jueves, 26 de junio de 2014

AURELIO PINOCHET ALVIS [12.046]



AURELIO PINOCHET ALVIS 

(CHILE, 1895-1969)
Poeta novelista y dramaturgo, nace en Linares en 1895. Estudia leyes hasta recibir su título de abogado. Se ha dedicado preferentemente a las labores agrícolas. 
Escritor multifacético expresa con sencillez y honda ternura, la soledad del hombre. 
Sus poemas desnudos de artificio, tienen acentos neorrománticos y de serena tristeza , lejos de todo barroquismo insustancial. 

OBRAS:

Al pasar (poemas) 1936. 
La ráfaga (novela).1942. 
El bouquet (teatro) 
La encrucijada (teatro) 
Sombra maldita (teatro) 1947. 
Gente brava (teatro). 
La sortija (teatro) 
Tierra de migajón (teatro). 
La voz del terruño (teatro).1950. 
Campanas de oro. (poemas). 1953. 
Sangre en el ojo (cuentos). 1954. 
Del atardecer (poemas).1962. 






Del atardecer
Autor: Aurelio Pinochet Alvis
Santiago de Chile: Androvar, 1962

CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1963-03-23. AUTOR: HOMERO BASCUÑÁN
El carabinero Luis Rivano sigue brindándonos sorpresas propias de un editor fogueado, y de gran holgura económica. Ahora nos entrega un libro de poemas que firma Aurelio Pinochet Alvis, uno de los pocos hombres que puede decir que han asistido al nacimiento de cuanta obra han publicado los militantes de todas las generaciones del presente siglo. Hombre inquieto y lector apasionado más que de la realización de su propia obra –prosa y verso- se ha preocupado de la producción de sus contemporáneos y de conocer, mediante el estudio paciente e ininterrumpido que quema las pestañas, el largo proceso creador de la literatura de todos los pueblos, según su propia confesión.

“Del atardecer” es el título de este poemario del autor de “Sangre en el ojo”, que trae, en la solapa, una brevísima nota de presentaicón, certera y cordial, de la conocida poetisa Eliana Navarro. La cosecha lírica de Aurelio Pinochet es un conjunto homogéneo, de ritmo sencillo, tono emocionado, sentido místico, y de valores uniformes:


“Porque sembraste luz, la luz hermosa
que tu pecho escondía,
y te daban espinas por tus rosas
y Tú las recogías...

Porque fuiste vertiendo en el camino
la Divina Enseñanza,
hoy tu sangre, Señor, es dulce vino,
y tu cuerpo Hostia Santa!...”

(“Simiente”, pág. 28).


De su soneto titulado “El dulce encuentro” (pág. 9), copiamos ambos tercetos, acaso lo mejor que ha conseguido en este difícil género de versificación:



“En el duro luchar eres mi aliento,
la luz feliz en que mi amor se pierde,
llenando su fulgor el pensamiento...

Y para el mar que con vigor me muerde
tengo el azul del alto firmamento
y la caricia de tus ojos verdes”.


“Del atardecer” lleva el sello editorial de Arancibia Hnos, cuyas prensas están entregadas al servicio de los escritores nacionales.


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1963-01-20. AUTOR: ALBERTO SPIKIN-HOWARD
Quizás no es muy aventurado afirmar que lo que está más de moda es lo que más pronto pasa de moda. Por lo menos, esto se advierte en la vida diaria, los trajes, los sombreros y los peinados de las mujeres. Hojear una revista de hace veinte años, en que aparecen nuestras damas elegantes de la sociedad, mueve a risa y, no obstante, esos trajes, peinados y sombreros fueron en su tiempo considerados deslumbrantes, sensacionales.

En el arte ocurre otro tanto; hoy día Debussy suena terriblemente “demodé” y Mozart (1756-1791), en cambio, fresco como en sus mejores tiempos.

Lo mismo ocurre con los grandes libros. Lo difícil es descubrir a tiempo en qué reside lo imperecedero.

Si la novedad fuera el secreto de la longevidad, los jóvenes de ahora, que se afanan por decirnos las palabras nuevas, por crear todos los “antis” de las Escuelas Contemporáneas, la Anti-poesía, la Anti-Novela, el Anti-Teatro, la Anti-Pintura y la Anti-Música, estarían perdiendo su tiempo. Por encontrarse a la moda, pasarían de moda.



¿Qué es lo que hace inmortal las coplas de Manrique?
“Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos descansamos”.

Parece, en todo caso, tener la inmortalidad mucho que ver con el contenido profundo. A veces pienso que lo que subsiste a la injuria del tiempo, es lo que se expresa en apretada síntesis de contrarios y expone algún conflicto profundo del alma, o se refiere a una de esas llamadas verdades eternas y hasta lugares comunes, como en el ejemplo de Quevedo, cuando dice en el último verso de su soneto famoso.

“Polvo seré, mas polvo enamorado”.

Wordsworth define la poesía, y por ende la belleza, como la emoción recordada en la tranquilidad (“emotion remembered in tranquility”). La más pura creación artística necesita de esa perspectiva interior para eternizarse. Todo lo enfático (cuidado con el énfasis proclamaba Heine), e “inmediato” como la Poesía Política, por ejemplo, perece con el prestigio o desprestigio transitorio que le inspiran las nuevas Musas del Arte dirigido.

Préndez Saldías me refirió una vez haberle declarado a Neruda:


-Mal que te pese, Pablo, la posteridad te recordará por eso de:

“Los marineros besan y se van...”

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche...”

“Me gustas cuando callas, porque estás como ausente...”

Y no por las “Alturas de Macchu Picchu”.

¿Es que el alma del público lector, que es por fin, el firmamento en que entran o no en órbita los astros del Arte, es de una indiscutible calidad artística? No parece ser así, pues, lo que se reimprime, y se lee por consiguiente, coincide siempre con lo de mejor calidad. Sufren, a veces, algunos autores valiosos, de pasajeros eclipses, como Eca de Queiroz o Anatole France, pero regresan años más tarde en gloria y majestad, con renovada luz. Al cabo de un siglo, no hay autor grande desconocido.

Quizás si pensando en este complejo fenómeno, Lus Rivano, el editor, no se ha abanderizado en sus ediciones a Escuela literaria alguna y está dando a la publicidad obras de diferentes majuelos. Usa de su ecléctico criterio con buen sentido. Rodeado de mozos vociferantes, que solo piensan en su propia obra como definitiva y excluyente de cualquiera otra, esta actitud imparcial y objetiva merece admiración y respeto. Lanza ahora un nuevo libro de Aurelio Pinochet Alvis, que por sus años está bastante a la zaga de los más jóvenes que lo precedieron en estas ediciones y luchan denodadamente en las barricadas de las nuevas formas y de las ideas de avanzada, con armas recién pulidas.

Rivano descubre los sonetos de Pinochet y los presenta al público de nuevo.

Dentro de la forma estrecha, rígida y exigente de este marco métrico y rimado, el autor de “Del atardecer”, nos revela su fina sensibilidad. Busca expresarse en términos sencillos, rehúye la “originalidad” y no anda a la caza de metáforas rutilantes. Trata solo de comunicarse sencillamente con los demás. En esta forma, se hermana con los versos primitivos y más simples de Neruda y otros poetas que no buscaron, otrora, la novedad de las formas y de las palabras para darnos a conocer sus emociones y conmovernos.

El autor y el lector empatizan de inmediato, sin tener el segundo que forzar su entendimiento para comprender imágenes difíciles, esotéricas o versos obligados a compartir lo muy íntimo de un autor, su juego onírico particular, debiendo, con frecuencia, consultar el diccionario, además. Esa especie de solipsismo que ha sido escogido en la poesía hermética como medio de expresión por muchos poetas no existe en el libro de Pinochet, editado por Rivano. Quizás si los jóvenes colegas del autor, a fuerza de entenderlo enseguida, lo encuentren vulgar.

El problema del buen editor me parece que está en el hecho de su capacidad para distinguir entre el Beato Angélico y Picasso, por ejemplo, con igual sensibilidad y luego preguntarse: ¿Qué es lo que en cada uno de ellos, tan diferentes al parecer, despiertan una misma actitud de arrobamiento?

“Eso” que nadie puede definir con certeza en términos objetivos, a pesar de la llamada crítica científica, se percibe intuitivamente y es el elemento que perdura y hace posible nuestra posición ecléctica ante la creación artística. Rivano lo percibe.

Hace bien el editor en elegir de distintas tendencias lo mejor que él considere de calidad y presentarlo a fin de que los lectores se den el placer y se instruyan a la vez, leyendo y tratando de descubrir por qué los versos de Pinochet son hermosos en “Del atardecer” y los de Braulio Arenas también, en “La casa fantasma”, y por qué es hermoso el soneto del primero titulado “Novena sinfonía”, y el de Arenas llamado “En el amor”.

Aprecie el lector:


NOVENA SINFONÍA

Espíritu de Dios, voz de infinito,
Acento que estremece una montaña,
Agudo, inmenso, pavoroso grito
Que hiere el alma, pero no la daña.

Es luz y sombra, es arrebato y calma,
Y lágrimas y locura y embeleso;
Es todo cuanto nos transporta el alma!
Dolor, placer, perfume, ala y beso...

Beethoven en las notas de ese canto
Llora por ti, por mí... Hermoso tema
Hacer un Himno del dolor y el llanto!

Gimió con los de ayer con alma hermana
Y en su inmortal y trágico poema,
Llora con los de hoy y de mañana!...



EN EL AMOR

Maestro en sueños, más en despertares,
Viví soñando, esto es decir: amé;
Sobre la noche eterna estuvo en pie
Dándole al breve día más cantares.

Del uno, el día yo bogué sus mares;
De la noche sus mares yo bogué,
Y de tantos naufragios naufragué
En la ribera amante, sin pesares.

Amor, ribera mía, predilecta,
Resumen de ambos mares, analecta,
Voz de sirena en onda repetida.

Voz de la noche, voz del día, juntas,
Un todo soy por vos, hoy que despunta
La mañana más clara de mi vida.



No hemos querido entrar en un análisis estilístico de los versos de estos dos excelentes poetas, tan diferentes uno del otro, sino señalar de paso algunas ideas que, a nuestro juicio, justifican plenamente la obra del joven editor, Luis Rivano, que en nuestro medio está realizando una labor de indiscutible perspectiva cultural.



CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1963-01-19. AUTOR: HERNÁN POBLETE VARAS
En este tiempo de difícil poesía, angustiosa, rebelde o colérica; en este gran fluir de libros que nos traen ya no un mundo, un cosmos de problemas e inquietudes; en esta época en que la lírica trae la carga oscura de la desorientación y –muchas veces- de la desesperación, qué refrescante resulta encontrarse con la poesía sencilla, serena, que Aurelio Pinochet Alvis nos presenta en su libro “Del atardecer” (Ediciones Androvar, de Luis Rivano, Santiago, 1962).

Aurelio Pinochet Alvis ha llegado a los años crepusculares de su vida, sin que lo turbe el próximo inevitable fin. Como expresa Eliana Navarro en sus breves líneas de presentación: “A través de un largo camino conserva la mirada limpia, la diafanidad del corazón. Mantiene puras sus primitivas visiones, su ilusión, la esperanza en el hombre”.

Esta diafanidad se expresa con finura, en versos bien compuestos y tan armoniosos en la forma como las ideas que contienen. Lo sorprende, en el momento del reposo una paz interior ciertamente envidiable. Ha dejado atrás las inquietudes, las pasiones, la violencia de la juventud y de la diaria lucha. Solo anhela:


“Un pequeño rincón lleno de flores,
lleno de luz, en donde pueda el alma
difundirse y soñar, soñar en calma...”



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