sábado, 21 de junio de 2014

ALLAN SAMADHY [11.970]


Allan Samadhy

Samadhy, Allan, pseudónimo de Higinio Espíndola (Vicuña, Chile  1876 - Santiago de Chile, 1926).

Conoce un poco más del misterioso poeta:





Horas perdidas
Autor: Allan Samadhy
Santiago de Chile: Impr. Barcelona, 1908

CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1909-04-30. AUTOR: FÉLIX NIETO DEL RÍO

I. El verso correcto y las extravagancias modernistas

El que se interese por la vida intelectual de Chile hará bien si se procura el libro de Allan Samadhy, teniendo presente que no perderá sus horas de lectura por más que así lo insinúe el autor con cierta manchita de orgullo.

“Horas Perdidas” es un libro que significa algo así como una transición en la forma literaria, transición que viene a confirmar la que ya se notaba en las colaboraciones poéticas de diversas revistas nacionales. “Horas Perdidas” es una piedra más para el restablecimiento del verso bien hecho, es decir, del verso sonoro, bien acentuado y respetuoso, en general, de los sabios códigos de arte. Es un paso hacia el resurgimiento de la arquitectura métrica tan despreciada, escarnecida y olvidada por los iconoclastas de la literatura, por los modernistas rabiosos que las emprendieron no solo contra la idea poética, sino también contra el dulce endecasílabo, el modesto cuarteto y la venerable octava real como su estas formas fuesen vasos rotos, viejos e indignos de los tiempos actuales.

Si muchos de los que escriben conocieran la sinceridad deberían confesar que son revolucionarios porque son débiles. Viven ayunos de convicciones fundamentales y carecen en absoluto de lo que el famoso doctor X en su libro “Los conflictos entre la ciencia y las ideas modernas”, llama “el fondo inconsciente”. Al fin y al cabo, someterse a buenas leyes y conocer sus ventajas, presupone cultura y fuerza de espíritu. No digo que sea una demostración de genio resolver una tesis teológica en un metro cuadrado de libertad intelectual; pero sí revela capacidad quien, respetando las formas tradicionales y las reglas del buen gusto, da vuelo ilimitado a su talento poético.

El progreso de los moldes artísticos es lento como el progreso natural de todas las cosas del mundo. Y si un vatecillo nocturno publica una extraña masa de versos medidos, acentuados y rimados como a él se le ocurre, cae en imperdonable ridiculez. La fuerza de la opinión lo suprime como el arboricultor combate las excrecencias de los troncos.

Se ha dado en la manía de atropellar la forma, y esta práctica funesta la observan con odiosidad algunos poetas que realmente poseen ingenio. Siembran de escombros, de fierros viejos, de vidrios quebrados, de alambres disimulados a la altura de los ojos, de objetos feos el camino que conduce a sus misteriosas mansiones. Procuran que la fachada sea lo más repelente posible; dificultan las subidas destruyendo algunos tramos de las escalas y ordenan que los que logren subir sean recibidos por criados descorteses y groseros. Todo este viacrucis lo preparan antes de enseñar las interioridades del pabellón donde viven abrumadas de miseria algunas bellísimas cautivas que hacen olvidar en parte las fatigas del viaje. Pero son muy escasos los héroes que guardan cariño al inaccesible harem después que han vuelto a sus alegres jardines, a sus campos tranquilos y al aire puro.

Tal sucede con gran número de producciones literarias. Ciertos autores prostituyen la forma, la hacen antipática, repugnante, venenosa, y en el núcleo de ella colocan una perla. Resultado: que nadie o muy pocos los leen. Es muy cierta la frase de un personaje de Benavente: ¿Qué me importa el tesoro que haya en el fondo de un pozo, si para llegar hasta él he de ahogarme?

Pedro Prado, Antonio Bórquez, Miguel Luis Rocuant, y los demás que imitan a Nervo y a Darío, piensen bien cuántos estragos causa la frase indescifrable. (Y, también, a Allan Samadhy le convendría evitar en adelante las poesías incomprensibles al estilo de Miserere y de Sueño de un sueño). Entre los recuerdos más sombríos de mi vida cuento la desesperación que me causó hace poco una Antología de Poetas Bolivianos hecha por los señores Molina y Finot. Leí el prólogo, escrito al parecer en español, y hube de abandonar el libro porque no comprendía una frase.

En medio de tantos inconvenientes, la obrita de Allan Samadhy, es un reposo, como son reposos también las sencillas poesías de Gustavo Mora, de Victoria Cueto, de Víctor Domingo Silva, de Alberto Mauret, de Benjamín Velasco, Orrego Barros y otros en las revistas semanales.

Felizmente tenemos motivos para confiar en el triunfo del buen gusto sobre la cursi y relamida escuela de los “decadentes”, nombre que sus adeptos se dan a sí mismos como lo hizo en una hinchada conferencia pública el señor catedrático Miranda de la Universidad de Montevideo. ¡Ay de los que han atentado contra las invisibles leyes del soneto!



II. La desinfección literaria

Allan Samadhy es un buen artífice que conoce lo que llamaremos la técnica del verso. En todo su libro pueden contarse con los dedos los ripios, pleonasmos, impropiedades de lenguaje, extranjerismos, verdadera polilla de tantas obras poéticas. Observa con esmero la higiene y parece que antes de entregar el manuscrito a la imprenta lo hizo pasar por muchos tamices y medidas de profilaxia literaria. Y en verdad, me admira la limpieza del castellano usado por Allan Samadhy, hoy que la elegancia consiste en poner a todo unas cuantas gotas de esencia francesa, aunque no se sepa a punto fijo dónde está Francia.

El galicismo “nuevo”, agudo, que hace reír, es un pasaporte de ilustración, especialmente entre los del gremio liviano. Por eso, los que aspiran a la benevolencia del público superficial, nunca desprecian la ocasión de demostrar su capacidad para lanzar un galicismo delicado, como quien entrega al público una mala nueva. ¡Oh si Fígaro hubiese vivido en nuestros días!

Allan Samadhy aprecia su idioma y lo respeta, sobre todo en verso. Sin embargo, como nadie puede exponerse a la lluvia sin mojarse en “Horas Perdidas”, por allá perdido en la página 144 se habla de un pico de gas… Y así como este francesismo, uno que otro diseminado con discreción en las cien hojas del libro. Pero, a la verdad, no vale la pena insistir en estos detalles cuando si se quiere aprender giros exóticos basta abrir cualquiera novela tropical.

El poeta del seudónimo sánscrito puede tranquilizar su conciencia de autor sabiendo que ha engendrado producciones robustas, musculosas y con siete octavos de sangre castellana. En una palabra, los versos de Allan Samadhy, como versos bien cincelados, merecen vivir. Sospecho que al trabajar sus composiciones, el amigo autor se acordó de los parnasianismos franceses, modelos de precisión retórica.



III. La filosofía de “Horas Perdidas”. La virtud de la modestia. La crítica ante el autor y el autor ante la crítica. Socialismo. Anti-militarismo

Ahora toca hablar del fondo y -¿por qué no decirlo?- de la filosofía que encierra el volumen de Allan Samadhy. Si por filosofía de un libro se entiende el conjunto de ideas generales esparcidas y sostenidas en él aunque tales ideas envuelvan burdos errores, debemos convenir en que “Horas Perdidas” tiene derecho a que se la considere como obra de relativo pensamiento, sin ser en realidad un tomo de “poesía filosófica”. Porque, incuestionablemente este libro es una auto-biografía donde se observan las diversas modificaciones y vicisitudes que en diez años ha sufrido la conciencia del autor, y donde se revela la inquietud intelectual de un poeta solicitado a un tiempo por las sublimidades teosóficas o espiritualistas, por las pasiones vulgares comunes a todos los hombres, y por las diversas doctrinas que con unas y otras separadas o mezcladas, han elaborado los filósofos.

La introducción del libro es el desahogo natural de un alumbramiento largos meses esperado. El autor traspira satisfacción porque al fin, merced a la infalible justicia del tiempo se le va a conocer con la “ropa de verdad de su existencia”, es decir, sin ese “uniforme” gris monótono que carga la masa común de los mortales.

Pero advierte que nada le importa la crítica de la opinión: no busca más juez que Ella (la sílfide); sospecha que nadie le entenderá ni le amará sus versos aparte de unos diez soñadores, los diez justos de Gomorra, “superiores a crasos egoísmos”. ¡Qué bien hecha está esa composición llena de altivo desprecio, de esperanzas y de súplica, y que bien se completa con la “Lepra Sacra” de la página 41!

Aplaudo ruidosamente la indiferencia que al poeta le merece el parecer del público, aunque si no desea traba relaciones con él y solo busca la conquista fácil de once corazones soñadores, debe hacer lo que hizo Jehová, o sea, aconsejarlos que abandonen las ciudades pecadoras, atraerlos hacia así y mostrarles en secreto las alegrías las amarguras y las esperanzas de su vida.



El socialismo de Allan Samadhy es un socialismo de galería, un socialismo poético que de ningún modo tiene base raciocinada de observación directa y de estudio de los grandes problemas obreros.

Su himno “El Rey Talego” es una hermosa pieza literaria, maciza, de ideas bien tejidas acerca de la miseria del pueblo. Cualquiera que la lea verá desafiar por su imaginación la tristísima legión de infelices compuesta por el peca, el carbonero, el segador, el minero, la costurera, el cargador, el auriga, la prostituta, el marinero, el centinela y los proletarios (?) que van caminando hacia el oriente donde asoma la alborada roja.

Tal vez el poeta se inspiró en el cuadro de algún pintor aventajado, que, sin ser socialista, engendra sentimientos de tal y da tema a los cultivadores del verso para que a su vez  hagan lo mismo con sus lectores.

Y ya que hablo de socialismo y de cuadros, haré notar también que el anti-militarismo de Allan Samadhy, enunciado en elegante estrofa, debe tener origen sentimental.



Pienso en los pobres soldados
que engañas con la quimera
[…] hacia el horror de la guerra:
¿qué va a defender el triste
si vive […]
en la pocilga alquilada?
-Tu sibaratismo ocioso.





Tal vez le impresionaron a fondo la tela de Vereschagin, el “Horror de la guerra”, la de Styk, el “Conquistador”, o la de Dauger, la “Trasgresión del Mandamiento”, donde se ve a Cristo que, llorando sobre los cadáveres despedazados en un campo de batalla, exclama: “Yo os había dicho: Amaos los unos a los otros”. –O bien ha leído a la baronesa de Suttner, a Tolstoi, a Richet, a France, etc. Pero aseguro que Allan Samadhy no es capaz de defender reposadamente el anti-militarismo, y lo siento porque me gustaría verlo figurar con puesto distinguido en las filas pacíficas.

Pruebas de mi afirmación sobre la inconsistencia del socialismo revolucionario de Allan Samadhy, son sus propias palabras. Leed, si no, la última estrofa de la página 157:



Pero las voces del desvergonzado traidor e iluso
han propalado que estos […] son mataderos
donde la incuria mata al lisiado, pudre la herida
de aquí origina tal resistencia… viles voceros!




IV. Religión. Diletantismo. Estética.

Si Allan Samadhy habla de Dios, no es únicamente porque lo exija el metro. Hay hombres que nacen con la idea del Ser Divino y la llevan infiltrada en la médula del alma. Ni el medio, ni la educación, ni el ejemplo de la existencia son capaces de borrar esa idea. Muchas veces se puede dudar de Dios, renegar de Él, blasfemar o lo que se quiera; pero toda esa enorme furia no pasa de ser toda esa enorme furia no pasa de ser una tempestad superficial. El hombre que cree en la Verdad Base y que se revela contra ella por los motivos egoístas de la vida, jamás la llega a odiar y jamás desea sinceramente que no exista.

No importa la forma con que se represente a Dios; no importa el concepto más o menos amplio que de Él se hayan forjado: no importa la religión que profesen o el sistema filosófico que sostengan; llámenle Dios-Espacio, Gran Todo, Naturaleza Creadora, Esencia de la Vida o Dios, sencillamente, siempre los hombres de pensamiento y los poetas han procurado conocerlo, interpretarlo o describirlo.

Baste citar entre los contemporáneos, a Carducci, el ateo que en el éxtasis de la idea abandona su ateísmo y se eleva hasta Dios; a Le Dantec, el sabio monista que reconoce la imposibilidad del ateismo práctico; a Lorenzo Stecchetti, el gran poeta que a fuerza de negar deja en el espíritu una vaga sed de consuelo celestial. ¿Y cómo no recordar la impresión profunda que se experimenta leyendo la sublima poesía religiosa de Giulio Salvadori o Antonio Foggazzaro?

El poeta creyente lleva en su creencia una fuente de inspiración.

Cuando esa creencia ha sido purificada de las groserías corrientes y se ha levantado del nivel vulgar para buscar en más altas regiones el perfeccionamiento de las ideas, y cuando se reglan por ellas las acciones de la vida y la actividad del pensamiento imaginativo, se engendran las más delicadas y refinadas obras de arte: las escenas de la vida del alma.

Samadhy, buen poeta, aunque, como él mismo lo dice, está torturado por “lo práctico”, que le impone vida opuesta al ideal que acaricia y que por ganarse pan y lecho, viste librea de lacayo, Samadhy ha tenido la rara suerte de hacer obra de arte. Le ha cabido ganarse el premio de la opinión, el Nóbel por excelencia. Puede ser que esta suerte en vez de arrebatarle la modestia, se la de en alto grado.

Y ¿dónde bebió Allan Samadhy esa noble inspiración que lo ha ungido creador de belleza, dignidad con que aparece revestido en varias de las composiciones de su libro? ¿Dónde encontró la piedra filosofal que trasforma muchos detalles prosaicos de la jornada en el oro purísimo de estrofas llenas de poesía? ¿La varilla mágica que convierte las zarzas en flores y obtiene agua de las piedras?

Todo el secreto de ese éxito arranca del espiritualismo que le domina. Y, al contrario, el secreto a voces de la torpeza que se revela en algunas páginas es el burdo materialismo, enemigo mortal de la poesía, presentado de cuerpo entero, sintetizado en el trozo “Luz y fango”, con la vulgar comparación del fénix.

Me consta que Allan Samadhy no es cristiano en el sentido teológico de la palabra; no es católico, naturalmente, y de ello hace una confesión innecesaria en su “Confiteor”, bella composición que parece una broma muy fina; no es protestante porque no es cristiano; no es ruso cismático porque anatemiza al Czar; no es musulmán, no es budhista [sic], en una palabra, no tiene religión determinada, siendo un hombre de alma profundamente religiosa. Una situación tan especial, lleva irresistiblemente a las doctrinas más opuestas, máxime si no hay progreso de cultura intelectual.

Por eso no me extraña que Allan Samadhy haya caído sucesivamente en los entusiasmos del panteísmo, de la metempsicosis, del teosofismo, del espiritismo, de la telepatía, sin profundizar ninguno de tales sistemas filosóficos y ramos de las ciencias llamadas ocultas.

Precisamente porque ninguna de esas teorías alcanzaron a sentar raíces en su cerebro, el poeta nada recogió en su cerebro, el poeta nada recogió de ellas, a no ser pesimismo y tendencias a sombrearlo todo.

En todo caso, tenemos que el autor de “Horas Perdidas” es el tipo del hombre sin ideas fijas, es un “diletanti” [sic] ingenioso, sin alcanzar a ser ecléctico. Porque un ecléctico escoge el todos los campos los frutos que después de mucho examen le parecen mejores, y reuniéndolos todos arregla su despensa intelectual. Ese trabajo de por sí es enorme y denota gran potencia de razonamiento y de criterio que no se ejercitan en el cultivo del “dilettantismo”.

Para terminar, haré presente que “El Diálogo Amargo” de la página 65, está escrito después de una lectura sostenida de “Las Noches” de Musset; que las santísimas composiciones inspiradas por una grave enfermedad, por el hospital, por la hermana de caridad, por la mejoría (Canto de Salud, digno de ser aprendido de memoria), por el Chicolito de la sala de Dolores, hacen recordar algunos capítulos del libro “Bonne Soufrance” de Coppée; y que las ocho estrofas de “Fraternal” (página 126), parecen calcadas del cuento ruso “Koussaka”,  (el que muerde), de Leonidas Andreief.



***

Por último me llama la atención que el poeta de “Horas Perdidas” sea casi insensible a las hermosuras de la Naturaleza. No le apasionan el bosque, ni el mar, ni la tempestad, ni el Andes inmensamente misterioso, ni la dulce tranquilidad de un crepúsculo. ¿Acaso estas bellezas eternas han perdido su virtud de cautivar a las almas delicadas o se han secado en ellas las vertientes de la poesía? ¿Por qué Allan Samadhy prefiere un cuadro de Poecklin a una puesta de sol detrás de las montañas australes?

¡Arte! ¡Arte! ¡Cuántos son los que ignoran tu origen, cuántos hay que no saben que tu madre es la Naturaleza y que tu padre es Dios!




CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1909-05-17. AUTOR: ANÓNIMO

El autor de este libro ha querido reflejar en sus versos las diversas tendencias de su temperamento antes de amoldarlo a un rumbo. Su técnica es totalmente diferente a la que de los razonadores tranquilos. Es un atormentado por la frase y el pensamiento. Es un poeta de verdad. Su fuente de inspiración puede encontrarse en algún sabio poeta persa, acaso en Omar Kahyam, el autor de “Rubayata”.

El libro habría exigido una selección previa y una revisión tranquila, aunque el alma del poeta se ve mejor en todos, en los bueno y en lo malo. Muchas de sus mejores composiciones nos habrían parecido mejores si hubiesen empezado por la última estrofa y terminado por la primera.

Algunos juicios emitidos sobre este autor enmarañado y difícil, digno de un estudio paciente y detenido, nos parecen un tanto errados.

Alguien ha descubierto un materialismo burdo en “Luz y Fango”, que empieza:



Oh misterio profundo de la vida,
por donde todo vacilante avanza,
sin más alivio para toda herida
que estos leves: recuerdo y esperanza.



La verdad, la hemos leído una y otra vez para descubrir ese materialismo encontrado en ella; pero nos deja siempre la impresión de un espiritualismo evidente, porque es simplemente espiritualismo su fondo, sintetizado, si se quiere en esta, una de sus estrofas (El hombre):



Nunca de su raíz está contento;
mil veces su visión le causa penas;
pero es solo su altivo pensamiento
lo que le puede dar horas serenas.



Tratando de descubrir y anotar las asimilaciones estéticas de Allan Samadhy, es fácil equivocarse. Se ha dicho que “Diálogo amargo” ha sido escrito después de una entusiasta lectura de Musset. Sin embargo, Samadhy no ha leído a Musset, dicho sea en honor de aquel errado descubrimiento.

La índole poética del autor de “Horas perdidas” es compleja, pero de una sinceridad reveladora. “Escribo lo que siento. Así he sentido yo”, nos ha repetido, cuando le hemos objetado algunos arranques difusos de su estro.

“Sed non satiata” “999” son dos tipos de composiciones de un erotismo, exaltado a veces, pero mesuradamente, hasta la sensualidad.

El pesimismo de Samadhy se retrata irónicamente en estos dos versos de “Los que sueñan”:



“Y quien comprende al soñador sombrío,
vive en la luna y muere en el vacío”.



Su socialismo de prédica, es amargo como toda queja en la “oración del paria” (pág.122).

Las injusticias humanas, el desnivel de las fortunas, las amarguras del talento, le hacen exclamar en “Dualismo”:



“ay del espíritu aristócrata
que vive mártir entre harapos”.



porque



“Es la fortuna casi siempre
hoy tan idiota cual antaño,
á los más dignos crucifica
y galardona a mil menguados”.



¿Cuáles son los mejores versos de Samadhy? No me atrevería a decirlo porque no encontré la composición que produzca una satisfacción espiritual completa. Las buenas, producen todas el mismo efecto agradable, como las que no hubiera debido poner en el libro, son desechadas con el mismo grado de disgusto.

Samadhy es poeta. Entre nuestros poetas, ha tomado un rumbo no explotado, cuya labor será mejor estimada, cuando surjan las imitaciones.

“Horas perdidas” es un libro que debe leerse. Solo los maestros producen libros buenos, perfectos desde el principio hasta el fin, y esta es la primera obra. Las otras habrán de ser mejores.

Firmado como: H.

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