jueves, 26 de junio de 2014

AMANDA DE AMUNÁTEGUI [12.045]


Amanda de Amunátegui

Amanda de Amunátegui (CHILE, 1907 - ¿?). Poeta. Publicó “El Umbral girante”, “Velero de tréboles”, “Espejos de éxtasis”, “Mirador de cristal” (ensayos).





VELAMEN DE NOMEOLVIDES

Estoy segura que tu lámpara
inclina su párpado por mi ausencia.
Agua subceleste bautiza mi sequía,
no obstante rehuyo los soslayos de tu lámpara.

Provoco un revuelo de fugas
en las pleamares de la memoria.
Sangran brasas mientras emigran
tus ojos jacinto
porque es de nomeolvides el velamen de tu barco.



Velero de tréboles
Autor: Amanda Amunátegui
1935

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1937-06-13. AUTOR: A. ARRIAZA
Los escritores chilenos nos conocemos poco. A veces un nombre llena el ambiente literario, y, sin embargo, nada leemos de él. Le conocemos por referencias. Esto me había pasado con la obra de Amanda de Amunátegui. Conocía sus actividades culturales desarrolladas en Viña del Mar, pero nada había leído de ella. Hace poco llegaron a mis manos, dos libros de poemas: “Umbral Girante”, publicado en 1933, y “Velero de Tréboles”, en 1935. Los he leído con interés y he ahí que se me ha revelado como una poetisa de profunda sensibilidad y de hondura de pensamientos.

“Me detuve entre la Vida y el Ensueño, y allí giré”. Tal es el preámbulo con que nos presenta el torbellino de emociones de su poemario “Umbral Girante”. También nosotros quedamos en el umbral, y, acaso nos alejaríamos sin comprender, si un esfuerzo mental no nos empujara a escudriñar la belleza escondida en ese carrusel de poemas que gira y gira. Y entonces, encontramos la Belleza.

Es posible que muchos al leer sus versos, se hayan encogido de hombros, sin comprender, sin llegar a sentir… Algún crítico, desde luego prevenido en contra de las mujeres que hacen versos, dejaría pasar sus libros con indiferencia, sin leerlos. Se tiene a menudo la idea de que un libro ha de ser horizontalmente bueno o malo. Se hojea al descuido. Si la suerte ubicó el bueno o el mal fragmento, el futuro de la obra está marcado. Razón hay para desconfiar del crítico de oficio. Muchas veces el valor de una obra lo encuentra el lector anónimo, dado a lecturas pacientes, divorciado de ajenas opiniones.

Es el caso de Amanda de Amunátegui. Su obra es, seguramente, más conocida fuera del país que entre nosotros. Revistas extranjeras se han preocupado ya de su producción poética. Por ejemplo, “El Mundo Latino Americano”, de Londres; “Prensa Asociada”, de España; “El Arte”, de Nápoles; “L’Express”, de París, y otras revistas sudamericanas.

Amanda de Amunátegui representa la iniciación de una nueva forma de expresión. Su poesía se diferencia en mucho de lo que frecuentemente encontramos en los poemas femeninos. Fluye de ella una pura filosofía y un profundo simbolismo.

El verso de Amanda de Amunátegui está lleno de imágenes nuevas. Sin quererlo, y sin imitar a los poetas orientales, su poesía, acaso por una conformación natural de su espíritu, tiene algo de ese aspecto simbólico de Tagore, de Jalil Gibran. Algunos críticos extranjeros han llegado a compararla con el primero, y, por cierto aroma bíblico que surge de sus versos, con Gabriela Mistral.

Sus poemas, en general, tienen esa belleza recóndita de las composiciones musicales de Debussy. Para comprenderla es necesaria una concentración espiritual intensa. Precisa buscar y alcanzar la raíz emocional inspiradora.

La lectura de su libro “Umbral Girante” deja en la situación del que escucha una obra de Stravinsky por primera vez. Hace falta releer, como en esa música, volver a escuchar, a fin de darse cuenta de los pasajes armoniosos.

Y no es que haya rebuscamiento. Las imágenes surgen en forma espontánea.

La observación de la naturaleza la hace encontrar el símil de las emociones. Es una armonía de lo concreto u objetivo con lo abstracto o subjetivo. El símbolo no es otra cosa que esto. Por eso, el que no se detiene a meditar, se queda en lo objetivo y no comprende la belleza interna del símbolo.

En “Invocación de la Apasionada”, compara la tragedia de la pasión, el ansia de despertar un amor, con un volcán en actividad, y pide;



“la fragua misteriosa que hace combustible
a la materia misma de la Tierra”.


“Tu fragor, voz de ansia
largamente reprimida.
Tu llanto de ceniza…
Tu acento, orquestación de clamores”.


Para conmover al Amado, pide:


“dame potencia tal
que hasta las rocas
estallen alocadas, 
porque de pronto habrán sentido
tumultuoso corazón
que las trastorna”.


En “Fragmento” es la desilusión triste y amarga de un amor:


“Descendieron mis miradas de los astros,
y se posaron en la Tierra.
En el horizonte ciego hubo un vacilar de alas
y el ídolo pasó por transiciones…
Mi amor se va en jirones por el río del desencanto”.


Sin embargo, el resabio queda:


“Telaraña verde-ciprés, cárcel de mis recuerdos;
¡Ah!, cómo destruirla, y echar a rodar por la pendiente
del olvido, los carbúnculos ardidos
que son las letras de un nombre”.


El pesimismo viene a golpear por veces a su alma: “Alegría, a veces no eres sino sombra soleada!” –dice en “Reflejos de la senda”. “Tristeza: hora en que la esperanza desfallece” –piensa más adelante, y luego el ritmo permanente de la vida, en “Campanario Inconexo”, que nos hace recordar la tragedia de Solveig:


“Encaminarse a la esperanza
en cada alba:
devolvernos decepción
con cada noche;
y al siguiente día volvernos a encaminar”.


Cuando entra en la rutina de las cosas tiene que reír, también, con esas carcajadas que son “mistificación de alaridos”.

En un momento de angustia clama:


“Y yo con esta amarra de pesares
adherida porfiadamente a mi costado!
Ahí, si consiguiese cubrirlo de nieve;
no importa que ésta se empinase
sigilosamente alcanzándome las sienes” (“Alguien oyó mi grito”).


He ahí cómo en estos dos últimos versos hay una forma nueva de expresar la completa renunciación de la juventud a cambio de la paz espiritual.

¿Podremos captar la filosofía oculta de su poema “Hora Mísera”?


“Misticismo, sofrenamiento de prístinos impulsos;
gusanos albos.
Sensualidad, impulsos, innominados:
gusanos enemigos de los otros;  
mas, por qué igualmente albos?”


¿Cómo explicaríamos esto en el lenguaje vulgar? Es la igualdad en la muerte. El hombre puro, el que ha sofrenado sus pasiones, se destruye en igual forma que el otro, el sensual, innominado. Los gusanos de su carne son albos. Y la pensadora termina:


“Se auto-devora la materia.
Andrajo del existir que me destruye creando…
Y al otro lado del Quién Sabe,
la caricatura ósea de la vida, riendo
riendo anchamente, de qué?”


Amanda de Amunátegui ha logrado captar la amplitud del pensamiento en un poema; a veces, en una estrofa.

En su otro libro, “Velero de Tréboles” ha tratado de buscar la sencillez, con el objeto de que sus poemas puedan llegar a la comprensión infantil. Sin embargo, ha encontrado, además, la expresión más justa de los grandes pensamientos. Ahí está su magnífico poema “Oración de la Raíz”, que creo puede ser más imperecedero de sus hallazgos:


“Raíz, tal vez tú padeces;
quizás en tu encierro
te obsesionan visiones de cumbre”.


Pero la obra oculta de la raíz se traduce en flores, en selvas, y luego en riqueza material. Amplio símbolo que nos hace pensar en otras raíces, raíces humanas, ocultas que, sin embargo, van gestando la civilización; acaso brazos de obreros, o labor escondida de sabio en su gabinete: “Estas esencias son los suspiros – de las raíces presas”.

Toda verdadera poesía debe tener un pensamiento director. Aquella idea de que el poeta canta como lo hace un pájaro, es errada: canto de poeta y de pájaro, tiene siempre una emoción, un pensamiento estimulante. Y este pensamiento siempre se advierte en el verso de Amanda de Amunátegui. Aun en la simplicidad de esas “Letanías de la Madre”:


“Tierra será mi mano que te escribe
y la frente que envuelve mi pensamiento.
Pero mi alma que te habla
tierra nunca será”.


Al terminar de leer sus libros, nos hemos convencido de estar en presencia de un valor efectivo dentro de la poesía chilena. Su obra lleva un sello personal novísimo, de pureza espiritual. Esta nueva forma, libertada del estrecho marco de las exigencias métricas clásicas, amplía los horizontes de la potencia poética, y avanza por los auténticos caminos de la Belleza.

El espíritu cultivado de Amanda de Amunátegui, y, sobre todo, sus capacidades, nos auguran un mayor avance en futuras obras.

Tiene algo que no se adquiere: una personalidad definida, y una madurez emocional de buena ley.





Espejos de éxtasis
Autor: Amanda Amunátegui
Santiago de Chile: Impr. Leblanc, 1940

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-10-05. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Amanda Amunátegui es una escritora que tiene a su haber la publicación de varios libros de poesía.

Su nombre apareció por primera vez en 1933; su obra “Umbral Girante” fue aceptada como una buena iniciación en el camino de las letras. Publicó después “Velero de Tréboles”, poemas para niños. Aparecen ahora sus “Espejos del Éxtasis”, desnudos de una fuerza interior; opacos y débiles de luz.

Amanda Amunátegui no ha logrado todavía una expresión fundamental de su obra y se debate en balbuceos más o menos afortunados.

Esperemos que la poetisa vea en nuestro juicio la sinceridad de nuestras palabras que solo desean ponerla en guardia para que realice un trabajo más intenso y logre encontrarse definitivamente.

En la mayoría de sus poemas decae el buen gusto y se pierde la armonía para dar paso a una prosa malsana. Cae en rebuscamientos como estos de su poema “Velamen de nomeolvides”:


“Estoy segura que tu lámpara
inclina su párpado por mi ausencia.
Agua subceleste bautiza mi sequía,
no obstante rehuyo los soslayos de tu lámpara.

Provoco un revuelo de fugas
en las pleamares de la memoria.
Sangran brasas mientras emigran
tus ojos jacinto
porque es de nomeolvides el velamen de tu barco”.



Basten estos versos para señalar la verdad de nuestro aserto; Amanda Amunátegui no ha logrado en su tercer libro de poemas el buen éxito de una labor que ya debía presentar visos de madurez.

El éxito está en sus manos, porque posee temperamento y una inquietud que la mantiene en vivo sobresalto.


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1941-11-09. AUTOR: AIDA MORENO LAGOS
Amanda Amunátegui, la poetisa que escribiera con hondo sentimiento –hace algunos años- “Umbral girante” y “Velero de tréboles”, nos ha entregado ahora “Mirador de cristal” (ensayos) y “Espejos del éxtasis” (poemas).

En el primero nos hace narraciones sobrias, sencillas, arquitecturadas con facilidad y profundidad. Maneja, sin dificultades, la cinta del sentimiento y se balancea entre trozos tan bellos, como este párrafo con que empieza “Vencimiento del dolor”.

“De improviso nos imaginamos ser en totalidad un solo dolor. Sin embargo, al meditar la afloración de este dolor se nos presenta meramente como un círculo. ¿Puede impresionar esto que dibuja la limitación de nuestro concepto de lo grandioso y de lo mínimo dentro de nuestros límites?”

Ella lleva nuevos cruceros por el mundo y en cada pausa de su andar nos deja un libro.

Su alma vibra en la extraordinaria facilidad de sus relatos. En todo momento se tiene la impresión de que se marcha con una escritora bien segura de lo que dice.

Libro suave, lleno de matices, camina cerca del cielo, pleno de ondulación, con sentimiento específicamente humano. Es un libro que debe leerse, porque muestra la fisonomía y el alma de ciertos resortes sociales.

En “Espejos del éxtasis” flota un acre y sereno dolor. Hay un cierto cansancio del camino, una pena honda suavizada por una dulzura interior. Su temperamento se vuelca –a veces- en versos de una piedad muy transparente y de una ternura sugestiva. Sus cantos son más de esperanza que de duda. Es un alma que anda por el mundo adormeciendo la amargura de su corazón, dándonos en su poesía lo mejor que él encierra, pero al mismo tiempo, tiene sus rebeldías:


“¡Sí! Te odio al amarte.
Y en momentos me apremian deseos
de hacer de mis brazos fibras para tu féretro.
Y alocándome en impulsos
yo te crucificaría con besos”.


A pesar de esto, se adivina la ternura dulcificada por el amor que puede más que todas las otras pasiones. Su dolor, su claro y limpio dolor, nos penetra con el desgarbo de algunos de sus poemas:


“Señor, como tú,
cinco llagas tuvo mi alma.
Fueron ellas las mordeduras
que cinco dolores distintos le hicieron.
Mordeduras de desesperanza,
de hielo, de víbora,
de fuego y de Judas”.


Hay rebeldía y quejas y gritos desesperados en este “Espejos del éxtasis”, mas, luego, la voz se acalla y nos deja en silencio saboreando lo bello que él encierra.

Puede decirse que este libro es superior a cuantos ordinariamente se producen en nuestra prosa calcinada y cuotidiana. Este libro, que demuestra un temperamento creador, viene a engrosar el acervo de obras poéticas femeninas en los países de América.

Su modalidad artística, tiene un sello personal y un sentimiento propio. No es esa sensiblería vulgar tan en boga, sino arte propio, consciente y elevado.






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