad de los ríos
que van hacia la muerte
y que cantando van.
Que ningún hombre pueda entristecerte.
Es esa toda la verdad”.


Como un río, solitario y fuerte, serenamente, el poeta va cantando, cantando.
Allá lejos, en una orilla misteriosa, está aguardando la muerte.

Yo estoy seguro –como él lo proclama- de que nadie podrá nunca entristecerle.




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