domingo, 15 de junio de 2014

AMBROSIO MONTT Y MONTT [11.915]



Ambrosio Montt y Montt

Ambrosio Montt y Montt (Santiago de Chile, 1860 - 1922). Hizo estudios de Humanidades en la Universidad de Chile.


He aquí, por ejemplo, el soneto “Polvos del Camino” cuyo título es el de este volumen.

“Bien sé que al final todo se olvida
Y que nada en el mundo es permanente
Y que el hombre al morir hunde su frente
En la noche sin fin, desconocida.

Por eso, del camino de la vida
Empezando a bajar por la pendiente,
Los afanes sacudo de mi mente
En polvo quizá pronto convertida.

¿La gloria mundanal? –¡Vana quimera!
¿Ambición de poder? –¡Ensueño insano!
¿Fortuna? –¡Del hastío mensajera!

¡Pues, mal que pese al esplendor humano
A su paso no deja ni siquiera
La estela del bajel en el Océano!”






Polvo del camino
Autor: Ambrosio Montt y Montt
Santiago de Chile: Impr. El Globo, 1911


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1911-12-04. AUTOR: OMER EMETH
Con “Polvos del camino” empieza el señor Ambrosio Montt y Montt la publicación de sus obras completas, las cuales, si me atengo a la lista que hallo al fin de este libro, llenarán numerosos volúmenes.

No faltará, entre nuestros poetas jóvenes, quien ponga en duda la necesidad y aun la utilidad de semejante publicación.

¿Qué gana, dicen ellos, la literatura nacional con la “resurrección” de versos anticuados, cuando no muertos? En los del señor Montt, no se ve, en efecto, rastro del menor de las exquisiteces, rareces [sic], profundidades y penumbras del simbolismo ni del futurismo.

El poeta de “Polvos del Camino” versifica con la asombrosa facilidad de ahora cincuenta años y el clasicismo estéril y frío, correcto y claro lo cuenta entre sus últimos secuaces. Es lo que los franceses llaman un “revenant”.

Así hablaba no ha mucho, un poeta joven con la crueldad y desparpajo propios de su edad. “Cet age est sans pitié”, dice La Fontaine.



“Júpiter eut un fils qui, se sentant du lieu
Dont il tigait son origine,
Avait l’ame toute divine,
L’enfance n’alme rien…”



No siendo como los poetas, hijo de Júpiter y, por triste privilegio de los años, libre ya de las crueldades de la juventud, confieso que, a mi ver un dejo de clasicismo, en vez de rebajar el precio de una obra, lo acrecienta inmensamente.

Más vivo y menos puedo resignarme a la libertad convertida en licencias a la exquisitez que se torna amaneramiento o a la oscuridad que algunos quieren vendernos por misterio profundo.

El único misterio, que para mí viene envuelto en muchos poemas de reciente fabricación es este: ¿Cómo puede haber cerebro sano capaz de parir disparates tantos? ¿Cómo hay lectores para absorberlos y críticos para absolverlos?

En todo caso, la sencillez y abundancia del poeta “clásico”, su inspiración vigilada y sujeta a reglas, su “inteligibilidad” (perdóneseme este vocablo) satisfacen mi humilde ideal de belleza y verdad. Creo con los místicos cristianos que “el Señor”, es decir, la inspiración, no está “in commotione” en las exageraciones melodramáticamente violentas del pensamiento ni del estilo.

Bien podríamos, sin duda, aplicar a este caso la hermosa historia bíblica de Elías en el Desierto.

Dijo la voz de Jehová al profeta (pongamos aquí, al poeta):

“Sal fuera y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová (la inspiración) que pasaba y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas, mas Jehová no estaba en el viento, y tras del viento un terremoto; mas Jehová no estaba en el terremoto; y tras del terremoto un fuego, mas Jehová no estaba en el fuego y tras del fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto y paróse a la puerta de la cueva. Y he aquí llegó una voz a él, diciendo: ¿qué haces aquí, Elías?”

Jehová estaba, no en el huracán ni en el terremoto ni en el fuego (es decir, en las exageraciones y violencias) sino en el silbo apacible y delicado. “Non incommotione Dominus”: he ahí una verdad que los clásicos adoraron y que muchos poetas jóvenes han quemado.

Para mí lo que hace el mérito de la poesía del señor A. Montt y Montt es precisamente su apacibilidad y delicadeza, hijas del clasicismo.

O mucho me equivoco o tenemos aquí un hermoso ejemplo de apacibilidad que sería perfecta si en aquella “noche sin fin” brillasen algunas estrellas… las de la inmortalidad.

Cuanto a la delicadeza, la hallo realizada en el soneto dedicado a don Luis Montt:




“La muerte le ha llegado callada y pía
De un solo golpe lo arrastró a su seno
Cuando de bellas ilusiones lleno
Con las letras soñaba todavía.

Murió del corazón. ¿Cómo podía
De otra afección morir hombre tan bueno
Que a humana pompa y vanidad ajeno
A los pobres les dio cuanto tenía?

Pasó modesto, sin hacer ruido,
Y entre los lauros de la patria historia
Vivió casi en la sombra del olvido;

Hoy, de muerto, pregona ya su gloria
El hambre en el hogar del desvalido
Que, llorando, bendice su memoria.”




Estos sonetos son, según mi opinión, las dos obras más perfectas de nuestro poeta y las que mejor permiten caracterizar su talento.

Por cierto, no todo, en este primer volumen, lleva el mismo sello de apacible y delicada belleza.

Desde luego trátase de obras “completas”, demasiado “completas”…

El señor Montt y Montt no ha tenido presente, como debieran tenerla todos los escritores y, en particular, los poetas, la máxima moderadora del filósofo antiguo: “Ne quis nimis”, y así hallamos en este volumen numerosas composiciones que, sin carecer de cierto valor relativo, mejor hubiesen quedado descansando por siempre en los “álbums” [sic] y demás mausoleos especialmente benditos y consagrados para hospedarlas.

Cuando se es capaz de escribir sonetos como los que acabo de copiar, más vale destruir a esconder todos los “albumicidios” o “postalicidios” que el poeta haya cometido en su vida. En esto debiéramos imitar a los espartanos que sacrificaban sin piedad sus hijos cojos, jorobados o enclenques…

Pero, “padres” son, al fin, los poetas y como tales dicen o siquiera piensan:



“Mis hijos son muy graciosos
Y es muy grande su belleza;
Son bien hechos y más lindos
Que todos los de la tierra.”




Bien harían sin embargo en imitar a cierto don Ruperto que figura en la sección “Ortigas” de este libro:



“De la muerte ya cercano
Ruperto se confesó,
Y el señor Cura le dio
El consejo más cristiano:
Sus enemigos, hermano,
Han menester su perdón;
Y repuso en ocasión
El fervoroso Ruperto:
No los tengo; los he muerto
A todos por precaución.”




Esta “décima” puede, en efecto, interpretarse parabólicamente. ¿Quiénes son los enemigos del poeta? Sus propios versos… cuando malos. Sacrifíquelos, pues, sin remordimiento, para que pueda el Cura oír la tranquila afirmación de don Ruperto:


“No los tengo; los he muerto
A todos, por precaución.”


Con esto, las obras de los poetas no merecerían tal vez, el calificativo de “completas”, pero su precio literario ganaría tanto como el del trigo, una vez separado de las malezas que, por desdicha, siempre van unidas con él.






Astillas
Autor: Ambrosio Montt y Montt
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1918


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1918-07-15. AUTOR: LEO PAR
El señor Montt y Montt se presenta con esta colección de amables versos ante personas que lo conocen y a quienes ha dado varias oportunidades de aplaudirlo.

El nuevo libro que hoy agrega a su haber, sin aportar una nueva nota al lirismo, conserva al autor su bien ganada fama de fácil y galano poeta, lleno de natural gracia y buen humor, y en ciertas horas, de enternecida sensibilidad. En estas piezas, el señor Montt y Montt, aborda todos los temas y emplea todos los tonos; pero desde las primeras líneas se advierte su preferencia por la sátira festiva. No ha debilitado la edad su brazo, que hoy, como hace tres décadas, tiende con la misma soltura el arco de las enherboladas flechas. Pero nuestro poeta es un espíritu sereno y justiciero; hay optimismo en su alma, y por eso sus poesías, si en el primer instante algo escuecen, no dejan ponzoña en la herida. Su burla es liviana, apenas roza el defecto o el vicio; es leve rasgo del agudo ingenio, no del ánimo enconado o misantrópico.

Es común en los humoristas la mezcla de la ironía con la ternura. En este sentido no constituye excepción el poeta: es afectuoso, siente con naturalidad y muy hondo, y pone al público en la confidencia de sus emociones. El poeta se entrega en cuerpo y alma al sentimiento; no solo no teme la tumultuosa efervescencia de los afectos sino que precisamente algunas de sus más sentidas poesías son aquellas en que, guardando para mejor oportunidad el ingenio, deja hablar solo al corazón.

Loable en alto grado es la corrección técnica, la sanidad literaria de estos versos. El señor Montt y Montt es un fervoroso adepto de las bellas y clásicas gramática y poesía castellanas. Los epígrafes de sus “Astillas”, son todo un credo literario. Es decir, que no se encontrarán aquí pretenciosas vulgaridades, contorsiones de retórica, oscura y atormentada fraseología ni supuestas profundidades de conceptos: que no tropezaremos aquí en bastardos giros ni en vocablos inmigrados de todos los ámbitos del globo. El estilo del señor Montt y Montt, como su pensamiento, es por excelencia honrado, sano, sincero; y como el poeta habla del común sentir de los mortales, de lo que hay en todos nosotros los humildes desheredados de la musa, puede golpear a todas las puertas, y con la amable fisonomía del ingenio hacerse recibir y agasajar por todos.





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