martes, 3 de junio de 2014

AQUILINO VILLEGAS HOYOS [11.866]


AQUILINO VILLEGAS HOYOS

Manizales, COLOMBIA  1880 a 1940. Hijo de Ignacio y Ana y casado con Inés Jaramillo Montoya. Abogado, escritor, periodista, político, orador, ensayista, panfletista y poeta. Hizo parte de la manifestación cultural que se identifica con la gloria literaria del gran Caldas, es considerado el más grande de los caldenses. Estudió en el colegio Santo Tomás de Aquino de Manizales.

Participó en la guerra de los mil días y obtuvo el grado de oficial superior.

Como periodista y con su vasta cultura, fue director del diario La Patria y colaborador del Eco Republicano, La Revista, El Siglo y La Revista Colombiana. Como político, en 1903 fue Personero de su tierra natal, miembro de la Asamblea Constituyente de 1910, Senador en varios períodos,  ministro de Obras Públicas en el gobierno del General Pedro Nel Ospina, 1922; el cual marcó las pautas para el desarrollo del país a partir de un plan, bajo la dirección de sus dos ministros del ramo, Aquilino Villegas y Laureano Gómez. Militante y defensor del Partido Conservador. Como poeta, fue contertulio de la Gruta Simbólica, galardonado por versos propios y traducciones: Hombre de vasta cultura, prosista y bardo Parnasiano.  

Dentro de su obra se conoce: Creado en Roma: “Parábola de los asnos cargados de cosas preciosas” y su versión “Agonía de D’Anbunzio”.  1933: Obras Escogidas. 1934: Los libros: ¿Por qué soy conservador? Y la Moneda Ladrona; Ensayo sobre la sicología Bolivariana;  40 años de opinión; obras: póstumas: 1961: Escritos políticos; 1980: Las letras; la ciudad y los héroes. Otras obras: La Bella Durmiente; Balada de la mala reputación; Antifonario; Oración a la Catedral de Manizales; Agonía de D’Annunzio, premiada en 1904 en los juegos florales de la ciudad; Las Letras y los Hombres;  entre otras.  



BALADA DE LA MALA REPUTACIÓN  

Turba de burdos y patanes,
canalla vil de altos y bajos,
especieros ricachos, truhanes,
letrados sin letras, pingajos,
voy a hablaros sin ton ni son
y sin muchísimos afanes
de mi mala reputación.

Por Apolo y sus santos manes
juro, burgueses, estropajos,
inmundos, judíos, gañanes
periodistas que me dais tajos
rudos, vendidos arrendajos,
juro, repito, que razón
tenéis en hablar, perillanes,
de mi mala reputación.

Yo piso la tierra, rufianes,
duro y seco; no los cascajos
hieren mis plantes que titanes
graves destripan renacuajos,
por caminos y por atajos
sin ninguna mala intención.
No me guardo con talismanes
de la mala reputación.

Mi lengua azota, ganapanes,
y espolvorea los andrajos
de vuestras almas; mis desmanes
son carmines espantajos
que me quitan los calandrajos
de delante; tenéis razón
en helaros hasta los cuajos
por mi mala reputación.

Envío:
¡Príncipe! Échame diez jayanes
a las barbas, o una legión
de piojosos y hambrientos canes:
¡guay! con los fieros ademanes
de mi mala reputación.

Los estetas pelafustanes
que vais royendo los zancajos
a una plebe de almas inanes
cuyo espíritu, cual dornajos
inmundos, huele a cebo y ajos,
prestadme también atención
que allá va el hueso, horda de canes,
de mi mala reputación.

Y los que escondéis entre alanes
un alma mediocre, de bajos
sueños, alma de sacristanes;
los que apagáis entre lazajos
rojos y rezos, y cintajos
los latidos del corazón,
creed ¡oh dulces alacranes!
en mi mala reputación.

Sople, soplen los huracanes
sobre mi frente, que los gajos
de los enhiestos arrayanes
aman tan solo, y no los bajos
líquenes pisados de grajos.
Como el ápice de un peñón
que me azoten los huracanes
de mi mala reputación. 




Aquilino Villegas 

La Patria, Opinion/ César Montoya Ocampo

Sorprende este Aquilino Villegas. En el panorama de su vida se encuentra una policromía de paisajes y la temperatura de todos los climas. Fue un hombre múltiple. Es un epígono en la historia de Colombia.

Amó la tierra, la hizo producir y en sus alientos literarios la cantó con fulgor de égloga. Fue un político que sirvió con devoción a su Partido Conservador. Esgrimió la espada para defenderlo y se convirtió en poeta para exaltarlo. Fue parlamentario, ministro de Obras Públicas, soldado, estadista y escritor. Víctor Manuel Salazar en su libro "Memorias de la Guerra" le dedica un capítulo para ilustrarnos sobre su incorporación voluntaria a unos batallones conservadores en confrontación, entonces, con el Partido Liberal.

Villegas es un grecolatino, sin los demenciales excesos lúbricos de Arias Trujillo, ni la afiebrada prosa melusina de Silvio, con meticuloso talento para dosificar la frase con el adjetivo. Nada cede para defender principios y es temible cuando enarbola su espada cortante en las polémicas. Como contradictor, oficio de su agrado, fue jupiterinamente dogmático. Maneja con sabiduría los argumentos, sabe aporcarlos con retóricas afirmativas, y cada texto suyo tiene gravidez. Inalterable su independencia, solo comprometida con sus propias convicciones. Siendo Silvio Villegas director de LA PATRIA y él su más insigne colaborador, puso fin a su pluma por la inclinación del matutino a favor de Hitler y Mussolini. Aquilino no podía concebir que en la guerra que entonces en Europa se libraba, resultaran victoriosos esos conductores vesánicos. Fue un representante insigne de la sociedad civil. Amó con ternura infantil a Manizales. Enalteció sus glorias, intuyó alegóricamente su futuro, derramó su numen patético en la noche calcinante que convirtió en cenizas el armazón castellano de sus viviendas. "La Oración sobre el incendio" es un canto de cisne en un atardecer de dolor inenarrable. Debió escribir esa necropsia con las manos tiznadas, rasgadas sus vestiduras en los ajetreos heroicos contra el incendio, ensopado su cuerpo, rodando por el convexo de sus mejillas el sudor en cascada. El retablo sobre Berta Singerman, declamadora argentina, es tan perenne por su brillo, como la indagatoria de Alzate. También en ritmo lírico glorificó su catedral y el cimborio pétreo que la hizo indestructible.

Supo sacarle tiempo a sus faenas campesinas para esculpir en oro algunas de sus inspiraciones poéticas. Hizo historia su "Balada de la mala Reputación" dedicada a las 


"turbas de burdos y patanes,
canalla vil de altos y bajos,
especieros, ricachos, truhanes,
letrados sin letras, pingajos
de hombre…".


Adalberto Agudelo Duque, transcribe la acusación que le hiciera Francisco José Ocampo: "Aquilino Villegas era una veleta… trapacero, traidor, hipócrita…". (¿Cómo hace este Agudelo Duque, magnífico escritor, para manejar dos estilos antagónicos: uno en su novela "Pelota de Trapo", agradable, elemental y fácil, y distintísimo en los ensayos sobre el Grecolatinismo, Literatura Marginal y otros, de prosa catedralicia, impregnada de aclamable fortaleza intelectual?). Es posible que Aquilino, encolerizado, haya vaciado su rabia en versos vinagrosos para dar respuesta a los que lo ofendían. Son lapidarios sus denuestos:


"Y los que escondéis entre olanes
un alma mediocre, de bajos
sueños, alma de sacristanes;
los que apagáis entre lazajos
rojos, y rezos, y cintajos
los latidos del corazón,
creed ¡oh dulces alacranes!
en mi mala reputación".


Unos amamos el lirismo, el colorido del adjetivo, la borrachera musical de quienes escriben en prosas para ser bailadas, haciendo compases entre frases cortas y períodos largos, hasta obtener un ritmo danzante. Otros trabajan a cincel sobre piedra insensible, descubren expresiones de una masculinidad golpeante, embridando el desbocamiento de la imaginación.

Nos arrinconan esos nuevos héroes, rigurosos en los conceptos, con altas dosis de desparpajo iconoclasta. Cómo no reconocer que a estos príncipes hay que leerlos en lentas jornadas, para degustar su mensaje. Ahora no es Aquilino Villegas, ni Gilberto Alzate los que mandan en el escenario de las letras. Los que nos estancamos asidos a sus nombres, estamos en desuso en el mercado literario, castigador del adjetivo, enemigo de la prosa melodiosa.

Pero caprichosamente nos quedamos ahí, con esos bellos símbolos, -flautas, guitarras, acordeones y pianos llorones-, que le dieron cadencia hechizante a nuestro idioma. Además, es imposible elegir. Cuántas veces quisimos cambiar de ritmo, pero siempre retornamos a esa grata coyunda heredada. Mientras Caldas sea lo que es, es decir, eterna, siempre habrá un séquito de despabililados que preferimos el aire fresco y cambiante de Aquilino Villegas, con sabor a dulzaina y a camándula familiar.


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