lunes, 23 de junio de 2014

ALFREDO GUILLERMO BRAVO [12.006]


Alfredo Guillermo Bravo

Alfredo Guillermo Bravo Zamora (5 de febrero de 1890 en Valparaíso - febrero de 1941 en Santiago) fue un poeta, escritor, abogado y político chileno que ocupó diversos cargos públicos en su país.

Nacido en la ciudad de Valparaíso, hijo de Guillermo Bravo y Filomena Zamora, estudió en el Liceo de Valparaíso, su educación superior la realizó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, en 1913 se tituló de abogado, interesado en la materia penal, su tesis se tituló Represión de delitos en Chile.

Fue profesor de Derecho Penal en la Universidad de Chile y en el Curso Fiscal de Leyes de Valparaíso, simultáneamente en la Universidad de Chile Juan Esteban Montero ejercía como profesor en derecho civil y romano.

Militante del Partido Radical de Chile fue elegido en 1926 como diputado, en 1930 fue reelecto en el llamado Congreso Termal.

Estaba casado con Berta Jofré Puelma con quien tuvo seis hijos.

A parte de su gestión en leyes, era poeta, su poesía era rotunda y prepotente, también cuentan en su obra literaria un libro titulado:4 de junio:El festín de los audaces que habla sobre la revolución que hizo caer el gobierno donde ejercía como Ministro de Educación.

El 8 de abril de 1932 el Presidente Juan Esteban Montero lo llama a ser ministro de educación, en este cargo reorganiza dicho departamento, sin embargo el 4 de junio de ése año el gobierno es derrocado y se proclama una República Socialista de Chile que dura originalmente 12 días y disuelve además el congreso, quedándose Bravo sin ningún cargo.

Falleció en febrero de 1941



“Nada”

a Luis Enrique Carrera, en recuerdo de Carlos Pezoa Véliz


Este era un poeta que siempre venía
a tejer ritmos la delicia mía.
Joven, flaco, terco, raro y solitario,
siempre pensativo… ¡Un estrafalario!

Un día de lluvia, muy plácido, sobre
la piadosa cama de un hospital pobre,
lo encontraron muerto las monjas –las fieles
hermanas del triste-. Entre sus papeles
sólo se halló versos…

Datos a porfía
pidieron algunos para la elegía;
pero nadie supo nada del extinto,
ni el crítico Pérez, ni el artista Pinto.

Dijeron las gentes que sería un loco
o algún pobre diablo que comía poco,
y filosofaron todos sin recatos:
“¿Murió?; pues, al hoyo…”. ¡Vaya unos ingratos!

Una paletada le echó el panteonero;
mudos emprendieron de vuelta el sendero
los pocos amigos… Tras la paletada,
nadie ha dicho nada, nadie ha dicho nada…

en Alma chilena, Carlos Pezoa Véliz, Obras completas, 2008





El jardín de mis ensueños
Autor: Alfredo Guillermo Bravo
1911


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1911-02-20. AUTOR: OMER EMETH

Si el autor de “Cantos de mi tierra” llamó proemio a su prefacio, y si, con más acierto, bautizó E. Vásquez Jara al suyo con el simpático nombre de “Consagración”. Gustavo Silva, escribiendo el prefacio de la obra de A. G. Bravo lo llama “ad portas”…

Esos dos vocablos latinos son de mal agüero, como que traen a la memoria el conocido grito de los romanos “¡Hannibal ad portas!”…

¿Será A. G. Bravo un Aníbal? ¿Su entrada en el país de las musas será como la del cartaginés en Italia, una invasión? ¿Su nombre y su obra serán un peligro o una amenaza?

Nada de ello: “ad portas” tenemos un poeta nuevo y, si hemos de creer al señor G. Silva, le tenemos dentro. Su entrada no es “sensacional” como que no ha tenido Alpes que “salvar al través de eternas nieves, pero su permanencia promete ser larga y su actividad poética, abundante y provechosa”.

Dice el “prefacista”:



“Con regocijo, al mismo tiempo que con pena, tan sincero el uno como la otra, y exento, sin embargo, de toda reticencia, reconozco y proclamo (me atrevo a reconocer y reclamar) en la portada de este libro el advenimiento de un poeta”.



Comprendemos el regocijo, mas no la pena.

Explicándola dice el señor G. Silva: “¿Cómo no sentirme apenado, si no puedo menos que comprender las graves responsabilidades que trae consigo la misión del poeta, y qué martirios indecibles aguardan al que a ella se consagra con todas sus potencias, no por pura vanidosa ostentación, sino por fuerte e incontenible solicitación de su propia naturaleza?”.

En esto hay sin duda un poco y mucho de exageración y énfasis.

Por mi parte, empeñado en ver las cosas humanas desde el punto de vista histórico, no puedo consentir en que por el mero hecho de ser poeta, haya de ser el señor Bravo, mártir, indeciblemente mártir.

Se ha exagerado mucho en lo de los martirios poéticos… Hoy en día un poeta verdadero corre el riesgo, no de vivir mártir, sino de morir millonario y de irse al campo santo con pompa real y a costas del Estado. Prueba de ello, Víctor Hugo.

Los otros, los mártires, si los hubo, lo fueron, no de la poesía, sino de sus pasiones y de su carencia de sentido común… Esta es la verdad histórica.

El señor Silva es decididamente pesimista, pues, no contento de augurarle a su amigo martirios futuros más o menos próximos, le augura también el más inmediato que consiste en verse discutido por los críticos.

“Adelantaré que, a mi juicio, este libro dará alimento variado, más no abundante, a la crítica: de una parte, por sus protestas y sus gritos de rebeldía contra las miserias e injusticias sociales; y por otra, si se le aplican, en examen riguroso, tales o cuales artículos del código lexicográfico, del gramatical o del retórico”.

Aquí podría el señor Bravo imitar a cierto reo que, oyendo el alegato de su defensor, pidió al presidente del tribunal se sirviera retirarle al palabra. “Cállese el abogado que me compromete; señor presidente, me entrego a la imparcialidad del tribunal…”

Este, en efecto, oyendo hablar de pecados lexicográficos, gramaticales, etc., etc., parará la oreja…

En vano agrega el defensor: “A pesar de esas críticas o quizás a favor de ellas, yo insistiría en mantener mi aseveración primera, puesto que ni la forma en que se escribe, ni lo discutible de las ideas que en lo escrito expresan, son los constitutivos de un poeta. Son, todos lo sabemos, ciertas condiciones de “por dentro”, ciertas caracterizaciones interiores, ciertos aspectos humanos del escritor”.

¿Todos lo sabemos?... Cuanto a mí, sé que se puede ser poeta sin escribir un solo verso y que, en tal caso, poco importan el diccionario, la gramática y demás códigos. Pero sé también que todo poeta, al escribir sus poesías, ha de sujetarse, so pena de fracaso, a hablar el idioma de sus contemporáneos, a respetar las reglas de la gramática corriente y a poner sus versos en armonía con los ritmos acostumbrados.

Que esto haya su más y su menos, que cierta laxitud y latitud sea posible y aceptable, es también cierto, pero no es, por lo general, un principiante el que, sin presunción puede tomarse tales libertades. Puédelo un “pobre Lelian”, pero solo después de sujetarse por largo tiempo a la poética tradicional y de comprobar que su alma parece aplastada por la estricta observancia de las antiguas reglas.

Cuanto a la condiciones de “por dentro”, ¿qué son ellas si, para definirlas, no disponemos sino de frases como estas: “ciertas caracterizaciones interiores, ciertos aspectos humanos del escritor”?

A semejantes definiciones respondía Molière: “Voila pourquoi votre fille est muette!...”  Si algo significan, significan esto: es poeta el que es poeta… Escasa definición…

¿Lo es el señor Bravo?

Acepto con esto la afirmación del señor Gustavo Silva.

Fuera del “Amor” (con mayúscula) hay en A. G. Bravo otra fuente de inspiración que es el amor al pobre, al desdichado. Ambos amores le dan hermosa cosecha.

Antes de citar versos aislados, prefiero copiar aquí una composición cuya lectura revelará mejor las calidades del poeta y permitirá descubrir sus “aspectos humanos y caracterizaciones interiores”.



Eran ciegos los dos. Los dos tenían pálido el rostro,
obscuros los cabellos, y aunque muertos los ojos
despedían en su triste mirar, raros destellos

Nunca se hablaron. Ante el aire augusto
de un templo, a los desfiles de cristianos
que entraban en la casa del Dios justo
ambos tendían sus exangües manos.

Y como ella era joven y era hermosa
y como había en el tanta tristeza
¡cuán pródiga la turba fervorosa
los sabía aliviar en su pobreza!

Una mañana, cuando a un tiempo mismo
pidieron… ¡oh! Sus manos se rozaron
y los ciegos gimiendo entre un abismo
de asombro y de pasión las enlazaron…

El instinto los hizo adivinarse
hombre y mujer; entonces fatalmente    
se buscaron los dos para estrecharse
y se unieron dos labios y una frente.

Mas, la turba los vio… Los vio la […]
que salía del templo de Dios justo
y aquella santa escena inmensa y […]
provocó los asombros y el disgusto…

Se olvidaron los célicos sosiegos,
todos los rostros fueron de verdugo.
Aquel día a las manos de los ciegos
no cayó ni un centavo, ni un mendrugo



Tal es “El pecado de los ciegos”, una de las mejores páginas de este libro, a pesar de la “piara” y otros defectos.

Creo que el señor G. Silva ha sido bien inspirado al alentar al nuevo poeta. Empero, si a sus merecidas palabras de aliento añadiera algunos párrafos sobre el respeto que, bien lo queramos o no, siguen mereciéndonos el diccionario, la gramática, la retórica y la prosodia, yo me atrevería a prometer al señor Bravo una hermosa carrera poética. Lo he leído sin agotar, como con otros, mis reservas de paciencia y buena voluntad. Nunca sabrán mis lectores cuánto ha menester de esta y aquella: él, como yo, lee por obligación cuánto libro de versos llega a su alcance. Entre los muchos versificadores encuentro de vez en cuando a lo largo de la vía dolorosa, un poeta que, cual el Cirineo de la Pasión, me ayuda por un momento a llevar mi cruz… Sin aquel encuentro casual pero siempre posible y esperado, la tarea sería superior a mis fuerzas.



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