lunes, 16 de junio de 2014

ANDRÉS SILVA HUMERES [11.923]


Andrés Silva Humeres

Andrés Silva Humeres (Chile,  1887-1956). Poeta y actor de cine chileno. Publicó "Versos humanos" (1920) y "Poemas, imágenes, dolor, pensamiento" (1944). Fuente: "Diccionario de la literatura chilena" de Efraín Szmulewicz.


EL SUICIDA

El suicida, de rostro enflaquecido
y cuidadosamente rasurado,
parecia en su lecho, amortajado,
màs que un cadàver, un pierrot dormido.

Ni una carta dejò, desprevenido
no dejò ni un desorden a su lado;
se fue como un viajero improvisado
en el primer expreso del olvido.

Pero a pesar de todas sus premuras,
sobre un retrato de mujer divina
dejò un mundo de negras conjeturas,
poniendo al margen de la cartulina,

con dos admiraciones inseguras,
esta sola palabra: ¡Mesalina!





Versos Humanos
Autor: Andrés Silva Humeres
Santiago de Chile: Minerva, 1920


CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1921-02-15. AUTOR: CARLOS PRIETO ARAVENA
“En varios sonetos que pueden calificarse de maestros, tanto por los primores de la forma como por la hondura de la emoción”, reside, a juicio de El licenciado Vidriera, que prologa este nuevo libro de versos, un impulso espiritual místico constituyente del aspecto más interesante y valioso de la obra de este poeta.

Andrés Silva Humeres apenas conocido en algunos de nuestros círculos intelectuales, nada ha hecho por conquistar nimbos de gloria ni de popularidad fácil por medio del pertinaz y constante martilleteo de la publicación, ni por ofrendar de incienso en los cenáculos. Podría asegurarse, casi, que no hubiera roto la cáscara de su voluntario movimiento si la voluntad de toda una ciudad, donde el nombre de Silva tiene la magia de parar el vértigo de las vulgaridades en plena carrera, no se lo hubiera exigido por diferentes medios y desde mucho tiempo. Pero el poeta modesto ha tenido que ceder ante los ruegos insistentes de sus amigos y de sus numerosísimos admiradores de Concepción; y se ha dejado convencer por fin de que debía entregar su obra a la estampa.

Acaso le hubiera sido de más provecho el callar todavía para el público esta primera cosecha que, como primera, está cuajada en […] vacilaciones, origen y principio natural de toda orientación definitiva.

No hay artista que pueda legítimamente vanagloriarse de la pureza de su primera obra, como no sea apoyándose en razones de orden sentimental; y es por eso preferible para todo el que, sin exigencias de tal naturaleza, imperiosas e invencibles, va en persecución del refinamiento y de la perfección, laborar mucho y en silencio en el embrionaje para evitarse así, en el futuro, el desagrado natural de haber expuesto como su propio estado psicológico y como obra literaria suya aquello que no pasó de ser más que la época […], vaga e inelocuente [sic] de la génesis.

Un rudo golpe, un gran dolor, de esos que agobian la carne y sutilizan más el espíritu; un gran amor, tal vez, justifican frecuentemente la precipitación por el libro, pero no vemos que sea de estos el caso de Andrés Silva. El libro mismo, justamente dividido en sus épocas, nos está mostrando la gradación ascendente del espíritu artístico del autor; y nos dice con claridad que el refinamiento que se está operando en él anuncia como próxima esa orientación definitiva de donde había de nacer el primer libro del poeta.

El prologuista, que ha tenido más oportunidad que nosotros para bucear con experimentado ojo de psicólogo en el espíritu de Andrés Silva, asegura que este “no ha dado todavía con su verdadero camino”, y nos habla de “un alma acurrucada tímidamente en el fondo de su ser”, agregándonos aun que “no es ya la versificación fácil la única y más notable belleza de sus trabajos, pero que todavía ocupa en ellos demasiado lugar”.

No obstante, esto no es decir que el poeta haya hecho mal en regalarnos con este manojo de “Versos Humanos”. Además de otros méritos fáciles de señalar, encontramos en esta obra el bello […] de sencillez, de franqueza, de ingenuidad, nos atreveríamos a decir, de quien no se ruboriza al pensar paternalmente en los defectos que pudieran achacársele al hijo de su corazón. Sin duda que es mérito y no pequeño esta falta de cálculo, esta especie de sano orgullo que tal actitud dictó.

Pero seríamos injustos si en este comentario no marcáramos también, en forma entusiasta, el relieve que legítimamente alcanza en la obra la poesía “Invocación”, cuyo alto lirismo no lo buscamos tanto en la sonoridad de sus versos, ni en la generalidad de sus conceptos, como en el fondo total del poema, en donde hallamos la videncia dolorosa del poeta y su cristiana compunción:



“…bajo esta enorme tristeza humana,
bajo este negro cielo sin sol
y en medio de esta paz cotidiana,
que tiene hastío de cortesana
y lentitudes de caracol”.



Igualmente, aunque por razones distintas, se destaca un bello soneto, en el que se diluye, como un llanto, el dolorido misticismo del poeta. Trascribimos aquí íntegra esta poesía de honda emoción y de hermosa sencillez de factura, como un ejemplo de la personalidad de Silva Humeres frente a uno de los senderos de orientación ante los que todavía vacila:



Anhelo

Señor, quisiera terminar mis días,
si a ti retorno y en tu amor persisto,
lejos del mundo que pecar me ha visto,
cerca de ti, que me confortas.

Yo quisiera morir sin agonías…
sin temor… esperar la muerte listo…
morir con una imitación de Cristo
entre mis manos húmedas y frías.

Que de ese libro mágico y pequeño
el encanto llegara sin empeño
hasta mi corazón y con tal suerte

que al sonar la campana de partida
quedase la lectura interrumpida
en su frase más honda, por la muerte…



Además de las dos poesías citadas, hay en “Versos Humanos”, principalmente entre los sonetos, que el autor construye con mano maestra, muchas composiciones que pudiera citarse por sentidas, delicadas y galanas. Son, en general, versos hermosos labrados con elegancia versallesca y suntuosidades de sedas; son versos siempre plenos de música vibrante y alegre como compases de marchas triunfales y a veces adornados de imágenes de valía, alrededor de muchos pensamientos en que se aleja la superficialidad.

Por los méritos que hemos señalado, aplaudimos y felicitamos muy cordialmente a Andrés Silva Humeres. Deseamos, sí, que el poeta, hoy que está en la encrucijada, no se deje engañar por los senderos floridos, sombreados, suaves y repletos de perfumes, ya que solo es la senda ruda y hosca la que conduce a la anhelada tierra de promisión.

Nos es personalmente agradable, y hasta admirable el cultivo de la forma, tal como lo comprenden los grandes artífices, pero cuando se trata, como en el caso presente, de asumir una actitud definitiva, un carácter dentro de la poesía, la altisonante frase de Valencia: “sacrificar un mundo para pulir un verso”, debemos invertirla, diciendo: sacrificar el verso para decir un mundo.

Andrés Silva Humeres será mañana más que un poeta elegante, será un hondo poeta.



CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1944-01-02. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Ha reunido Silva Humeres sus poemas que solo habían tenido “el redil” de la página de un periódico o revista o que habían sido canción de juglar en ágape de amigos. Era necesario que Andrés Silva Humeres reuniera sus versos, porque muchos de ellos merecen la permanencia del libro y servirán a más de un enamorado de la poesía para deleitarse con sus imágenes y pensamientos.

Adivinamos que cada verso ha sido escrito con sinceridad, ajeno a cerebralismos y con no poca dosis de Campoamor y Bécquer. Tal vez a veces cierta sonoridad exterior, disminuya la intensidad del poema y en la opulencia de la pedrería haya debilidad conceptual.

Pero a pesar de ello Andrés Silva Humeres logra aquilatar su verdad de poeta y después de contarnos de la tragedia de su barrio en donde la estridencia de lo moderno ha invadido su tienda solitaria, nos habla de “Lunas de Enero”. Dice el poeta:


“Yo la amo así con la careta,
enloquecida en el confín,
hecha una rota pandereta
o hecha una copa de festín”.



Siempre Silva Humeres busca en la naturaleza la presencia de lo humano y con ello la expresión delicada y vigorosa de su sensibilidad de soñador. En sus paisajes del campo chileno tenemos una viva alegoría de colores que triunfan de esta manera:



“El viento aterriza para
hacer rabiar a la hierba;
luego se aproxima al río,
corretea a una libélula,
pone una firma en el agua
y se aleja”.



Hubiésemos deseado que en este libro una labor de síntesis y de más estricta selección se hubiese manifestado porque hay estrofas débiles, repeticiones de figuras ya muy dichas y por lo mismo carentes de fuerza expresiva. Así se habrían evitado algunos prosaísmos y cierta versificación libre.

En casi todos los poemas de Andrés Silva Humeres se halla oculto un sentido dramático, a pesar de apariencias que simulan lo contrario. El poeta no ha podido ocultar la tristeza que le viene de un fondo de romanticismo enraizado como decíamos en el propio Bécquer. Si pica el amor como en los versos de Campoamor, más crece el dolor y se establece una manera de mirar la vida con cierto desprecio, pero a la vez con la filosofía del que sabe amar las cosas y seres que lo rodean.

El poema “Hijo y Madre” ciertamente es la joya del libro. No podemos realizar su lectura sin un estremecimiento profundo, sin entrever su tragedia filial. La muerte ha venido a arrancarle la vida de su madre y entonces el poeta dice su agonía espiritual y humana con una fuerza poderosa. Se establece la íntima conversación entre el hijo y la madre, que está:



“Con su Dios entre las manos,
viejo mástil,
arboladura divina,
marfil, sangre,
con su Dios entre las manos
ella es nave
que empieza lenta a moverse
hacia las eternidades”.



Como en aquellos versos de Carlos Mondaca en los que para que el recuerdo fuera eterno también nevó, en este poema profundo y doloroso de Silva Humeres, asoma la nieve y se hermana a su angustia, cubre sus hombros y esparce silencio:



“Voy a la ventana y miro
la senectud del paisaje:
encaneció mi jardín
por una pena muy grande.
De puntillas
bajan los copos a darme
una mirada de lástima
y caen”.



No puede ser más conmovida la palabra del poeta; Silva Humeres ha conseguido la verdad de su poesía; más allá que los sones de la rima y de la música, quedan estos versos como algo definitivo.



CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1944-01-09. AUTOR: ALONE
Una clara inteligencia echada a perder por el genio –definía alguien a una gran poeta. Hay, así, enemigos brillantes: el de Silva Humeres se llama “facilidad”. ¡Qué facilidad! ¡Qué fluidez! ¡Qué música sonora y espontánea! Se ve que el sonido va delante de él, antes que el sentido; y que él no hace sino seguir con sus versos ese redoble, como un regimiento marcha detrás de la banda, marcando el compás.



Los Poetas

Saben quebrar prejuicios y cadenas
bajo una pedrería de destellos;
son rúbricas de Dios y son antenas;
el porvenir se está mirando en ellos.
Saben, junto a las épocas pasadas
de qué modo las pátinas verdosas
recogen en sus manos enguantadas
el silencioso llanto de las cosas.
Con un golpe de mar y con un trino
aduermen el dolor. En su camino
es letra de una calve cada huella.
Dios les permite que al cruzar la vida,
sean lazo de unión y despedida
entre el gusano mísero y la estrella.



Así, al definirlos, se define, mezcla de sentido y de sonido, con una especie de ebriedad musical, trascendentes.




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