lunes, 23 de junio de 2014

BENJAMÍN OVIEDO MARTÍNEZ [12.008]


Benjamín Oviedo Martínez

Benjamín Oviedo Martínez (Talagante, CHILE  1894 - ¿?). Trabajó en la revista "El Peneca". Aparece en Selva Lírica (Pág. 434).



Anhelo

Con la serenidad del que ya nada espera
porque todo lo tienen, quisiera ver la vida.
¡Cuánta fulguración de luz de Primavera
en la senda tranquila, perfumada y florida!

Y sentado a la vera del camino sonriente
con la dulzura enorme que el cansancio nos deja,
sentir el beso suave del sol sobre la frente
y el de Dios en el alma, ya adormecida y vieja…

Y quizás solo entonces mi ser comprendería
la dulzura infinita de las terminaciones,
en la tierra mis ansias; en el espacio, el día…

Y así, tranquilo como la flor que el polen vierte
y después se deshoja, mi cuerpo y mis pasiones
pondrá entre los brazos eternos de la muerte.



***


¿Quién no ha oído en la calma de la noche serena
el gigantesco Océano que atormentado grita
y que loco rabia, ciego se precipita
a la arenosa playa que inmóvil lo refrena?

¿Quién no ha oído esa ronca imprecación que llena
con sus ásperos tonos la bóveda infinita,
ese clamor supremo que en el azul palpita
y que de nube en nube siniestramente truena?”



***

Más ronco que el gigante clamor del mar furioso,
más terrible que el trueno del cielo tempestuoso,
más lúgubre que el eco de ignoto precipicio,
es el grito que brota del pecho atormentado
de los hombres… El ronco clamor desesperado
del alma temblorosa que lucha contra el Vicio.






Ingenuas
Autor: Benjamín Oviedo Martínez
Santiago de Chile: Impr. El Colegial, 1913

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1913-04-07. AUTOR: OMER EMET.

Cuando en años pasado me fue encomendada la dirección de “El Peneca”, dejóse caer sobre mí en los primeros momentos un batallón de colaboradores. Con su prosa algunos y los más, con sus versos, amenazaban devorar a la Revista y a su Director.

¡Terribles días aquellos en que hube de elegir entre tanto aspirante a poeta y prosista!

Merced al cedazo y al… cesto, logré por fin alejar la paja y quedarme con el grano…

Y así fue cómo el joven autor de estos versos llegó a ser el más asiduo de mis colaboradores ocasionales y es hoy mi compañero de tarea.

Esto, sin duda, me obliga a ser parco de alabanzas con el joven poeta, pero no me quita el derecho de señalar al público su modestísima colección de versos. Revélase en ella un alma ingenua capaz de sentir noblemente y de dar a sus sentimientos forma armoniosa. B. Oviedo Martínez es más que una promesa; es una realidad que empieza a manifestarse, y, si no me engaño, los amigos de la verdadera poesía no tardarán en reconocerla.




La voz de la naturaleza
Autor: Benjamín Oviedo Martínez
Santiago de Chile: Impr. Renacimiento, 1913


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1913-07-17. AUTOR: ÓSCAR SEGURA CASTRO

También nuestra poesía, que en los últimos diez años se ha incorporado en resurgimiento inaudito, cuenta con poetas precoces que luchan desesperadamente entre el anonimato y la indiferencia y agresividad aplastadoras de la prensa.

Para los eternos consagrados en cualquiera manifestación de Arte, suenan con prodigiosa contumacia los cascabeles del bombo en las revistas y periódicos, aunque presentan al escenario público un andrajo abominable de producción intelectual.

En cambio, si un artista desconocido se atreve a aparecer ante la opinión de ese mismo escenario con una inflexión de prédica rebelde en la voz o un hijo de su espíritu, amorfo y raquítico por ser el primero, proyectado en un libro, una tela o un trozo de yeso, se le vuelve la espalda con un gesto de desdén olímpico o se le escupe la excomunión impiadosa de una censura enfermiza.

Para ello no se toman en consideración el medio ambiente en que vive el autor, ni su edad ni su cultura.

Se le aplasta muchas veces por compromiso: porque es necesario llenar una columna del diario en que se labora; porque es preciso darse a conocer como cirujano de la técnica y la erudición, o muchas veces por sentir la voluptuosidad de ser llamado “gracioso”, aunque para alcanzar esto sea imprescindible calzarse la ridícula vestimenta del gimnasta de la frase o la odiosa blusa del mistificador.

En Chile este mal es incurable, pernicioso. La crítica sana y grave de Omer Emeth, Armando Donoso y Heliodoro Astorquiza, no se lee ni se comenta con tanto ardor como los artículos de catadura arlequinesca con que nos asaltan de vez en cuando Pedro Gil, Fray Apenta y Abel de la Cuadra.

---

Decía al principio que entre nuestros numerosos poetas hay algunos precoces.

Los califico así porque casi todos no pasan de los diez y siete años y son tesoneros, robustos trabajadores del Arte que luchan silenciosamente sin más estímulo que sus propios esfuerzos y sin más laurel que algunos pinchazos de la crítica.

Ellos son: Evaristo Molina, Domingo Gómez Rojas, Armando Blín, Juan Guzmán Cruchaga y Benjamín Oviedo Martínez.

Además, justo es mencionar el nombre de nuestra inspirada poetisa Victoria Barrios.

Todos merecen un capítulo aparte que reservaré para una “antología” que preparo en colaboración con Julio Molina Núñez y que debe aparecer a fines del presente año[1].

Hoy debo preocuparme brevemente de uno solo de ellos: de Benjamín Oviedo Martínez, el más niño de todos, que acaba de publicar su libro “La Voz de la Naturaleza”.

Yo conocía ya la obra de este novel poeta, en su folleto “Ingenuas” cuyo único mérito consiste en la construcción mecánica de sus versos correctos y son pretensión.

Poesías sin ondas de introspección son las de este librito, escritas bajo el polvo del aula escolar, como lo revela en su infantil “Invocación”, estragada de Musas, Olimpos y Eneas.

Sin embargo, tuve fe en el poeta porque en todos sus versos desdobla cierta tendencia objetivista empapada de un dulce refrigerio de cosas blandas, que pueden darle un carácter personal.



“En esta dulce noche estiva
pálida estrella fugitiva
vela en la azul región astral,
y mientras solo luce arriba,
la brisa, abajo, grácil, viva,
bate sus alas y furtiva
da dulces besos a un rosal”.



Aunque la adjetivación es profusa, no se dirá que es falsa y ripiosa.

¿Qué más se puede pedir a un niño de diez y siete años?

Su nueva producción: “La Voz de la Naturaleza” viene a confirmar mis esperanzas. El poeta ha progresado visiblemente sin abandonar la índole objetiva de que hizo gala en sus primeros versos, y que afianza más aún su incipiente personalidad.

Nos ofrece cerca de treinta composiciones de corte impecable.

Pero aún no ha logrado desprenderse de la superficialidad que demostró en sus “Ingenuas”. Esta misma superficialidad glotona lo obliga a divagar inconscientemente en repeticiones rastreras y pueriles en su poesía “El Árbol Muerto” que es la más mala del libro. Es lo peor que le conozco. No podría producir algo más insolente:



“En medio del prado
se alza el árbol muerto…

Sus hojas marchitas
del tiempo cayeron.

Todo está muy triste
todo está muy muerto…”



“Cayó su follaje; murieron las ramas…
…tendiendo sus brazos
lozanos y frescos al cíclope muerto”, etc.

Todo es una repetición infame.

He empezado por analizar su trabajo más malo, que tal vez es el único, para procurar que en lo sucesivo no recaiga en el vicio común de hacer volúmenes con el atarantamiento de un exhibicionismo dudoso, sin haber seleccionado antes cuidadosamente sus trabajos, para evitar emplastos repulsivos que pueden ser origen de la condenación de su obra.

En “Las Campanas” encontramos un poemita delicado y doloroso, aunque es casi increíble tamaño escepticismo en un alma tan joven:

“Un hombre que ha muerto?...
En la vida humana
¿qué es un hombre menos?
¿hace acaso falta?”

Yo me pregunto si no habrá bebido ese mal añoso en la frase de aquel poeta dijo:

“Un cadáver más qué importa al mundo…
Siempre cuando escucho
doblar las campanas,
en intenso frío
me estremece el alma.”

Hay que tener especial cuidado en el empleo de los adverbios: el que se impone en lugar del cuando de los versos citados.

La poesía “Tempestades” nos hace comprender la obsesión del poeta por el plasma objetivo que persigue con tenacidad su incorruptible naturaleza artística. El sol es un Monarca enamorado de la hembra marina que se estremece al ser acariciada por sus ardientes besos:

“Pero aquella caricia
ardiente y voluptuosa
que rozó las espaldas
sensuales de las ondas
pasó rápidamente
y quedan solo ahora
las ráfagas heladas
del huracán que sopla…”

Se perciben la desolación y la fatiga atmosférica, digamos, que preceden a los espasmos del sensualismo en una alcoba cerrada.

Ahí, con esa estrofa, debió haber terminado la poesía y habría resultado más evocadora.

“La Carreta” y “Sueño Rústico” son los mejores frutos del libro. Este último es vigoroso. Su tema podría servir para un cuadro de fuerte sensación. Tal es la que nos provoca su lectura. Con más pulimento su autor habría obtenido un triunfo: la percepción ideal estaba recogida y habría sido fácil revestirla con un ropaje más digno:



“En dirección al campo, con un buey pensativo,
por el blanco camino va un rústico labriego,
mientras arriba brilla como llaga de fuego
la luz caliginosa del rojo sol estivo.

Y por aquella simple cabeza campesina
cruzan dulces ensueños en enjambre sonoro,
y sueñan que son suyas las sementeras de oro
y su tostado rostro de gozo se ilumina.

Mas, repentinamente, un amor fugitivo
le hace alzar la cabeza, y al mirar al contorno
siente brotar en su alma un sufrimiento vivo,
porque aquella fortuna solo fue un sueño esquivo
producto de la fiebre, producto del bochorno…
Su fortuna la forma solo el buey pensativo…”



Esperamos que el nuevo libro que nos ofrece el joven Oviedo Martínez tenga la madurez necesaria para incorporarse a la falange nueva.

Sírvanle estas palabras a la vez que de estímulo, de observación.

Estudie, penetre y recapacite antes de lanzarse con su nueva obra.

Así no tendrá que arrepentirse de ella.

Es demasiado joven para pensar en exhibicionismos pecaminosos y en acaparar títulos de volúmenes que ningún beneficio aportan a las Bellas Letras y que, por el contrario, pueden formarle un ambiente desagradable y hostil en sus futuras cruzadas literarias.

[1] La antología a la que se refiere es la famosa Selva Lírica; antología que no vería la luz sino hasta 1917.



Lo triste es así
Autor: Benjamín Oviedo Martínez
Santiago de Chile: Impr. Claret, 1914

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1914-06-15. AUTOR: OMER EMETH
Entre las ideas mejor ancladas en mi mente, figura la de que Chile, con su cielo siempre luminoso y su suelo feraz, no es tierra propicia para cultivo de la melancolía.

Pero si entre nuestros poetas hallare B. Oviedo muchos imitadores, fuerza será que yo me confiese engañado por apariencias mal interpretadas, y declare que el pesimismo es tan natural en Chile, como, por ejemplo, entre las nieblas de Inglaterra o las nieves de Rusia.

Duro es, a mi edad, confesar tamaño error, y ver, al fin, cuán insegura es la teoría del influjo del suelo en el alma de los poetas.

Con todo, no siendo yo el inventor de aquella cómoda teoría, podré, sin excesivo dolor sacrificaría en el altar de los hechos, y en vez de creer con Taine en el influjo del suelo, creeré en la omnipotencia de los poetas.

Diré en adelante, que para ellos la realidad verdadera no es la que percibo yo con mis cinco sentidos, sino la que ellos fabrican en su alma, y por decirlo así destilan en el alambique de su fantasía.

Añadiré, para explicarlo todo, que en esto se ve una clarísima aplicación de cierto axioma muy conocido en filosofía aristotélica, según el cual el recipiente es el molde transformador del recibido.

“Lo triste es así...”

De todos modos, los versos de Benjamín Oviedo Martínez, aunque melancólicos en demasía, son hermosos.

Cosas rara: por más que no descubra yo en la vida del joven poeta ninguna explicación de tan persistente tristeza, parece esta sincera…

Es, a todas luces, una “cuestión de temperamento”, de tendencia personal innata: nuestro poeta nació pesimista: “Los tristes son así…”

Para él todo es fuente de melancolía en el mundo, “El Coro de las Campanas”, el “Poema de las Rosas”, la luz, la sombra, el silencio, la soledad, el pasado, el presente, el futuro, todo, todo.

Compasivo contempla B. Oviedo al través de una lágrima la desdicha de las rosas que se deshojan y de los ancianos que, inmóviles a la vera del camino, contemplan:

“cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando”.

La famosa copla de Jorge Manrique podría en más de una ocasión servir de epígrafe a estos poemas, al “Poema de las Rosas”, por ejemplo, y a “La Carreta Abandonada”.

Creo que mis lectores leerán con placer algunos versos de ambas composiciones.

“Bajo una Aurora de oro de colores triunfales
florecieron las rosas de múltiples rosales,
como florecen los ensueños
en nuestra loca juventud…
El beso matutino se hizo rojo y candente.
Las rosas se inclinaron desfallecidamente
cual desfallece el entusiasmo
bajo la mano de la Edad…

y el Sol en el Ocaso se hundió lento, muy lento…
Estremeció a las rosas el estremecimiento
con que se anuncia la agonía al empezar…
y resignadamente, como mueren los viejos,
se esparcieron sus pétalos a lo lejos, muy lejos,
mientras del Sol borrábanse los últimos reflejos
en la región crepuscular.”

Más intensa aún es en “La Carreta Abandonada” esa sensación de muerte que viene callando.

“Bajo la brisa de oro que desgrana
el sol sobre la paz de la pradera,
ante la augusta soledad del campo
y entre el bochorno seco de la tierra,
enferma, agonizante y despreciada
se desarma en silencio la carreta.”

He ahí un espectáculo vulgar y que carece de simbolismo para quien no lo mira con los ojos de nuestro poeta.

Pero él, en aquella carreta, ce a un anciano que compara la soledad, el menosprecio, la lenta destrucción de hoy, con la agitación, la vida y el aprecio de antaño.

“En su primera edad, ¡cuántos afanes!
con cuánto brío hizo crujir sus ruedas
sobre la tierra movediza y blanda
de alguna interminable carretera,
rodando alegremente en las bajadas,
y perezosamente por las cuestas.
Entonces era joven…”

De esas carretas abandonadas, ¡cuántas no hay a orillas de todos los caminos de esta vida! ¿Y quién en llegando a los umbrales de la vejez, no se ve ya formando aquel grupo y anticipa así la inevitable soledad, el menosprecio y el lento desarmarse que le esperan?

¿De dónde ha sacado B. Oviedo, tan joven, estas dolorosas intuiciones de la vejez?

¡Pobre carreta! Tiene siquiera en el poeta un amigo que ha penetrado el secreto de sus penas íntimas.

“Y allí sola a la vera del camino,
mira pasar a las carretas nuevas
que cruzan a lo largo de la ruta,
de la ruta caldeada y polvorienta…
y siente la nostalgia de esos tiempos
cuando eran fuertes y ágiles sus ruedas…
…y envuelta en el bochorno de la tarde,
Agonizando la carreta sueña.”

Mucho podría citarse, pero conviene que el lector lea de punta a cabo el libro de B. Oviedo.



Inquietud
Autor: Benjamín Oviedo Martínez
Santiago de Chile: Minerva, 1918


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1918-09-09. AUTOR: OMER EMETH

En este nuevo libro, Benjamín Oviedo Martínez nos presenta los frutos de una labor introspectiva. Poniendo en práctica la regla que el Oráculo de Delfos dictó para los filósofos, nuestro poeta ha intentado conocerse a sí mismo y, como decía Leopardo, “esplorarse il proprio petto”.

De este viaje a través de su alma, el explorador ha vuelto con una cosecha de veintidós sonetos hermosos y tristes, inquietos e inquietadores.

La inquietud que provocan en mí no nace de dudas que, por causa de ellas, tenga acerca del porvenir literario del joven poeta.

Este, conviene decirlo desde luego, no pertenece al gremio de los que se complacen en sí mismos y se arrodillan estáticos ante su primera obra, destinada a ser incansablemente repetida por ellos y reeditada idéntica, aunque con títulos diversos, hasta el día de su muerte. Muy al contrario, B. Oviedo es de aquellos que saben olvidar y aprender, que día tras día se renuevan y caminan sin descanso hacia un ideal de perfección que jamás creen haber alcanzando.

Su nueva colección de poemas, si la comparamos con las que publicó en años pasados, revela un progreso en pureza de estilo y en vigor de pensamiento y de expresión.

No es, pues, esto lo que me inquieta. B. Oviedo va hacia adelante. De ellos no dudarán los que habiendo leído sus primeras obras, conceden a esta la atención que merece.

Lo que en este nuevo libro me causa recelos, es la inquietud misma que en él se manifiesta.

Para los que conocemos al joven autor de “Inquietud”, su pesimismo es casi un misterio. Porque ha de saber el lector que B. Oviedo, a primera, y aun a segunda vista, es el más quieto y equilibrado de los hombres.

Todos los días de Dios llega con semblante tranquilo, a la oficina de la Biblioteca Nacional, donde, a mi lado, colabora metódicamente a la publicación de la “Revista de Bibliografía Chilena y Extranjera”.

Aun suponiendo que en su alma se agitasen lavas volcánicas de feroces pasiones o que en su mente hirviesen preocupaciones metafísicas avasalladoras, doy por averiguado que el trabajo bibliográfico a que dedica las mejores horas del día, constituiría el más eficaz de los calmantes.

Apuntar, por centenares, los títulos de libros y artículos de diarios y revistas, es tarea refrigerante, casi diría, ascética. ¿Qué inquietud puede, en verdad, resistir a semejante trabajo minucioso y tranquilo, uniforme, regular y prolongado?

Un bibliógrafo se parece a cierto ángel que vi pintado en un libro inglés. Cómodamente sentado en un sillón, aquel alado ser desempeñaba en la secretaría del Padre Celestial, el oficio de tenedor de libros. Con una tranquilidad verdaderamente oficinesca y sin acordarse de sus alas cuidadosamente plegadas, el ángel apuntaba en una página de un enorme libro, la cuenta de los buenos, y en otra la de los malos. Esta no parecía costarle más que aquella. Apuntaba infatigablemente, y en su semblante ecuánime y hasta frío, pintábase a las claras el efecto aquietador de una tarea eternamente igual.

¿Cómo se explica, pues, que la tarea bibliográfica no haya desterrado toda inquietud del alma de un poeta que, como el ángel del libro inglés, apunta eternamente en el “Libro Mayor” de la literatura las obras buenas y malas de los autores chilenos?

Esto es, vuelvo a repetirlo, un misterio para mí.

Pero, justo es recordar que, dentro de un bibliógrafo cabe un hombre, y que este, a pesar de la bibliografía (cuando no por ella), corre el peligro de tener sus horas de inquietud, como todos los mortales. Porque, en verdad, la “contabilidad” bibliográfica puede, en ciertos momentos, enervar al más robusto y sacar de quicio al más equilibrado de los hombres. Esto es natural, lógico y casi inevitable, cuando después de apuntar largas series de títulos, el bibliógrafo advierte que está organizando y presenciando a la vez, el desfile de la vanidad y estulticia humanas.

Tal vez fue una de esas horas amargas y peligrosas la que inspiró a nuestro poeta su primer soneto pesimista, en el cual están en germen todos los otros. Dice:

“Zumban en torno mío presagios de algo incierto,
y entorpecen la ruta de mis pasos cansados;
y con las sugestiones de la inquietud, advierto
sobre mi frente el sello de los predestinados…
Y escucho algo que me habla con voz desconocida,
con un susurro torpe, desfallecido, lento;
y sacude sus alas y cruza por mi vida
la sombra sibilina de algún presentimiento…
Y atormentado y lleno de temor busco en vano
El refugio que ponga mis días al abrigo
De este soplar frío, de inquietud y de arcano…
Y temo al cielo, al mundo, al hombre y al amigo,
Y deseo irme lejos de todo ser humano,
Más no quiero estar solo para no estar conmigo.”



Y, sin embargo, el poeta, desengañado de todo y de todos, invoca a esa misma soledad y bendice su “seno amigo”, porque en él se recoge su espíritu, “como en las suavidades de un nido”.

Si estas cosas se mirasen desde el punto de vista de la pura lógica prosaica, descubriríase aquí una contradicción; pero los poetas pueden escudarse, como los políticos, con cierta respuesta que Julio Ferry dio a sus adversarios. Como estos le reprochasen que, en 1880, sus opiniones no concordaban con las que defendiera en 1876, contestó aquel estadista: “Mis ideas políticas no son contradictorias, son sucesivas…”

Y así, por cierto, se explica que un poeta abomine hoy la soledad y mañana la bendiga: todo depende de una sucesión casual: del paso de una nube, de la momentánea ocultación de una estrella, de un soplo frío o cálido, de todo y de nada…

Pero esto no quita que el poeta sea sincero, ni que la soledad pueda ser para él, según la hora, un tormento o un consuelo. La psicología poética obedece perfectamente al axioma de los escolásticos: “Quidquid recipitur ad modum recipientes recipitur”. El alma del poeta es un vaso de forma inconstante y mudable: hoy todo lo que penetra en él, se vuelve luz, armonía y amor; mañana, cambiado el “modus recipientis”, todo se volverá odio, desconcierto y tinieblas. “¡Mutabile genus!”

Lo esencial es que sean sinceros y, en este caso, no cabe dudar de la sinceridad de nuestro poeta.

Verdaderamente, cuando escribió sus sonetos, B. Oviedo Martínez se creía y se sentía solo en el mundo. Verdaderamente lo envolvieron dudas, tinieblas y temores, y el lector, poco a poco, se siente envuelto y penetrado por la desolación de su alma.

Pero es precisamente esta sinceridad comunicativa la que le permite leer sin protesta los sonetos “egoístas” de este libro.

Su “egoísmo” es de una calidad simpática; nada hay en él de esa complacencia, de esa auto-adoración, de ese “toupet” exhibicionista que en otros se descubren.

B. Oviedo no nos dice: “Miradme y admiradme”, como suelen decirlo (o insinuarlo siquiera) los “ególatras” que, muy lejos de olvidarse jamás de su divino “yo”, lo llevan siempre ostentosamente manifiesto en sus versos y en su prosa con la misma religiosa solemnidad con que los sacerdotes, el día de Corpus, ofrecen en custodia de oro el Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles.

No. No así nuestro poeta, el cual, muy al contrario, conténtase con descorrer rápidamente el velo que cubre su alma dolorida e inquieta, pero sin decirnos: “Ved si hay dolor igual al mío…”

Si alguien simpatiza con su desconsuelo, el poeta no lo sabe ni lo busca. Bástale haber consolado su alma con un quejido armonioso.

Por lo demás, su pesimismo no me parece merecer cultivo. No acepto que diga:

“No sé por qué el destino, cuando inscrito mi nombre
en el libro que marca los senderos humanos
no señaló a mi espíritu la existencia de un nombre
sino la vida amarga del agua en los pantanos…”

¡No! Quédense para las ranas los pantanos… Ese pesimismo y esas dudas pueden ser sinceros en una hora de desequilibrio nervioso o de obnubilación, pero son malsanos.



***

Volvamos a la bibliografía; a la pacífica labor de la Biblioteca, a los verdaderos amigos (es decir, a los libros) y huyamos de los pantanos (es decir, de la duda, de la soledad, del pesimismo), porque, bajo el verde espejo de sus aguas tranquilas palpita un fondo envenenado.




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