lunes, 23 de junio de 2014

CARLOS CASASSUS [12.010]


Carlos Casassus

Carlos Casassus Noriega (Iquique, CHILE  1899 – Santiago, 1982). Poeta y narrador, profesor de castellano. A los 19 años publica su primer libro “Latidos” (1918); “Altamar”, con prólogo de Joaquín Edwards Bello, (1928); “Mi Atlántida” (1965); y “Océano de Dios” (1981).




“Los horizontes
llaman a los hombres
y frente al mar
se siente el desconsuelo
de no poder
estar
en todas partes,
en cada punto de la tierra
en cada barco del mar…”



Frente al Mar

Yo he sentido la pena de los puertos
desde los barcos que se alejan,
frente a los barcos que se dejan
con los brazos caídos de dolor,
con las pupilas pensativas
y solo…solo
con la tristeza de mi corazón.



Altamar
Autor: Carlos Casassus
Santiago de Chile: Nascimento, 1928

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1928-12-30. AUTOR: ALONE
Bajito, delgado, crespo, con una cara de fealdad intensa, ligeramente diabólica, imagen de ciertos juguetes modernistas, atravesó la interminable oficina a largos pasos gimnásticos y plantándose delante del escritorio, pronunció estas que, entonces, creímos sílabas de un conjuro:

-¡Casassus!

Era el poeta de Valparaíso que venía a la conquista de Santiago. ¿Cuántos años hace? No son muchos. Y ya Casassus ha realizado su propósito; Santiago le pertenece por derecho de conquista; nadie que se respete puede ignorar su nombre y la que, al principio, en los labios de los necios, quiso ser sonrisa burlona por el desplante de este muchacho tan seguro de sí mismo, se ha cambiado luego en expresión de simpatía franca, de estimación verdadera, no sin cierta admiración en el fondo. Las personalidades vigorosas se imponen siempre, y Casassus, antiguo boxeador de peso pluma, conocedor de noches triunfales en el “ring”, posee un temperamento definido que domina. Cuenta que como orador ha obtenido también éxitos fantásticos y provocado delirios de entusiasmo. No lo dudamos. Tiene algo de irradiante difícil de hallar en gente de nuestra raza. Joaquín Edwards lo anota en una bonita frase: “…Valparaíso… le ha visto pasar con su cabeza de caracoles y el verso pronto en las puntas de su persona, como electricidad ingénita”. No se podría evocar de modo más íntimo la facilidad que caracteriza al poeta para declamar sus poesías donde se le presente una oreja receptora. Otro rasgo bien observado, pinta el carácter moral de Casassus: “Siempre ha tenido la noticia buena en su inagotable faltriquera”. A él no le oiremos nunca contar el pequeño eco maligno, la frasecita envenenada, ni veremos en su cara el gesto de desesperación cuando se habla bien de alguien; la poesía lo mantiene en una atmósfera de nobleza espiritual donde las miserias literarias se purifican.

Su libro, desde el título, nos aparta de la tierra: “Altamar”.

Es una especie de juego con los versos, una diversión libre, enérgica, donde las imágenes de olas y los hallazgos de expresión surgen fáciles y se apagan, de distancia en distancia, sin ritmo mecánico:


“…con ese movimiento de los barcos
de babor a estribor
de estribor a babor,
que nos hace evocar
el calor
del amor
y el ensueño de la cuna en el hogar…”


El mar le dice todo cuanto le canta el corazón y no necesita sino enderezar sus velas y lanzar sus redes para pescar canciones en el agua profunda, grave, ligera, inmóvil o encrespada por misteriosa agitación. Pasan los marineros “monjes de errante cautiverio”; pasan los viejos barcos y los barcos nuevos, todos con su símbolo en los mástiles iluminados; pasan y:


“allá en el mar,
en altamar,
las olas suben igual
que cuando pasaron todos
los navío que no están…”


A veces un pensamiento de melancolía surge de esa extensión tan fácil de cruzar y donde ni una sola huella queda nunca; pero el alma del poeta se levanta de nuevo, impulsada por el viento de la juventud, se yergue, espumante, optimista:

“¡Qué pensar en reveses ni vueltas del destino
cuando el alma es un canto de esperanza y amor!”

Varía el alma, como la onda, y tras el levantarse viene el decaer; el rumor del mar lo dice todo, la tristeza y la alegría; hay viejos barcos ancianos que añoran la travesía lejana en un rincón del puerto, porque:


“…la vida cambia tras de cada camino
y la huella es arruga
y la arruga es dolor…”


El ir y venir sin término despedaza interiormente, tira hacia allá y  hacia acá los deseos y revuelve las esperanzas, como una cabellera; a veces no sabemos dónde estamos al detenernos delante del mar:


“Los hombres que se van
también quisieran quedarse,
los hombres que se quedan
quisieran irse…”


La poesía de Casassus suele asemejarse a esos guijarros de las playas que las mareas han dejado lisos, en una forma elemental; pero no parecen banales, porque está sobre ellos el trabajo tumultuoso y enorme del agua, el misterio de las resacas y el contacto de grandes monstruos desconocidos.

Ahí está su nota, en la desnudez para entregar el pensamiento y el sentimiento. Cuando quiere complicarse, cae en la retórica común. Ejemplo, el Velamen, de la página 59, donde un corazón es ancla, un cuerpo es nave y unos brazos, el puerto buscado para entregar la nostalgia recogida sobre los mares. Todo compuesto visiblemente; y malo. “El Desconocido” (pág. 41), bien hecho, sugerente, recuerda tal vez demasiado al de Pezoa Véliz:


“Era un desconocido que llegó de muy lejos,
que nunca habló con nadie y que nada pidió,
que a veces suspiraba por un recuerdo viejo
y fumaba… y fumaba… hasta que se murió”.


El libro se compone de dos partes: “Los Poemas del Puerto”, sin duda, la mejor, y “Los Poemas del Dolor”, mucha prosa puesta en renglones cortos. Buscando lo mejor -¡supieran los autores qué afán, con qué ansiedad, a veces, buscan los críticos lo mejor!- dentro de esta segunda parte, hallamos unas estrofas fuertes sobre la vida:


“Voz de la tierra que sube
ya en brazos del huracán,
ya colgada de una nube,
ya en el alma de un volcán…

Fuego de sol derretido,
llanto de niño parido
como una gran maldición;
trueno que se hizo latido
al quedarse confundido
dentro de mi corazón…”


Antiguo énfasis bien concentrado y con empuje.

Pero, si queremos quedarnos con el acento típico de Casassus, con la flor y la espuma de su “Altamar”, volvamos a “Los Poemas del Puerto” y pongamos el oído a las voces del mar, por cuya superficie vaga esta alegre canción:


“El aire del mar que me trajo un cantar…
Oh! La inquietud de navegar
como un cantar
sobre la mar…
Con las olas juguetear
a subir
y bajar,
y hacer cabriolas
a solas,
como un cantar
sobre la mar…
Y rodar y rodar,
y subir y bajar,
y rodar y rodar
hecho un bello cantar
sobre el agua del mar…”


Que un músico tome estas estrofas y todas las mujeres, en las tardes de las playas, sentadas sobre la arena, las cantarán al compás de los golpes del agua…




El romance de las sirenas
Autor: Carlos Casassus
Santiago de Chile: Nascimento, 1938


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1939-02-05. AUTOR: ANÓNIMO
Carlos Casassus ha publicado bajo el signo de Nascimento su poema en verso “El Romance de las Sirenas”. Casassus es uno de nuestros poetas más laboriosos. La cita de Jung con que el prologuista de la obra, el conocido escritor Juan Marín inicia las palabras de presentación nos servirán para definir la figura misma del poeta. “Los poetas –escribe Jung- son seres capaces de interpretar el inconsciente colectivo y de captar las misteriosas corrientes al subsuelo, para expresarlas, según sus facultades individuales, en símbolos más o menos perfectos. El poema de Casassus está animado por la simbología del creador que remonta sobre la vida el destino y forja la propia existencia. Creemos que este nuevo libro de Cassassus obtendrá el éxito que se merece.

Firmado como Brand.





Mi Atlántida
Autor: Carlos Casassus
1965

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1968-02-11. AUTOR: HERNÁN DEL SOLAR
Las más valiosas pertenencias de un poeta son siempre íntimas, ocultas. Cuando las da a conocer orgullosa o modestamente, a todos nos asiste el derecho de juzgar si valía o no la pena mostrarlas. A veces son grandes, extensas, parecen no tener fin; pero a menudo caben en un dedal, no alcanzan a llenar un soneto destartalado.

Carlos Casassus nos da una gran sorpresa: sus dominios son nada menos que todo un continente. Estamos en la Atlántida. Son tierras sumergidas que pertenecen al poeta. Y no se piense en una absurda exageración. Ese continente hundido es el mundo poético personal que nos da a conocer con pródigo desinterés, con la alegre confianza que todo poeta pone en su obra.

La Atlántida es el tema desarrollado a través de veintiséis poemas internamente unidos por el mismo soplo forjador. El poeta cierra los ojos, en su libro, a las realidades y apariencias de los días actuales y, con decidida voluntad, corre hacia tiempos muy antiguos, hacia mitos que casi todos los hombres comunes tienen olvidados, y se sumerge en un sueño de que no quiere despertar, satisfecho de encontrar en él todos los materiales necesarios para la construcción de un poema. Esta dicha de vivir en su sueño, de poder defenderlo contra toda duda identificándose plenamente con él, la advertimos desde los primeros versos. Es un breve poema introductor titulado “En el jardín de las naranjas de oro”. De él parte la aventura, el viaje. El poeta se dirige a una mujer y le cuenta que hace treinta mil años, cuando era un joven nigromante de la Atlántida y se hallaba buscando bellos caminos para sus ilusiones, se puso a soñar con ella, a adorable mirada. La vio de repente y comenzó a acercarse. Iba por una senda llena de luna y de perfumes. El poeta recuerda muy bien la escena y dice:


“Tú eras como la fragancia de los azahares
bajo la orquestación azul de las tres lunas
y lentamente caminabas…
¿Recuerdas?
¡Qué triste para mí si así no fuera…!”


Este último verso muestra el pinchazo de la duda, nos acerca a la reacción que produce un desasosiego que, adueñándose de él, irá carcomiéndole, atándole a una tristeza que no será, precisamente, la poética, sino la enemiga de toda posible poesía, la tristeza que inhibe, que le arranca al poeta la pluma de las manos, que le arrebata el sueño y lo hace trizas, sin piedad alguna.

Pero el mal momento es fugaz. Tiembla un instante en el verso mencionado y desaparece en seguida. El sueño no se interrumpe. El joven nigromante se halla cada vez más hondamente enamorado. La mujer le pide que le hable del destino y, charlando, aproximándose más y más, sucede lo que nunca debe faltar en todos los buenos sueños. Dice el poeta:


“Cuando supiste que era nigromante
y era también un forastero atlante,
en el Jardín de las Naranjas de Oro,
me dejaste besar tu boca en flor…”


Al cabo de trece noches, apenas aparecida la Serpiente Alada, hubo una tremenda catástrofe. Se hundió la Atlántida. Pasó a ser un sueño de poetas, un oasis para los espíritus que, asomados al más allá, entran en delirios de la más varia fortuna.

De esto hace treinta mil años. El nigromante de entonces, sin que las edades le estorben la capacidad de soñar, sigue vivo en la Atlántida, no sumergida ya, sino alzada firmemente en este libro, y confiesa que no puede olvidar a la mujer de entonces.

Cruzado este pórtico, se entra en los veinticinco poemas restantes, que son otros tantos episodios en que aparecen Poseidonis, la ciudad sagrada, con sus innumerables sacerdotes, sus fiestas rituales, el bazar de los atlantes, con sus tesoros de oro, joyas y pedrerías, con los augustos soberanos Atlas y Ozimandías, y todos los hombres maravillosos y las cosas admirables que pueblan el mundo poético de Carlos Casassus, dueño de una Atlántida de verbal firmeza, de relampagueante configuración onírica y poemática.

Cuando terminamos, junto al poeta, de viajar al borde de las maravillas, los imposibles, las superrealidades, los misterios, los inefables territorios de la vieja Atlántida, nos detenemos a escuchar cómo Casassus invoca a los Espíritus Guías de la Atlántida, asegurándoles que ahora que se les conoce el pretérito, que se sabe lo que contó Platón, que se tiene cierta idea de lo que fue su civilización, es hora de que despierten, que se acerquen a nosotros, que nos oigan y nos amparen. Esta protección nos es absolutamente necesaria, porque los hombres se odian entre sí y odian también la existencia. El poeta quiere que la paz de los magníficos guías encienda los corazones humanos y lleguemos a odiar y maldecir las guerras.

Termina el poema así:


“Hoy yace el cadáver de la Atlántida
debajo de su propia cabellera
en el insondable mar de los Sargazos…”


Así pues, ubicada en el sueño la tumba de la Atlántida, ya no se trata de una mera leyenda que se desvanece, de un simple mito que se esfuma, se trata de un mundo poético que podemos señalar en la geografía y recorrer en los versos de un bardo.

El libro es, como a nadie le costará advertirlo, inesperado, insólito. Si los poetas por lo general, construyen su orbe poético colectando materiales sentimentales, vivencias ubicables en nuestro mundo de cada día, aquí tenemos a uno que se pone a vivir su sueño milenario, que se aparta de todo lirismo inmediato, y que entona con intención épica la canción de una existencia que fue suya hace treinta mil años y es suya ahora en el alma y en el verso.

Manuel Eduardo Hübner escribe el prólogo de esta obra. Es un exordio extensísimo en el que, con su nunca desmentida facundia, dice cuanto es posible decir acerca de Casassus, como hombre y como poeta, situándolo entre los nombres que no deben fugarse de nuestra memoria.


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